Un noviembre para cambiar de luna.

Hoy amaneció con rumor de dioses en el ambiente y con ganas de poseer el don de la ubicuidad.

Invoqué a Chronos y allí estaba él. Lo recibí con la mejor de mis sonrisas.

Deseo concedido.

En noviembre regreso a Madrid.

Tuve que montármelo con él sobre la alfombra, claro. No fue agradecimiento, me pudo la curiosidad.

Después, más vuelos en su moto, a través del tiempo y los continentes.

Privilegios de dioses.…

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Caprichos.

Una necesidad, un encargo.

Un encargo, un pedido o un que sé yo y ahí estaban ellos, los fabulosos mensajeros a prueba de las inclemencias del tiempo.

Y de todos ellos, mi preferido. Un carioca de sonrisa eterna y mirada despistada. 

La última vez que llamó al timbre me pilló recién levantada, una camiseta de tirantes blanca y un breve pantalón a juego que tapaba lo justo y necesario como para parecer que llevaba algo de ropa.

Le abrí descalza, con el pelo revuelto y el café en la mano.

Sonrió, me dio los buenos días y me entregó mi pedido.

-No te esperaba hoy, creí que llegaba mañana el encargo.- le dije, aunque en verdad le estaba diciendo:

-No te esperaba, pero bienvenido eres, llames cuando llames.-

En cuanto cerré la puerta ya me las estaba ingeniando para volver a la fuente de los deseos y realizar otro encargo.

Para la siguiente ocasión también se presentó antes de lo acordado según los mensajes recibidos de la empresa.

Y ahí estaba yo, jugando con mi doncella particular. La estaba adiestrando en el arte del pulido de tacones. Ella llevaba un uniforme de trabajo negro cortito, con delantal blanco y una cofia a juego. Sonrisa en la boca y sumisión en su entrega.

Yo iba con lencería negra. Hacia calor y no quería más tela de la necesaria en mi piel. Un bonito body negro de encaje, abierto en la espalda, descalza y el pelo recogido en un moño alto.

El sobresalto del timbre me hizo pensar en mi vecina, hacia días que me insistía en quedar para tomar un café que había traído de su último viaje. 

Abrí la puerta convencida de su presencia, cuando el cuerpo carioca de camiseta ajustada me sorprendió.

El gesto de la entrega como puro formulismo, el no saber que decir después de la consecución de su misión.

El tiempo cayendo gota a gota. 

Sortilegio de seducción.

Pasaron silencios, mundos sin forma. Y ahí estábamos, en pié, mirándonos, sin decir nada. La palabra exacta, ¿donde está cuando se la necesita?.

El crujir de los minutos avivando la imprudencia.

-¿Quieres tomar algo frio?-he tenido salidas más originales, pero fueron las silabas que acerté a pronunciar.

Y pasó. Traspasó la puerta dejando un halo de tremendo perfume que sacudió mis feromonas instantáneamente.

Podría haberle ofrecido yo el vaso de agua, pero para eso estaba mi doncella. La llamé.

Maquillada, perfumada y cuidadosamente peinada apareció en escena con ese aire  andrógino en sus movimientos.

Bebió el agua.

Sonrió más relajadamente abriendo un mundo de posibilidades  a mi imaginación.

-¿Quieres jugar a un juego donde yo pongo las reglas?- le susurré acercándome a él.

-Te quiero a ti encima de mí- contestó, deshaciendo rubores.

-Eso tendrás si te lo ganas- le contesté, ya con total seguridad.

Hice un guiño a mi doncella, ella ya sabía lo que tenía que hacer.

Trajo un largo pañuelo negro de seda.

Me situé detrás del mensajero de vaquero explosivo y mientras iba envolviéndome en el olor que desprendía su nuca le fui vendando los ojos con suavidad y firmeza.

No se negó.

Más bien sonrió complacido, con la seguridad que da el saberse ya casi ganador de un juego cargado de infinitos.

-Antes de que tus labios me rocen, quiero comprobar como besas.- le dije.

Situé a mi doncella frente a su boca.

-Bésala- le indiqué.

Rumor de dioses en el aire. 

Un viento de quietud y deleite inmortalizaron ese instante.

-Suficiente-y pararon.

-Quiero besarte a ti- me dijo.

Preludio de intenciones.

-Ya he visto como baila tu lengua en otra boca, necesito comprobar como lo hace sobre la piel. Arrodíllate.

Mi fiel Georgine, que es más doncello que doncella estaba entrenada para esto y para mucho más. Aunque su físico después de los retoques resulta un poco andrógino, aún no sé si este galán de mirada oculta se percató de ello.

-Arodillate, quiero que des placer a mi sirvienta. Si me gusta como lo haces, tal vez después…tu boca…la mía…tu lengua.-

Y lo hizo.

Me gusta ver como un desconocido se torna en  intimo y moldeable compañero de dulces perversiones. La conexión convertida en magia.

Georgine se aproximó a su boca entre abierta, subió su vestidito corto, bajó el tanga negro y sacó su excitado miembro. 

Mi mensajero preferido entendió enseguida que debía abrir más su boca. Tragó saliva. Respiro y en un acto de valentía comenzó a comerse literalmente el miembro masculino que tal vez hoy, inauguraba su boca .

Deleite de los sentidos.

Orgia visual.

La noche latiendo en mis venas.

Voy a congelar las agujas del tiempo en este instante para profundizar en estos movimientos que ni las olas del mar podrían igualar.

Suficiente.

-Ahora quiero ver como te excitas para mí, como mantienes la llama y no te dejas vencer por ella.-

Suspiró.

Georgine sabia lo que tenía que hacer. Eran años ya de fiel adiestramiento. Se arrodilló frente  al brasileño de vaqueros visiblemente abultados.

Botones fuera, pantalón al suelo y la sorpresa de un miembro tan crecido como agradecido.

Movimientos lentos y suaves al principio, yo iba dirigiendo el ritmo con mis manos sobre la peluca negra de mi doncella. Marcaba la cadencia y  la intensidad conforme mis dedos se movían de un modo u otro.

Cuando lo estimaba conveniente un gesto mío servía para parar el deleite. Entonces el carioca hacia una mueca con su boca. Mezcla de alivio y de rabia.

Volvíamos a la noria sensorial de placeres y retiradas a tiempo.

Me acerqué al musculado trasero del aún sin nombre mensajero. Agarrándolo con fuerza le susurré:

-Qué bien estás haciendo todo.-

-Quiero sentirte- me respondió bajito.

Acaricié sus pectorales, su cuello. Introduje mis dedos en su  boca mientras Georgine seguía engullendo su enorme miembro.

-Aguanta, hazlo por mí.-Volví a susurrarle.

El momento del éxtasis define tanto a una persona, sus movimientos, sus gestos, sus gritos. La mirada. Las palabras…

Quise comprobar como era al romperse de placer fuera de mi.

-Y ahora, te me vas a ir justo cuando yo te lo diga- le indiqué besándolo con ganas  vestidas de  azul.

El ritmo de Georgine aumentó mecido por mis dedos, yo seguía apretando las nalgas del brasileño y como el tiempo solo tiene la realidad del instante, susurré a mi doncella:

-Abre bien la boca, déjate inundar.-

Y regalando una palmada bien fuerte en el trasero del mensajero pronuncié las palabras más deseadas para él en ese momento.

-Ahora, córrete para mí.-

Refinamiento último.

Perversión máxima.

Delirios de espuma blanca.

Aullidos de venas abiertas….

¿Qué si me gustó?

Lo habría devorado ahí mismo.

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“Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Dije: ¿ es contagioso?

Tú dijiste: Bébetela de un trago”

Siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

Añoraba los paseos por aquellas largas avenidas  repletas de edificios de oficinas y de parques inabarcables. Deseaba volver a casa, a ese olor afrodisiaco que le regalaba la ciudad en pre otoño. Al asfalto, al rugir de las motos bajo sus tacones.

Cogió aire, cerró los ojos y allí estaba, en uno de sus rincones preferidos.

Quiso andar, llenarse de las sensaciones que la ciudad le iba regalando a modo de tórrido recibimiento.

Casi había olvidado como era subir en el metro , se olvidó del coche y tomó el metro ligero que estaba más cerca.

Subió al vagón. Sonrió. Vio alguna cara conocida. 

Se acomodó.

Cruzó sus piernas de vaqueros cortos y sandalias planas y se dispuso a escuchar su iPod. 

Le vio entrar. Le reconoció enseguida. Su memoria fotográfica era inmejorable.

Desde hacia meses él la seguía en instagram, su perfil era elegante con bonitas fotos de viajes y deportes que solía practicar.

Él últimamente se había armado de valor y en un acto de auto inmolación se atrevió a escribirla, no solo eso, si no que fue confesándola alguna, de sus de momento, imposibles fantasías eróticas. 

¿Fantasías?

Si solo fueran fantasías, podría dormir tranquilo por las noches, llamarían a su puerta de vez en cuando, aguardarían pacientemente su turno y cuando se sintiesen derrotadas se marcharían, sin más. Esto era algo más. Eran necesidades, era su esencia pidiendo a gritos salir, cobrar vida, ver mundo.

Él la escribía mensajes en su instagram, ella le contestó en pocas ocasiones aunque siempre le leía.

-Deseo ser tuyo.-

-Úsame.-

-Utilízame.-

-Humíllame.-

-Hazme saber a quien pertenezco.-

-Mándame.-

-Deseo lamerte. Entera. Llenarme de tu olor.-

-Imagino tus pies desnudos en mi boca. –

-Me muero por beberte.

Cositas así y otras mucho más detalladas.

Ella sonreía cada vez que las leía.

Sabia que eran casi vecinos por alguna de las imágenes que él había colgado. Normal que en algún momento, en algún centímetro cuadrado del universo acabaran coincidiendo, por necesidades o no, de un destino caprichoso, ávido de morbo y juego.

Yo juego . 

Tú juegas. Jugamos los dos.

Sigilosa, se puso sus gafas negras, se retocó el carmín rojo de los labios y se dirigió a su encuentro sin que él se diera apenas cuenta de la brisa que acompañaban sus pasos.

El estaba de pié haciendo que leía un periódico. En un lento y armonioso movimiento se  situó detrás.

-Arrodíllate frente a mi ahora mismo y besa los dedos de mis pies.-

Él se dio la vuelta.

Sorprendido. Inquieto. Excitado. Titubeó.

-Es una orden- reforzó ella en tono dulce y directo.

Lo hizo.

A ella le gustó. 

Le acarició el cabello como señal de aprobación.

Sin vergüenza, sin temor, sin pereza. Con devoción. Con obediencia. Tal y como a ella le gustaba.

Su cálida lengua repleta de interrogantes y erecciones comenzó a recorrer sus dedos de uñas rojas y sandalias aún veraniegas.

Instantes indefinidos y confusos después, ella le contuvo con otro gesto en su cabello y él supo que debía parar.

Elevó con sus manos el rostro de él y le preguntó:

-¿Verdad que deseas obedecerme?-

Asintió sin atreverse apenas a mirarla a los ojos, que para aquel entonces ya no se ocultaban tras las gafas de sol.

Ella no le preguntó, no hizo falta. Estaba segura de que él sabia. No fueron necesarias las presentaciones. Ni oportunas.

Ella humedeció alguno de los dedos de su mano derecha, de también alargadas uñas rojas, los untó del delicioso néctar de su saliva y se los ofreció a él. 

Arrodillado aún, los acogió con ansia y hambre atrasada.

Uno a uno los fue introduciendo en su boca de gruesos labios.

Primero uno, luego otro, después dos a la vez, tres…así hasta abarcar su boca entera.

-Buen chico- le susurraba ella a intervalos inconcretos.

Cuando se sintió casi saciada paró, se dirigió hacía su rostro y le besó. Se volvió a elevar y le ordenó que abriera su boca.

Ella le quiso ofrecer su último regalo antes de bajarse del vagón.

Gota a gota fueron cayendo alientos de una dulce saliva que él supo atrapar y saborear. Cuando ella frenaba el ritmo, él aguardaba con su boca abierta y paciencia aparente. Entonces ella volvía mientras sonreía satisfecha y orgullosa de su comportamiento.

-Y ahora sigue leyendo, puedes ponerte de pié ya.-

El quiso preguntarla, hablarla, agradecerla, pero ella desapareció con la misma rapidez y sigilo con el que había llegado.

Las puertas del vagón se abrieron. Demasiada gente en movimiento. Demasiado ruido. No pudo despedirse ni verla.

Al llegar a su casa comenzó a preguntarse si no lo habría imaginado en una suerte de micro sueño mientras intentaba leer el periódico en aquel vagón 

en una tarde cualquiera de finales de verano.

Privilegios de penumbra.

Se miró de casualidad en el espejo y comprobó que una sutil mancha de carmín aún lucia en su boca.

Respiró aliviado.

Tan aliviado como excitado.

Tan excitado como exhausto.

Tan él como nunca.

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“Serás quien yo quiera.

Haré de ti un ornamento de mi emoción puesta donde yo quiero,

 y como quiero, dentro de mi.

Contigo no tienes nada. 

No eres nadie, porque no eres consciente;

apenas vives...

La crueldad del dolor-gozar y sufrir,

por gozar la propia personalidad consubstanciada con el dolor.

El último refugio sincero del ansia de vivir y de la sed de gozar.”

( F. Pessoa)

Y a ti, ¿quien te mueve el piso?

A mi me lo mueve él con su voz crepuscular y seca, repleta de noches y de excesos, pidiéndome una vez más de rodillas que regrese pronto, que el mar me tiene cada noche y que él apenas puede ya recordar como era el sonido de mis tacones sobre su piel. Se remueve bajo su larga cabellera rubia, se desnuda desde su allí y me invita a bailar.

Le explico que el romance entre el océano y yo es una historia kármica convertida en leyenda ya. Que cuando él duerme o tumba los bares, yo me sumerjo desnuda en el agua bajo el manto protector de la luna, que me dejo mecer por las olas y que el aire de la madrugada azul acaricia mis pechos, casi tan bien como lo hacia él entre mis sábanas.

Me pregunta entonces si sus humedades blancas ya no me llenan tanto como la espuma del mar.

Respiro lento. Puedo oler su perfume desde este aquí.

Intento dibujarle con palabras como es salir del agua bajo la complicidad de las estrellas, mientras la arena y las piedras flirtean con mis pies de uñas rojas con tanta dedicación como lo hacía él cuando después de lamérmelos, le ordenaba que siguiera con sus manos. Y lo hacía. Minutos, horas o eternidades.

Y mi calor, ¿no lo extrañas? -insiste y demanda.

Vuelvo a respirar bajo la atenta mirada de gaviotas de vuelo inquieto.

¿Como imaginarme huérfana del abrazo del sol en mi piel mojada cuando el rayo aún es ligero, cuando apenas roza en un simulacro de caricia?. Cuando preveo el ardor del después y me retiro a tiempo. O no.

Deshacerme de la ropa, abandonarme al viento, al sol, al rumor del agua. Dejarme acariciar por todos a la vez mientras me sostiene la tierra para que no caiga borracha de tanto placer en manos de cualquier desconocido que no entienda de oleajes, ninfas y sealkies.

Mi ración de vicio está cubierta, pienso. Me lo monto con el mar cada noche, desde mi balcón lo observo, lanzo mi trenza para que trepe a mi lecho, o bajo yo desprovista de telas a su arrullo. Y me mete la lengua hasta las profundidades de mi oscuro deseo. Chorreo entre sus aguas. Nubes de misterio me penetran. Poseer es ser poseído-me susurran.

Y solo existe ese momento y este ahora.

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“...Tú eres del sexo de las fomas soñadas, del sexo nulo de las figuras.

Mero perfil a veces, mera actitud otras veces, otras gesto lento apenas. Eres momentos, actitudes espiritualizadas en las mías. Ninguna fascinación del sexo se subentiende en mi soñarte, bajo tu veste vaga de Madonna de los silencios interiores.

Pura, solo tú, señora de los sueños, que yo puedo concebir amante sin concebir mancha, porque eres irreal.

¿Como no adorarte si sólo tú eres adorable?¿Como no amarte si sólo tú eres digna del amor?

Quien sabe si soñándote yo no te creo, real en otra realidad; si no irás mía allí, en un distinto y puro mundo donde sin cuerpo táctil nos amemos con otra manera de abrazos y otras actitudes esenciales de posesiones.

Sé el día eterno y que mis ponientes sean rayos de tu sol, poseídos en ti.

Sé el crepúsculo invisible y que mis ansias y desasosiegos sean las tintas de tu indecisión, las sombras de tu incerteza.”

(El libro del desasosiego. Pessoa)

Un sorbo de café.

Amaneció lluvioso. Ese olor y el sonido del mar trajeron a su mente antiguas experiencias, más que exóticas. Eróticas. Húmedas como el mar que acariciaba su mirada.

Hoy tiene que ser una jornada especial-se dijo a sí misma.

Desde su balcón vio a una chica sentada en un banco, era morena de larga y suelta melena, falda corta a cuadros, sandalias rojas y camisa blanca, de aspecto frágil. Pareciera una colegiala salida de algún colegio mayor, si no fuese porque debía tener cerca de 30 primaveras. 

Y ese aire de estar esperando algo o a alguien. 

Relajada. Sonriente.

Simplemente estaba allí.

Elsa quiso pasar por su lado, la imagen de su quietud  y sensualidad  habían provocado en ella cierta curiosidad irremediable.

Al acercarse comprobó por sus rasgos que tal vez podría ser asiática, mestiza más bien.

La chica se apresuró hacia ella con un tono de voz cálido:

-Hola, ¿tienes fuego?-

-No fumo, pero vivo aquí al lado- No supo como pronunció esas palabras, salieron casi automáticamente de su garganta, o de más abajo tal vez.

La desconocida abrió mucho sus ojos negros, dudó medio segundo y confirmó con su sonrisa. 

-Vayamos a por ese mechero- dijo levantándose del banco que acariciaba desde hacia tiempo ya su cuerpo.

No tardaron ni un minuto.

Elsa llamó al timbre de su bonita casa y su asistenta abrió la puerta.

Esa asistenta o “sisí” tan deliciosamente educada y formada por ella misma lucía el mejor de sus uniformes ese día. Un vestido corto negro, con su delantal blanco y su cofia blanca también. Una gota del perfume que sabía complacería a su ama y una sed de servir en su mirada, mirada que a no ser que Elsa le diera permiso, estaba proyectada hacía el suelo.

-Me llamo Luna- dijo la desconocida mirando a Elsa sin ningún atisbo de sorpresa en su rostro. Sin duda la impresión que la refinada doncella había causado en su aventurera mente había resultado más que positiva.

Pasó al interior sin titubeo.

-Georgine queremos tomar un café. Apúrate- solicitó Elsa a su femenina sirvienta. 

La más femenina de todas, pese a guardar apariencia de hombre bajo esas telas, la más educada de todas, aunque le costó dejar ciertas torpezas en el comienzo de su adiestramiento, la más sonriente de todas, y eso, afortunadamente fue así desde el principio.

Ellas esperaban en la terraza, con vistas al inmenso mar. Hablaban de música y de los orígenes de Luna. Padre asiático y madre peruana.

-Preciosa mezcla- le confesó Elsa.

Y allí estaba la eficaz doncella, con su bandeja de plata, sus tazas, sus cubiertos y esos bombones que aunque no se los había pedido, sabía que siempre debían acompañar a un buen café.

Sirvió el café y antes de retirarse para no molestar, Elsa le hizo una señal con la mirada.

Ella ya sabía lo que debía hacer.

Se colocó en el suelo  apoyada con las manos y rodillas y se dispuso a ser la mejor mesa que la invitada hubiera podido ver.

Con tan corto uniforme se podía ver su ropa interior. 

Un tanga rojo que Elsa le había hecho ponerse aquella mañana, y debajo aún llevaba una gruesa  jaula de castidad. Cuando llegase el momento conveniente, su dueña se la retiraría.

Luna sonrió divertida.

-Qué suerte tienes- dijo sonriente a Elsa.

Si, aunque mi trabajo me ha costado, el adiestramiento es agridulce. Hay momentos de castigo, de recompensas y halagos que se tornan a veces en más premios o en otra suerte de castigos y privaciones. Pero sí, debo decir que el resultado ha sido y es, casi excelente. Claro que…-y esta vez por su tono, el mensaje iba dirigido a  su doncella.-

…Soy exigente, y la perfección nunca descansa, aún sigo educándola-

-Por ejemplo si yo le digo ahora  que, además de mantener la espalda recta para que la bandeja no se caiga y derrame nuestros cafés, me acaricié mis delicados pies…-

No tuvo que seguir la frase.

Georgine, complaciente y delicada acarició su pie, después de haber retirado la sandalia negra que acompañaba a su exquisita extremidad.

-Y si yo la dijese que lamiera mis dedos, uno a uno mientras seguimos saboreando estas cálidas bebidas, lo haría presta y sigilosa.

Georgine se adelantó con torpeza hacia sus dedos.

-Pero aún no se lo dije- protestó Elsa.

-Lo ves, querida amiga, la educación nunca termina. En varias ocasiones he de castigarla por este mismo motivo, se adelanta a mis deseos.- 

-Te entiendo- respondió Luna de la manera más asertiva que pudo. Me gustaría ayudarte con el castigo para que de una vez por todas aprenda esta lección y pueda ser más perfecta para tí.

-Me encanta escuchar eso- susurró Elsa en el oido de la cada vez menos desconocida-Te cedo el turno.

Y la joven de rasgos asiáticas se levantó, se dirigió al culito de la doncella  y le bajó con rapidez su lencería, dejándola expuesta.

-Buena decisión-aprobó Elsa.

El pie enfundado en sandalias rojas de la desconocida comenzó a acariciar las partes intimas de Georgine, Sus testículos y su culito que pedía a gritos varios azotes y algo más.

De las caricias con el pié paso a los pequeños golpes. Para ese momento la bandeja ya yacía en el suelo por decisión de Elsa. Y de los pequeños golpes surgieron unas directivas patadas que su blanca piel enseguida notó..

Elsa se puso en pie y mientras su amiga instruía a la sirvienta, ella le introdujó de nuevo sus pies, primero uno y luego el otro en esa boca pintada de carmín rojo.

-Así me gusta Georgine- que tu pequeño dolor no interfiera en mi placer.

De repente la invitada paró y se dirigió al oido de Elsa, a modo de confesión se lo dijo sin más preámbulos.

-Me gustaría follarme a tu sirvienta, nunca antes había podido hacer esto con nadie-

-Claro que sí, hoy Georgine es toda tuya, te la cedo para que hagas con ella lo que desees. Ella ya sabe que ha de satisfacer a quien yo quiera cuando yo lo desee.-contestó Elsa más que satisfecha con el atrevimiento de su desde ya, amiga.

Elsa le mostró una vitrina enorme llena de juguetes varios y arneses de distintos tamaños y grosor.

-Este es mi preferido-quiso indicarle dada su poca experiencia, pero puedes elegir el que prefieras.

La invitada cogió el indicado por Elsa, más otro de tamaño mayor.

-Valiente sin duda- pensó Elsa sonriendo.

Luna se situó detrás de Georgine y se levantó su faldita corta para colocarse el arnés, dejando ver que no llevaba lencería alguna.

Elsa se dirigió hacia ella cuando comprobó que se estaba haciendo un lío con las tiras del arnés.

-Hoy te estrenas, primeriza- dijo Elsa mientras la sujetaba fuerte el artilugio.

-Estás preciosa-Toda tuya, hazle saber como debe comportarse.-

Y mientras los dedos  del pie de uñas rojas follaban la boca de la doncella a veces despistada, su culito comenzaba a recibir las envestidas de una novata, que precisamente por eso parecía insaciable. Primero suave, luego fuerte, después rápido. Aquella polla de plástico negro se hundía bien dentro de Georgine que sin poder evitarlo lanzaba alaridos de satisfacción y dolor al mismo tiempo.

Luna paraba unos segundos, le regalaba algún nuevo azote, para después volver a la carga. 

-Me encanta meterme dentro de ti, Georgine- le decía con toda la seguridad del mundo, sabiendo que la doncella no pronunciaría palabra si no tenía permiso para ello.

El miembro erecto de la sirvienta parecía explotar ante tanto galope recibido. Elsa sabía que cuando comenzaba a gimotear es porque estaba a punto de no aguantar ni una embestida más. Aún así, minutos eternos siguieron antes de que le dijese a Luna:

-Sé que lo estás deseando- Haz que se corra y que grite tu nombre y el mío.

Ritmo álgido. Galopes de color azul que se tornaban en cruce de sentimientos y emociones. Georgine se moría de placer y no podía expresarlo, esa era la mayor de las torturas sin duda. Hasta que:

-Ok, Georgine, ahora sí, puedes disfrutar sin limites de mi invitada. Demuéstrame como te gusta su verga dentro de tu sediento culito-

Y ocurrió.

Gritó con voz de silencios retenidos. Dijo el nombre de su dueña con deleite duplicado. Eternizó el placer porque sabía que debía hacerlo y casi derrumbada y extasiada dio las gracias frente a los pies de su adorada dueña.

La excitación de las amigas podía olerse en el ambiente. Se miraron, se sonriéron.

Elsa dejó a Georgine en la terraza, atada a una barandilla mientras cogiendo de la mano a su invitada pasaban al interior de la casa.

-Estoy tan excitada- le confesó Luna con la mirada.

-Lo sé- respondió Elsa mientras buscaba su boca.

….

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Como es adentro es afuera.

A veces es el sol quien me quema. En invierno también, que si no está me lo invento.

A veces la luna, me desnuda y me dejo abrazar, pero en otras ocasiones es ver la impaciencia en sus ojos lo que me arde.

Dentro.

Fuera.

-Esta noche duermes bajo mis pies- le dije.

Y así fue. Desnudo con su correa correspondiente en el cuello vigiló mis sueños con la devoción que ya preveía.

Horas antes de dirigirme a mi cálida cama, le até y allí se quedó esperando. Que el carácter se forma en la espera y en las tardes de domingo, dijo alguien, algún día, en algún momento de inspiración.

Cuando Morfeo comenzaba a susurrarme deliciosas obscenidades me dispuse a reunirme con él. Me desnudé lentamente frente al espejo. Esta vez le permití observarme. Generosa que es una, a veces.

Ya sin ropa que me rozara la noche, me cubrí con mi aceite especial. Dulcemente comencé por los pies, fui subiendo por las piernas, mis caderas comenzaron a reclamar atención y ahí me deleité observándome en el espejo que colgaba vertical al lado de la cama. Más aceite en mis pechos, en los brazos, en los hombros. 2 gotas de perfume para seducir aún más al dios del sueño y antes de meterme dentro y fundirme con la cálida funda nórdica de plumón, le permití que me besara los pies.

Abrió su boca ansiosa y casi devora mi pulgar.

-Suave- le indiqué tirando de la correa.

Se aplicó. Tampoco tenía alternativa.

Un dedo dentro de su desesperada boca, dos, tres, cuatro, fue algo así como follarle la boca como mi delicado pie. Agilicé el ritmo, lo sacaba y lo introducía a mi antojo.

Dentro y profundo. Fuera y dentro otra vez. Su lengua se derretía de ganas al verlo desde la pequeña distancia de apenas centímetros. Lo acercaba y cuando apenas podía rozarlo se lo retiraba otra vez,

Excitado. Erecto. Inquieto. Pedía más con su mirada, pero su impaciencia hacía crecer mi sadismo.

-C’esto tout- le dije.

Y así fue.

Tenía una cita con alguien en sueños y eso nunca fue negociable.

“Lo terrible es algo que necesita nuestro amor”

(Rilkei)

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Haz lo que nunca has hecho y verás lo que nunca has visto.

“Yo en tí
Yo te he buscado
cuando el mundo era una piedra intacta.
Cuando la cosas buscaban sus nombres,
ya te buscaba yo.

Yo te he procurado.
en el comienzo de los mares y de las llanuras.
Cuando Dios procuraba compañía
ya te procuraba yo.

Yo te he llamado
cuando solamente sonaba la voz del viento.
Cuando el silencio llamaba por las palabras,
ya te llamaba yo.

Yo te he enamorado
cuando el amor era una hoja en blanco.
cuando la luna enamoraba las altas cumbres,
ya te enamoraba yo.

Siempre,
desde la nieve de los tiempos,
yo, en tu alma.”

 

           (El sueño sumergido 1954. Celso E. Ferreiro.)

 

 

…Mi chico obediente.

Mi chica servicial.

La más fiel de todas las fieles. La más sumisa de todas ellas.

La que siempre dice sí.

La maquillo, la visto, la dejo bien bonita.

Que se vea única y especial frente a todos los espejos. Como lo que es.

Y la saco a pasear.

Con su correa, con sus esposas en las manos. Porque no las necesita estando conmigo.

Un antifaz negro y rosa lleva su nombre en algún rincón de mi estudio, lo encuentro y ya es de ella, y así nos paseamos por Madrid en pleno invierno. Su lencería roja comprada especialmente para ese día. Encima, ropa de abrigo, eso no es negociable. Y la luzco en un parque bien grande.

Mi mascota. Mi sumisa. Mi obra de arte.

Paseamos entre árboles que nos saludan orgullosos ante tanta obediencia y devoción, los abrazamos. Las ardillas y algún perro curioso salen a nuestro encuentro también. Y así, la niebla se va disipando.

Mi chica de labios rojos y cinturón de castidad en el alma y en la piel no me va a decir que no a mi capricho de domingo. Y es que ella es así.

Así, como yo la construí.

Como él ya era.

El abrigo al suelo y ella atada en el árbol. Ataduras que durarán lo que yo necesite. El antifaz en sus ojos, que se derretirá en el momento justo. Un suspiro en sus labios. Y un:-“confía en mí “-en sus oídos.

Sonríe y la beso.

Le bajo el pantalón para que respire su piel.

Su sexo luchando por salir de la jaula de acero se enfurece cuando acerco mi boca a ella y soplo. Me observa, no la estoy mirando, pero lo sé. Acerco mi lengua. Se queda con las ganas de más. Acaricio el frío metal que oprime su deseo a flor de piel y mordisqueo su cuello.

-No vayas a moverte- le susurro. Y me voy.

Regreso en unos minutos y la encuentro acompañada. Un policía frente a ella la observa con incredulidad y deseo. No habla, solo mira.

-¿Quieres unirte?- le pregunto.

-¿Puedo?- me dice.

-Hoy, sí- añado.

Me sonríe con melodía de interrogación.

-Te cedo porque me perteneces- susurro a mi fiel sumisa.

Ella asiente algo agitada.

Saco la llave que abre la jaula de su impaciente castidad y mientras el policía se va arrodillando, compruebo que el antifaz sigue en su lugar.

-Toda tuya-le digo a modo de invitación.

Y se lanza con su boca de hambre atrasada. Les observo. Me deleito y podría alargar ese momento varias eternidades.

-Más fuerte- le indico. Como no capta bien mis indicaciones, sujeto la cabeza de cabello cobrizo y le guío sobre como han de ser los movimientos para que mi leal sumisa goce pero no termine. No aún.

Ella se remueve desde sus ataduras.

Musita algo parecido a un -“para, por favor”.-

Ella sabe que no puede elegir ni decidir. “Más rápido”- le digo a nuestro invitado.

Cuando ya me he recreado suficiente y sin que ninguno explote sus ganas en mitad del parque, invierto los papeles. Mi sumisa se arrodilla, esta vez sin el antifaz y con el pantalón en el suelo. Está casi desnuda pese al frío, solo cubre su piel un body rojo y una bufanda roja también.

El policia prevé su placer y se relame.

Mi disciplinada chica se lo come con ansia y bulimia de décadas inconclusas.

-No te atragantes- le digo notando el fervor de sus movimientos.

-Y sobre todo hazle gritar de placer.-

Cada orden va directa a su hipotálamo como si del olor más sugerente se tratase y no quisiera dejarlo escapar. Para atraparlo por siempre en su memoria. Retenerlo y hacerse con él cuando lo necesitase.

Saca su lengua y se demora en los bordes rosáceos del eréctil miembro que frente a ella va creciendo hasta casi abarcar todo el parque, o así se le antoja ante sus ojos. Abre la boca salivando y lo engulle sin apenas usar sus manos.

Los observo. No hay publico. Mejor así -pienso.

Cuando el invitado de cabello rizado está al borde del delirio sujeto la cabeza de mi chica y ella para. El policía lleno de desconcierto y placer truncado me mira.

-Paciencia- le digo sin palabras.

Cierra los ojos y suspira.

Otro breve gesto en la cabeza de mi fiel esclava y remata el delirio que moría por cobrar vida entre los arboles de un parque cualquiera en un domingo invernal de Madrid. A chorros, a borbotones. Espeso. Blanco y radiante como la nieve que en algún punto del planeta estará cayendo ahora mismo.

-Traga y saborea todo-

Lo hace. Se relame y me mira.

Acaricio su cabello.

Sabe que estoy orgullosa de ella.

De él.

 

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Pronúnciame despacio.

Reunión importante en el Olimpo para celebrar el solsticio de invierno. Atenea hizo la convocatoria para reunirlas a todas, a sus intimas, a sus pérfidas y bellas cómplices y celebrar esa noche como ellas se merecían.

Llegó Gea con una hora de retraso  debido al caótico trafico de la ciudad, llegó y lo hizo enfundada en un delicioso vestido de látex recién adquirido en alguna urbe europea.

Corto y a la altura de sus muslos. Sin ropa interior, como de costumbre en ella y con unos zapatos de suela roja y tacón alto que llevaba en la mano para sentir mejor la calidez del suelo en sus delicados pies. Entró a la casa, descalza con las uñas de los pies rojas, a juego con sus gruesos labios.

Y en el salón de sofisticada decoración estaba Afrodita, envuelta en un perfume único a base de esencias y misterios varios, vestía de negro y oro, un traje de licra muy ceñido rozaba su cálida piel. Botas altas negras y esa sonrisa irreverente en su bello rostro de melena rojiza.

A su lado, su intima Atenea, tumbada en un sofá de cuero negro devorando la última adquisición literaria y fumando con tanta suavidad como solo ella sabía hacerlo.

Y tras Gea, apareció la rezagada Nyx, lucía un cat suit negro, amarrado a su cuerpo como si el tejido temiera dejar de tocarla y no volver a sentirla nunca más. Llevaba atada su rubia y rebelde cabellera en una coleta alta que hizo las delicias del resto de las diosas de melena al viento.

Gea se había encargado del catering, el más exquisito para sus hedonistas cómplices. De la música y otras ambrosiacas bebibles Afrodíta, y de la sorpresa más esperada, Atenea.

En mitad de la noche sonó el timbre y ahí estaba él. Dispuesto a satisfacerlas a todas el tiempo que ellas necesitaran y como ellas deseasen.

¿Por qué? Porque así lo quería Atenea, y con eso era más que suficiente.

Sin paréntesis.

Sin interrogantes.

Sin trincheras.

Con todo.

El esclavo en sí le pertenecía a ella, pero lo cedía siempre que lo consideraba oportuno. Y esa noche era más que oportuno.

Era necessário.

Deseado.

Planeado. Que las sorpresas estimulan, pero un buen plan permite disfrutar del ritual de la preparación con tanto deleite como del momento de la ejecución.

Algo tímido pasó, sabia que serían varias en la reunión, con lo que no contaba era con tanta belleza y despliegue de armas de seducción masiva. Su voz tembló cuando su dueña le preguntó el motivo de su tardanza.

Él titubeó.

Tosió. Se azoró.

Y  finalmente alcanzó a pronunciar palabra cuando ella le miró retadora.

-El trafico en Diciembre en esta ciudad es terrible, lo siento mucho.-

-Esta bien, vístete con la ropa que te dejé en el baño y prepárate para servirnos la cena. Necesitamos saborear algunas cositas, después ya pensaré cómo nos compensarás por esta falta.-

Todas llevaban una adornada máscara cubriendo parte de su rostro, era parte del juego y de la noche. Cuando el esclavo estuvo preparado con su ropa elegantemente elegida por su dueña se presentó ante ellas, arrodillado y dispuesto a obedecer. Dispuso según lo ordenado todos los manjares en una bandeja dorada sobre una mesa baja.

-Prefiero otro tipo de mesa- murmuró Atenea sonriente.

Él supo como debía colocarse, finalmente llevaba años al servicio de su dueña.

Dispusieron el sushi y otros caprichos invernales sobre su espalda y a él le cubrieron con una capucha de cuero con las aberturas estrictamente necesarias

-Buen semental, Atenea, atractivo, educado y servicial, te felicito querida.-comento Gea sonrientemente impresionada .

Atenea acercó sus labios a los de su amiga y la besó en señal de agradecimiento. 

Pasó un intervalo de tiempo indefinido cuando Afrodita le preguntó muy atentamente si tenía algo de hambre, él modestamente dijo que no, pero al insistirle acabo admitiendo que sí, entonces ella le ofreció su pie de perfectas uñas rosas. Lo introdujo en su boca mientras Atenea comprobaba que su postura permanecía erguida, si en algún momento él flaqueaba, ella misma le enderezaría con la fusta que en todo momento la acompañaba.

Como ella solía decir: “El mejor amigo de una mujer es una buena fusta.”

Su dueña sabía que aguantaría perfectamente la postura pues en su adiestramiento había conseguido que aguantara varias horas en la misma posición sin moverse ni quejarse. Sin embargo esta situación era nueva para él.

El primer golpe para corregirle  dolió, más moralmente que físicamente y a pesar de que ni se quejó ni dejó de adorar el pie que ocupaba su boca, sí se movió ligeramente y estuvo a punto de perder el equilibrio, peligrando la bandeja que descansaba sobre su espalda.

Todas comentaron divertidas que ese control que hizo que en el último momento la bandeja no se cayera al suelo le había librado de un castigo bastante severo. Un castigo que se habría sumado al inicial por su retraso injustificado e imperdonable.

Tensó el cuerpo y concentró todos sus sentidos en la tarea de ser una mesa perfecta mientras su boca adoraba el pie que se le ofrecía mientras notaba como el deseo corría por las arterias de las calles sin nombre.

Lentamente las diosas fueron disfrutando la cena, de vez en cuando le preguntaban si tenía hambre y él agradecía la pregunta para después responder que sí, momento en el cual su boca era poseída por uno de los bellos pies de alguna de ellas para que lo besara y lo adorara.

Su lengua trazó los perfiles de cada uno de aquellos suaves pies, los recorrió sediento, hasta que  Atenea, siempre pendiente de él, decidía hidratarle con su dulce saliva. Entonces ella recogía su cabello, levantaba el rostro de él, le miraba atentamente y le ordenaba que abriera su boca. El lo hacia ansioso. Ella casi rozaba sus labios con los de él, pudiendo atrapar su delicado perfume y como a cámara lenta le iba nutriendo y en cada gota, un pequeño éxtasis para él. Y en cada partícula de vida que ella le regalaba, más crecía su devoción hacia su dueña. Su ADN se multiplicaba por mil veces el nombre de ella. Agonía y muerte. Vida y volver a renacer después.

La cena terminó. La noche se prolongaba. El limbo eternizado en la piel del esclavo.

Ven, sígueme.- Atenea le ató una correa al collar metalizado que adornaba su cuello y le guió hacia una sala de baño perfectamente ambientada. Luces tenues, música de fondo y un gran jacuzzi listo que aguardaba la entrada de las bellas ninfas. Atenea le ató al toallero mientras ellas se desvestían.

Le cubrió los ojos, y ellas fueron deshaciéndose de sus atuendos con ayuda mutua. Gea, desvestía a Nyx. Sus uñas largas a veces se enredaban en la blanca piel de su amiga, ella sonreía y la ayudaba en la tarea. Entonces Afrodita se acercaba y rozaba los senos de Gea, Atenea las observaba y en el instante menos esperado y más deseado mordisqueaba los pezones de Gea. Gea entonces se deleitaba en la escena mientras comenzaba a navegar en la espalda de su amiga, y bajando llegaba a sus nalgas perfectamente dibujadas, las agarraba con delicadeza. A intervalos de fuerza. Ella gemía pidiendo más. Mientras, el fiel esclavo solo podía escuchar y adivinar la escena.

Ellas casi podían sentir como se iba agitando la respiración de él, disfrutando así por tan lenta y dulce agonía.

Se sumergieron en el agua burbujeante. El jacuzzi era redondo y grande. Cabían perfectamente las cuatro y habría entrado igualmente una quinta persona, pero eso aún no era una opción para él.

Se embadurnaron de geles, espumas y ambrosías.

Se tocaron.

Se rozaron.

Se profundizaron.

Se gozaron.

Se besaron.

Extasiadas rieron.

Bromearon. 

Él las escuchaba. Gemidos. Risas. Cuchicheos. Placer acuoso. Chapoteos y más gemidos. 

Adivinaba la risa de su dueña, inconfundible. Como cuando reía cerca de él y al hacerlo se paraba el mundo.

Deseos reprimidos. Esa era su condición. Aguardar. Conformarse. Agradecer. Ser.

Y ser para servir. Y disfrutar en la entrega.

Varios delirios después desearon salir y Atenea se adelantó. Desató al esclavo, le quitó el antifaz y le ordenó que las secara. Una a una.

Eso hizo.

Comenzando por los pies, las piernas, suavemente fue secando la humedad que escondían entre sus muslos, apenas se atrevía a rozar su sexo, pero Atenea le dio permiso y eso fue haciendo con todas. Sus nalgas, sus vientres, sus senos.

Gea entonces, se sentó en el jacuzzi abrió las piernas y le indicó que no la había secado bien. Él se esforzó en el intento.

-Así no- le regañó molesta.

-Con el calor de tu lengua.

Afrodita le quitó la capucha para que fuera más ágil en sus movimientos y él se dispuso a obedecer.

Cuchicheos. Risas. Una trama en el aire. Un castigo pendiente. Unas ganas de más. Siempre más.

Atenea le azotó mientras satisfacía a su amiga.

-Esfuérzate, esclavo, después deberás hacer lo mismo con nosotras 3. Todas hemos de quedar muy complacidas.

Él tembló. De promesas de placer y de responsabilidad.

Las 3 se enfundaron con varios utensilios, fustas, látigos y varas, por si en algún momento debían corregir algún mal ademán de él. 

Desnudas y sentadas en linea sobre el jacuzzi, abrieron sus piernas y aguardaron deseosas de sentir esa lengua tan perfectamente amaestrada.

Mientras esperaban su turno se iban acariciando entre ellas, sin dejar ningún placer en el aire, enlazaban sus lenguas en sus senos, sus dedos infinitos en los muslos algo húmedos aún. Las ganas con el deseo. La lujuria con la gula…

Y como el tiempo en el Olimpo es irreverente, esa noche especial aún sigue siendo esta noche…

 

 

 

 

“Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche…”

(Sonata de Otoño. Valle-Inclán)

 

 

 

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Pienso, luego vuelo.

Mi minotauro preferido es mitad hombre, mitad fantasía.

A ratos posibilidad, casi siempre vértigo.

En ocasiones lo coloreo y lo transformo en animal,

nocturno eso sí, entonces lo llevo de la mano y lo saco a bailar.

Me visto de viento y fuego, él se llena de agua bajo su pantalón.

Intenta embestir pero se le enreda la oscuridad.

Unión de animalismos.

Explota la noche , abrimos alas y surcamos abismos viscosos.

Su humor se atraganta entre mis muslos.

Le pido más.

Se abre. Primero su boca, la lleno de palabras húmedas.

No tomes tierra aún- le digo. Quien la necesita cuando el aire acaricia y revuelve.

Mi licántropo se deja bailar,

despeinado,

mientras nos sacamos a arañazos la ciudad de la piel.

“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo e mundo suelta una exclamación…”

(Jack Kerouac)

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