No cuento los minutos, cuento las miradas.

La chica del blues azul tiene un algo en la mirada que inquieta al chico del jazz latiente.
Él la observa desde la esquina del bar, a ritmo de una Gibson que suena a golpe de seducción.

El chico jazz sigue sus movimientos con una copa de vino en la mano, lentos, pausados.
Ella, se siente observada. Humedece sus labios en un gesto lento y seguro de su lengua. Baja la mirada, la sube cuando él menos lo espera.
Le sorprende.
Se sonríen.
El sonido ahora lo ocupa una Fender. Él chico jazz sabe reconocerla que para eso toca la guitarra las noches de luna llena en su cuarto.
La chica azul se dirige al baño. La acompañan sus tacones que estilizan su cuerpo cubierto con unos leggins de cuero.
El, se adelanta. Se encuentran en la puerta.
Sin una palabra rompen la pequeña distancia que separa sus intimidades.
El chico jazz se acerca a su boca, busca su lengua con desesperación, ella le sujeta su rostro, introduce su dedo en la boca de él.
-Besas muy húmedo_ le dice ella.
Él acaricia su sexo a través de los leggins, ella no puede evitar moverse ligeramente para sentir más aún sus dedos.
-Me recibes muy húmeda_ le dice él, sin dejar de besarla.
_Ven, te invito a mi mundo. Metete muy dentro y sal muy tarde. Mejor no salgas nunca_ susurra la chica azul.
Él lleva sus dedos al sexo de ella, después, se relame sin dejar de mirarla.
_No creo que pudiera salir fácilmente_ dice sonriendo el chico jazz.

_¿Y …como la vida es un encuentro, que tal si nos vamos a mi cuarto y te muestro unas guitarras?_
_Me muero por sentir como me penetra tu melodía_ contesta ella, sonriendo.

 

L.S.

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