Un sorbo de café.

Amaneció lluvioso. Ese olor y el sonido del mar trajeron a su mente antiguas experiencias, más que exóticas. Eróticas. Húmedas como el mar que acariciaba su mirada.

Hoy tiene que ser una jornada especial-se dijo a sí misma.

Desde su balcón vio a una chica sentada en un banco, era morena de larga y suelta melena, falda corta a cuadros, sandalias rojas y camisa blanca, de aspecto frágil. Pareciera una colegiala salida de algún colegio mayor, si no fuese porque debía tener cerca de 30 primaveras. 

Y ese aire de estar esperando algo o a alguien. 

Relajada. Sonriente.

Simplemente estaba allí.

Elsa quiso pasar por su lado, la imagen de su quietud  y sensualidad  habían provocado en ella cierta curiosidad irremediable.

Al acercarse comprobó por sus rasgos que tal vez podría ser asiática, mestiza más bien.

La chica se apresuró hacia ella con un tono de voz cálido:

-Hola, ¿tienes fuego?-

-No fumo, pero vivo aquí al lado- No supo como pronunció esas palabras, salieron casi automáticamente de su garganta, o de más abajo tal vez.

La desconocida abrió mucho sus ojos negros, dudó medio segundo y confirmó con su sonrisa. 

-Vayamos a por ese mechero- dijo levantándose del banco que acariciaba desde hacia tiempo ya su cuerpo.

No tardaron ni un minuto.

Elsa llamó al timbre de su bonita casa y su asistenta abrió la puerta.

Esa asistenta o “sisí” tan deliciosamente educada y formada por ella misma lucía el mejor de sus uniformes ese día. Un vestido corto negro, con su delantal blanco y su cofia blanca también. Una gota del perfume que sabía complacería a su ama y una sed de servir en su mirada, mirada que a no ser que Elsa le diera permiso, estaba proyectada hacía el suelo.

-Me llamo Luna- dijo la desconocida mirando a Elsa sin ningún atisbo de sorpresa en su rostro. Sin duda la impresión que la refinada doncella había causado en su aventurera mente había resultado más que positiva.

Pasó al interior sin titubeo.

-Georgine queremos tomar un café. Apúrate- solicitó Elsa a su femenina sirvienta. 

La más femenina de todas, pese a guardar apariencia de hombre bajo esas telas, la más educada de todas, aunque le costó dejar ciertas torpezas en el comienzo de su adiestramiento, la más sonriente de todas, y eso, afortunadamente fue así desde el principio.

Ellas esperaban en la terraza, con vistas al inmenso mar. Hablaban de música y de los orígenes de Luna. Padre asiático y madre peruana.

-Preciosa mezcla- le confesó Elsa.

Y allí estaba la eficaz doncella, con su bandeja de plata, sus tazas, sus cubiertos y esos bombones que aunque no se los había pedido, sabía que siempre debían acompañar a un buen café.

Sirvió el café y antes de retirarse para no molestar, Elsa le hizo una señal con la mirada.

Ella ya sabía lo que debía hacer.

Se colocó en el suelo  apoyada con las manos y rodillas y se dispuso a ser la mejor mesa que la invitada hubiera podido ver.

Con tan corto uniforme se podía ver su ropa interior. 

Un tanga rojo que Elsa le había hecho ponerse aquella mañana, y debajo aún llevaba una gruesa  jaula de castidad. Cuando llegase el momento conveniente, su dueña se la retiraría.

Luna sonrió divertida.

-Qué suerte tienes- dijo sonriente a Elsa.

Si, aunque mi trabajo me ha costado, el adiestramiento es agridulce. Hay momentos de castigo, de recompensas y halagos que se tornan a veces en más premios o en otra suerte de castigos y privaciones. Pero sí, debo decir que el resultado ha sido y es, casi excelente. Claro que…-y esta vez por su tono, el mensaje iba dirigido a  su doncella.-

…Soy exigente, y la perfección nunca descansa, aún sigo educándola-

-Por ejemplo si yo le digo ahora  que, además de mantener la espalda recta para que la bandeja no se caiga y derrame nuestros cafés, me acaricié mis delicados pies…-

No tuvo que seguir la frase.

Georgine, complaciente y delicada acarició su pie, después de haber retirado la sandalia negra que acompañaba a su exquisita extremidad.

-Y si yo la dijese que lamiera mis dedos, uno a uno mientras seguimos saboreando estas cálidas bebidas, lo haría presta y sigilosa.

Georgine se adelantó con torpeza hacia sus dedos.

-Pero aún no se lo dije- protestó Elsa.

-Lo ves, querida amiga, la educación nunca termina. En varias ocasiones he de castigarla por este mismo motivo, se adelanta a mis deseos.- 

-Te entiendo- respondió Luna de la manera más asertiva que pudo. Me gustaría ayudarte con el castigo para que de una vez por todas aprenda esta lección y pueda ser más perfecta para tí.

-Me encanta escuchar eso- susurró Elsa en el oido de la cada vez menos desconocida-Te cedo el turno.

Y la joven de rasgos asiáticas se levantó, se dirigió al culito de la doncella  y le bajó con rapidez su lencería, dejándola expuesta.

-Buena decisión-aprobó Elsa.

El pie enfundado en sandalias rojas de la desconocida comenzó a acariciar las partes intimas de Georgine, Sus testículos y su culito que pedía a gritos varios azotes y algo más.

De las caricias con el pié paso a los pequeños golpes. Para ese momento la bandeja ya yacía en el suelo por decisión de Elsa. Y de los pequeños golpes surgieron unas directivas patadas que su blanca piel enseguida notó..

Elsa se puso en pie y mientras su amiga instruía a la sirvienta, ella le introdujó de nuevo sus pies, primero uno y luego el otro en esa boca pintada de carmín rojo.

-Así me gusta Georgine- que tu pequeño dolor no interfiera en mi placer.

De repente la invitada paró y se dirigió al oido de Elsa, a modo de confesión se lo dijo sin más preámbulos.

-Me gustaría follarme a tu sirvienta, nunca antes había podido hacer esto con nadie-

-Claro que sí, hoy Georgine es toda tuya, te la cedo para que hagas con ella lo que desees. Ella ya sabe que ha de satisfacer a quien yo quiera cuando yo lo desee.-contestó Elsa más que satisfecha con el atrevimiento de su desde ya, amiga.

Elsa le mostró una vitrina enorme llena de juguetes varios y arneses de distintos tamaños y grosor.

-Este es mi preferido-quiso indicarle dada su poca experiencia, pero puedes elegir el que prefieras.

La invitada cogió el indicado por Elsa, más otro de tamaño mayor.

-Valiente sin duda- pensó Elsa sonriendo.

Luna se situó detrás de Georgine y se levantó su faldita corta para colocarse el arnés, dejando ver que no llevaba lencería alguna.

Elsa se dirigió hacia ella cuando comprobó que se estaba haciendo un lío con las tiras del arnés.

-Hoy te estrenas, primeriza- dijo Elsa mientras la sujetaba fuerte el artilugio.

-Estás preciosa-Toda tuya, hazle saber como debe comportarse.-

Y mientras los dedos  del pie de uñas rojas follaban la boca de la doncella a veces despistada, su culito comenzaba a recibir las envestidas de una novata, que precisamente por eso parecía insaciable. Primero suave, luego fuerte, después rápido. Aquella polla de plástico negro se hundía bien dentro de Georgine que sin poder evitarlo lanzaba alaridos de satisfacción y dolor al mismo tiempo.

Luna paraba unos segundos, le regalaba algún nuevo azote, para después volver a la carga. 

-Me encanta meterme dentro de ti, Georgine- le decía con toda la seguridad del mundo, sabiendo que la doncella no pronunciaría palabra si no tenía permiso para ello.

El miembro erecto de la sirvienta parecía explotar ante tanto galope recibido. Elsa sabía que cuando comenzaba a gimotear es porque estaba a punto de no aguantar ni una embestida más. Aún así, minutos eternos siguieron antes de que le dijese a Luna:

-Sé que lo estás deseando- Haz que se corra y que grite tu nombre y el mío.

Ritmo álgido. Galopes de color azul que se tornaban en cruce de sentimientos y emociones. Georgine se moría de placer y no podía expresarlo, esa era la mayor de las torturas sin duda. Hasta que:

-Ok, Georgine, ahora sí, puedes disfrutar sin limites de mi invitada. Demuéstrame como te gusta su verga dentro de tu sediento culito-

Y ocurrió.

Gritó con voz de silencios retenidos. Dijo el nombre de su dueña con deleite duplicado. Eternizó el placer porque sabía que debía hacerlo y casi derrumbada y extasiada dio las gracias frente a los pies de su adorada dueña.

La excitación de las amigas podía olerse en el ambiente. Se miraron, se sonriéron.

Elsa dejó a Georgine en la terraza, atada a una barandilla mientras cogiendo de la mano a su invitada pasaban al interior de la casa.

-Estoy tan excitada- le confesó Luna con la mirada.

-Lo sé- respondió Elsa mientras buscaba su boca.

….

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Como es adentro es afuera.

A veces es el sol quien me quema. En invierno también, que si no está me lo invento.

A veces la luna, me desnuda y me dejo abrazar, pero en otras ocasiones es ver la impaciencia en sus ojos lo que me arde.

Dentro.

Fuera.

-Esta noche duermes bajo mis pies- le dije.

Y así fue. Desnudo con su correa correspondiente en el cuello vigiló mis sueños con la devoción que ya preveía.

Horas antes de dirigirme a mi cálida cama, le até y allí se quedó esperando. Que el carácter se forma en la espera y en las tardes de domingo, dijo alguien, algún día, en algún momento de inspiración.

Cuando Morfeo comenzaba a susurrarme deliciosas obscenidades me dispuse a reunirme con él. Me desnudé lentamente frente al espejo. Esta vez le permití observarme. Generosa que es una, a veces.

Ya sin ropa que me rozara la noche, me cubrí con mi aceite especial. Dulcemente comencé por los pies, fui subiendo por las piernas, mis caderas comenzaron a reclamar atención y ahí me deleité observándome en el espejo que colgaba vertical al lado de la cama. Más aceite en mis pechos, en los brazos, en los hombros. 2 gotas de perfume para seducir aún más al dios del sueño y antes de meterme dentro y fundirme con la cálida funda nórdica de plumón, le permití que me besara los pies.

Abrió su boca ansiosa y casi devora mi pulgar.

-Suave- le indiqué tirando de la correa.

Se aplicó. Tampoco tenía alternativa.

Un dedo dentro de su desesperada boca, dos, tres, cuatro, fue algo así como follarle la boca como mi delicado pie. Agilicé el ritmo, lo sacaba y lo introducía a mi antojo.

Dentro y profundo. Fuera y dentro otra vez. Su lengua se derretía de ganas al verlo desde la pequeña distancia de apenas centímetros. Lo acercaba y cuando apenas podía rozarlo se lo retiraba otra vez,

Excitado. Erecto. Inquieto. Pedía más con su mirada, pero su impaciencia hacía crecer mi sadismo.

-C’esto tout- le dije.

Y así fue.

Tenía una cita con alguien en sueños y eso nunca fue negociable.

“Lo terrible es algo que necesita nuestro amor”

(Rilkei)

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Haz lo que nunca has hecho y verás lo que nunca has visto.

“Yo en tí
Yo te he buscado
cuando el mundo era una piedra intacta.
Cuando la cosas buscaban sus nombres,
ya te buscaba yo.

Yo te he procurado.
en el comienzo de los mares y de las llanuras.
Cuando Dios procuraba compañía
ya te procuraba yo.

Yo te he llamado
cuando solamente sonaba la voz del viento.
Cuando el silencio llamaba por las palabras,
ya te llamaba yo.

Yo te he enamorado
cuando el amor era una hoja en blanco.
cuando la luna enamoraba las altas cumbres,
ya te enamoraba yo.

Siempre,
desde la nieve de los tiempos,
yo, en tu alma.”

 

           (El sueño sumergido 1954. Celso E. Ferreiro.)

 

 

…Mi chico obediente.

Mi chica servicial.

La más fiel de todas las fieles. La más sumisa de todas ellas.

La que siempre dice sí.

La maquillo, la visto, la dejo bien bonita.

Que se vea única y especial frente a todos los espejos. Como lo que es.

Y la saco a pasear.

Con su correa, con sus esposas en las manos. Porque no las necesita estando conmigo.

Un antifaz negro y rosa lleva su nombre en algún rincón de mi estudio, lo encuentro y ya es de ella, y así nos paseamos por Madrid en pleno invierno. Su lencería roja comprada especialmente para ese día. Encima, ropa de abrigo, eso no es negociable. Y la luzco en un parque bien grande.

Mi mascota. Mi sumisa. Mi obra de arte.

Paseamos entre árboles que nos saludan orgullosos ante tanta obediencia y devoción, los abrazamos. Las ardillas y algún perro curioso salen a nuestro encuentro también. Y así, la niebla se va disipando.

Mi chica de labios rojos y cinturón de castidad en el alma y en la piel no me va a decir que no a mi capricho de domingo. Y es que ella es así.

Así, como yo la construí.

Como él ya era.

El abrigo al suelo y ella atada en el árbol. Ataduras que durarán lo que yo necesite. El antifaz en sus ojos, que se derretirá en el momento justo. Un suspiro en sus labios. Y un:-“confía en mí “-en sus oídos.

Sonríe y la beso.

Le bajo el pantalón para que respire su piel.

Su sexo luchando por salir de la jaula de acero se enfurece cuando acerco mi boca a ella y soplo. Me observa, no la estoy mirando, pero lo sé. Acerco mi lengua. Se queda con las ganas de más. Acaricio el frío metal que oprime su deseo a flor de piel y mordisqueo su cuello.

-No vayas a moverte- le susurro. Y me voy.

Regreso en unos minutos y la encuentro acompañada. Un policía frente a ella la observa con incredulidad y deseo. No habla, solo mira.

-¿Quieres unirte?- le pregunto.

-¿Puedo?- me dice.

-Hoy, sí- añado.

Me sonríe con melodía de interrogación.

-Te cedo porque me perteneces- susurro a mi fiel sumisa.

Ella asiente algo agitada.

Saco la llave que abre la jaula de su impaciente castidad y mientras el policía se va arrodillando, compruebo que el antifaz sigue en su lugar.

-Toda tuya-le digo a modo de invitación.

Y se lanza con su boca de hambre atrasada. Les observo. Me deleito y podría alargar ese momento varias eternidades.

-Más fuerte- le indico. Como no capta bien mis indicaciones, sujeto la cabeza de cabello cobrizo y le guío sobre como han de ser los movimientos para que mi leal sumisa goce pero no termine. No aún.

Ella se remueve desde sus ataduras.

Musita algo parecido a un -“para, por favor”.-

Ella sabe que no puede elegir ni decidir. “Más rápido”- le digo a nuestro invitado.

Cuando ya me he recreado suficiente y sin que ninguno explote sus ganas en mitad del parque, invierto los papeles. Mi sumisa se arrodilla, esta vez sin el antifaz y con el pantalón en el suelo. Está casi desnuda pese al frío, solo cubre su piel un body rojo y una bufanda roja también.

El policia prevé su placer y se relame.

Mi disciplinada chica se lo come con ansia y bulimia de décadas inconclusas.

-No te atragantes- le digo notando el fervor de sus movimientos.

-Y sobre todo hazle gritar de placer.-

Cada orden va directa a su hipotálamo como si del olor más sugerente se tratase y no quisiera dejarlo escapar. Para atraparlo por siempre en su memoria. Retenerlo y hacerse con él cuando lo necesitase.

Saca su lengua y se demora en los bordes rosáceos del eréctil miembro que frente a ella va creciendo hasta casi abarcar todo el parque, o así se le antoja ante sus ojos. Abre la boca salivando y lo engulle sin apenas usar sus manos.

Los observo. No hay publico. Mejor así -pienso.

Cuando el invitado de cabello rizado está al borde del delirio sujeto la cabeza de mi chica y ella para. El policía lleno de desconcierto y placer truncado me mira.

-Paciencia- le digo sin palabras.

Cierra los ojos y suspira.

Otro breve gesto en la cabeza de mi fiel esclava y remata el delirio que moría por cobrar vida entre los arboles de un parque cualquiera en un domingo invernal de Madrid. A chorros, a borbotones. Espeso. Blanco y radiante como la nieve que en algún punto del planeta estará cayendo ahora mismo.

-Traga y saborea todo-

Lo hace. Se relame y me mira.

Acaricio su cabello.

Sabe que estoy orgullosa de ella.

De él.

 

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Pronúnciame despacio.

Reunión importante en el Olimpo para celebrar el solsticio de invierno. Atenea hizo la convocatoria para reunirlas a todas, a sus intimas, a sus pérfidas y bellas cómplices y celebrar esa noche como ellas se merecían.

Llegó Gea con una hora de retraso  debido al caótico trafico de la ciudad, llegó y lo hizo enfundada en un delicioso vestido de látex recién adquirido en alguna urbe europea.

Corto y a la altura de sus muslos. Sin ropa interior, como de costumbre en ella y con unos zapatos de suela roja y tacón alto que llevaba en la mano para sentir mejor la calidez del suelo en sus delicados pies. Entró a la casa, descalza con las uñas de los pies rojas, a juego con sus gruesos labios.

Y en el salón de sofisticada decoración estaba Afrodita, envuelta en un perfume único a base de esencias y misterios varios, vestía de negro y oro, un traje de licra muy ceñido rozaba su cálida piel. Botas altas negras y esa sonrisa irreverente en su bello rostro de melena rojiza.

A su lado, su intima Atenea, tumbada en un sofá de cuero negro devorando la última adquisición literaria y fumando con tanta suavidad como solo ella sabía hacerlo.

Y tras Gea, apareció la rezagada Nyx, lucía un cat suit negro, amarrado a su cuerpo como si el tejido temiera dejar de tocarla y no volver a sentirla nunca más. Llevaba atada su rubia y rebelde cabellera en una coleta alta que hizo las delicias del resto de las diosas de melena al viento.

Gea se había encargado del catering, el más exquisito para sus hedonistas cómplices. De la música y otras ambrosiacas bebibles Afrodíta, y de la sorpresa más esperada, Atenea.

En mitad de la noche sonó el timbre y ahí estaba él. Dispuesto a satisfacerlas a todas el tiempo que ellas necesitaran y como ellas deseasen.

¿Por qué? Porque así lo quería Atenea, y con eso era más que suficiente.

Sin paréntesis.

Sin interrogantes.

Sin trincheras.

Con todo.

El esclavo en sí le pertenecía a ella, pero lo cedía siempre que lo consideraba oportuno. Y esa noche era más que oportuno.

Era necessário.

Deseado.

Planeado. Que las sorpresas estimulan, pero un buen plan permite disfrutar del ritual de la preparación con tanto deleite como del momento de la ejecución.

Algo tímido pasó, sabia que serían varias en la reunión, con lo que no contaba era con tanta belleza y despliegue de armas de seducción masiva. Su voz tembló cuando su dueña le preguntó el motivo de su tardanza.

Él titubeó.

Tosió. Se azoró.

Y  finalmente alcanzó a pronunciar palabra cuando ella le miró retadora.

-El trafico en Diciembre en esta ciudad es terrible, lo siento mucho.-

-Esta bien, vístete con la ropa que te dejé en el baño y prepárate para servirnos la cena. Necesitamos saborear algunas cositas, después ya pensaré cómo nos compensarás por esta falta.-

Todas llevaban una adornada máscara cubriendo parte de su rostro, era parte del juego y de la noche. Cuando el esclavo estuvo preparado con su ropa elegantemente elegida por su dueña se presentó ante ellas, arrodillado y dispuesto a obedecer. Dispuso según lo ordenado todos los manjares en una bandeja dorada sobre una mesa baja.

-Prefiero otro tipo de mesa- murmuró Atenea sonriente.

Él supo como debía colocarse, finalmente llevaba años al servicio de su dueña.

Dispusieron el sushi y otros caprichos invernales sobre su espalda y a él le cubrieron con una capucha de cuero con las aberturas estrictamente necesarias

-Buen semental, Atenea, atractivo, educado y servicial, te felicito querida.-comento Gea sonrientemente impresionada .

Atenea acercó sus labios a los de su amiga y la besó en señal de agradecimiento. 

Pasó un intervalo de tiempo indefinido cuando Afrodita le preguntó muy atentamente si tenía algo de hambre, él modestamente dijo que no, pero al insistirle acabo admitiendo que sí, entonces ella le ofreció su pie de perfectas uñas rosas. Lo introdujo en su boca mientras Atenea comprobaba que su postura permanecía erguida, si en algún momento él flaqueaba, ella misma le enderezaría con la fusta que en todo momento la acompañaba.

Como ella solía decir: “El mejor amigo de una mujer es una buena fusta.”

Su dueña sabía que aguantaría perfectamente la postura pues en su adiestramiento había conseguido que aguantara varias horas en la misma posición sin moverse ni quejarse. Sin embargo esta situación era nueva para él.

El primer golpe para corregirle  dolió, más moralmente que físicamente y a pesar de que ni se quejó ni dejó de adorar el pie que ocupaba su boca, sí se movió ligeramente y estuvo a punto de perder el equilibrio, peligrando la bandeja que descansaba sobre su espalda.

Todas comentaron divertidas que ese control que hizo que en el último momento la bandeja no se cayera al suelo le había librado de un castigo bastante severo. Un castigo que se habría sumado al inicial por su retraso injustificado e imperdonable.

Tensó el cuerpo y concentró todos sus sentidos en la tarea de ser una mesa perfecta mientras su boca adoraba el pie que se le ofrecía mientras notaba como el deseo corría por las arterias de las calles sin nombre.

Lentamente las diosas fueron disfrutando la cena, de vez en cuando le preguntaban si tenía hambre y él agradecía la pregunta para después responder que sí, momento en el cual su boca era poseída por uno de los bellos pies de alguna de ellas para que lo besara y lo adorara.

Su lengua trazó los perfiles de cada uno de aquellos suaves pies, los recorrió sediento, hasta que  Atenea, siempre pendiente de él, decidía hidratarle con su dulce saliva. Entonces ella recogía su cabello, levantaba el rostro de él, le miraba atentamente y le ordenaba que abriera su boca. El lo hacia ansioso. Ella casi rozaba sus labios con los de él, pudiendo atrapar su delicado perfume y como a cámara lenta le iba nutriendo y en cada gota, un pequeño éxtasis para él. Y en cada partícula de vida que ella le regalaba, más crecía su devoción hacia su dueña. Su ADN se multiplicaba por mil veces el nombre de ella. Agonía y muerte. Vida y volver a renacer después.

La cena terminó. La noche se prolongaba. El limbo eternizado en la piel del esclavo.

Ven, sígueme.- Atenea le ató una correa al collar metalizado que adornaba su cuello y le guió hacia una sala de baño perfectamente ambientada. Luces tenues, música de fondo y un gran jacuzzi listo que aguardaba la entrada de las bellas ninfas. Atenea le ató al toallero mientras ellas se desvestían.

Le cubrió los ojos, y ellas fueron deshaciéndose de sus atuendos con ayuda mutua. Gea, desvestía a Nyx. Sus uñas largas a veces se enredaban en la blanca piel de su amiga, ella sonreía y la ayudaba en la tarea. Entonces Afrodita se acercaba y rozaba los senos de Gea, Atenea las observaba y en el instante menos esperado y más deseado mordisqueaba los pezones de Gea. Gea entonces se deleitaba en la escena mientras comenzaba a navegar en la espalda de su amiga, y bajando llegaba a sus nalgas perfectamente dibujadas, las agarraba con delicadeza. A intervalos de fuerza. Ella gemía pidiendo más. Mientras, el fiel esclavo solo podía escuchar y adivinar la escena.

Ellas casi podían sentir como se iba agitando la respiración de él, disfrutando así por tan lenta y dulce agonía.

Se sumergieron en el agua burbujeante. El jacuzzi era redondo y grande. Cabían perfectamente las cuatro y habría entrado igualmente una quinta persona, pero eso aún no era una opción para él.

Se embadurnaron de geles, espumas y ambrosías.

Se tocaron.

Se rozaron.

Se profundizaron.

Se gozaron.

Se besaron.

Extasiadas rieron.

Bromearon. 

Él las escuchaba. Gemidos. Risas. Cuchicheos. Placer acuoso. Chapoteos y más gemidos. 

Adivinaba la risa de su dueña, inconfundible. Como cuando reía cerca de él y al hacerlo se paraba el mundo.

Deseos reprimidos. Esa era su condición. Aguardar. Conformarse. Agradecer. Ser.

Y ser para servir. Y disfrutar en la entrega.

Varios delirios después desearon salir y Atenea se adelantó. Desató al esclavo, le quitó el antifaz y le ordenó que las secara. Una a una.

Eso hizo.

Comenzando por los pies, las piernas, suavemente fue secando la humedad que escondían entre sus muslos, apenas se atrevía a rozar su sexo, pero Atenea le dio permiso y eso fue haciendo con todas. Sus nalgas, sus vientres, sus senos.

Gea entonces, se sentó en el jacuzzi abrió las piernas y le indicó que no la había secado bien. Él se esforzó en el intento.

-Así no- le regañó molesta.

-Con el calor de tu lengua.

Afrodita le quitó la capucha para que fuera más ágil en sus movimientos y él se dispuso a obedecer.

Cuchicheos. Risas. Una trama en el aire. Un castigo pendiente. Unas ganas de más. Siempre más.

Atenea le azotó mientras satisfacía a su amiga.

-Esfuérzate, esclavo, después deberás hacer lo mismo con nosotras 3. Todas hemos de quedar muy complacidas.

Él tembló. De promesas de placer y de responsabilidad.

Las 3 se enfundaron con varios utensilios, fustas, látigos y varas, por si en algún momento debían corregir algún mal ademán de él. 

Desnudas y sentadas en linea sobre el jacuzzi, abrieron sus piernas y aguardaron deseosas de sentir esa lengua tan perfectamente amaestrada.

Mientras esperaban su turno se iban acariciando entre ellas, sin dejar ningún placer en el aire, enlazaban sus lenguas en sus senos, sus dedos infinitos en los muslos algo húmedos aún. Las ganas con el deseo. La lujuria con la gula…

Y como el tiempo en el Olimpo es irreverente, esa noche especial aún sigue siendo esta noche…

 

 

 

 

“Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche…”

(Sonata de Otoño. Valle-Inclán)

 

 

 

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Pienso, luego vuelo.

Mi minotauro preferido es mitad hombre, mitad fantasía.

A ratos posibilidad, casi siempre vértigo.

En ocasiones lo coloreo y lo transformo en animal,

nocturno eso sí, entonces lo llevo de la mano y lo saco a bailar.

Me visto de viento y fuego, él se llena de agua bajo su pantalón.

Intenta embestir pero se le enreda la oscuridad.

Unión de animalismos.

Explota la noche , abrimos alas y surcamos abismos viscosos.

Su humor se atraganta entre mis muslos.

Le pido más.

Se abre. Primero su boca, la lleno de palabras húmedas.

No tomes tierra aún- le digo. Quien la necesita cuando el aire acaricia y revuelve.

Mi licántropo se deja bailar,

despeinado,

mientras nos sacamos a arañazos la ciudad de la piel.

“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo e mundo suelta una exclamación…”

(Jack Kerouac)

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Busca el latido.

Carta 4, de Victor a Lara:

El erotismo es un humanismo.

Permíteme que lo plantee en estos términos, parafraseando a Sartre y su concepto humanista del existencialismo. La relación entre un dominante y un sumiso es erótica, y en ella se establece una relación de continuidad más allá de la sumisión sexual que nos habla de cuerpos sagrados, dispuestos a la profanación de la realidad.

Conviene destacar que la realidad es aquí un sistema simbólico, construido por convenciones no necesariamente perennes, a veces, son tan transitorias como lo son las corrientes artístiticas más efímeras o las modas. En un mundo hiperdigitalizado, preñado de trivialidades conformadas como espacios virtuales y  sagrados que inducen al individuo a someterse a ellas sin ningún juicio crítico,  el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación de las convenciones, en busca de lo real, de algo que trasciende más allá de las apariencias para poder captar la verdad  que se oculta dentro de nosotros, nuestras fortalezas, nuestras debilidades. 

Nuestro erotismo es un erotismo sagrado,  pienso en la equivalencia entre sexo y sacrificio, pienso en Los cuerpos sagrados de Guide, otras veces sumergido en el intrigante pálpito de la vida cotidiana. Cuando hablamos de erotismo somos incapaces de sustraernos a un ritual, un conocimiento del cuerpo, venerado, violado. De la riqueza intelectual de un dominante dependerá que esa relación erótica trascienda más allá de una sesión.

Tiene razón Bataille cuando afirma que el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en o lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento. En el BDSM de una forma más exquisita, a veces más exagerada, otras grotesca, siempre sádica, perfeccionada, se reproduce el principio de destrucción del aislamiento de los participantes en el juego. Todo juego establece una relación entre los participantes pero en la erótica, y en la sado-masoquista, el juego continúa después de la partida. La desnudez, el fetichismo, el sometimiento físico o psicológico, construyen una nueva comunicación que se prolonga más allá del juego entre dominante y sumiso, Se revela como una continuación posible del ser, modulada, canalizada a través de los conductos de lo real que subyacen en la realidad: se trata de la búsqueda de lo obsceno. 
Un cuerpo poseído, otro cuerpo entregado, enlazados por el deseo y la fascinación por lo desconocido. A veces, lo desconocido es un acariciar con los dedos la muerte, rozar con la mente lo que no tiene definición, quizá por eso lo desconocido es siempre un simulacro de la muerte, pues desconocemos el sentido trascendental de ella y somos incapaces de contarla, si no es a través de la ciencia o de las religiones. Entre un dominante y un sumiso se abre una continuidad más allá del sacrificio que, efectivamente, como cuentas en tu carta, vamos acompasando, según nuestros respectivos estados anímicos.

El BDSM es una constante perturbación de la vida convencional, es una íntima rebeldía que nunca alcanza el sentido de la revolución porque sería su propia condena. El sado-masoquismo es la quintaesencia de la libertad individual, de nuestra individualidad.  Con el erotismo, así entendido, lo que se cuestiona es el status quo, el orden regular de la rutina y sus instituciones. 
Qué alimenta esa continuidad más allá de una sesión. ¿Es el deseo? Hemos hablado del deseo ante un cuadro de Caravaggio o de Tintoretto, cuando te acaricio el muslo y me restriego a tu vera, mientras nos contemplan las Tres gracias, la Venus del Espejo o el Moisés de Miguel Angel, pero no hemos hablado de la pasión y creo que la pasión es lo que nos permite aceptar la angustia y el sufrimiento, aquello que se vuelve inaccesible. Solo el sufrimiento revela la verdadera naturaleza del dominante y del sumiso: si el dominante no puede poseer al sumiso más allá de la sesión, si sólo el sumiso puede en este mundo realizar lo que nuestros límites prohíben. Y en definitiva, lograr la fusión de las lágrimas en un abrazo prolongado donde la liberación y la continuidad no encuentran cesura. La pasión nos adentra en el sufrimiento que es la búsqueda de lo imposible.  

Después de una sesión echo de menos un abrazo, un momento de profunda entrega y admiración, de respeto y veneración. Así son los momentos que prolongan una sesión, con un gesto en el que se siente el fulgor de los cuerpos, el pálpito sincopado de nuestros respectivos corazones. Así concluyeron las sesiones, con un sentimiento de veneración. En ocasiones, el gozo de lágrimas fundidas con las mías.

Hoy el aire está denso. Debe ser el cambio de tiempo, de estación, “el velo semitransparente del desasosiego…”echo de menos un abrazo, necesito el tuyo. 

No te quiero aburrir más, sería imperdonable.

Te deseo.

Víctor

Yo conocí el secreto del fuego mucho antes que el primer bosque se incendiara.

Antes aún de aquella hoguera,

antes de la llama.

Como todos los hallazgos

fue accidente,

tropezar con la chispa en tu palabra,

y después, ¿qué remedio?:

encenderme

con el roce casual de tu mirada.”

(Aída Elena Párraga)

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Viajes de rendición.

Carta 3, De Lara a Victor:

Te leo y me late una nueva curiosidad a modo de reflexión bajo mi blusa blanca:

Ocurre que si importante es una sesión donde confluyen tantas emociones y sentimientos, igual de importante es o debería ser el después.

La atención de ese “después” es una manera de cuidar a tu compañero de viaje después del juego. Se trata de traer suavemente a alguien de un estado alterado que regresa a la realidad, ayudarle a sentirse cimentado de nuevo, así como volver a restablecer los papeles que se asumieron antes del juego. Cuanto más profunda sea la experiencia, más atención posterior requiere.

No sólo los fondos o los submarinos merecen cuidados posteriores, sino también los dominantes, después de una sesión de horas uno mismo debe desconectar física y mentalmente.

En cuanto al cuidado de los sumisos, no creo que sea algo que esté reservado sólo para el tiempo posterior al viaje. Habría que mezclarlo en el juego. Al guiar a mi compañero en sus mundos subconscientes, me gusta mantenerle al borde de su zona de confort. Este, rara vez se mantiene. Hay fluctuaciones. Al igual que respirar y respirar, le veo viajando entre comodidad y molestias, rendición y resistencia, tensión y relajación. Cuando se acerca el punto en el que el cuerpo se endurece y notas un “esto es suficiente para mi”, sé que es hora de cambiar.

Un nuevo desafío, tal vez es hora de un toque suave, una caricia, una palabra. Tengo el espacio para un posible lanzamiento emocional, verle regresar a un lugar cómodo para continuar y volver a abandonar la siguiente zona de confort para sumergirse en el misterio interno.

Un par de días después me suele gustar hablar sobre la experiencia para integrarla.

Esto significa reflexionar sobre lo que sucedió, lo que significa para la vida de uno. Tal vez a modo de mensajes y orientación.

Ya sabes, asentar para seguir explorando…

¿Qué opinas, desconocido Victor?

“El encuentro de dos más personas es como el encuentro de dos sustancias químicas, si hay reacción, ambas se transforman”. ( Jung)

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Vivir no es otra cosa más que arder en preguntas.

Carta 2, de Lara a Victor:

Mi desconocido Víctor:

Me aposté en la esquina

para vigilar al mendigo.

Desenvolvió el chocolate 

que era para ti.

Rompió la tableta

con los dedos

y empezó a saborearlo

mientras yo sentía el calor de tu boca

en mis muslos bañados.

Y el mendigo se desayunaba

con el chocolate

que compré 

para ti”.

¿Conoces a Nahui Olin?. La descubrí este año, si mi intuición no me falla, seguro que te gustaría.

”Ella necesitaba crecer hasta las estrellas y despeñarse en un abismo o al revés, despeñarse hacia arriba y ascender a los infiernos”.

Como entiendo que amas la dominación casi tanto como yo, te confieso de igual a igual que me despiertas cierta curiosidad.

Y como además tengo vocación de interrogación, rueda de preguntas para que no decaiga la esencia:

¿Alguna vez tuviste una sumisa 24/7?

¿Alguna vez alguna sumisa resultó ser potencialmente todo lo contrario a la espera de una chispa que la hiciera despertar?

¿Te sueles enamorar de tus sumisas o alguna de ellas sospechas que lo hizo de ti? 

¿Alguna vez tuviste un sumiso hombre?

¿Y si todas estas letras quedan solo en eso, en letras. Nada más y nada menos que esta simbiosis perfecta de consonantes y vocales sin ninguna pretensión …? Letras embriagadas de curiosidad que se introducen con el nervio de una guerra que ya terminó pero en la que aún resuenan los disparos. Y sus luces, y el ruido. Letras que escurren su asombro en un bolsillo roto y en el otro el eco del último gemido.

A presto.

L.S.

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El poema es pura palabra sensualizada.

Carta 2, de X a Lara:

Te escribo esta carta, Lara, que es recuerdo y confesión, también una reflexión, una locura. Me pides una crónica y yo te entrego una carta. No tengo remedio…

Me dijeron que esa noche era yo el que daba las órdenes. No había experimentado hasta ese día la posibilidad de que una ama consintiera en ceder su sumisa a otro dominante. Omito la “a”que antecede a “sumisa” porque tuve la impresión de que en el BDSM a tres, la cesión y sumisión de un tercero convierte directamente a un sujeto en un fetiche, como una consagración definitiva del objeto de deseo. De hecho, no sé hasta qué punto aquello pudo llamarse sumisión. El fetichismo se vuelve más fetichismo que nunca. El sujeto, más objeto que nunca, convertido en un recipiente sobre el que se vierten los deseos.

Probablemente fue algo más que eso. Se trataba del reconocimiento de una experiencia, una veteranía, un saber, y el BDSM participa de eso que llamamos saberes, relacionados con el placer, el dolor, la dominación. Cuando Eva me dijo que esa tarde podría jugar con su sumisa sentí, en cierto modo, que se producía esa entrega. A fin de cuentas, Eva y yo habíamos follado en muchas ocasiones y cada uno había tenido sus sumisas, pero nunca habíamos llegado a desarrollar ese vínculo de amistad a través de un tercero. 

No eran más de la 20h cuando llegué a su casa. Había oído a hablar a Eva de su mascota en alguna ocasión. No solíamos contarnos nuestras experiencias. Eva tenía entonces 5 años más que yo. Cerca de 42. No reconocí entonces que follar con ella se había convertido en algo rutinario. En realidad, tenía la impresión de que Eva no era capaz de contenerse cada vez que se revolcaba conmigo. Siempre quería jugar a ser más dominante que yo y siempre perdía en el mano a mano entre azotes, mordiscos, arañazos, embestidas y escupitajos. Era precisamente ese momento que precede a la derrota cuando descubría su mayor excitación, cuando perdía la mirada, cuando yo la follaba con más violencia, su momento más excitante que a mi, por fácil y predecible, ya me aburría. Por lo demás, entre Eva y yo no había ninguna relación. Demasiado diferentes como para entablar una buena amistad y mucho menos una complicidad. Nos encontramos en un momento en el que yo necesitaba algo así, algo o alguien sobre lo que no tender puentes ni crear compromisos, ajeno a cualquier reciprocidad que no fuera sexual. Creo que me he vuelto demasiado exigente. Pero esa es otra carta.

 Ella era madre de dos hijos pequeños, camarera. Yo dirigía una escuela, escribía. Si nos encontrábamos era por casualidad en otra sesión donde los dos habíamos sido invitados. Nada de lo que yo le contaba le interesaba aunque fingiera fascinación. Yo sí atendía complaciente a las recetas de sus cócteles. 

Su sumisa resultó bastante atractiva. No recuerdo el nombre. No la he vuelto a ver. Le gustaba la música electrónica. Era bastante más joven que nosotros. No creo que tuviera más de 30 años. Por su figura, podía pasar por una bailarina, dispuesta a todo. Cuando llegué se encontraban en mitad de una sesión. Sospecho que Eva lo había preparado para que el encuentro fuera así. Nada es casual. Ella llevaba un corsé de cuero negro y unas botas que le llegaban hasta las rodillas. No era elegante. Era bizarro. Su sumisa tan solo vestía en ese momento un collar rojo. Estaba abierta a cuatro sobre la cama, con un hermoso plug anal entre nalga y nalga. Cuando llegué estaba recibiendo los azotes de una paleta. Tenía el culo completamente enrojecido y, por las marcas, parecía que también lo habían azotado antes con una vara. Eva la llamó maleducada y después la obligó a saludarme lamiéndome las botas. Después me susurró al oido que esa noche era nuestra. 

Decidí que se vistieran. Le sugería Eva que usara esa noche sus bolas chinas. Nos íbamos a a cenar y después a tomar una copa o a bailar. Les exigí que no se quitaran nada de lo que ya llevaban puesto. Media hora después, estábamos en la calle. La cena transcurrió con normalidad. Después de la primera copa, nos fuimos a un after dividido en cuatro plantas, una vieja fábrica reconvertida en local de ambiente gay, música tecno y todo lo que uno quisiera imaginar . Efectivamente, era bailarina. El local estaba lleno de gente. Todos íbamos vestidos de negro. Los tres comenzamos a magrearnos y a besarnos después de la primera copa, en la primera planta, sin mayor escándalo porque ese after era famoso por sus noches salvajes, sus colas eternas y sus diferentes ambientes. Eva estaba muy cachonda así que nos sentamos en un sofá, ubicado en un reservado y allí comenzaron a besarse y a besarme otra vez. Eva y su mascota acercaron sus manos a mi paquete y comenzaron a manosearlo. Le di una palmada a a la sumisa en la suya, con gesto displicente, como si de una perra se tratara. Después me desabroché los pantalones y saqué la polla tras hacerle el gesto con un dedo para que la chupara. Mientras me lamía la polla, yo jugaba con su plug. Alrededor de nosotros la gente nos miraba. De pronto, eramos tres objetos, tres fetiches. Disfrutaba tanto de aquel juego que no sentí vergüenza alguna. Me sentía embriagado. Sentí que un brazo trataba de magrear a Eva mientras se recomponía en el sofá y trataba lentamente de extraerse las bolas. Estaba chorreando. Quería cabalgar sobre mi así que apartó a su mascota y me encajó en su coño. Mientras Eva y yo follábamos ella se masturbaba a nuestra vera. De espaldas a mí alguien sacó un pene enorme y Eva se lo llevó a la boca. 

No sé cuanto tiempo estuvimos así. Pero sí recuerdo que en un momento determinado, aparté a Eva de de mi entrepierna y me levanté. La dejé allí, comiéndose una polla mientras yo me iba con su sumisa a un apartado. En el local casi todo estaba oscuro. Creo que fue en una esquina donde la empotré, como si en realidad yo lo que estuviera en ese momento haciendo no fuera otra cosa que trenzar mis deseos y mis demonios. El mismo deseo y el mismo razonamiento que expresa la gravedad de los objetos, que penetra en un agujero negro, que cambia y altera el tiempo, ese mismo tiempo que se acelera o se lentifica, que se estrecha o se ensancha. En cualquier caso, quiero decir que nuestro deseo tiene la gravedad de un acontecimiento, y cada día me fascina más. 

Al final, me quedó el recuerdo de estar en una esquina de Berlín, completamente solo, completamente fuera de mi, ido.  No sé si este es el momento más “hard”, pero sí sé que no estuvo mal. 

Un beso.

Atentamente, Víctor

Pd: Me llamo Victor. Demasiadas intimidades como para seguir siendo X.

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Todo empieza antes.

A veces cuando menos te lo esperas llegan cartas, de esas que pueden olerse, estrujarse y hasta quemarse si fuera necesario, para después continuar oliendo los restos.

A veces incluso provoca contestarlas.

A él le gustaba su cama, a ella su drama, el resto se transformó en este vis a vis poético o similar:

Carta 1, de X a Lara.

“Es curioso como, antes que soñar una experiencia, siempre he anhelado que fuera junto a alguien que tuviera la capacidad de sorprenderme, de hacerme sentir el vértigo de cada paso en el alambre. Por ejemplo, junto a ti. Eso es probablemente lo que siento ahora cuando te escribo, un delicioso hormigueo que me da la vida, despierta mi imaginación, mis sentidos y deseos más perversos o los más tiernos, en cualquier caso, una complicidad que rara vez un hombre logra tener a lo largo de su vida. Por eso la soledad, por eso la literatura, por eso la música. Por eso la llamada del sexo y del Bdsm. 

Soy un esteta de mierda, lo sé.

Los cuerpos son honrados, los corazones perversos. Antaño si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían los corazones y corrían los vinos. Hoy he sentado a la belleza en mis rodillas y después la injurié… Ese ha sido un punto de partida. Un verso de Rimbaud, una temporada en el infierno, que me define desde la adolescencia… y así hasta hoy. 

Me pregunto hasta donde podríamos llegar tu y yo juntos, qué limites rebasaríamos, en cuantos pedazos se rompería la rutina, nuestra particular rutina, de qué manera acabaríamos construyendo otra y lo que es peor, hasta qué punto finalmente la sobreviviríamos. Me dejo llevar por la imaginación.  

El sexo como territorio explorado, está bien, pero el sexo como territorio que nunca se termina de explorar es mucho mejor. No voy buscando El dorado, pero tengo la sensación de que me acerco a él cada vez que hablo contigo. Las palabras me queman. Así que me cuesta imaginar cómo será una mirada, una caricia y más. 

No voy buscando una relación de experiencias sado-masoquistas porque acabaría pareciéndome a una señora comprobando la lista de la compra…una lista de sueños y deseos cumplidos o que se dejaron de cumplir. No tiene sentido.

Es probable que me resulte tan excitante ir a ver un Caravaggio en la galería Ufficci de Florencia o en la Villa Borguesse de Roma como que me sodomices antes o después en su espléndido jardín o en un local de Madrid o en el salón de tu casa o en la mía, después de haber descorchado una buena botella de vino, haber escuchado un vinilo… habernos despertado, haber discutido. No depende tanto el qué haga sino que lo haga contigo. Te preguntarás qué busco y yo te respondería que la plenitud, un instante sagrado en el que el placer y el dolor, el sometimiento, el poder y la entrega sean todo uno. Escucharte y acariciarte mientras nos detenemos a ver un lacónico y nostálgico cuadro de Hopper en el Thissen o un Bacon en la Tate valen tanto como ir a comprar fetiches o sentir que tu mano juega disimuladamente con mi polla en un concierto donde alguien canta Sinnerman. O recibir tu piel en la mía, quedarme impregnado con tu aroma, como se reconoce un perfume o el sabor de la carne y el pecado…reconocerte en una mirada, en un gemido, sentirte dentro de mi incluso si nos compartimos, encontrar la palabra, el libro la imagen que se convirtió en la fotografía de nuestra complicidad. Y esta es sólo una visión ordenada y esquemática de la vida, entre lo público y lo privado, lo sublime y lo vulgar que se va trenzando con el palpito de la vida cotidiana, el pulso de Madrid o Berlín. Entre una cosa y otra está todo lo demás, un espacio propio o un momento propio, de los dos, perverso y fértil, luminoso y oscuro, delicioso y bello, frágil, duro, grotesco o sutil. 

Creo que cuando llegue a hablar contigo todo tendrá algo de acontecimiento. Las palabras elegidas, las preguntas formuladas, la expectación producida, el arte de lo imprevisible, el juego. Sé que sucederá así .

Contigo no pienso qué me queda por hacer o que experiencia busco, sino todo lo que vamos a hacer…

Si me permites la osadía y la curiosidad, ¿cual ha sido tu momento más “hard” sexualmente hablando? Prometo responderte con total sinceridad como agradecimiento a tu respuesta.

Yo no voy a sucumbir a la idea de un anhelo, pero sí a la posibilidad de sentir que los cumplí todos antes de que me haya muerto y sobre todo, que aposté todo y que, tanto si gané como si perdí, fue hermoso.

La belleza, siempre la belleza. 

Atentamente”.

X.

Carta 1, de Lara para X:

“Misterioso X, ¿o debo decir presuntuoso X?:

No te apures, yo también soy una esteta, aunque no de mierda. Espero.

Para bien y para mal ya lo dijo alguien: “Me invento la belleza para no morir de frío”. Quizá este sea el motivo que me lleve a contestar tu carta, no creas que suelo hacerlo.

La belleza en el instante sagrado que tú persigues, en  la búsqueda de la palabra exacta que siempre apuro, en la necesidad de intensidad, en esta apuesta recurrente de jugarse  a doble o nada, aún sabiendo que será nada después. Y remontarse al vacío del después y qué más da el después si antes hubo un todo.

La belleza contra el gran mal de la vulgaridad.

Y por eso la poesía. Y por eso el hambre.

Como el amigo Henry Miller: -“Desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación”-.

Me gusta saber que te gusta apostar olvidando la seguridad de lo conocido.

El sexo y su territorio de violencia y abandono de reglas. Sabiendo que en esa violencia navega una indescifrable dulzura.

La imaginación, como preludio de juegos perversos, humillantes en ocasiones y qué más da la ausencia de convencionalismos o la brutalidad de los mismos, siempre serán eso, juegos compartidos.

¿Mi momento más “hard”?

Difícil. Todas las primeras veces en algo lo son un poco, ¿no? . Podría decirte varios.

Uno por duro, para ella sobre todo. Fui con un amigo que conocía a una chica que vivía el masoquismo muy intensamente,  la idea era que ambos la doblegáramos, la sometiésemos. Me fascinó el disfrute no fingido de ella en todo momento hasta cuando la estaba haciendo “fistting” y ella no dejaba de pedirme más, para mi era la primera vez en ese tipo de práctica y lo hacia con método pero suave. Duró poco la dulzura al verla gritar de placer y suplicarme más fuerza y rapidez mientras mi acompañante me invitaba a hacerlo sin pudor ninguno. Después llegó el momento de colgarla de unas argollas que tenia en el techo de su apartamento y azotarla. Creía que conocía a mi amigo hasta ese momento, jamás creí que de aquella voz tan cálida y pacifica salieran todos esos golpes con fustas, varas, látigos y demás. Todo un despliegue de fuerza, constancia, rapidez, rabia… 

Jugaba con ventaja porque se conocían desde hacia tiempo y él sabia de su amplia resistencia al dolor y más aún, de su total deleite ante él. 

Para mí fue una de mis experiencias más especiales.

Espero haber deleitado tus sentidos.

Sin más.

L.S.

Pd:

¿Nada es casual, todo es confluencia?”

El vértigo de llegar a los propios límites y rebasarlos es como una euforia de abismo”.

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