Viajes de rendición.

Carta 3, De Lara a Victor:

Te leo y me late una nueva curiosidad a modo de reflexión bajo mi blusa blanca:

Ocurre que si importante es una sesión donde confluyen tantas emociones y sentimientos, igual de importante es o debería ser el después.

La atención de ese «después» es una manera de cuidar a tu compañero de viaje después del juego. Se trata de traer suavemente a alguien de un estado alterado que regresa a la realidad, ayudarle a sentirse cimentado de nuevo, así como volver a restablecer los papeles que se asumieron antes del juego. Cuanto más profunda sea la experiencia, más atención posterior requiere.

No sólo los fondos o los submarinos merecen cuidados posteriores, sino también los dominantes, después de una sesión de horas uno mismo debe desconectar física y mentalmente.

En cuanto al cuidado de los sumisos, no creo que sea algo que esté reservado sólo para el tiempo posterior al viaje. Habría que mezclarlo en el juego. Al guiar a mi compañero en sus mundos subconscientes, me gusta mantenerle al borde de su zona de confort. Este, rara vez se mantiene. Hay fluctuaciones. Al igual que respirar y respirar, le veo viajando entre comodidad y molestias, rendición y resistencia, tensión y relajación. Cuando se acerca el punto en el que el cuerpo se endurece y notas un «esto es suficiente para mi», sé que es hora de cambiar.

Un nuevo desafío, tal vez es hora de un toque suave, una caricia, una palabra. Tengo el espacio para un posible lanzamiento emocional, verle regresar a un lugar cómodo para continuar y volver a abandonar la siguiente zona de confort para sumergirse en el misterio interno.

Un par de días después me suele gustar hablar sobre la experiencia para integrarla.

Esto significa reflexionar sobre lo que sucedió, lo que significa para la vida de uno. Tal vez a modo de mensajes y orientación.

Ya sabes, asentar para seguir explorando…

¿Qué opinas, desconocido Victor?

«El encuentro de dos más personas es como el encuentro de dos sustancias químicas, si hay reacción, ambas se transforman». ( Jung)

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No creo en casi nada, pero creo en tu mirada.

Le dije que iba a estar a mi servicio todo el día.

¿Todo el día?

Él sabía que quise decir varios días.

De cuando el tiempo era circular y las dimensiones se habían pervertido en algún momento…

-Yo te iré indicando tus misiones y como has de vestir- le dije con animo distraído.

Le vi en el salón, con su cuerpo. Su espalda ancha. Sus músculos perfectamente torneados. Su sonrisa de medio lado. Su vello esculpido por algún pintor caprichoso. Su piel morena. Su perfección hecha mía.

Y ese cuerpo se movía coordinadamente como queriendo prepararse un café.

Ese café será para mí, verdad?- le pregunté con pocas ganas de averiguar su respuesta.

Y ese pantalón de pijama bien avenido, a cuadros rojos y negros, recordándome a mi uniforme de vidas atrás. Me acerqué a él, pude prever con buen ojo que no llevaba ropa interior bajo aquello cuadros. La tela de algodón tan fina y su cuerpo haciéndose notar por momentos me llamaron. Tuve que meterle mano.

Por encima de la tela, eso sí. Le agarré fuerte su polla que hacia segundos y suspiros varios ya había comenzado a dilatarse. La apreté. La solté. Le miré. Le besé. Le mordí sus gruesos labios. Me agaché y mordí su miembro suavemente a través de aquellos cuadros uniformados.

Me encanta cuando crece entre mis dedos al mínimo roce- pensé.

Su torso desnudo y esos pezones que me observaban con tanto descaro…

Me acerqué a ellos. Con la punta de mi lengua los ericé, mientras mi mano volvía a acariciar y esta vez sí eran caricias suaves su miembro inmenso.

Mi lengua buscaba sus movimientos incontrolados, su olor. Su dolor. Su placer.

Tuve que apretar mis dientes. Los mordí. Sujeté su polla con más fuerza. Toda la intensidad comprimida en apenas unos segundos.

Cerró los ojos.

Un breve sonido gutural salió de su boca. Apreté más aún.

Aflojé. Busque su boca, mordí su labio inferior y le besé.

-Abre la boca- le indique dulcemente.

Y con los ojos cerrados como esperando algún manjar ya conocido, se relajó.

Mis manos en su cuello, sujetándolo con firmeza.

Y mientras le regalaba mi goteante esa  boca sedienta, le dije con tono convincente:

-El café sin azúcar.

Sin aliento.

Y a tiempo.-

 

«Conocerse a sí mismo

no es garantía de felicidad,

pero está del lado de la felicidad

y puede darnos el coraje

para luchar por ella.»

(Simone de Beauvoir)

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La voix que j’aime.

 

Vos, mi lógica cartesiana.

Mi constructo menos reducido.

Mi logaritmo deseado.

La probabilidad más exacta.

Mi estadística más certera.

Llegas con tu piel convertida en formula imposible.

Te digo que penetres mis incógnitas y lo haces a golpe de variables.

Fuertes.

Seguras.

Progresas geométricamente y lo celebro vertiéndome en tu boca.

Te lleno.

Te vas, llenando el espacio de infinitos, aunque sé que volveré a tocarte

y no hablo de la piel.

Regresas aleatoriamente y todos mis ángulos lo celebran.

Vos, mi axioma más excitante.

Coordéname bien dentro. O desordena todo.

Sé mi binomio más exacto,

sin asimetrías que te alejen de mi boca.

 

 

«No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche»

(Khalil Gibran)

 

 

 

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Tienes alas, ¿no las vas a usar para volar?

Pocas veces como aquella la orden había sido tan escueta.

Solamente la indicación sobre la hora a la que tendría
que estar al día siguiente en su casa y de cómo debería presentarse ante
ella. En un breve mensaje le dijo que necesitaría que la llevase a hacer unas compras y que al llegar aparcara en la puerta.

Escueta.

Sutil.

Nada más.

Y todo menos.
A la tarde siguiente, cinco minutos antes de la hora fijada, él aparcó el coche a escasos metros de la puerta del edificio en el que ella vivía, una zona residencial muy tranquila rodeada de árboles y apartada del bullicio de la ciudad.

A la hora fijada le puso un mensaje pidiendo permiso para subir a su apartamento y solo
cuando ella se lo concedió, llamó .
Apenas dos minutos después estaba tocando el timbre delante de la puerta de su apartamento mientras  su corazón se aceleraba. Mil veces que llamara a ese timbre, las mil sentiría esa maldita y dulce sensación.

Ese mordisco en la piel, en el alma y más adentro.

De donde no se vuelve, justo ahí.
El sonido de los tacones sobre la tarima se fue acercando poco a poco hasta que la puerta se abrió delante de él muy lentamente, prolongando la incertidumbre de la espera.

Entró y se postró de rodillas ante ella esperando a que le extendiera la mano para que pudiera besarla en señal de respeto, también de obediencia y devoción.
La mirada fija en la punta de sus zapatos, tratando de adivinar cómo iría vestida pero sin mirarla todavía.

No tenia su permiso.

No merecia su permiso, aún.

«Todo al ritmo adecuado»-solía repetir sonriendo. De cuando pervertirlo podría aniquilar intenciones y volverlas del revés. Ella siempre supo bailar al rimo perfecto en cada instante.

 

Zapatos de tacón alto, negros y con una llamativa suela roja, pudo adivinar solo por la puntera de que firma eran.

-«Perfectos para ella»- pensó en silencio.

El suave gesto de su mano en la barbilla le hizo saber que podía ponerse de pie.
Entonces pudo observarla. Bella como siempre, arrebatadora como nunca, sencilla y a la vez muy elegante. Ese  gusto al vestir, sin estridencias pero resaltando cada uno de sus encantos; la melena de todos rojizos caía libre sobre sus hombros, casi tan libre como ella. Una ligera sombra de ojos y el inevitable rojo de sus labios.

Sus labios…

Sonrío al sentirse observada por él.
-“Desnúdate por completo, mete todas tus cosas a excepción de las llaves del coche en el baúl que tienes detrás de ti y ciérralo con el candado”- Según terminó de hablar le dio la espalda y se dirigió hacia una de las habitaciones mientras él se quedaba obedeciéndola. Y quien dice obedeciéndola,

quiere decir deseándola,

eternizándola…
Se desnudó poco a poco y fue doblando la ropa antes de meterla en el baúl, quedando
completamente desnudo. Lo cerró tal y como ella le había ordenado. Organizado, meticuloso y práctico, dejando evidencia de su personalidad hasta en esos detalles. Así era él.
Esperó su vuelta con las manos a la espalda y la mirada fija en el suelo como tantas otras veces había hecho antes. Sabía que debía esperarla así y que hacerlo de cualquier otra manera conllevaría una reprimenda y un castigo.

Sus castigos…
De nuevo los tacones marcaron con cadencia el ritmo de su corazón, pervertido ya, desde hacia vidas. ¿Cuantas? Tantas como días llevaba ella en su pensamiento.
Las delicadas manos de ella empezaron a recorrer su cuerpo desnudo y tembloroso, casi sin rozarle, erizándole la piel.

El simple  contacto de las yemas de sus dedos viajó de los hombros a su pecho, de sus brazos a sus ingles, de sus rodillas a las nalgas, hasta finalmente recorrer sinuosamente su miembro que lucía completamente firme, como ella quería, excitado e impaciente.
-“Perfecto, sin un solo rastro de vello corporal. Veo que has cumplido muy bien con mis
indicaciones”-
Se alejó de nuevo y volvió a los pocos segundos con las manos detrás de la espalda, escondiendo algo.

-“Hoy vas a ser mi chófer, y como bien sospecharás, necesitaras un uniforme adecuado a las circunstancias y a mis deseos.  Qué haríamos sin los pequeños detalles, ¿verdad?. Te voy a entregar el tuyo”-
Le colocó una gorra  negra en la cabeza y la ladeó casi imperceptiblemente hasta que
quedó como a ella le gustaba. Le extendió unos guantes de cuero negro para que se los pusiera, cosa que él hizo casi de inmediato hasta que comprobó que encajaban a la perfección en sus manos.
A continuación se situó detrás de él. Pudo sentir el aliento mentolado de ella y su delicado perfume en la nuca, esto le hizo aumentar su excitación y lanzar un gemido involuntario. Ella ciñó un collar de cuero en su cuello, lo apretó ligeramente
y lo abrochó cuando comprobó que estaba a la medida indicada. De la argolla del collar colgó una cadena cuyo mango llevaba en una de sus manos y le miró.
-“Ya estamos listos, podemos salir al mundo”-
Él la miró a los ojos sin atreverse a hablar. Ella sonrió comprobando que lo que meses antes en su mirada habría sido miedo, casi pavor, ahora era una mezcla de determinación, excitación y por encima de todo obediencia.
-“Un último detalle te falta para ser mi chófer perfecto”- Abrió su bolso y sacó unas gafas de sol de pasta negras con los cristales también negros y se las puso con delicadeza y acto seguido dio un ligero tirón a la correa para indicarle que empezara a andar.
-“Recuerda que en todo momento la correa ha de ir casi tensa, no te adelantes y ve siempre detrás de mí, porque ese es y será siempre tu lugar»- Le dijo mientras abría la puerta.
Salieron así al exterior.

Ella delante y él detrás, desnudo a excepción de aquellos complementos que ella le había puesto, excitado como casi no lo había estado nunca. Era precisamente esa excitación lo que le causaba mayor azoramiento, no la desnudez, ni el ser llevado de la correa.
Ella se paró antes de llegar al ascensor y volvió ligeramente sobre sus pasos hasta que pudo hablarle al oído.
-“Me encantan tu determinación y tu valentía . Me gustaría que  mantuvieras
tu excitación durante todo el tiempo que dure nuestra excursión. Me apetece exhibirte exactamente como eres y como te sientes ¿verdad que lo vas a hacer por mí?”-
Él solamente pudo asentir pues hacía ya unos cuantos meses que ella había conseguido a través de un proceso de sugestión y adiestramiento llevarle al punto en el que solo escuchar una petición de su boca, actuaba sobre su cerebro de una manera sinuosamente automática.
En aquel momento nada le hacía sentir más libre que su desnudez y esa correa.

Esa correa y la obediencia.

La obediencia y ella, su guía.
Llegó el ascensor y subieron a él. Bajaron los tres pisos de  un trayecto que a él se le antojó el más largo de su vida.
Se abrieron las puertas y salieron, primero ella y él detrás esperando a que la
correa tirara ligeramente de él. Caminaron unos metros hasta que ella abrió la puerta del portal.
El aire de la calle sacudió toda su desnudez haciendo que se diera cuenta de que sí, esto estaba sucediendo y ya no había marcha atrás.
Siempre detrás de ella y manteniendo su vista en los tacones que le guiaban.

Llegaron al coche y él abrió con el mando para que ella subiera.
-“No, hoy quiero ir sentada en el asiento del copiloto, quiero verte de cerca mientras conduces”-
Cerró la puerta trasera y abrió la puerta delantera derecha.
-“Vamos al centro comercial, tengo que hacer unas compras”-

Pasó el cinturón de seguridad alrededor de su torso desnudo, lo aseguró en el enganche y
arrancó. Mantuvo la mirada en todo momento centrada en la conducción mientras ella le iba hablando.
-“Será solo un momento, menos de media hora. No te preocupes, que no te haré salir del coche. O sí.»-le dijo maliciosamente para tensarle, más aún.
Eso sí, me esperarás en el aparcamiento y tanto a la llegada como cuando salgamos deberás abrirme la puerta”.
Atravesaron el tráfico de Madrid hasta llegar al centro comercial.

Desnudo conduciendo, semáforos en rojo y él con la vista hacia adelante obviando que muy seguramente los coches parados a su izquierda le estarían mirando con cierta curiosidad.

¿Timidez? ya no.

¿Miedo? hace tiempo que perdió el miedo junto al equilibrio.

¿Excitación? toda.

«¿Que seria de la ciudad sin ella?»- pensaba mientras observaba el semáforo en ámbar, ya.

Entraron en el aparcamiento y se dirigieron a la segunda planta. Cuando aparcó se bajó del coche y abrió la puerta del copiloto. Ella salió y le extendió la mano para que se la besara.
-“Espérame dentro y recuerda que te quiero excitado en todo momento,
pero no te acaricies”-
Transcurrieron los minutos mientras escuchaba música, trataba de mantener la mente en blanco para ver si de esa forma conseguía abstraerse de la situación, pero su erección le recordaba cada pocos segundos quién era, dónde estaba y sobre todo, a quién pertenecía.

Y el orgullo de saberse de ella…

Tan libre y tan rendido a ella.

La libertad de la pertenencia, había reflexionado tanto tiempo sobre ello que podría escribir un tratado de varios volúmenes casi sin pestañear.
¿Cómo era posible que sin tocarse estuviera tanto tiempo excitado? Y entonces venían sus palabras a su cabeza “te quiero excitado en todo momento”.
La vio aparecer tiempo después y bajó del coche para abrir la puerta. Venía cargada con un par de bolsas con las compras así que cuando llegó a su altura las cogió antes de que ella subiera al coche y las metió en el maletero, lo cerró y acto seguido cerró la puerta del copiloto y se subió.
Arrancó y salieron del aparcamiento rumbo de nuevo a su apartamento. Aparcó, cogió las bolsas del maletero, abrió la puerta del copiloto y cuando ella bajó del coche le entregó la correa en la mano, cerró el coche y la siguió.
Dos pasos por detrás. Ella se demoró a propósito, se paró, rebuscó en su bolso, sacó su móvil y le hizo unas fotos mientras sonreía orgullosa y divertida a la vez. Con la calma que la caracterizaba volvió a guardar el móvil en el bolso y se encaminó hacia el portal. A lo lejos escucharon unas voces que a él le hicieron temblar ligeramente. Su excitación no solo no desaparecía sino que era aún si cabe mayor.
Un par de minutos después entraron de nuevo en la casa. Ella le dijo que se quitara los complementos que con tanto cuidado había preparado y que la esperara de rodillas en una esquina del salón mientras ella se cambiaba.
Cuando empezaron a dolerle las rodillas ella llegó por detrás de él y le habló al oído.
-“Estoy muy orgullosa de ti, has sido un chófer perfecto y te mereces un premio por ello. No hables,
solo escucha mi voz, no hay nada en tu mundo ahora mismo aparte de mi voz.

Date la vuelta”-
Obedeció y se giró de rodillas con la mirada fija en sus zapatos.
-“Descálzame”- y  en cada vocal pronunciada por ella, pudo adivinar olores, sabores, placeres derritiéndose entre sus dedos.
Muy lentamente, como sabía que a ella le gustaba, le quitó uno de los zapatos, lo dejó
cuidadosamente a un lado y tomó su pie entre sus dedos, acariciándolo y besándolo muy suavemente. Con sumo cuidado retiró sus manos  y le quitó el otro zapato.
-“Ahora míralos bien. Emborráchate de ellos con tus ojos. Cuanto más los mires más excitado vas a estar. Sígueme a gatas”-

Ella caminó unos pasos hasta que llegó a su sillón favorito, él  arrastrándose detrás.

Se sentó y cruzó las piernas de manera que su pie bailó delante de la excitada mirada de él.
-“Cada roce de mi pie en tu cuerpo va a incrementar tu excitación. Va a llegar un momento en el que quizá creas que no puedas aguantar más sin correrte, pero entonces me mirarás a los ojos y sabrás que puedes conseguirlo.
No te correrás hasta que yo no te dé permiso, si te lo doy, claro.”-
Empezó a jugar con él. Llevó su pie a su boca, acarició con la punta de los dedos sus labios entreabiertos, su lengua nerviosa, su cuello, su pecho, sus brazos, lo pasó por los muslos y volvió a recorrer todo su cuerpo una y otra vez.

Lentamente.

Sin dulzura.

Total, solo tenían varias vidas.
Su respiración empezó a entrecortarse, su miembro temblaba como si fuera a estallar. Más sofoco y excitación, el cuerpo entero parecía ser un manojo de espasmos. La miró y ella, sonriente, negó con la cabeza.
Unas lágrimas de impotencia asomaron por sus ojos, quería correrse y no podía a pesar de que sentía que cada segundo que pasaba estaba más y más excitado y aún así no podía apartar la mirada de sus pies ni podía dejar de notar que aquellos suaves dedos pintados de color «rojo impaciencia»,  le mataban de placer sin siquiera rozar su sexo.
Sudores fríos y el cuerpo entero temblando, las lágrimas corriendo por sus mejillas; volvió a mirarla y solo consiguió la misma sonrisa y la misma negación.
Se retorció sobre sí mismo como peleando contra una fuerza invisible que intentaba doblegarlo y que no era otra que la de su mente tratando infructuosamente de romper aquel control.
Infructuosamente porque en realidad no quería escapar de ese control.
-“Cuando cuente hasta tres te vas a correr. Y lo vas a hacer sobre mis pies, lentamente, como si se escapara tu alma de ti”-
-“Uno”-
Tembló.

Trató de que su cuerpo rozara de alguna manera su pie.

Imposible.
-“Dos”-
Ahora los pi

es recorrían sus muslos muy suavemente y terminaron posándose en el suelo justo
debajo de su miembro.
-“Tres”- Y en ese «tres» se demoró tanto que pudo apreciar como sus carnosos labios sonreían con cada consonante, se tropezaban en cada vocal mientras la deseada «S» no acababa  de aterrizar.

Aterrizó…
Y el placer…

Gritó su nombre, le dio las gracias, gimió, lloró. Mientras, su viscosidad iba depositándose muy lentamente en los pies de ella, cubriendo los empeines y su bonito tatuaje poco a poco, casi sin parar y a la vez sin ningún espasmo.
-“Muy buen chico. Ahora bébete a través  de mis pies”-le ordenó.

Lo hizo. Muy lentamente, acariciando cada milímetro de su piel con la lengua sedienta. Dejándose mecer por el tacto y las sensaciones que le provocaba esa sustancia algo amarga en su boca

Respiró.

Y el mundo, estuvo un poco mejor en ese momento.

Sonó un :»Gracias» en el aire y cerró los ojos, extenuado,

repleto de emoción,

de calma y de tanto placer acumulado .

 

 

«De veras que no veo nada romántico en declararse.

Estar enamorado es muy romántico pero no hay nada romántico en una declaración en toda regla. Sobre todo porque puede ser aceptada, con lo que la emoción desaparece por completo.

La esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si me caso alguna vez, haré todo lo posible por olvidarlo»

(Oscar Wilde)

 

 

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Vámonos de sueños esta noche.

El pantalón vaquero apenas podía ocultar su excitación. Tumbado sobre el sofá negro de cuero a unos centímetros de su piel, su cuerpo pedía sentir más calor.

– “Esta noche estoy cansada”- le había dicho retadoramente.

Y él, maestro de excepciones, intentó tensar la cuerda hasta el límite, si es que entre ellos alguna vez hubo algún límite.

Como cuando se conocieron, ella libre y callejera de las metáforas, se le cayó la cordura cuando le intuyó. Y él que nada más verla quiso desnudar sus sentidos, acabó maldiciendo su piel por enredar tanto su alma.

Tarareando una de sus canciones preferidas, se incorporó hasta ponerse de rodillas entre las piernas de ella, apoyó su boca y sellando con sus labios su ropa interior cogió aire y lo dejó escapar muy despacio a través de la fina tela. El aire tan caliente le quemaba y licuaba aún más si cabe su humedad. Ella le apretó la cabeza contra su sexo, pero el placer duró lo que tarda en agotarse el aire de los pulmones.

Nunca dos miradas habían estado tan hambrientas. Y sin embargo, se levantaron. Se vistieron muy despacio. Con pocas ganas, alargando un juego que apenas comenzado ya empezaba a pesar. Y qué más da quien tira de quien si la dirección es la misma- pensaba ella

Caminaron hacia la puerta de la calle, él de espaldas, ella persiguiéndole mientras se gritaban en silencio lo mucho que se  deseaban en ese momento.

Con la manilla de la puerta bajada, él preguntó con una sonrisa:- “¿no me vas a dar nada para que te recuerde estos días?”-

-”Retírame las braguitas con tu boca, muy lentamente y sin morderme” –

Él la miró seriamente. Cerró la puerta  y la rodeó. Ella no se giró. Solo pudo notar el aire a su alrededor,

Arrastró la lengua desde el tatuaje de su nuca hasta su cadera, muy despacio. Cuando llegó a sus caderas, atrapó la ropa interior con los dientes, cuidándose de rozar su piel como adelanto de lo que vendría después. Introdujo su lengua entre la piel y el encaje, y comenzó una lenta espiral descendente alrededor de su cuerpo, mirando hacia arriba cuando estaba frente a ella, y quitándose su ropa cuando pasaba por detrás. Las bragas negras cayeron al suelo cuando estaba a la altura de las rodillas, quizá porque ella había separado las piernas para prolongar el juego, y en ese momento él comenzó a deshacer la espiral ya desnudo y completamente excitado, con la misma parsimonia con la que había bajado, pero rozándose constantemente contra ella. Espiral eterna, que se paseó por muslos, cadera, vientre, pezones y cuello, hasta llegar a los labios, entregados ya y a punto de recibir su deseada dosis de saliva .

Con ambas manos en su rostro, él dirigía los besos, casi follando su boca con la lengua. Ella separaba las piernas involuntariamente y encajó su polla entre  ellas para notarle más cerca. El ritmo fue aumentando. De su mejilla a los pezones, pellizcándolos repetidamente con suavidad mientras los veía endurecerse como piedras, y de ahí a su culo perfecto.

Él la cogió con ambas manos, la levantó en vilo como una pluma hasta tener sus pezones a la altura de los labios. No esperó para empezar a chupar uno de ellos, mientras la dejaba descender sobre su polla, haciéndola gemir de puro placer y excitación con solo unos breves roces. Él no quiso demorarse demasiado y apoyándola contra la pared la penetró veloz, acelerando el ritmo de sus embestidas a la par que ella aumentaba el volumen de sus gemidos. A ella le gustaba así, violento bajo sus bragas y a sus pies

Él no tardo en notar como ella se diluía ahí mismo, apretándole por dentro, muy fuerte, como reteniendo el momento, como reteniendo su alma.

Él no quiso ni pudo aguantar más. Cuando sintió que iba a terminar empujó hasta el fondo y se vació por completo dentro de ella gritando de placer, sin hablar, sin parpadear y tan llenos de intenciones como cuando ella fingió estar cansada.

-Ahora ya sabes detener el tiempo- le susurró ella, antes de desaparecer de su imaginación…

 

 

«Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido.

Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal.

Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad.

Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo mas alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima.

Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore.

Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada.

Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero el mar a la montaña. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

( Báilame el agua) 

 

 

 

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Que el silencio te desnude…

La última vez que nos vimos olvidamos  y sobre todo, olvidó llevarse mi regalo prometido.
Tal vez tiene razón Lacan al afirmar que “todo acto fallido es un discurso a voces”, la cuestión es que  quedó pendiente para  un futuro próximo, con tintes de urgencia, por su bien y por mi deseo.

Tras varias semanas volvió a Madrid. Ni olvidó, ni olvidé lo que teníamos en el aire, pero…su descuido merecía una lección.

Le cité en el metro, para su sorpresa y mi agrado, en una estación cualquiera y a una hora en la que sabía que no habría demasiada gente
y aunque eso en Madrid era mucho suponer, casi acerté.

Acudió. Le vi llegar. Nervioso. Con un halo de excitación en su modo de caminar. Tan seductor como siempre y más él que nunca.

Podría haberle devorado según se acercaba a mí , solo por moverse así, pero me contuve. Las lecciones son las lecciones.

Apenas había gente en ese anden, una señora mayor con aspecto distraído, una pareja asiática y un hombre de unos 50 años. En el de enfrente  por el momento, solo una pareja de unos 60 años y 3 chicos universitarios a juzgar por los apuntes en sus manos.

Y como no me gusta limitarme en casi nada, no vaya a ser que me pierda alguna sensación, instantáneamente olvidé que no estábamos solos.

Él llevaba un vaquero negro, barba de 2 días y esa mirada que quiso retar a la mía.

Yo, vestida con un traje corto y vaporoso, medias con ligueros, sandalias abiertas, gafas de sol y mi lencería de estreno en tonos violeta. Adoro la lencería, siempre estoy buscando cosas nuevas y diferentes. Ese día elegí un conjunto con encaje y  pequeñas transparencias..

Le besé cuando le tuve a 5 centímetros, le dije que le debía un regalo pero que tendría que ganárselo. Me dijo que sí, con su voz y con su cuerpo. Llevé la mano a su entrepierna, rocé ese vaquero tan sexy y comprobé que afirmaba también. Latía, como la ciudad.

-¿Seguro?-le pregunté.

-Sin limites- me contestó.

Sonreí.

-Ponte de rodillas, sube suavemente  con tu lengua por mis piernas, demórate en la caricia y cuando llegues  a mi sexo mantente ahí, hasta que yo te indique.-

Se sonrojó. No dijo nada y se dispuso a la acción.

-Solo así podrás llevarte mi tanga- le recordé. -La pureza no se obtiene sin esfuerzo.

-Seguro que  cuando lo tengas en tu poder, te gustará llevarlo encima en algún momento, tal vez en el bolsillo del pantalón, y seguramente en alguna ocasión lo lleves a la oficina y en el momento más aburrido de la reunión te llegue un mensaje al móvil indicándote que justo en ese instante tienes que rozarlo, sentir su textura, incluso olerlo, o  saborearlo. Así tal vez cuando tus dedos busquen, me encuentres a mí.

Apuesto a que  en alguna madrugada oscura y esponjosa recibirás un mensaje de voz en el móvil, seré yo.

Cada nueva misiva agitará el mar de tus ansiedades.

Mi voz te traspasará.

Te llenará.

Entonces te diré lo que me gustaría que hicieras en ese  instante. Algo así como que te acaricies mientras sostienes el tanga en tu boca y lo besas como me besarías a mi si yo estuviera ahí. Te abandonarás a mis deseos porque sabes que hay fuerzas mucho más importantes que la razón. Te embriagarás de su aroma y te abrirás a las sensaciones de una manera descarnada… – le dije en tono convincente.

Afirmó con hambre orgiástica.

El andén  comenzaba a llenarse y el vagón del metro estaba a punto de llegar.

-Mira como el mundo desaparece-le dije

Él estaba  de rodillas mientras yo acariciaba su  suave cabello, pude oler su sugerente perfume y su respiración acelerada. Comenzó a recorrer mis piernas con la lengua mientras sus manos me acariciaban.

-Más suave aún-le indiqué.

Y su lengua fue recorriendo cada centímetro. Llegó a mis muslos. Se detuvo.

Segundos.

Minutos.

Respiraba con sus manos  presas en mis nalgas. Noté su aliento y  se me antojó de lo más excitante. Abrí un poco más las piernas para facilitarle lo que venía después.

-Ahora, quítame el tanga con la boca, despacio, no vayas a morderme- le dije mirándole a los ojos.

Sus labios entre abiertos pidiendo más, su mirada sedienta, mis ganas de besarle de nuevo y esa gente en el anden que iban multiplicándose sin permiso.

-Quítamelo ya- le susurré.

Comenzó la maniobra con una deliciosa cadencia, mientras su saliva se abría camino entre mis muslos y sus manos permanecían  inmóviles pegadas a mis nalgas.

Poco a poco fue bajando la lencería, le ayudé sutilmente moviendo un poco las piernas.

Lo consiguió.

Con su premio en la boca y aún de rodillas me observaba,  le sonreí  muy complacida.

Ya en pié, ahora sí, le comí  a besos. Por su bien claro, y por el mío.

-Es tuyo, te lo has merecido-le dije. Eso sí, sigue mis indicaciones estrictamente.

Yo te iré indicando donde, como y cuando debes sacarlo, besarlo, olerlo …sé que lo harás.

-Será un placer -me dijo.

-Infinito -le contesté.

 

«No es tu sexo lo que en tu sexo busco,
sino ensuciar tu alma:

desflorar

con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido»

(L.M.Panero)

 

 

Copyright©2016-19L.S.

Nadie los cría y ellos se juntan.

«Las mujeres, las buenas mujeres me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.»

(C.Bukowski)

 

El día que tropecé contigo hacía viento. Volaban las hojas caidas de los árboles, las ideas y hasta las intenciones.

La culpa de todo la tuvo un semáforo que se demoró demasiado en cambiar de color y antes del inevitable momento,  ya nos habíamos comido las miradas desde nuestras respectivas aceras.

No sé qué me llevó a hacerlo directamente, como si te hubiese intuido desde la distancia, lo que sé es que ocurrió.

«Verde» y nos movimos, cada uno en su dirección.

Lo hiciste con calculada lentitud y en los segundos que tardamos en cruzamos, tu mirada llenó mi espacio cual ejército invasor. Seguí en mi dirección por culpa de mis pies que cobraron vida propia, mi voluntad siguió tu huella que no dejaba de mirarme, ya desde la otra acera.

Me paré. Te observé.

-O vienes o voy- pensé.

Y viniste.

Sonreíste y dijiste a modo de presentación  algo parecido a que el miedo suele ser la antítesis de la vida.

-Apuesto a que sí- contesté sonriendo.

Y como cada uno elige el modo de volarse, de mi boca salió un: – ¿me sigues? –

Y lo hiciste.

La suerte de vivir en una ciudad grande es que casi en cualquier esquina encuentras un hotel o similar, y yo en ese momento necesitaba uno. Así. Como con urgencia.

No dijiste ni una palabra, solo me mirabas, deteniéndote en las asíntotas oportunas.

La habitación olía a moras, o a fresas o a qué sé yo, si yo solo estaba pendiente de quitarte la ropa.

-Déjame que te preparé para lo que viene- te susurré al oído. –

Entendiste mi juego antes de empezar y me seguiste en todo momento incluso después de terminar.

Me desnudé mientras me observabas sentado en la cama. Tiré de tu corbata hacia mi boca, te besé y volví a susurrarte que ahora te tocaba a ti.

Y mientras lo hacías yo te observaba desnuda, sobre mis tacones negros, encendiendo un cigarrillo. Con calma.

Te tumbaste sobre las sabanas. Me tumbé encima de ti. Tu piel con mi piel, eso es lenguaje.-pensé-

-Vamos a dilatar este momento- me decías sonriendo.

-El momento y otras cosas- te contesté.

Y en un astuto movimiento te situaste sobre mí.

Besabas con vértigo y sin atajos.

Comenzaste a lamer mi desnudez. Tu boca se perdió en mi cuello por unos instantes y cuando se encontró, la sorprendí en mis pezones. Y como colonizando mis sentidos olvidé la noción del tiempo.

Estuviste adorando mi coño como se merecía minutos, tal vez horas. Suspiré.

Tu polla comenzó a abrirse camino en mi interior.

Por cómo te movías sabía que albergabas una gran cuota de demonios en tu interior. Apreté tu cabeza entre mis muslos.

-Más fuerte- te pedí.

Y lo volviste a hacer.

Tu voz y tu placer se me escurrían entre las piernas y después de un tiempo indefinido me levanté, dejando las sábanas manchadas de vino y carmín.

Se acabaron los besos, era hora de recogerme el pelo.

Me vestí bajo tu atenta mirada que encendía su cuarto cigarrillo. No disimulé que tenía prisa por marcharme.

Te besé y me dirigí a la puerta, no sin antes dibujar en tu piel con mi pintalabios un:

«No te asustes, sigues dentro de mí…»

 

 

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Entró en mi vida, como se entra en una frase.

Afrodita  esperaba al siempre elegante Eros en su apartamento.

Vestida como a él le gustaba.

Un traje corto, muy ceñido, con medias negras y liguero a juego. Zapatos de tacón que podrían rozar el  séptimo cielo y nada más.

Sin ropa interior, como a ella le gustaba.

Eros llegó a la hora adecuada. Fue desplegando movimientos seductores por el pasillo y sobre la alfombra derramó toda su sensualidad al anudarse el nudo de los zapatos como él solo sabia hacer. Por un instante su sonrisa casi compitió con la de ella.

Y tras una ración y media de besos interminables entre ambas deidades, la mirada de ella lo dijo todo. Estaba hambrienta. De comida, también.

Ella recordó por un instante la primera vez que sus bocas se rozaron, hace varias épocas ya.

-No saldrás ileso de mis besos- le advirtió ella.

-Por ti, todas las canciones del mundo- contestó él.

Salieron a cenar por el olimpo derrochando libertad.

Y confidencias.

-¿A cuantos hombres has amado?-le preguntó él.

-¿A cuantas mujeres has olvidado?-contestó ella.

Sonrieron y volvieron a comerse a besos mientras los camareros interrumpían pacientemente .

Cuando llegó el momento del exquisito mousse de limón ella le pidió que abriera su boca, ofreciéndole un poco del manjar desde la suya, directo a su paladar.  El lo recibió con devoción, deleitándose en la cremosidad del limón mientras envolvía la lengua de ella.
Y al sentir la textura tan suave en su boca, él, por alguna analogía tal vez, busco entre los muslos de ella esperando encontrar el tacto de su ropa interior, sin embargo lo que encontró fue algo mucho más suave aún.

Afrodita sonrió. Y todo el Olimpo sonrió con ella.

-Es hora de irnos- le susurró lentamente.

Subieron al coche y se dirigieron hacia la improvisación más excitante que la noche pudiera ofrecerles.

Mientras Eros conducía , con la otra mano deslizaba sus dedos entre las piernas de ella, mientras Afrodita abría sus muslos con lenta cadencia. Sentía como la punta de sus dedos impregnada de saliva se iba  fusionando con su propia humedad. Inevitablemente situó su mano sobre los dedos de él, indicándole así que quería más profundidad.

Ella siempre quería un poco más.

Y en un cruce cualquiera de destinos  apareció Baco. Hacia mucho tiempo que no coincidían. Afrodita supo enseguida lo que su propia piel le pedía. Y sus deseos, eran ordenes para ella.

Se dirigieron a él. Se sorprendió. Ella le mostró la mejor de sus sonrisas mientras le indicaba que subiera al coche.

Baco no titubeó ni un instante.

Los 3 deseos a flor de piel en el coche, juntos, con poco espacio y ese blues de fondo.

Baco era tan directo como seguro de sí mismo. Y aunque tenia vocación de herida, nunca pudo resistirse a los encantos de Afrodita. Esa noche vestía aquella elegancia intrínseca de la desesperación que un día tanto le atrajo a ella.

No quiso demorar demasiado lo inevitable, buscó su boca bajo la atenta mirada de Eros.

Lo besó. Se lo comió a besos literalmente.

La noche, ellos, la música…

-Ahora vosotros- le indicó con un guiño a Eros- mientras sus ojos se transformaban en una interrogación.

-Me gustaría veros juntos-le susurró al oído.

Y se incorporó al asiento de atrás, ella quedó en el delantero. Observándoles.

Deleitándose.

Licuándose de placer muy lentamente.

Saturándose de química. Dejándose invadir por cada sensación que la situación regalaba.

Se besaron.

La noche y el calor hicieron el resto. La boca de Baco fue descendiendo por el pecho de Eros, ese pecho que tanto calor otorgaba a Afrodita en frías noches como aquella.

Su lengua inquieta se enredó en el ombligo de su amante bajo la excitada mirada de ella.

-Sigue- le indicó .

Alargó sus brazos y ella misma desabrochó ambos pantalones.

Y aunque no había demasiada claridad pudo quedarse con cada delicioso movimiento. La boca de Baco acariciaba el sexo de Eros. Suavemente primero, para pasar a engullir literalmente su miembro. Eros suspiraba mientras buscaba los ojos cómplices de ella. Abría su boca. Esperaba algo más. Ella se acercó y le besó mientras Baco seguía devorándole.

-Ahora hazlo tú- volvió a indicarle a Eros.

Y lo hizo, con su mano apretando los senos de ella comenzó a enredarse en el sexo de Baco. Y Baco queriendo más. Pidiéndole casi a gritos que lo hiciera más y más rápido , mientras Eros seguía con su dulzura.

-Esta noche quiero ser de agua- pensó ella.

Y continuaron comiéndose y untándose de placer mientras la noche se alargaba entre tantos gemidos.

Y ella, como buena voyeur disfrutó cada décima de segundo.

Se volvió ojos.

Y oídos, para  que no se le escapara ningún sonido.

Ni olor. Olía a viernes , a algodón, a almizcle, a noche…

 

«Las palabras es lo único que tenemos» Samuel Beckett

 

 

 

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Lo que buscas te está buscando.

 

Amaneció lluvioso, con un graffiti en el suelo adornando Madrid:

«7 colores tiene tu voz cuando te quedas».

Quedé con él a las 11 en punto.

A menos 10 me escribió:

-Estoy a 2 cigarrillos de tu puerta-

Sonó el timbre y le abrí. Fue puntual. Imagino que el castigo por el retraso de la última vez sirvió para algo.

Pasó a la habitación. Le ofrecí un delicioso Moet & Chandon mientras yo me ausentaba un instante.

-Ve desnudándote- le indiqué.

Regresé sigilosa, sin que él pudiera percatarse. De fondo un blues de lo más sensual. Abrí suavemente la puerta, como queriendo robar un instante a su espera.

Le observé. Desnudo. De espaldas a la puerta. Con algo entre sus manos.

Dejé olvidado un tanga rojo sobre el chiffonnier  y por lo visto él no tardó en descubrirlo.

Comenzó a olerlo, lo acariciaba con su rostro, cerraba los ojos  mientras inspiraba, lo dirigía hacia su boca, abría los labios y acariciaba el suave tejido.

-¿Qué haces?- le pregunté.

Titubeó al verse sorprendido.

Me gustó que lo hiciera, pero debió pedirme permiso para ello.

Merecía un castigo.

Sutil.

Breve.

Intenso.

Aleccionador.

Me senté sobre la cama  con mi mono de látex muy ajustado  y negro, del mismo color que las sandalias de tacón, abiertas, dejando al descubierto unas uñas  tan rojas como el carmín de mis labios.

-Ven aquí, túmbate sobre mis rodillas- le ordené con suavidad.

-¿Entiendes que mereces ser castigado por esto, verdad?-le pregunté.

Se situó sobre mis rodillas, desnudo, tímido, excitado.

Comencé a azotarle con la mano. Después con unos guantes, de látex también.

Acariciaba sus nalgas cada vez un poco más rojas, casi como mis labios . Le azotaba, paraba y cuando creía que su lección había acabado, volvía a retomar el castigo, demorándome en cada roce.

-Suficiente- le dije. Ahora sitúate de rodillas frente a mí.

Abrí ligeramente la cremallera del catsuit  dejando entrever mi ropa interior.

Azul.

El observaba mis movimientos con impaciencia.- Acerca tu boca a mi tanga- le indiqué.

Y le dejé unos minutos así, llenándole de azul. Con su rostro entre mis piernas, sintiendo el roce de la piel en su rostro. Llenándose de mi aroma, y sin poder hacer nada más. Sé que deseó tocarme. Besarme. Acariciarme con su lengua.

Y…me hubiera gustado.

Pero un castigo es un castigo.

-Despiertas todos mis sentidos- me dijo en tono bajo.

-Levántate. Vamos a salir- le contesté mientras le besaba.

Y el castigo, tan pequeño como suave continuó…

Fuimos a una cafetería.

Mientras disfrutaba un delicioso cappuccino le indiqué que fuera al baño.

-Vigila tu móvil- le susurre, esta vez muy bajito, mientras mi mano acariciaba su entrepierna.

Le escribí un mensaje :

-Quítate la ropa interior y acaríciate lentamente.-

Pude imaginar sus dedos rozando su sexo. Cubriéndolo de saliva . Untándolo de más humedad, aún. Recreándose en el momento.

Desorientado, sin saber cuanto tiempo debía permanecer así.

Disfrutando de la duda. Excitado. Expectante.

Cuando se lo indiqué regresó a mi lado  y tras unos minutos y varios besos con sabor a café volvió a recibir otra instrucción.

-Coge lo que voy a dejar sobre la mesa, y vuelve al baño .

Con un ligero movimiento de caderas me quité las medias que llevaba bajo el vestido.

Lo hizo.

-De rodillas en el suelo y con las medias en tu boca, vuelve a acariciarte y cuando no puedas más, dímelo.

La crema del cappuccino revoloteaba entre mis labios, me relamí.

-No podré aguantar mucho más- pude leer a modo de whatsapp.

-Deja de tocarte y regresa a la mesa ya- le escribí…

 

Puedo asegurar que fue uno de los cafés más excitantes que he podido disfrutar…

 

 

«Siempre acabamos llegando donde nos esperan» (Saramago)

 

 

Copyright©2016-19L.S.

 

 

If it doesn’t challenge you, it won’t change you.

«It’s good to push your slave to his limit.

The harder you push, the more he knows that you care»

 

Ocurre que a veces me envuelven sucesivos caprichos y necesito materializarlos. El de ayer comenzó con un mail cargado de detalles e intenciones:

-«Esta noche voy a requerir  tus servicios.»

«Quiero que tomes buena nota de tus deberes para lo que queda de tarde y el resto de la noche»-le escribí.

«Según termines de leer este correo deberás ir al baño de la oficina, allí te acariciarás lentamente, tal y como te he enseñado.

De  rodillas y con los pantalones bajados. Así permanecerás durante media hora. Tienes terminantemente prohibido saciar tu deseo. Saldrás después de esos 30 minutos y transcurrida otra media hora volverás a entrar al baño. Volverás a realizar la misma maniobra, esta vez durante tres cuartos de hora. Recuerda: tienes prohibido culminar tu placer. Cuando acabes saldrás del baño y te irás a casa donde te arreglarás y perfumarás para mí.

Vendrás a recogerme a las 18:00 h. Tienes que venir  recién duchado. Llevarás tu mejor traje y tus  zapatos más sofisticados. Eso sí, no te pongas ni ropa interior ni corbata. Cuando llegues a la puerta del apartamento llamarás al timbre y me esperarás de rodillas hasta que salga a abrirte. Si ves que pasados cinco minutos no te he abierto la puerta, vuelve a llamar.

Dentro del apartamento te voy a marcar para que todo el mundo en el restaurante vea que eres mío. Te besaré y morderé tu cuello hasta dejar bien visibles las marcas de mis dientes, de manera que no tengas posibilidad de esconder esas señales ni con el cuello de la camisa ni con la americana.

Acto seguido vas a lamer mi sexo hasta que me hagas gemir de placer, así  un par de veces. Si veo que tenemos tiempo suficiente, lo mismo hasta son tres veces. Bajo ningún concepto podrás limpiarte la cara. Esta noche mi placer va a ser tu perfume.

Cuando te diga que ya es suficiente, te dirigirás a la entrada y esperarás dentro, de rodillas, mirando a la puerta hasta que yo haya terminado de arreglarme. En el momento en el que oigas mis tacones podrás levantarte para abrirme la puerta.

Deberás caminar un par de pasos por detrás de mí con la mirada fija en mis tacones. Me abrirás la puerta trasera de tu coche para que pueda entrar y la cerrarás cuando veas que ya estoy sentada.

Una vez en el restaurante no te olvides de caminar por detrás de mí, dejándote envolver por mis tacones. Retirarás la silla para que me siente y la empujarás ligeramente para que quede bien colocada. Tus manos deberán estar siempre encima de la mesa, todo el mundo que pase por tu lado tiene que poder ver tu anillo.

Ese anillo que simboliza que me perteneces.

Solo yo hablaré con los camareros, tú solo podrás hacerlo si yo así te lo indico. Comerás y beberás solo aquello que yo te ofrezca.

Cuando acabemos de cenar volveremos al apartamento. Tengo un capricho: atarte de pies y manos a la cama muy firmemente y comprobar cuánto tiempo eres capaz de aguantar al borde del abismo o del placer. Muy seguramente te  lo denegaré una y otra vez  aunque me pidas permiso muy sugerentemente. Te excitaré  lentamente, hasta que llores pidiéndome por favor que te deje seguir o que pare.

En ese momento es cuando de verdad vas a demostrarme tu fortaleza.

Estoy convencida de que sabrás estar a la altura en todo momento y harás que me sienta orgullosa de ti…»-

 

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Su respuesta me sorprendió, casi tanto como me provocó:

 

-“My body is yours to use it as you please”.

I am yours

Yours to taunt, yours to spank.

Yours to protect, yours to fuck.

Yours to taste, yours to caress.

Yours to whip, yours to kiss.

Yours to inspect, yours to bite,

Yours to give pain, yours to take pleasure.

Yours to love, yours to spread open.

Until no parts of me remain unseen,

untouched, undiscovered,

by you.

I am yours,

I am yours to make wait,

but not forgotten.

I am yours to own,

but never take for granted.

I am yours to hold tightly.

I am yours to set free,

but never let go.»-

 

 

 

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