Y a ti, ¿quien te mueve el piso?

A mi me lo mueve él con su voz crepuscular y seca, repleta de noches y de excesos, pidiéndome una vez más de rodillas que regrese pronto, que el mar me tiene cada noche y que él apenas puede ya recordar como era el sonido de mis tacones sobre su piel. Se remueve bajo su larga cabellera rubia, se desnuda desde su allí y me invita a bailar.

Le explico que el romance entre el océano y yo es una historia kármica convertida en leyenda ya. Que cuando él duerme o tumba los bares, yo me sumerjo desnuda en el agua bajo el manto protector de la luna, que me dejo mecer por las olas y que el aire de la madrugada azul acaricia mis pechos, casi tan bien como lo hacia él entre mis sábanas.

Me pregunta entonces si sus humedades blancas ya no me llenan tanto como la espuma del mar.

Respiro lento. Puedo oler su perfume desde este aquí.

Intento dibujarle con palabras como es salir del agua bajo la complicidad de las estrellas, mientras la arena y las piedras flirtean con mis pies de uñas rojas con tanta dedicación como lo hacía él cuando después de lamérmelos, le ordenaba que siguiera con sus manos. Y lo hacía. Minutos, horas o eternidades.

Y mi calor, ¿no lo extrañas? -insiste y demanda.

Vuelvo a respirar bajo la atenta mirada de gaviotas de vuelo inquieto.

¿Como imaginarme huérfana del abrazo del sol en mi piel mojada cuando el rayo aún es ligero, cuando apenas roza en un simulacro de caricia?. Cuando preveo el ardor del después y me retiro a tiempo. O no.

Deshacerme de la ropa, abandonarme al viento, al sol, al rumor del agua. Dejarme acariciar por todos a la vez mientras me sostiene la tierra para que no caiga borracha de tanto placer en manos de cualquier desconocido que no entienda de oleajes, ninfas y sealkies.

Mi ración de vicio está cubierta, pienso. Me lo monto con el mar cada noche, desde mi balcón lo observo, lanzo mi trenza para que trepe a mi lecho, o bajo yo desprovista de telas a su arrullo. Y me mete la lengua hasta las profundidades de mi oscuro deseo. Chorreo entre sus aguas. Nubes de misterio me penetran. Poseer es ser poseído-me susurran.

Y solo existe ese momento y este ahora.

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“...Tú eres del sexo de las fomas soñadas, del sexo nulo de las figuras.

Mero perfil a veces, mera actitud otras veces, otras gesto lento apenas. Eres momentos, actitudes espiritualizadas en las mías. Ninguna fascinación del sexo se subentiende en mi soñarte, bajo tu veste vaga de Madonna de los silencios interiores.

Pura, solo tú, señora de los sueños, que yo puedo concebir amante sin concebir mancha, porque eres irreal.

¿Como no adorarte si sólo tú eres adorable?¿Como no amarte si sólo tú eres digna del amor?

Quien sabe si soñándote yo no te creo, real en otra realidad; si no irás mía allí, en un distinto y puro mundo donde sin cuerpo táctil nos amemos con otra manera de abrazos y otras actitudes esenciales de posesiones.

Sé el día eterno y que mis ponientes sean rayos de tu sol, poseídos en ti.

Sé el crepúsculo invisible y que mis ansias y desasosiegos sean las tintas de tu indecisión, las sombras de tu incerteza.”

(El libro del desasosiego. Pessoa)