Saca de paseo a tus instintos.

Y como si de un viaje por los sentidos se tratase, esta mañana paseando por Madrid entré en una zapatería.

El escaparate me llamaba.

Fue inevitable.

Los colores, la música que salía desde el interior, el olor a piel o sucedáneo. Necesitaba entrar.
Me dirigí rápidamente a unas sandalias negras que me miraban, creo que fue un flechazo mutuo. Ahí estaban sonriéndome y pidiéndome que sintiera su tacto y ese olor a nuevo y a promesa de vértigo.

Mientras nos estábamos conociendo se acercó un dependiente. Elegante, sonriente.

Pude comprobar que antes de decir el esperado “¿puedo ayudarla? “me estuvo observando desde lejos. Vi su mirada fija reflejada en el cristal de la vitrina. Una mezcla de curiosidad y timidez pude adivinar, no quise seguir mirándole, estaba más seducida por el tacto de las sandalias.
Me invito a probármelas, cogió la sandalia con delicadeza, me acompañó al sofá y se puso frente a mí, como de rodillas, con tal práctica y cadencia en sus movimientos que parecía que disfrutaba haciendo este ritual.
Sin apenas preguntarme, sin apenas mirarme a los ojos, descalzó mis pies. Mientras retiraba mi vieja sandalia la depositaba sobre la alfombra sin soltarme.

Su mano sostenía mi pie con seguridad, podía notar su calidez en los dedos, en el empeine. Ejercía una mezcla de fuerza y suavidad sobre él, como si no quisiera desprenderse de las sensaciones, como si pensara que podía moverme o alejarme en cualquier momento.
Cogió la nueva y codiciada sandalia sin dejar de rozarme. “Te va a gustar.”-me dijo, mirándome sutilmente a los ojos. “Ya me gustan”- Le contesté.
Y mientras introducía la sandalia en mi pie derecho iba acariciando mi piel, ya no era una sospecha. Era una realidad, la situación le estaba gustando. Su rostro reflejaba un placer creciente.
Me estaba colocando la sandalia con tanta sensualidad que no pude evitar jugar con el pie, moverlo, depositarlo sobre su pierna.
Le gustó. Me miró.
Le sonreí.
Comenzó a acariciarme los dedos mientras los llevaba a su boca. Le miré sorprendida.
Excitada, más bien.
Entreabrí los labios, me quedé detenida en su boca, sus manos, mis pies..
No se cuanta gente habría en la tienda, y si estábamos en una tienda o donde .
Solo existían en este momento su boca, mis dedos rozando su lengua y esa mirada como maquillada de misterio, deteniendo la mía por momentos.
Cerré los ojos y me dejé envolver por las nuevas sensaciones que balbuceaban dentro de mí.

 

L.S.

 

No hay más realidad que la que tenemos dentro”

(Herman Hesse)

 

 

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