Un noviembre para cambiar de luna.

Hoy amaneció con rumor de dioses en el ambiente y con ganas de poseer el don de la ubicuidad.

Invoqué a Chronos y allí estaba él. Lo recibí con la mejor de mis sonrisas.

Deseo concedido.

En noviembre regreso a Madrid.

Tuve que montármelo con él sobre la alfombra, claro. No fue agradecimiento, me pudo la curiosidad.

Después, más vuelos en su moto, a través del tiempo y los continentes.

Privilegios de dioses.…

L.S.

Caprichos.

Una necesidad, un encargo.

Un encargo, un pedido o un que sé yo y ahí estaban ellos, los fabulosos mensajeros a prueba de las inclemencias del tiempo.

Y de todos ellos, mi preferido. Un carioca de sonrisa eterna y mirada despistada. 

La última vez que llamó al timbre me pilló recién levantada, una camiseta de tirantes blanca y un breve pantalón a juego que tapaba lo justo y necesario como para parecer que llevaba algo de ropa.

Le abrí descalza, con el pelo revuelto y el café en la mano.

Sonrió, me dio los buenos días y me entregó mi pedido.

-No te esperaba hoy, creí que llegaba mañana el encargo.- le dije, aunque en verdad le estaba diciendo:

-No te esperaba, pero bienvenido eres, llames cuando llames.-

En cuanto cerré la puerta ya me las estaba ingeniando para volver a la fuente de los deseos y realizar otro encargo.

Para la siguiente ocasión también se presentó antes de lo acordado según los mensajes recibidos de la empresa.

Y ahí estaba yo, jugando con mi doncella particular. La estaba adiestrando en el arte del pulido de tacones. Ella llevaba un uniforme de trabajo negro cortito, con delantal blanco y una cofia a juego. Sonrisa en la boca y sumisión en su entrega.

Yo iba con lencería negra. Hacia calor y no quería más tela de la necesaria en mi piel. Un bonito body negro de encaje, abierto en la espalda, descalza y el pelo recogido en un moño alto.

El sobresalto del timbre me hizo pensar en mi vecina, hacia días que me insistía en quedar para tomar un café que había traído de su último viaje. 

Abrí la puerta convencida de su presencia, cuando el cuerpo carioca de camiseta ajustada me sorprendió.

El gesto de la entrega como puro formulismo, el no saber que decir después de la consecución de su misión.

El tiempo cayendo gota a gota. 

Sortilegio de seducción.

Pasaron silencios, mundos sin forma. Y ahí estábamos, en pié, mirándonos, sin decir nada. La palabra exacta, ¿donde está cuando se la necesita?.

El crujir de los minutos avivando la imprudencia.

-¿Quieres tomar algo frio?-he tenido salidas más originales, pero fueron las silabas que acerté a pronunciar.

Y pasó. Traspasó la puerta dejando un halo de tremendo perfume que sacudió mis feromonas instantáneamente.

Podría haberle ofrecido yo el vaso de agua, pero para eso estaba mi doncella. La llamé.

Maquillada, perfumada y cuidadosamente peinada apareció en escena con ese aire  andrógino en sus movimientos.

Bebió el agua.

Sonrió más relajadamente abriendo un mundo de posibilidades  a mi imaginación.

-¿Quieres jugar a un juego donde yo pongo las reglas?- le susurré acercándome a él.

-Te quiero a ti encima de mí- contestó, deshaciendo rubores.

-Eso tendrás si te lo ganas- le contesté, ya con total seguridad.

Hice un guiño a mi doncella, ella ya sabía lo que tenía que hacer.

Trajo un largo pañuelo negro de seda.

Me situé detrás del mensajero de vaquero explosivo y mientras iba envolviéndome en el olor que desprendía su nuca le fui vendando los ojos con suavidad y firmeza.

No se negó.

Más bien sonrió complacido, con la seguridad que da el saberse ya casi ganador de un juego cargado de infinitos.

-Antes de que tus labios me rocen, quiero comprobar como besas.- le dije.

Situé a mi doncella frente a su boca.

-Bésala- le indiqué.

Rumor de dioses en el aire. 

Un viento de quietud y deleite inmortalizaron ese instante.

-Suficiente-y pararon.

-Quiero besarte a ti- me dijo.

Preludio de intenciones.

-Ya he visto como baila tu lengua en otra boca, necesito comprobar como lo hace sobre la piel. Arrodíllate.

Mi fiel Georgine, que es más doncello que doncella estaba entrenada para esto y para mucho más. Aunque su físico después de los retoques resulta un poco andrógino, aún no sé si este galán de mirada oculta se percató de ello.

-Arodillate, quiero que des placer a mi sirvienta. Si me gusta como lo haces, tal vez después…tu boca…la mía…tu lengua.-

Y lo hizo.

Me gusta ver como un desconocido se torna en  intimo y moldeable compañero de dulces perversiones. La conexión convertida en magia.

Georgine se aproximó a su boca entre abierta, subió su vestidito corto, bajó el tanga negro y sacó su excitado miembro. 

Mi mensajero preferido entendió enseguida que debía abrir más su boca. Tragó saliva. Respiro y en un acto de valentía comenzó a comerse literalmente el miembro masculino que tal vez hoy, inauguraba su boca .

Deleite de los sentidos.

Orgia visual.

La noche latiendo en mis venas.

Voy a congelar las agujas del tiempo en este instante para profundizar en estos movimientos que ni las olas del mar podrían igualar.

Suficiente.

-Ahora quiero ver como te excitas para mí, como mantienes la llama y no te dejas vencer por ella.-

Suspiró.

Georgine sabia lo que tenía que hacer. Eran años ya de fiel adiestramiento. Se arrodilló frente  al brasileño de vaqueros visiblemente abultados.

Botones fuera, pantalón al suelo y la sorpresa de un miembro tan crecido como agradecido.

Movimientos lentos y suaves al principio, yo iba dirigiendo el ritmo con mis manos sobre la peluca negra de mi doncella. Marcaba la cadencia y  la intensidad conforme mis dedos se movían de un modo u otro.

Cuando lo estimaba conveniente un gesto mío servía para parar el deleite. Entonces el carioca hacia una mueca con su boca. Mezcla de alivio y de rabia.

Volvíamos a la noria sensorial de placeres y retiradas a tiempo.

Me acerqué al musculado trasero del aún sin nombre mensajero. Agarrándolo con fuerza le susurré:

-Qué bien estás haciendo todo.-

-Quiero sentirte- me respondió bajito.

Acaricié sus pectorales, su cuello. Introduje mis dedos en su  boca mientras Georgine seguía engullendo su enorme miembro.

-Aguanta, hazlo por mí.-Volví a susurrarle.

El momento del éxtasis define tanto a una persona, sus movimientos, sus gestos, sus gritos. La mirada. Las palabras…

Quise comprobar como era al romperse de placer fuera de mi.

-Y ahora, te me vas a ir justo cuando yo te lo diga- le indiqué besándolo con ganas  vestidas de  azul.

El ritmo de Georgine aumentó mecido por mis dedos, yo seguía apretando las nalgas del brasileño y como el tiempo solo tiene la realidad del instante, susurré a mi doncella:

-Abre bien la boca, déjate inundar.-

Y regalando una palmada bien fuerte en el trasero del mensajero pronuncié las palabras más deseadas para él en ese momento.

-Ahora, córrete para mí.-

Refinamiento último.

Perversión máxima.

Delirios de espuma blanca.

Aullidos de venas abiertas….

¿Qué si me gustó?

Lo habría devorado ahí mismo.

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“Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Cogí la oscuridad bebiendo de tu copa.

Dije: ¿ es contagioso?

Tú dijiste: Bébetela de un trago”