Busca el latido.

Carta 4, de Victor a Lara:

El erotismo es un humanismo.

Permíteme que lo plantee en estos términos, parafraseando a Sartre y su concepto humanista del existencialismo. La relación entre un dominante y un sumiso es erótica, y en ella se establece una relación de continuidad más allá de la sumisión sexual que nos habla de cuerpos sagrados, dispuestos a la profanación de la realidad.

Conviene destacar que la realidad es aquí un sistema simbólico, construido por convenciones no necesariamente perennes, a veces, son tan transitorias como lo son las corrientes artístiticas más efímeras o las modas. En un mundo hiperdigitalizado, preñado de trivialidades conformadas como espacios virtuales y  sagrados que inducen al individuo a someterse a ellas sin ningún juicio crítico,  el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación de las convenciones, en busca de lo real, de algo que trasciende más allá de las apariencias para poder captar la verdad  que se oculta dentro de nosotros, nuestras fortalezas, nuestras debilidades. 

Nuestro erotismo es un erotismo sagrado,  pienso en la equivalencia entre sexo y sacrificio, pienso en Los cuerpos sagrados de Guide, otras veces sumergido en el intrigante pálpito de la vida cotidiana. Cuando hablamos de erotismo somos incapaces de sustraernos a un ritual, un conocimiento del cuerpo, venerado, violado. De la riqueza intelectual de un dominante dependerá que esa relación erótica trascienda más allá de una sesión.

Tiene razón Bataille cuando afirma que el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en o lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento. En el BDSM de una forma más exquisita, a veces más exagerada, otras grotesca, siempre sádica, perfeccionada, se reproduce el principio de destrucción del aislamiento de los participantes en el juego. Todo juego establece una relación entre los participantes pero en la erótica, y en la sado-masoquista, el juego continúa después de la partida. La desnudez, el fetichismo, el sometimiento físico o psicológico, construyen una nueva comunicación que se prolonga más allá del juego entre dominante y sumiso, Se revela como una continuación posible del ser, modulada, canalizada a través de los conductos de lo real que subyacen en la realidad: se trata de la búsqueda de lo obsceno. 
Un cuerpo poseído, otro cuerpo entregado, enlazados por el deseo y la fascinación por lo desconocido. A veces, lo desconocido es un acariciar con los dedos la muerte, rozar con la mente lo que no tiene definición, quizá por eso lo desconocido es siempre un simulacro de la muerte, pues desconocemos el sentido trascendental de ella y somos incapaces de contarla, si no es a través de la ciencia o de las religiones. Entre un dominante y un sumiso se abre una continuidad más allá del sacrificio que, efectivamente, como cuentas en tu carta, vamos acompasando, según nuestros respectivos estados anímicos.

El BDSM es una constante perturbación de la vida convencional, es una íntima rebeldía que nunca alcanza el sentido de la revolución porque sería su propia condena. El sado-masoquismo es la quintaesencia de la libertad individual, de nuestra individualidad.  Con el erotismo, así entendido, lo que se cuestiona es el status quo, el orden regular de la rutina y sus instituciones. 
Qué alimenta esa continuidad más allá de una sesión. ¿Es el deseo? Hemos hablado del deseo ante un cuadro de Caravaggio o de Tintoretto, cuando te acaricio el muslo y me restriego a tu vera, mientras nos contemplan las Tres gracias, la Venus del Espejo o el Moisés de Miguel Angel, pero no hemos hablado de la pasión y creo que la pasión es lo que nos permite aceptar la angustia y el sufrimiento, aquello que se vuelve inaccesible. Solo el sufrimiento revela la verdadera naturaleza del dominante y del sumiso: si el dominante no puede poseer al sumiso más allá de la sesión, si sólo el sumiso puede en este mundo realizar lo que nuestros límites prohíben. Y en definitiva, lograr la fusión de las lágrimas en un abrazo prolongado donde la liberación y la continuidad no encuentran cesura. La pasión nos adentra en el sufrimiento que es la búsqueda de lo imposible.  

Después de una sesión echo de menos un abrazo, un momento de profunda entrega y admiración, de respeto y veneración. Así son los momentos que prolongan una sesión, con un gesto en el que se siente el fulgor de los cuerpos, el pálpito sincopado de nuestros respectivos corazones. Así concluyeron las sesiones, con un sentimiento de veneración. En ocasiones, el gozo de lágrimas fundidas con las mías.

Hoy el aire está denso. Debe ser el cambio de tiempo, de estación, “el velo semitransparente del desasosiego…”echo de menos un abrazo, necesito el tuyo. 

No te quiero aburrir más, sería imperdonable.

Te deseo.

Víctor

Yo conocí el secreto del fuego mucho antes que el primer bosque se incendiara.

Antes aún de aquella hoguera,

antes de la llama.

Como todos los hallazgos

fue accidente,

tropezar con la chispa en tu palabra,

y después, ¿qué remedio?:

encenderme

con el roce casual de tu mirada.”

(Aída Elena Párraga)

Copyright©2016-20L.S.

El poema es pura palabra sensualizada.

Carta 2, de X a Lara:

Te escribo esta carta, Lara, que es recuerdo y confesión, también una reflexión, una locura. Me pides una crónica y yo te entrego una carta. No tengo remedio…

Me dijeron que esa noche era yo el que daba las órdenes. No había experimentado hasta ese día la posibilidad de que una ama consintiera en ceder su sumisa a otro dominante. Omito la “a”que antecede a “sumisa” porque tuve la impresión de que en el BDSM a tres, la cesión y sumisión de un tercero convierte directamente a un sujeto en un fetiche, como una consagración definitiva del objeto de deseo. De hecho, no sé hasta qué punto aquello pudo llamarse sumisión. El fetichismo se vuelve más fetichismo que nunca. El sujeto, más objeto que nunca, convertido en un recipiente sobre el que se vierten los deseos.

Probablemente fue algo más que eso. Se trataba del reconocimiento de una experiencia, una veteranía, un saber, y el BDSM participa de eso que llamamos saberes, relacionados con el placer, el dolor, la dominación. Cuando Eva me dijo que esa tarde podría jugar con su sumisa sentí, en cierto modo, que se producía esa entrega. A fin de cuentas, Eva y yo habíamos follado en muchas ocasiones y cada uno había tenido sus sumisas, pero nunca habíamos llegado a desarrollar ese vínculo de amistad a través de un tercero. 

No eran más de la 20h cuando llegué a su casa. Había oído a hablar a Eva de su mascota en alguna ocasión. No solíamos contarnos nuestras experiencias. Eva tenía entonces 5 años más que yo. Cerca de 42. No reconocí entonces que follar con ella se había convertido en algo rutinario. En realidad, tenía la impresión de que Eva no era capaz de contenerse cada vez que se revolcaba conmigo. Siempre quería jugar a ser más dominante que yo y siempre perdía en el mano a mano entre azotes, mordiscos, arañazos, embestidas y escupitajos. Era precisamente ese momento que precede a la derrota cuando descubría su mayor excitación, cuando perdía la mirada, cuando yo la follaba con más violencia, su momento más excitante que a mi, por fácil y predecible, ya me aburría. Por lo demás, entre Eva y yo no había ninguna relación. Demasiado diferentes como para entablar una buena amistad y mucho menos una complicidad. Nos encontramos en un momento en el que yo necesitaba algo así, algo o alguien sobre lo que no tender puentes ni crear compromisos, ajeno a cualquier reciprocidad que no fuera sexual. Creo que me he vuelto demasiado exigente. Pero esa es otra carta.

 Ella era madre de dos hijos pequeños, camarera. Yo dirigía una escuela, escribía. Si nos encontrábamos era por casualidad en otra sesión donde los dos habíamos sido invitados. Nada de lo que yo le contaba le interesaba aunque fingiera fascinación. Yo sí atendía complaciente a las recetas de sus cócteles. 

Su sumisa resultó bastante atractiva. No recuerdo el nombre. No la he vuelto a ver. Le gustaba la música electrónica. Era bastante más joven que nosotros. No creo que tuviera más de 30 años. Por su figura, podía pasar por una bailarina, dispuesta a todo. Cuando llegué se encontraban en mitad de una sesión. Sospecho que Eva lo había preparado para que el encuentro fuera así. Nada es casual. Ella llevaba un corsé de cuero negro y unas botas que le llegaban hasta las rodillas. No era elegante. Era bizarro. Su sumisa tan solo vestía en ese momento un collar rojo. Estaba abierta a cuatro sobre la cama, con un hermoso plug anal entre nalga y nalga. Cuando llegué estaba recibiendo los azotes de una paleta. Tenía el culo completamente enrojecido y, por las marcas, parecía que también lo habían azotado antes con una vara. Eva la llamó maleducada y después la obligó a saludarme lamiéndome las botas. Después me susurró al oido que esa noche era nuestra. 

Decidí que se vistieran. Le sugería Eva que usara esa noche sus bolas chinas. Nos íbamos a a cenar y después a tomar una copa o a bailar. Les exigí que no se quitaran nada de lo que ya llevaban puesto. Media hora después, estábamos en la calle. La cena transcurrió con normalidad. Después de la primera copa, nos fuimos a un after dividido en cuatro plantas, una vieja fábrica reconvertida en local de ambiente gay, música tecno y todo lo que uno quisiera imaginar . Efectivamente, era bailarina. El local estaba lleno de gente. Todos íbamos vestidos de negro. Los tres comenzamos a magrearnos y a besarnos después de la primera copa, en la primera planta, sin mayor escándalo porque ese after era famoso por sus noches salvajes, sus colas eternas y sus diferentes ambientes. Eva estaba muy cachonda así que nos sentamos en un sofá, ubicado en un reservado y allí comenzaron a besarse y a besarme otra vez. Eva y su mascota acercaron sus manos a mi paquete y comenzaron a manosearlo. Le di una palmada a a la sumisa en la suya, con gesto displicente, como si de una perra se tratara. Después me desabroché los pantalones y saqué la polla tras hacerle el gesto con un dedo para que la chupara. Mientras me lamía la polla, yo jugaba con su plug. Alrededor de nosotros la gente nos miraba. De pronto, eramos tres objetos, tres fetiches. Disfrutaba tanto de aquel juego que no sentí vergüenza alguna. Me sentía embriagado. Sentí que un brazo trataba de magrear a Eva mientras se recomponía en el sofá y trataba lentamente de extraerse las bolas. Estaba chorreando. Quería cabalgar sobre mi así que apartó a su mascota y me encajó en su coño. Mientras Eva y yo follábamos ella se masturbaba a nuestra vera. De espaldas a mí alguien sacó un pene enorme y Eva se lo llevó a la boca. 

No sé cuanto tiempo estuvimos así. Pero sí recuerdo que en un momento determinado, aparté a Eva de de mi entrepierna y me levanté. La dejé allí, comiéndose una polla mientras yo me iba con su sumisa a un apartado. En el local casi todo estaba oscuro. Creo que fue en una esquina donde la empotré, como si en realidad yo lo que estuviera en ese momento haciendo no fuera otra cosa que trenzar mis deseos y mis demonios. El mismo deseo y el mismo razonamiento que expresa la gravedad de los objetos, que penetra en un agujero negro, que cambia y altera el tiempo, ese mismo tiempo que se acelera o se lentifica, que se estrecha o se ensancha. En cualquier caso, quiero decir que nuestro deseo tiene la gravedad de un acontecimiento, y cada día me fascina más. 

Al final, me quedó el recuerdo de estar en una esquina de Berlín, completamente solo, completamente fuera de mi, ido.  No sé si este es el momento más “hard”, pero sí sé que no estuvo mal. 

Un beso.

Atentamente, Víctor

Pd: Me llamo Victor. Demasiadas intimidades como para seguir siendo X.

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Todo empieza antes.

A veces cuando menos te lo esperas llegan cartas, de esas que pueden olerse, estrujarse y hasta quemarse si fuera necesario, para después continuar oliendo los restos.

A veces incluso provoca contestarlas.

A él le gustaba su cama, a ella su drama, el resto se transformó en este vis a vis poético o similar:

Carta 1, de X a Lara.

“Es curioso como, antes que soñar una experiencia, siempre he anhelado que fuera junto a alguien que tuviera la capacidad de sorprenderme, de hacerme sentir el vértigo de cada paso en el alambre. Por ejemplo, junto a ti. Eso es probablemente lo que siento ahora cuando te escribo, un delicioso hormigueo que me da la vida, despierta mi imaginación, mis sentidos y deseos más perversos o los más tiernos, en cualquier caso, una complicidad que rara vez un hombre logra tener a lo largo de su vida. Por eso la soledad, por eso la literatura, por eso la música. Por eso la llamada del sexo y del Bdsm. 

Soy un esteta de mierda, lo sé.

Los cuerpos son honrados, los corazones perversos. Antaño si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían los corazones y corrían los vinos. Hoy he sentado a la belleza en mis rodillas y después la injurié… Ese ha sido un punto de partida. Un verso de Rimbaud, una temporada en el infierno, que me define desde la adolescencia… y así hasta hoy. 

Me pregunto hasta donde podríamos llegar tu y yo juntos, qué limites rebasaríamos, en cuantos pedazos se rompería la rutina, nuestra particular rutina, de qué manera acabaríamos construyendo otra y lo que es peor, hasta qué punto finalmente la sobreviviríamos. Me dejo llevar por la imaginación.  

El sexo como territorio explorado, está bien, pero el sexo como territorio que nunca se termina de explorar es mucho mejor. No voy buscando El dorado, pero tengo la sensación de que me acerco a él cada vez que hablo contigo. Las palabras me queman. Así que me cuesta imaginar cómo será una mirada, una caricia y más. 

No voy buscando una relación de experiencias sado-masoquistas porque acabaría pareciéndome a una señora comprobando la lista de la compra…una lista de sueños y deseos cumplidos o que se dejaron de cumplir. No tiene sentido.

Es probable que me resulte tan excitante ir a ver un Caravaggio en la galería Ufficci de Florencia o en la Villa Borguesse de Roma como que me sodomices antes o después en su espléndido jardín o en un local de Madrid o en el salón de tu casa o en la mía, después de haber descorchado una buena botella de vino, haber escuchado un vinilo… habernos despertado, haber discutido. No depende tanto el qué haga sino que lo haga contigo. Te preguntarás qué busco y yo te respondería que la plenitud, un instante sagrado en el que el placer y el dolor, el sometimiento, el poder y la entrega sean todo uno. Escucharte y acariciarte mientras nos detenemos a ver un lacónico y nostálgico cuadro de Hopper en el Thissen o un Bacon en la Tate valen tanto como ir a comprar fetiches o sentir que tu mano juega disimuladamente con mi polla en un concierto donde alguien canta Sinnerman. O recibir tu piel en la mía, quedarme impregnado con tu aroma, como se reconoce un perfume o el sabor de la carne y el pecado…reconocerte en una mirada, en un gemido, sentirte dentro de mi incluso si nos compartimos, encontrar la palabra, el libro la imagen que se convirtió en la fotografía de nuestra complicidad. Y esta es sólo una visión ordenada y esquemática de la vida, entre lo público y lo privado, lo sublime y lo vulgar que se va trenzando con el palpito de la vida cotidiana, el pulso de Madrid o Berlín. Entre una cosa y otra está todo lo demás, un espacio propio o un momento propio, de los dos, perverso y fértil, luminoso y oscuro, delicioso y bello, frágil, duro, grotesco o sutil. 

Creo que cuando llegue a hablar contigo todo tendrá algo de acontecimiento. Las palabras elegidas, las preguntas formuladas, la expectación producida, el arte de lo imprevisible, el juego. Sé que sucederá así .

Contigo no pienso qué me queda por hacer o que experiencia busco, sino todo lo que vamos a hacer…

Si me permites la osadía y la curiosidad, ¿cual ha sido tu momento más “hard” sexualmente hablando? Prometo responderte con total sinceridad como agradecimiento a tu respuesta.

Yo no voy a sucumbir a la idea de un anhelo, pero sí a la posibilidad de sentir que los cumplí todos antes de que me haya muerto y sobre todo, que aposté todo y que, tanto si gané como si perdí, fue hermoso.

La belleza, siempre la belleza. 

Atentamente”.

X.

Carta 1, de Lara para X:

“Misterioso X, ¿o debo decir presuntuoso X?:

No te apures, yo también soy una esteta, aunque no de mierda. Espero.

Para bien y para mal ya lo dijo alguien: “Me invento la belleza para no morir de frío”. Quizá este sea el motivo que me lleve a contestar tu carta, no creas que suelo hacerlo.

La belleza en el instante sagrado que tú persigues, en  la búsqueda de la palabra exacta que siempre apuro, en la necesidad de intensidad, en esta apuesta recurrente de jugarse  a doble o nada, aún sabiendo que será nada después. Y remontarse al vacío del después y qué más da el después si antes hubo un todo.

La belleza contra el gran mal de la vulgaridad.

Y por eso la poesía. Y por eso el hambre.

Como el amigo Henry Miller: -“Desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación”-.

Me gusta saber que te gusta apostar olvidando la seguridad de lo conocido.

El sexo y su territorio de violencia y abandono de reglas. Sabiendo que en esa violencia navega una indescifrable dulzura.

La imaginación, como preludio de juegos perversos, humillantes en ocasiones y qué más da la ausencia de convencionalismos o la brutalidad de los mismos, siempre serán eso, juegos compartidos.

¿Mi momento más “hard”?

Difícil. Todas las primeras veces en algo lo son un poco, ¿no? . Podría decirte varios.

Uno por duro, para ella sobre todo. Fui con un amigo que conocía a una chica que vivía el masoquismo muy intensamente,  la idea era que ambos la doblegáramos, la sometiésemos. Me fascinó el disfrute no fingido de ella en todo momento hasta cuando la estaba haciendo “fistting” y ella no dejaba de pedirme más, para mi era la primera vez en ese tipo de práctica y lo hacia con método pero suave. Duró poco la dulzura al verla gritar de placer y suplicarme más fuerza y rapidez mientras mi acompañante me invitaba a hacerlo sin pudor ninguno. Después llegó el momento de colgarla de unas argollas que tenia en el techo de su apartamento y azotarla. Creía que conocía a mi amigo hasta ese momento, jamás creí que de aquella voz tan cálida y pacifica salieran todos esos golpes con fustas, varas, látigos y demás. Todo un despliegue de fuerza, constancia, rapidez, rabia… 

Jugaba con ventaja porque se conocían desde hacia tiempo y él sabia de su amplia resistencia al dolor y más aún, de su total deleite ante él. 

Para mí fue una de mis experiencias más especiales.

Espero haber deleitado tus sentidos.

Sin más.

L.S.

Pd:

¿Nada es casual, todo es confluencia?”

El vértigo de llegar a los propios límites y rebasarlos es como una euforia de abismo”.

Copyright©2016-20L.S.

Follar también es viajar.

Tenia hambre. Ganas. De todo y sobre todo de él.

Urgentemente.

Arrebatadamente.

Sería tal vez por el aroma de la ciudad, olía a lluvia y a nuevo o porque me gusta el otoño o por mucho más.

Me puse un vestido corto negro y unas sandalias negras. Me maquillé, me perfumé con uno de mis olores preferidos, té verde y sin avisarle fui hacia su oficina.

Bajé del coche, entré, saludé a la secretaria y le hice un guiño asegurándome de que entendía mis intenciones.

Y pasé. Sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y excitación inminentes.

Ni tiempo ni ganas para analizar demasiado su mirada. Ahora lo que importaba era mi urgencia.

Mi necesidad.

Este deseo que me ardía entre las piernas desde que me había levantado de la cama.

Quiso decirme algo pero no tuvo demasiado tiempo.

Poseerle. Complacerme con su cuerpo. El resto no importaba.

Alejé la silla giratoria de la mesa y le atraje hacia mi. Me levanté el pequeño vestido negro dejando a la vista la ausencia de lencería. Y en un movimiento rápido desabroché su pantalón y me senté sobre él , no sin antes abarcar toda su boca con mi calor. Mi lengua buscaba profundidad. Mi aliento, esencia. Le agarré del cabello rizado y comencé a moverme sobre él. Movimientos lentos que se transformaron en rápidas sacudidas. Mis ganas reventaban su miembro que apenas pudo respirar en este ataque matutino. Cuando casi no podía más coloqué mis pies en los bordes de la silla para profundizar en él, más aún. Su saliva resbalando por mi boca, mis muslos empapados tal vez de saliva, sudor o de puro deseo. Aceleré. Apreté con fuerza su nuca entre mis manos . Una cabalgada más y se derramó, y yo con él.

Apacigüé su grito con mis dedos dentro de su boca, mordí sus labios y me levanté.

Arreglé mi pelo, el vestido y mi carmín durante unos breves segundos y sin más y con todo, me fui.

Sin apenas pronunciar palabra y aún jadeante solo alcanzó a verme cruzar la puerta.

“Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre, ya lo lleva dentro”.

(Octavio Paz.)

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Multiplícame.

Que tienes urgencia por verme.
Necesidad de olerme.
Maldita esta distancia de sentirme.
Que abogas por la impaciencia.
Que agito el mar de tus ansiedades.
¿Acaso no te enseñé sobre el arte de la espera?
Cuando te ataba entre lazos y cadenas a golpes de besos encubiertos y caricias con sabor a fusta, te estaba induciendo a la calma lenta.
Cuando desaparecía horas, y tú me esperabas de pié, desnudo, escuchando algún blues con olor a tabaco, y yo reaparecía con mi sonido a tacón alto y te desataba, ¿acaso no te estaba enseñando sobre el placer de la recompensa?
Y cuando el nivel subió y los minutos dentro de una jaula, fueron horas con sus segundos a veces interminables, ¿acaso no notaste que durante ese tiempo podías sentirme más cerca aún?

Puedo estar en ti de muchos modos.
Solo respira y espera.
Respira y me notarás en el aire que entra a través de tu jadeante boca.
Aspira fuerte y méteme dentro de ti.
Cierra los ojos. Mi voz llegará en un soplo hasta tu piel.
Cuando me leas, yo estaré ahí junto a ti, hecha de sabores, y color.
De aromas.
De excesos.

Cada palabra sobre el papel llevará mi nombre atravesando tu cuerpo, introduciéndose a fondo como ya lo hiciera antes de otros modos.
¿Puedes sentirlo en este fugaz instante?
Lento.
Húmedo
Profundo.
Ese oscuro deseo de devorar y ser devorado…

 

“No dejaremos de explorar, y el final de la exploración será llegar al punto de partida y conocer el sitio por primera vez”
(T.S.Eliot)

 

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Tienes alas, ¿no las vas a usar para volar?

Pocas veces como aquella la orden había sido tan escueta.

Solamente la indicación sobre la hora a la que tendría
que estar al día siguiente en su casa y de cómo debería presentarse ante
ella. En un breve mensaje le dijo que necesitaría que la llevase a hacer unas compras y que al llegar aparcara en la puerta.

Escueta.

Sutil.

Nada más.

Y todo menos.
A la tarde siguiente, cinco minutos antes de la hora fijada, él aparcó el coche a escasos metros de la puerta del edificio en el que ella vivía, una zona residencial muy tranquila rodeada de árboles y apartada del bullicio de la ciudad.

A la hora fijada le puso un mensaje pidiendo permiso para subir a su apartamento y solo
cuando ella se lo concedió, llamó .
Apenas dos minutos después estaba tocando el timbre delante de la puerta de su apartamento mientras  su corazón se aceleraba. Mil veces que llamara a ese timbre, las mil sentiría esa maldita y dulce sensación.

Ese mordisco en la piel, en el alma y más adentro.

De donde no se vuelve, justo ahí.
El sonido de los tacones sobre la tarima se fue acercando poco a poco hasta que la puerta se abrió delante de él muy lentamente, prolongando la incertidumbre de la espera.

Entró y se postró de rodillas ante ella esperando a que le extendiera la mano para que pudiera besarla en señal de respeto, también de obediencia y devoción.
La mirada fija en la punta de sus zapatos, tratando de adivinar cómo iría vestida pero sin mirarla todavía.

No tenia su permiso.

No merecia su permiso, aún.

“Todo al ritmo adecuado”-solía repetir sonriendo. De cuando pervertirlo podría aniquilar intenciones y volverlas del revés. Ella siempre supo bailar al rimo perfecto en cada instante.

 

Zapatos de tacón alto, negros y con una llamativa suela roja, pudo adivinar solo por la puntera de que firma eran.

-“Perfectos para ella”- pensó en silencio.

El suave gesto de su mano en la barbilla le hizo saber que podía ponerse de pie.
Entonces pudo observarla. Bella como siempre, arrebatadora como nunca, sencilla y a la vez muy elegante. Ese  gusto al vestir, sin estridencias pero resaltando cada uno de sus encantos; la melena de todos rojizos caía libre sobre sus hombros, casi tan libre como ella. Una ligera sombra de ojos y el inevitable rojo de sus labios.

Sus labios…

Sonrío al sentirse observada por él.
-“Desnúdate por completo, mete todas tus cosas a excepción de las llaves del coche en el baúl que tienes detrás de ti y ciérralo con el candado”- Según terminó de hablar le dio la espalda y se dirigió hacia una de las habitaciones mientras él se quedaba obedeciéndola. Y quien dice obedeciéndola,

quiere decir deseándola,

eternizándola…
Se desnudó poco a poco y fue doblando la ropa antes de meterla en el baúl, quedando
completamente desnudo. Lo cerró tal y como ella le había ordenado. Organizado, meticuloso y práctico, dejando evidencia de su personalidad hasta en esos detalles. Así era él.
Esperó su vuelta con las manos a la espalda y la mirada fija en el suelo como tantas otras veces había hecho antes. Sabía que debía esperarla así y que hacerlo de cualquier otra manera conllevaría una reprimenda y un castigo.

Sus castigos…
De nuevo los tacones marcaron con cadencia el ritmo de su corazón, pervertido ya, desde hacia vidas. ¿Cuantas? Tantas como días llevaba ella en su pensamiento.
Las delicadas manos de ella empezaron a recorrer su cuerpo desnudo y tembloroso, casi sin rozarle, erizándole la piel.

El simple  contacto de las yemas de sus dedos viajó de los hombros a su pecho, de sus brazos a sus ingles, de sus rodillas a las nalgas, hasta finalmente recorrer sinuosamente su miembro que lucía completamente firme, como ella quería, excitado e impaciente.
-“Perfecto, sin un solo rastro de vello corporal. Veo que has cumplido muy bien con mis
indicaciones”-
Se alejó de nuevo y volvió a los pocos segundos con las manos detrás de la espalda, escondiendo algo.

-“Hoy vas a ser mi chófer, y como bien sospecharás, necesitaras un uniforme adecuado a las circunstancias y a mis deseos.  Qué haríamos sin los pequeños detalles, ¿verdad?. Te voy a entregar el tuyo”-
Le colocó una gorra  negra en la cabeza y la ladeó casi imperceptiblemente hasta que
quedó como a ella le gustaba. Le extendió unos guantes de cuero negro para que se los pusiera, cosa que él hizo casi de inmediato hasta que comprobó que encajaban a la perfección en sus manos.
A continuación se situó detrás de él. Pudo sentir el aliento mentolado de ella y su delicado perfume en la nuca, esto le hizo aumentar su excitación y lanzar un gemido involuntario. Ella ciñó un collar de cuero en su cuello, lo apretó ligeramente
y lo abrochó cuando comprobó que estaba a la medida indicada. De la argolla del collar colgó una cadena cuyo mango llevaba en una de sus manos y le miró.
-“Ya estamos listos, podemos salir al mundo”-
Él la miró a los ojos sin atreverse a hablar. Ella sonrió comprobando que lo que meses antes en su mirada habría sido miedo, casi pavor, ahora era una mezcla de determinación, excitación y por encima de todo obediencia.
-“Un último detalle te falta para ser mi chófer perfecto”- Abrió su bolso y sacó unas gafas de sol de pasta negras con los cristales también negros y se las puso con delicadeza y acto seguido dio un ligero tirón a la correa para indicarle que empezara a andar.
-“Recuerda que en todo momento la correa ha de ir casi tensa, no te adelantes y ve siempre detrás de mí, porque ese es y será siempre tu lugar”- Le dijo mientras abría la puerta.
Salieron así al exterior.

Ella delante y él detrás, desnudo a excepción de aquellos complementos que ella le había puesto, excitado como casi no lo había estado nunca. Era precisamente esa excitación lo que le causaba mayor azoramiento, no la desnudez, ni el ser llevado de la correa.
Ella se paró antes de llegar al ascensor y volvió ligeramente sobre sus pasos hasta que pudo hablarle al oído.
-“Me encantan tu determinación y tu valentía . Me gustaría que  mantuvieras
tu excitación durante todo el tiempo que dure nuestra excursión. Me apetece exhibirte exactamente como eres y como te sientes ¿verdad que lo vas a hacer por mí?”-
Él solamente pudo asentir pues hacía ya unos cuantos meses que ella había conseguido a través de un proceso de sugestión y adiestramiento llevarle al punto en el que solo escuchar una petición de su boca, actuaba sobre su cerebro de una manera sinuosamente automática.
En aquel momento nada le hacía sentir más libre que su desnudez y esa correa.

Esa correa y la obediencia.

La obediencia y ella, su guía.
Llegó el ascensor y subieron a él. Bajaron los tres pisos de  un trayecto que a él se le antojó el más largo de su vida.
Se abrieron las puertas y salieron, primero ella y él detrás esperando a que la
correa tirara ligeramente de él. Caminaron unos metros hasta que ella abrió la puerta del portal.
El aire de la calle sacudió toda su desnudez haciendo que se diera cuenta de que sí, esto estaba sucediendo y ya no había marcha atrás.
Siempre detrás de ella y manteniendo su vista en los tacones que le guiaban.

Llegaron al coche y él abrió con el mando para que ella subiera.
-“No, hoy quiero ir sentada en el asiento del copiloto, quiero verte de cerca mientras conduces”-
Cerró la puerta trasera y abrió la puerta delantera derecha.
-“Vamos al centro comercial, tengo que hacer unas compras”-

Pasó el cinturón de seguridad alrededor de su torso desnudo, lo aseguró en el enganche y
arrancó. Mantuvo la mirada en todo momento centrada en la conducción mientras ella le iba hablando.
-“Será solo un momento, menos de media hora. No te preocupes, que no te haré salir del coche. O sí.”-le dijo maliciosamente para tensarle, más aún.
Eso sí, me esperarás en el aparcamiento y tanto a la llegada como cuando salgamos deberás abrirme la puerta”.
Atravesaron el tráfico de Madrid hasta llegar al centro comercial.

Desnudo conduciendo, semáforos en rojo y él con la vista hacia adelante obviando que muy seguramente los coches parados a su izquierda le estarían mirando con cierta curiosidad.

¿Timidez? ya no.

¿Miedo? hace tiempo que perdió el miedo junto al equilibrio.

¿Excitación? toda.

“¿Que seria de la ciudad sin ella?”- pensaba mientras observaba el semáforo en ámbar, ya.

Entraron en el aparcamiento y se dirigieron a la segunda planta. Cuando aparcó se bajó del coche y abrió la puerta del copiloto. Ella salió y le extendió la mano para que se la besara.
-“Espérame dentro y recuerda que te quiero excitado en todo momento,
pero no te acaricies”-
Transcurrieron los minutos mientras escuchaba música, trataba de mantener la mente en blanco para ver si de esa forma conseguía abstraerse de la situación, pero su erección le recordaba cada pocos segundos quién era, dónde estaba y sobre todo, a quién pertenecía.

Y el orgullo de saberse de ella…

Tan libre y tan rendido a ella.

La libertad de la pertenencia, había reflexionado tanto tiempo sobre ello que podría escribir un tratado de varios volúmenes casi sin pestañear.
¿Cómo era posible que sin tocarse estuviera tanto tiempo excitado? Y entonces venían sus palabras a su cabeza “te quiero excitado en todo momento”.
La vio aparecer tiempo después y bajó del coche para abrir la puerta. Venía cargada con un par de bolsas con las compras así que cuando llegó a su altura las cogió antes de que ella subiera al coche y las metió en el maletero, lo cerró y acto seguido cerró la puerta del copiloto y se subió.
Arrancó y salieron del aparcamiento rumbo de nuevo a su apartamento. Aparcó, cogió las bolsas del maletero, abrió la puerta del copiloto y cuando ella bajó del coche le entregó la correa en la mano, cerró el coche y la siguió.
Dos pasos por detrás. Ella se demoró a propósito, se paró, rebuscó en su bolso, sacó su móvil y le hizo unas fotos mientras sonreía orgullosa y divertida a la vez. Con la calma que la caracterizaba volvió a guardar el móvil en el bolso y se encaminó hacia el portal. A lo lejos escucharon unas voces que a él le hicieron temblar ligeramente. Su excitación no solo no desaparecía sino que era aún si cabe mayor.
Un par de minutos después entraron de nuevo en la casa. Ella le dijo que se quitara los complementos que con tanto cuidado había preparado y que la esperara de rodillas en una esquina del salón mientras ella se cambiaba.
Cuando empezaron a dolerle las rodillas ella llegó por detrás de él y le habló al oído.
-“Estoy muy orgullosa de ti, has sido un chófer perfecto y te mereces un premio por ello. No hables,
solo escucha mi voz, no hay nada en tu mundo ahora mismo aparte de mi voz.

Date la vuelta”-
Obedeció y se giró de rodillas con la mirada fija en sus zapatos.
-“Descálzame”- y  en cada vocal pronunciada por ella, pudo adivinar olores, sabores, placeres derritiéndose entre sus dedos.
Muy lentamente, como sabía que a ella le gustaba, le quitó uno de los zapatos, lo dejó
cuidadosamente a un lado y tomó su pie entre sus dedos, acariciándolo y besándolo muy suavemente. Con sumo cuidado retiró sus manos  y le quitó el otro zapato.
-“Ahora míralos bien. Emborráchate de ellos con tus ojos. Cuanto más los mires más excitado vas a estar. Sígueme a gatas”-

Ella caminó unos pasos hasta que llegó a su sillón favorito, él  arrastrándose detrás.

Se sentó y cruzó las piernas de manera que su pie bailó delante de la excitada mirada de él.
-“Cada roce de mi pie en tu cuerpo va a incrementar tu excitación. Va a llegar un momento en el que quizá creas que no puedas aguantar más sin correrte, pero entonces me mirarás a los ojos y sabrás que puedes conseguirlo.
No te correrás hasta que yo no te dé permiso, si te lo doy, claro.”-
Empezó a jugar con él. Llevó su pie a su boca, acarició con la punta de los dedos sus labios entreabiertos, su lengua nerviosa, su cuello, su pecho, sus brazos, lo pasó por los muslos y volvió a recorrer todo su cuerpo una y otra vez.

Lentamente.

Sin dulzura.

Total, solo tenían varias vidas.
Su respiración empezó a entrecortarse, su miembro temblaba como si fuera a estallar. Más sofoco y excitación, el cuerpo entero parecía ser un manojo de espasmos. La miró y ella, sonriente, negó con la cabeza.
Unas lágrimas de impotencia asomaron por sus ojos, quería correrse y no podía a pesar de que sentía que cada segundo que pasaba estaba más y más excitado y aún así no podía apartar la mirada de sus pies ni podía dejar de notar que aquellos suaves dedos pintados de color “rojo impaciencia”,  le mataban de placer sin siquiera rozar su sexo.
Sudores fríos y el cuerpo entero temblando, las lágrimas corriendo por sus mejillas; volvió a mirarla y solo consiguió la misma sonrisa y la misma negación.
Se retorció sobre sí mismo como peleando contra una fuerza invisible que intentaba doblegarlo y que no era otra que la de su mente tratando infructuosamente de romper aquel control.
Infructuosamente porque en realidad no quería escapar de ese control.
-“Cuando cuente hasta tres te vas a correr. Y lo vas a hacer sobre mis pies, lentamente, como si se escapara tu alma de ti”-
-“Uno”-
Tembló.

Trató de que su cuerpo rozara de alguna manera su pie.

Imposible.
-“Dos”-
Ahora los pi

es recorrían sus muslos muy suavemente y terminaron posándose en el suelo justo
debajo de su miembro.
-“Tres”- Y en ese “tres” se demoró tanto que pudo apreciar como sus carnosos labios sonreían con cada consonante, se tropezaban en cada vocal mientras la deseada “S” no acababa  de aterrizar.

Aterrizó…
Y el placer…

Gritó su nombre, le dio las gracias, gimió, lloró. Mientras, su viscosidad iba depositándose muy lentamente en los pies de ella, cubriendo los empeines y su bonito tatuaje poco a poco, casi sin parar y a la vez sin ningún espasmo.
-“Muy buen chico. Ahora bébete a través  de mis pies”-le ordenó.

Lo hizo. Muy lentamente, acariciando cada milímetro de su piel con la lengua sedienta. Dejándose mecer por el tacto y las sensaciones que le provocaba esa sustancia algo amarga en su boca

Respiró.

Y el mundo, estuvo un poco mejor en ese momento.

Sonó un :”Gracias” en el aire y cerró los ojos, extenuado,

repleto de emoción,

de calma y de tanto placer acumulado .

 

 

De veras que no veo nada romántico en declararse.

Estar enamorado es muy romántico pero no hay nada romántico en una declaración en toda regla. Sobre todo porque puede ser aceptada, con lo que la emoción desaparece por completo.

La esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si me caso alguna vez, haré todo lo posible por olvidarlo”

(Oscar Wilde)

 

 

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Aviso a navegantes:

Aprovechando que me gustan los cambios:

Nueva ubicación de mi estudio a partir de  Septiembre: muy cerca del actual.

¿Donde? : En Pozuelo.

Con: metro ligero- cercanías cerca- zona blanca para aparcar.

Cada vez con más sorpresas, y más Disciplina de mil colores, salvo el vainilla :

Sado light, fuerte, medio, iniciación, sado erótico, médical, fetich, juegos de rol, transformismo, masaje prostático, uretral …

Hasta entonces sigo en Aravaca.

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Estamos a nada de todo.

Ella decidió ponerle a prueba.

¿A prueba de qué?

De sí mismo, claro.

Comprobar su entrega. Su fuerza. Su confianza, en ella sobre todo.

Él sabia de su exigencia y también de su generosidad.

Había comprobado cuan duros podían ser sus castigos y cuanta dulzura podía recibir en los premios bien merecidos.

Así que  como le constaba que el mayor placer estaba en el momento en el que se rendía, la dijo que  por supuesto haría lo que ella le pidiera.

-Quiero comprobarte. Probarte. Ver tu resistencia. No sabes cuanto me gustará que estés a la altura. Cuanto me excitará ver que vas siguiendo todas mis indicaciones.-le dijo a modo introductorio.

Alquilaron una habitación en un hotel muy especial.

Decoración vintage, unas preciosas lámparas enormes doradas que cubrían todos los techos, los del  pequeño salón, el baño y sobre todo el del dormitorio.

Cubierto de espejos laterales a juego con un sofá de piel blanco y unas sillas isabelinas de lo más cómodas.

Llenó la nevera de frutas, helado y champagne . Preparó la música con exquisito cuidado. En el baño, al lado de la bañera de hidromasaje depositó varios jabones de delicadas esencias que habían comprado en el centro de la ciudad.

¿Cual era el capricho, a que prueba  le sometería ?

Le aislaría durante un tiempo. Indefinido, que más da si se traducían en minutos horas o días.

Le desnudaría con mucho cariño, le ayudaría a bañarse  con los mejores jabones y aceites que habían conseguido encontrar, le ofrecería su último alimento de la boca de ella. Tal vez unas exquisitas frutas del bosque, arándanos, moras, frambuesas. Le daría de beber unos sorbos del champagne francés que a ella más le gustaba y le besaría. Con cariño. Con todo .

Después le dejaría desnudo sobre la cama del hotel. Una cama ajena a él, fría tal vez, pero cálida al mismo tiempo porque sabía que ella cuidaría de él aunque no estuviera presente. Le ató las manos a la cabecera de hierro forjado. Los pies también se los amarró con unas esposas fuertes  pero no demasiado estáticas. Y así debería permanecer hasta que ella lo decidiese.

El primer día apenas estuvo demasiado tiempo así, tan solo lo que ella se demoró en realizar sus gestiones en el exterior, unas 5 horas. En esas 5 horas él podría centrarse en la música de fondo que le había dejado o limitarse a esperar a que ella llegara. Y después,  tal vez al comprobar su obediencia ella le obsequiara con un cálido abrazo, o tal vez con  su mirada llena de orgullo.

El segundo día, tras un exquisito almuerzo compartido. Él, desde la boca de ella y ella en un delicado plato de porcelana que apoyaría en él, a modo de mesa, ella le beso intensamente y le dijo : -Ahora te siento un poco más mío..-

Y se fue.

No le dijo cuando volvería.

Esta vez le dejó con las manos atadas pero no en el cabecero, y los pies libres.

Sin beber, sin comer y sin ella.

Mientras, él estaría deseando que ella llegase para obsequiarle con cualquiera de esas necesidades, aunque si tuviera que decidir cual sería la prioridad sin duda diría que comprobar la sonrisa de satisfacción de ella. Después …el resto.

Y tras horas eternas donde él había perdido literalmente la noción del tiempo, ella llegó. La vio entrar con un vestido muy corto negro, unas botas altas de tacón , gafas de sol y esa sonrisa roja en los labios, ni quiso ni pudo evitar su reacción corporal. La recibió totalmente excitado, ella al observarle sonrió. Más aún.

Le besó en el cuello y él pudo inspirar su delicioso perfume. Mientras se acercaba a él su escote se abría ante sus ojos y pudo comprobar que sus pechos estaban cubiertos por una delicada lencería en tonos verdes . Pudo sentir como su pecho le rozaba y esto agudizó su excitación. Allí estaba él, desnudo, sin apenas poder moverse después de horas inciertas, sin poder acariciarse más que con la imaginación y sin embargo ella llegaba con su olor su sonrisa y su cuerpo, como si nada.

-Abre la boca- le ordenó dulcemente ella.

Y  comenzó a ofrecerle agua a través de sus labios,

Le desató y le besó.

Ella pudo comprobar como él temblaba ante la emoción de verla, no tanto por las largas horas de soledad en las que no sabia cuando sería desatado, o cuando regresaría ella. Ni tampoco cuando podría alimentarse, temblaba porque ella le besaba con la misma intensidad con la que  él se estaba entregando en esta prueba.

El tercer día , apenas cubierta con su coulotte verde y sobre sus tacones negros le ofreció un delicioso café, después tras acariciar sutilmente su sexo, le colocó una jaula de castidad.

-Por tu bien, ya lo sabes- le dijo ella en tono convincente.

Esta vez le dejó atado al lado de la mesa, amarró sus manos a las patas de la misma  y él la esperaría así,  de rodillas. Ese día quiso ser más generosa y le dejó varias películas eróticas  en el ordenador, para que él pudiera recrearse en su espera, sabiendo que a la menor excitación sentiría punzadas de dolor al llevar la jaula de castidad.

-No te vayas a mover- le dijo sonriendo mientras le besaba muy húmedamente.

Y se marchó.

Y ese beso le regaló las primeras punzadas de dolor. Inspiró y se limitó a confiar y a esperar.

Total, desde que la había conocido no había hecho otra cosa más que traspasar límites . Y olerla.

Olía a vida, a perfume, a sexo, a seducción.

Él no pudo negarle nada desde el principio. Ni cuando ella le tenia de rodillas adorando sus pies, sus piernas o su sexo durante horas. O cuando ella llegaba y se sentaba sobre su rostro  y mientras él sentía la calidez de su ropa interior ella le sujetaba las manos bien fuerte no fuera a ser que quisiera rozarla . Tampoco podía negarse cuando él estaba comiendo tras horas de inanición y entonces ella le decía que ya era suficiente y le ofrecía sus delicados pies de uñas rojas para que los lamiera.

Ella era para él una mezcla explosiva a la que no podía resistirse. Como el mar con oleaje de caricia y tempestad de tragedia. Un exceso en sí misma .

Y a la vez se sentía en calma.

Total, ya sabia que detrás de cada esquina podía esperarle un huracán, ella le había preparado para ello.

Pasaron horas. Largas. Y sonó la puerta. Él se emocionó.

La vio. Vestía un mini short, unas sandalias doradas y una blusa blanca. Él quiso besarla, acariciarla, follarla allí mismo, todo y nada al mismo tiempo. Le invadió la exitacion, la ansiedad. Las ganas de todo. Pero permaneció atado, mientras ella en cuclillas le observaba y encendía un cigarro calmadamente.

-¿Como te has sentido?- le preguntaba con malicia y calma mientras le sonreía.

Observo su sexo aprisionado por la jaula, pidiendo a gritos salir de su encierro. Se quitó la sandalia y comenzó a acariciarle con su pié. Cada vez que rozaba el frío metal, él reaccionaba con un pequeño quejido de dolor, prueba de que su excitación pedía un poco de libertad. Ella siguió así otro tiempo indefinido. Él solo podía centrarse en sus largas piernas, en su pie y en este dolor que lejos de irse iba aumentando a la vez que su desesperada excitación.

-Vamos, correte-le dijo ella.

-Si no lo consigues, no podré liberarte, ni comerás , ni beberás, ni me beberás…-

Esa última palabra produjo un pequeño brinco en él. Beberla…pensó.

Se dejó llevar por el placer que ofrecía su pie mientras acariciaba su sexo enjaulado, intentó transformar el dolor del acero en más placer y fundirse con las uñas rojas de sus dedos y olvidar que estaba de rodillas, y centrarse en el perfume de ella, en el color de su pelo y en su voz. Olvidó que estaba en una habitación de un hotel cualquiera de Madrid y se concentró en sus gestos, en su sonrisa.

Sus movimientos se endurecieron, ella le pedía rapidez. Inmediatez.

Todo y ahora. Supo leer su mirada.

Se dejo llevar…y se llenó de ella, de sus pies, de las horas de espera, de los días de privación. De las ganas de sentirla. De tener que conformarse con sus dedos y no con su boca, no con sus muslos aprisionándole, no con su sexo pidiendo más.

Y se derramó…en sus uñas rojas y a través de los barrotes de la jaula.

Y gritó. Con ganas, con hambre, con sed. Con el nombre de ella en la punta de su lengua…

 

 

 

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Dancing with the mystery.

Dos semanas.

Ese era el tiempo que había transcurrido desde la última vez que ella le había permitido obtener placer. Justo después de aquel momento ella le pautó algo:
-“Te esperaré aquí, hasta que no regreses de tu viaje de trabajo tienes prohibido acariciarte a no ser que yo te indique lo contrario. Sé que me obedecerás, y para que veas que confío plenamente en ti esta vez no te llevarás tu cinturón de castidad”-

Catorce días en los que ella le había ido mandado mensajes sin una periodicidad establecida con el objetivo de mantenerle en un casi permanente estado de excitación y frustración por no poder aliviarla.

Con estos recuerdos de las dos últimas semanas llegó al portal de ella. Cinco minutos antes de tiempo y con los bolsillos llenos de ganas .

Ella le concedió permiso para subir. Cruzó el portal, subió en el ascensor y llamó a la puerta. Esperó.
El sonido cada vez más cercano de los tacones sobre el suelo de madera hizo que su corazón empezara a latir a mayor velocidad.

La puerta se entreabrió invitándole a pasar y lo hizo cerrándose tras de sí. En ese momento la observó, como sonriéndole las ganas, como duplicando los espacios y supo que todo estaba mejor ahora.

Botines negros de tacón altísimo que dejaban al aire sus dedos con las uñas pintadas de un rojo intenso, las piernas desnudas, esbeltas en todo su esplendor y con el ligero color de quien ha tomado el sol, un vestido negro de falda muy corta que llegaba por encima del muslo, un cinturón rojo con motivos dorados, el escote de pico rematado en dos tirantes ínfimos que realzaban sus hombros y su cuello, el maquillaje muy discreto resaltando solo los labios pintados en ese rojo que a ella tanto le gustaba.

Y las manos. Perfectas, con las uñas inevitablemente rojas a juego con los labios y las uñas de los pies.

Tomó sus manos entre las suyas y delicadamente besó cada uno de sus dedos mientras le decía cuánto la había echado de menos.

Con un delicado hizo que se pusiera en pié, le besó con las ganas que solo las ausencias son capaces de reunir y después de varios segundos-minutos remató el beso mordiendo con firmeza su labio inferior hasta que sus labios se separaron.

-“Te quiero desnudo y completamente entregado a mí”-le indicó con un tono tan suave como convincente.

Obedeció casi de inmediato y en poco tiempo fue dejando la ropa en el armario de la entrada, quedándose desnudo. Se sintió libre. Y vulnerable.

Ella puso en su cuello un collar metálico y enganchó una cadena a la argolla del collar. Él supo que debía ponerse de rodillas y seguirla a donde le llevara.
Recorrieron el pasillo y llegaron a esa habitación que tan familiar era para él. Ella se sentó encima de la jaula que presidía la estancia.

-“Demuéstrame cuánto me has deseado en esta breve ausencia”-

Él le quitó con mucha delicadeza uno de los botines. Lo dejó en el suelo y sujetando su pie con ambas manos comenzó a besarlo dedo a dedo, poro a poro, impregnándose de su química, mientras introducía sus pequeños dedos en su hambrienta boca.
Después de varios minutos volvió a ponerle el botín y realizó la misma operación con el otro pie, con más dedicación si cabe.

Ella se puso de pie, retiró la cadena del collar metálico y le ordenó tumbarse boca arriba en la parte superior de la jaula.

Cuando comprobó que él había obedecido, lentamente recorrió todo su cuerpo con sus uñas. De los pies a la cabeza, notando los ligeros temblores que el casi inexistente contacto provocaba en su cuerpo, mientras observaba con una divertida sonrisa la erección que mostraba su sexo a pesar de que en ningún momento había acariciado las cercanías de esos rincones.

Cogió su cara entre sus manos y le besó casi violentamente para acto seguido separarse de él. Cogió las muñequeras fijadas a los barrotes de la jaula y las abrochó sobre sus muñecas dejándole los brazos inmovilizados, después hizo lo propio con los tobillos. Con unas cintas de cuero amarró las piernas a la altura de las rodillas, los brazos a la altura de los codos y dejó también firmemente inmovilizada la frente.

Se sentó encima de su cara, dejando la tela de su tanga, tan rojo como escueto, en contacto con su boca, pero advirtiéndole que de momento no podría hacer nada más que intuirla.
Sentirla.
Adivinarla.
Cogió su aceite preferido y con mucha suavidad fue extendiéndolo a lo largo de todo su sexo, demorándose en cada rincón oculto, dejando que él sintiera la caricia y forzando a que respirara, cada vez más directamente sobre y desde su sexo.

Apartó la tela de la lencería y dejó descansar su sexo sobre la boca de él, que enseguida supo que debía darle placer con su lengua como si en ello le fuera la vida.

Ella le masturbaba muy lentamente, haciendo crecer el placer dentro de él, sin prisa y sin parar en ningún momento, a la vez que su propio placer iba incrementándose a través de la lengua que se movía sabiamente.

Continuó con las caricias rozando simplemente sus uñas en toda la longitud de su cuerpo, centrándose en la base del glande o moviendo la palma de su mano en un ritmo rápido estimulando únicamente la abertura de la uretra.

Él se iba volviendo loco con aquellas caricias y decidió concentrarse en el placer de ella, incrementando el ritmo de las caricias, saboreándola y bebiéndola para saciar la sed acumulada.

Ella arqueó su espalda para sentir aún más esa lengua exploradora, hasta que agarró los muslos de él, cesando momentáneamente sus caricias, y clavó sus uñas en la cara interior de los muslos. Con fuerza.
Dejó que su placer erizara cada centímetro de su universo.

Se recompuso ligeramente y se levantó para seguir acariciándole. Esta vez de pie, a su lado, controlando cada uno de sus gestos para saber cuándo estaba cerca de liberar su placer. Lo llevó poco a poco al borde del orgasmo, hasta que este era ya casi inevitable y él pidió permiso para correrse. Ella paró.

Le dejó reposar unos pocos segundos y volvió a acariciarlo, esta vez mucho más rápido, luego más lento, pervirtiendo los ritmos, sorprendiéndole y sin que pudiera acostumbrarse a una cadencia concreta. Al cabo de unos minutos notó que empezaba a temblar ligeramente y le masturbó más rápido; él volvió a pedir permiso para correrse y ella, sonriéndole volvió a parar.
Retiró su mano y acercó sus dedos a su miembro. Sopló muy suavemente recorriéndolo de arriba a abajo. Tembló dos o tres veces, como si fuera a estallar solo con un soplido más. De nuevo cesó la estimulación.

Arañó con fuerza el interior de los muslos, marcando sus uñas y agarró con fuerza los testículos. Él respondió con una mueca mientras se mordía los labios tratando de no quejarse.

Otra vez comenzó las caricias en una masturbación rápida y suave, desplazando sus dedos sobre su excitadísima intimidad, casi sin tocarla, como si dejara que la viscosidad del aceite fuera la que realizara la estimulación. Él era ya en ese momento un temblor continuo.
Temblor y sudor.
Sudor y ganas.
Ganas y rabia.

Ella lo llevaba al borde del orgasmo y antes de que él pudiera pedir de nuevo permiso cesaba las caricias, volviéndole completamente loco de placer pero sin dejarle terminar. Una, dos veces, diez. Todas ellas a punto de liberar el placer y ella se lo denegaba una y otra vez.

Él ya ni pedía permiso para correrse, solamente emitía algo parecido a un sollozo de desesperación.

De nuevo lo acarició rápido y muy suave, lo sintió temblar y acercándose un poco más a él, le dijo:

-“Córrete para mí, ofréceme tu placer”-

Él se derramó como pocas veces en su vida lo había hecho. Tembló cinco o seis veces y respiró aliviado estallando en un gemido prolongado. Ella agarró la base del pene con su mano izquierda y con la mano derecha siguió masturbándolo con fuerza centrándose de manera casi exclusiva en su glande. Él le pidió por favor que parara. Ella sonrió de manera perversa.
No iba a parar. Él gimió.

El gemido se volvió quejido, las caricias continuadas sobre su hiper
sensibilizada piel después del orgasmo eran como punzadas de miles de agujas pequeñas que pinchaban sin pinchar, quemaban sin quemar y se retiraban. O no.
Trataba de moverse pero las correas se lo impedían. No tenía escapatoria y ella no pensaba parar, al menos de momento.

Su cuerpo se convirtió en una continua convulsión. Ella acariciaba sin cesar su glande, en ocasiones la base, en otras dibujaba figuras caprichosas en todo él.
Sin parar.
Sin dejarle recuperarse.
Deleitándose en todos sus temblores.

Él seguía manteniendo la erección y entre el ardor que en ese momento le estaba sacando de su ser, notaba que la excitación iba creciendo más y más. Temblaba, Sudaba a mares. Sollozaba de placer entre las punzadas ardientes de aquellas caricias. Estaba de nuevo a punto de correrse.

Reuniendo todas las fuerzas que fue capaz consiguió sacar un hilo de voz inteligible y le pidió permiso para correrse.

“Puedes”…

Y sucedió de nuevo y se sintió desfallecer entre descargas y sollozos. Tenía los ojos anegados de lágrimas. Esta vez ella le dejó recuperarse y no siguió acariciándole. Le soltó las correas y por fin lo liberó.

Ella le acarició muy suavemente la cara, enredó los dedos en su pelo y le susurró:

-“Quiero llevarte al punto en el que confluyen el dolor y el placer y que juntos exploremos qué hay más allá”-

Él la miro. O tembló.
O todo a la vez.

“Normalmente, nuestra vida sexual está determinada por el impulso de llegar al orgasmo. Gran parte del BDSM se basa en lo que sucede cuando dejas de convertir los orgasmos en el único y principal objetivo del sexo. Consiste en experimentar y poner a prueba los límites mentales de la excitación. Cuando eliminas el orgasmo de la ecuación, te fuerzas en expandir tu concepción de lo que es una relación sexual y empiezas a explorar territorios desconocidos” (D.I.)

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Encendiendo la prisa.

Y en un acto de romanticismo me escribió:

-“Me duele la polla porque no sé masturbarme sin pensar en ti.”-

Fui a verle esa semana a su despacho, debía consultarle unas cosas y como sabía que no estaría solo y además intuía sus pulsiones , me vestí de la manera más “casual” que pude. Unos vaqueros ceñidos, unas deportivas blancas y una camiseta blanca  con una chaqueta de cuero negra. Mis gafas de sol y carmín rojo en los labios.

Voy caminando y cien mil millones de miradas van secuestrándome poco a poco, mientras yo solo pienso en llegar a su mesa. Encima o debajo.

-No, no pienses eso- me corrijo a mí misma. Hoy es simplemente una visita formal.

Llego. Le aviso desde abajo. Subo. Saludo a sus compañeros. Me dirijo a él y me señala la sala de reuniones.

Y allí le espero.

Me ofrece algo para beber.

-Un batido con sabor a ti, por favor- pienso.

-Solo agua- añado, sonriendo.

Hablamos sobre algunos temas terrenales, intento transmitir seriedad y formalidad, pero claro, recuerdo su último mensaje. Le observo. Le huelo. Y aunque no es mi intención, mi cuerpo comienza a cobrar vida propia.

Mientras le escucho acaricio mi pelo, humedezco mis labios, cambio de postura sobre esa silla que roza mis glúteos de manera descarada. Cruzo las piernas, vuelvo a sonreír.

Y, o subió la calefacción o en esa sala comenzó de repente a hacer demasiado calor.

Cuando ya casi habíamos terminado me dice que tenía muchas ganas de verme.

Observo alrededor y veo que los últimos compañeros que quedaban en el despacho ya se fueron. Estábamos solos.

-Tengo atragantado el placer desde que no te veo- me dice mientras enciende un cigarrillo.

Y a mí, que me ponen las palabras casi tanto como las miradas comienzo a pensar que igual debería haberme puesto aquel vestido corto que se quedó en el armario con cara de jueves.

Así ahora, ataviada con ligueros negros abriría y cerraría las piernas bajo su disimulada mirada. Subiría sinuosamente el vestido hasta la altura de mis muslos y volvería a bajarlo ante cualquier despiste suyo.

-Muchas, muchas ganas- repite mientras se levanta y suavemente baja las persianas que daban a la calle.

Aprovecho y miro lo bien que le sientan esos pantalones.

Y se acerca.

Me levanto.

-¿Por qué me haces esto?-me pregunta.

-¿Por qué me pones la miel delante?

-Si yo venia muy inocentemente vestida- le digo en un tono casi convincente.

-Ya- contesta.

Se acerca un milímetro más, se agarra a mis caderas y me besa. Y a mí que me rugían las ganas de que lo hiciera…

Comienzo a sentir los cinco sentidos reencarnados en sus dedos, se mueven hábiles sobre mi ropa. Me aprietan con fuerza.

Succiona. Susurra.

-Esta tarde le hago el amor a cuatro patas a tus oídos- me dice bajito.

Me bebe.

Me rocía, por dentro y por fuera.

Besa con rabia y ganas acumuladas.

Y cuando está a punto de verterse sobre mi ombligo, instantes antes de pronunciar las palabras que cortan el aliento le insinúo que pare.

-Deseo que te guardes tu deseo y que lo dejes revoloteando a flor de piel. Hazlo y así me sentirás todo el día y parte de la noche, justo en cada pequeña punzada de placer contenido- le indico dulcemente.

Sonríe.

Sé que lo hará.

 

 

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