Compórtate, o te ataré con lo que sobra.

Tumbada, desnuda sobre mi cama y sintiendo como el sol intentaba prolongarse en mi piel tuve una urgencia. Una sed que comenzó a invadir cada centímetro de la habitación, y el sol, mi amado sol dejó por un instante de ser el protagonista.

Voy a hacer un casting-pensé.

Un casting de esclavos, claro que sí. Fotografiaré a los elegidos, comprobaré en qué pueden ser buenos y útiles para mí. Me quedaré solo con los mejores y desecharé al resto. Voy a ponerles a prueba, tentarles, retarles.

La simple idea de convocarles y comenzar con las entrevistas me excitó.

Comprobaré quién es el que mejor satisface mis necesidades más intimas, quien puede organizar mi lencería con más detalle, o quien limpia mis zapatos con las manos, incluso con la lengua. Usaré sus cuerpos para mi comodidad. Seleccionaré al mejor esclavo que sea capaz de transformarse en un cómodo sillón en menos de un segundo, y quien dice sillón dice un cómodo reposapiés.

O una suave y mullida alfombra. Incluso un elegante y estático perchero donde colgar mis ideas y mis sombreros.

Según iba imaginando las escenas, mi desnudez hablaba sola, se mecía al ritmo de mi respiración cada vez más agitada. Y el sol, ese leal sol iba proyectando toda su lascivia sobre mí.

Vamos, dánzame lento- susurré al astro-aunque esta noche me consagre a la luna, en este instante soy toda tuya.

Y entonces mi imaginación siguió en un derroche de interrogantes e imágenes sin fin.

¿Quién será el que mejor lama suavemente los dedos de mis pies cuando regrese agotada del gimnasio?

¿Quién sustituirá mi clase de hípica cuando no pueda acudir y se transforme en un obediente poney de melena cobriza?

Y después de un cálido y espumoso baño caliente, quien será el que seque mi piel con tanta delicadeza como precisión?

O cuándo tan solo quiera un vino a medias, ¿qué boca abarcará el resto del líquido que de mis labios se irá deslizando?

El placer de la incognita…

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Un sorbo de café.

Amaneció lluvioso. Ese olor y el sonido del mar trajeron a su mente antiguas experiencias, más que exóticas. Eróticas. Húmedas como el mar que acariciaba su mirada.

Hoy tiene que ser una jornada especial-se dijo a sí misma.

Desde su balcón vio a una chica sentada en un banco, era morena de larga y suelta melena, falda corta a cuadros, sandalias rojas y camisa blanca, de aspecto frágil. Pareciera una colegiala salida de algún colegio mayor, si no fuese porque debía tener cerca de 30 primaveras. 

Y ese aire de estar esperando algo o a alguien. 

Relajada. Sonriente.

Simplemente estaba allí.

Elsa quiso pasar por su lado, la imagen de su quietud  y sensualidad  habían provocado en ella cierta curiosidad irremediable.

Al acercarse comprobó por sus rasgos que tal vez podría ser asiática, mestiza más bien.

La chica se apresuró hacia ella con un tono de voz cálido:

-Hola, ¿tienes fuego?-

-No fumo, pero vivo aquí al lado- No supo como pronunció esas palabras, salieron casi automáticamente de su garganta, o de más abajo tal vez.

La desconocida abrió mucho sus ojos negros, dudó medio segundo y confirmó con su sonrisa. 

-Vayamos a por ese mechero- dijo levantándose del banco que acariciaba desde hacia tiempo ya su cuerpo.

No tardaron ni un minuto.

Elsa llamó al timbre de su bonita casa y su asistenta abrió la puerta.

Esa asistenta o “sisí” tan deliciosamente educada y formada por ella misma lucía el mejor de sus uniformes ese día. Un vestido corto negro, con su delantal blanco y su cofia blanca también. Una gota del perfume que sabía complacería a su ama y una sed de servir en su mirada, mirada que a no ser que Elsa le diera permiso, estaba proyectada hacía el suelo.

-Me llamo Luna- dijo la desconocida mirando a Elsa sin ningún atisbo de sorpresa en su rostro. Sin duda la impresión que la refinada doncella había causado en su aventurera mente había resultado más que positiva.

Pasó al interior sin titubeo.

-Georgine queremos tomar un café. Apúrate- solicitó Elsa a su femenina sirvienta. 

La más femenina de todas, pese a guardar apariencia de hombre bajo esas telas, la más educada de todas, aunque le costó dejar ciertas torpezas en el comienzo de su adiestramiento, la más sonriente de todas, y eso, afortunadamente fue así desde el principio.

Ellas esperaban en la terraza, con vistas al inmenso mar. Hablaban de música y de los orígenes de Luna. Padre asiático y madre peruana.

-Preciosa mezcla- le confesó Elsa.

Y allí estaba la eficaz doncella, con su bandeja de plata, sus tazas, sus cubiertos y esos bombones que aunque no se los había pedido, sabía que siempre debían acompañar a un buen café.

Sirvió el café y antes de retirarse para no molestar, Elsa le hizo una señal con la mirada.

Ella ya sabía lo que debía hacer.

Se colocó en el suelo  apoyada con las manos y rodillas y se dispuso a ser la mejor mesa que la invitada hubiera podido ver.

Con tan corto uniforme se podía ver su ropa interior. 

Un tanga rojo que Elsa le había hecho ponerse aquella mañana, y debajo aún llevaba una gruesa  jaula de castidad. Cuando llegase el momento conveniente, su dueña se la retiraría.

Luna sonrió divertida.

-Qué suerte tienes- dijo sonriente a Elsa.

Si, aunque mi trabajo me ha costado, el adiestramiento es agridulce. Hay momentos de castigo, de recompensas y halagos que se tornan a veces en más premios o en otra suerte de castigos y privaciones. Pero sí, debo decir que el resultado ha sido y es, casi excelente. Claro que…-y esta vez por su tono, el mensaje iba dirigido a  su doncella.-

…Soy exigente, y la perfección nunca descansa, aún sigo educándola-

-Por ejemplo si yo le digo ahora  que, además de mantener la espalda recta para que la bandeja no se caiga y derrame nuestros cafés, me acaricié mis delicados pies…-

No tuvo que seguir la frase.

Georgine, complaciente y delicada acarició su pie, después de haber retirado la sandalia negra que acompañaba a su exquisita extremidad.

-Y si yo la dijese que lamiera mis dedos, uno a uno mientras seguimos saboreando estas cálidas bebidas, lo haría presta y sigilosa.

Georgine se adelantó con torpeza hacia sus dedos.

-Pero aún no se lo dije- protestó Elsa.

-Lo ves, querida amiga, la educación nunca termina. En varias ocasiones he de castigarla por este mismo motivo, se adelanta a mis deseos.- 

-Te entiendo- respondió Luna de la manera más asertiva que pudo. Me gustaría ayudarte con el castigo para que de una vez por todas aprenda esta lección y pueda ser más perfecta para tí.

-Me encanta escuchar eso- susurró Elsa en el oido de la cada vez menos desconocida-Te cedo el turno.

Y la joven de rasgos asiáticas se levantó, se dirigió al culito de la doncella  y le bajó con rapidez su lencería, dejándola expuesta.

-Buena decisión-aprobó Elsa.

El pie enfundado en sandalias rojas de la desconocida comenzó a acariciar las partes intimas de Georgine, Sus testículos y su culito que pedía a gritos varios azotes y algo más.

De las caricias con el pié paso a los pequeños golpes. Para ese momento la bandeja ya yacía en el suelo por decisión de Elsa. Y de los pequeños golpes surgieron unas directivas patadas que su blanca piel enseguida notó..

Elsa se puso en pie y mientras su amiga instruía a la sirvienta, ella le introdujó de nuevo sus pies, primero uno y luego el otro en esa boca pintada de carmín rojo.

-Así me gusta Georgine- que tu pequeño dolor no interfiera en mi placer.

De repente la invitada paró y se dirigió al oido de Elsa, a modo de confesión se lo dijo sin más preámbulos.

-Me gustaría follarme a tu sirvienta, nunca antes había podido hacer esto con nadie-

-Claro que sí, hoy Georgine es toda tuya, te la cedo para que hagas con ella lo que desees. Ella ya sabe que ha de satisfacer a quien yo quiera cuando yo lo desee.-contestó Elsa más que satisfecha con el atrevimiento de su desde ya, amiga.

Elsa le mostró una vitrina enorme llena de juguetes varios y arneses de distintos tamaños y grosor.

-Este es mi preferido-quiso indicarle dada su poca experiencia, pero puedes elegir el que prefieras.

La invitada cogió el indicado por Elsa, más otro de tamaño mayor.

-Valiente sin duda- pensó Elsa sonriendo.

Luna se situó detrás de Georgine y se levantó su faldita corta para colocarse el arnés, dejando ver que no llevaba lencería alguna.

Elsa se dirigió hacia ella cuando comprobó que se estaba haciendo un lío con las tiras del arnés.

-Hoy te estrenas, primeriza- dijo Elsa mientras la sujetaba fuerte el artilugio.

-Estás preciosa-Toda tuya, hazle saber como debe comportarse.-

Y mientras los dedos  del pie de uñas rojas follaban la boca de la doncella a veces despistada, su culito comenzaba a recibir las envestidas de una novata, que precisamente por eso parecía insaciable. Primero suave, luego fuerte, después rápido. Aquella polla de plástico negro se hundía bien dentro de Georgine que sin poder evitarlo lanzaba alaridos de satisfacción y dolor al mismo tiempo.

Luna paraba unos segundos, le regalaba algún nuevo azote, para después volver a la carga. 

-Me encanta meterme dentro de ti, Georgine- le decía con toda la seguridad del mundo, sabiendo que la doncella no pronunciaría palabra si no tenía permiso para ello.

El miembro erecto de la sirvienta parecía explotar ante tanto galope recibido. Elsa sabía que cuando comenzaba a gimotear es porque estaba a punto de no aguantar ni una embestida más. Aún así, minutos eternos siguieron antes de que le dijese a Luna:

-Sé que lo estás deseando- Haz que se corra y que grite tu nombre y el mío.

Ritmo álgido. Galopes de color azul que se tornaban en cruce de sentimientos y emociones. Georgine se moría de placer y no podía expresarlo, esa era la mayor de las torturas sin duda. Hasta que:

-Ok, Georgine, ahora sí, puedes disfrutar sin limites de mi invitada. Demuéstrame como te gusta su verga dentro de tu sediento culito-

Y ocurrió.

Gritó con voz de silencios retenidos. Dijo el nombre de su dueña con deleite duplicado. Eternizó el placer porque sabía que debía hacerlo y casi derrumbada y extasiada dio las gracias frente a los pies de su adorada dueña.

La excitación de las amigas podía olerse en el ambiente. Se miraron, se sonriéron.

Elsa dejó a Georgine en la terraza, atada a una barandilla mientras cogiendo de la mano a su invitada pasaban al interior de la casa.

-Estoy tan excitada- le confesó Luna con la mirada.

-Lo sé- respondió Elsa mientras buscaba su boca.

….

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Como es adentro es afuera.

A veces es el sol quien me quema. En invierno también, que si no está me lo invento.

A veces la luna, me desnuda y me dejo abrazar, pero en otras ocasiones es ver la impaciencia en sus ojos lo que me arde.

Dentro.

Fuera.

-Esta noche duermes bajo mis pies- le dije.

Y así fue. Desnudo con su correa correspondiente en el cuello vigiló mis sueños con la devoción que ya preveía.

Horas antes de dirigirme a mi cálida cama, le até y allí se quedó esperando. Que el carácter se forma en la espera y en las tardes de domingo, dijo alguien, algún día, en algún momento de inspiración.

Cuando Morfeo comenzaba a susurrarme deliciosas obscenidades me dispuse a reunirme con él. Me desnudé lentamente frente al espejo. Esta vez le permití observarme. Generosa que es una, a veces.

Ya sin ropa que me rozara la noche, me cubrí con mi aceite especial. Dulcemente comencé por los pies, fui subiendo por las piernas, mis caderas comenzaron a reclamar atención y ahí me deleité observándome en el espejo que colgaba vertical al lado de la cama. Más aceite en mis pechos, en los brazos, en los hombros. 2 gotas de perfume para seducir aún más al dios del sueño y antes de meterme dentro y fundirme con la cálida funda nórdica de plumón, le permití que me besara los pies.

Abrió su boca ansiosa y casi devora mi pulgar.

-Suave- le indiqué tirando de la correa.

Se aplicó. Tampoco tenía alternativa.

Un dedo dentro de su desesperada boca, dos, tres, cuatro, fue algo así como follarle la boca como mi delicado pie. Agilicé el ritmo, lo sacaba y lo introducía a mi antojo.

Dentro y profundo. Fuera y dentro otra vez. Su lengua se derretía de ganas al verlo desde la pequeña distancia de apenas centímetros. Lo acercaba y cuando apenas podía rozarlo se lo retiraba otra vez,

Excitado. Erecto. Inquieto. Pedía más con su mirada, pero su impaciencia hacía crecer mi sadismo.

-C’esto tout- le dije.

Y así fue.

Tenía una cita con alguien en sueños y eso nunca fue negociable.

“Lo terrible es algo que necesita nuestro amor”

(Rilkei)

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Haz lo que nunca has hecho y verás lo que nunca has visto.

“Yo en tí
Yo te he buscado
cuando el mundo era una piedra intacta.
Cuando la cosas buscaban sus nombres,
ya te buscaba yo.

Yo te he procurado.
en el comienzo de los mares y de las llanuras.
Cuando Dios procuraba compañía
ya te procuraba yo.

Yo te he llamado
cuando solamente sonaba la voz del viento.
Cuando el silencio llamaba por las palabras,
ya te llamaba yo.

Yo te he enamorado
cuando el amor era una hoja en blanco.
cuando la luna enamoraba las altas cumbres,
ya te enamoraba yo.

Siempre,
desde la nieve de los tiempos,
yo, en tu alma.”

 

           (El sueño sumergido 1954. Celso E. Ferreiro.)

 

 

…Mi chico obediente.

Mi chica servicial.

La más fiel de todas las fieles. La más sumisa de todas ellas.

La que siempre dice sí.

La maquillo, la visto, la dejo bien bonita.

Que se vea única y especial frente a todos los espejos. Como lo que es.

Y la saco a pasear.

Con su correa, con sus esposas en las manos. Porque no las necesita estando conmigo.

Un antifaz negro y rosa lleva su nombre en algún rincón de mi estudio, lo encuentro y ya es de ella, y así nos paseamos por Madrid en pleno invierno. Su lencería roja comprada especialmente para ese día. Encima, ropa de abrigo, eso no es negociable. Y la luzco en un parque bien grande.

Mi mascota. Mi sumisa. Mi obra de arte.

Paseamos entre árboles que nos saludan orgullosos ante tanta obediencia y devoción, los abrazamos. Las ardillas y algún perro curioso salen a nuestro encuentro también. Y así, la niebla se va disipando.

Mi chica de labios rojos y cinturón de castidad en el alma y en la piel no me va a decir que no a mi capricho de domingo. Y es que ella es así.

Así, como yo la construí.

Como él ya era.

El abrigo al suelo y ella atada en el árbol. Ataduras que durarán lo que yo necesite. El antifaz en sus ojos, que se derretirá en el momento justo. Un suspiro en sus labios. Y un:-“confía en mí “-en sus oídos.

Sonríe y la beso.

Le bajo el pantalón para que respire su piel.

Su sexo luchando por salir de la jaula de acero se enfurece cuando acerco mi boca a ella y soplo. Me observa, no la estoy mirando, pero lo sé. Acerco mi lengua. Se queda con las ganas de más. Acaricio el frío metal que oprime su deseo a flor de piel y mordisqueo su cuello.

-No vayas a moverte- le susurro. Y me voy.

Regreso en unos minutos y la encuentro acompañada. Un policía frente a ella la observa con incredulidad y deseo. No habla, solo mira.

-¿Quieres unirte?- le pregunto.

-¿Puedo?- me dice.

-Hoy, sí- añado.

Me sonríe con melodía de interrogación.

-Te cedo porque me perteneces- susurro a mi fiel sumisa.

Ella asiente algo agitada.

Saco la llave que abre la jaula de su impaciente castidad y mientras el policía se va arrodillando, compruebo que el antifaz sigue en su lugar.

-Toda tuya-le digo a modo de invitación.

Y se lanza con su boca de hambre atrasada. Les observo. Me deleito y podría alargar ese momento varias eternidades.

-Más fuerte- le indico. Como no capta bien mis indicaciones, sujeto la cabeza de cabello cobrizo y le guío sobre como han de ser los movimientos para que mi leal sumisa goce pero no termine. No aún.

Ella se remueve desde sus ataduras.

Musita algo parecido a un -“para, por favor”.-

Ella sabe que no puede elegir ni decidir. “Más rápido”- le digo a nuestro invitado.

Cuando ya me he recreado suficiente y sin que ninguno explote sus ganas en mitad del parque, invierto los papeles. Mi sumisa se arrodilla, esta vez sin el antifaz y con el pantalón en el suelo. Está casi desnuda pese al frío, solo cubre su piel un body rojo y una bufanda roja también.

El policia prevé su placer y se relame.

Mi disciplinada chica se lo come con ansia y bulimia de décadas inconclusas.

-No te atragantes- le digo notando el fervor de sus movimientos.

-Y sobre todo hazle gritar de placer.-

Cada orden va directa a su hipotálamo como si del olor más sugerente se tratase y no quisiera dejarlo escapar. Para atraparlo por siempre en su memoria. Retenerlo y hacerse con él cuando lo necesitase.

Saca su lengua y se demora en los bordes rosáceos del eréctil miembro que frente a ella va creciendo hasta casi abarcar todo el parque, o así se le antoja ante sus ojos. Abre la boca salivando y lo engulle sin apenas usar sus manos.

Los observo. No hay publico. Mejor así -pienso.

Cuando el invitado de cabello rizado está al borde del delirio sujeto la cabeza de mi chica y ella para. El policía lleno de desconcierto y placer truncado me mira.

-Paciencia- le digo sin palabras.

Cierra los ojos y suspira.

Otro breve gesto en la cabeza de mi fiel esclava y remata el delirio que moría por cobrar vida entre los arboles de un parque cualquiera en un domingo invernal de Madrid. A chorros, a borbotones. Espeso. Blanco y radiante como la nieve que en algún punto del planeta estará cayendo ahora mismo.

-Traga y saborea todo-

Lo hace. Se relame y me mira.

Acaricio su cabello.

Sabe que estoy orgullosa de ella.

De él.

 

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Busca el latido.

Carta 4, de Victor a Lara:

El erotismo es un humanismo.

Permíteme que lo plantee en estos términos, parafraseando a Sartre y su concepto humanista del existencialismo. La relación entre un dominante y un sumiso es erótica, y en ella se establece una relación de continuidad más allá de la sumisión sexual que nos habla de cuerpos sagrados, dispuestos a la profanación de la realidad.

Conviene destacar que la realidad es aquí un sistema simbólico, construido por convenciones no necesariamente perennes, a veces, son tan transitorias como lo son las corrientes artístiticas más efímeras o las modas. En un mundo hiperdigitalizado, preñado de trivialidades conformadas como espacios virtuales y  sagrados que inducen al individuo a someterse a ellas sin ningún juicio crítico,  el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación de las convenciones, en busca de lo real, de algo que trasciende más allá de las apariencias para poder captar la verdad  que se oculta dentro de nosotros, nuestras fortalezas, nuestras debilidades. 

Nuestro erotismo es un erotismo sagrado,  pienso en la equivalencia entre sexo y sacrificio, pienso en Los cuerpos sagrados de Guide, otras veces sumergido en el intrigante pálpito de la vida cotidiana. Cuando hablamos de erotismo somos incapaces de sustraernos a un ritual, un conocimiento del cuerpo, venerado, violado. De la riqueza intelectual de un dominante dependerá que esa relación erótica trascienda más allá de una sesión.

Tiene razón Bataille cuando afirma que el erotismo tiene como fin alcanzar al ser en o lo más íntimo, hasta el punto del desfallecimiento. En el BDSM de una forma más exquisita, a veces más exagerada, otras grotesca, siempre sádica, perfeccionada, se reproduce el principio de destrucción del aislamiento de los participantes en el juego. Todo juego establece una relación entre los participantes pero en la erótica, y en la sado-masoquista, el juego continúa después de la partida. La desnudez, el fetichismo, el sometimiento físico o psicológico, construyen una nueva comunicación que se prolonga más allá del juego entre dominante y sumiso, Se revela como una continuación posible del ser, modulada, canalizada a través de los conductos de lo real que subyacen en la realidad: se trata de la búsqueda de lo obsceno. 
Un cuerpo poseído, otro cuerpo entregado, enlazados por el deseo y la fascinación por lo desconocido. A veces, lo desconocido es un acariciar con los dedos la muerte, rozar con la mente lo que no tiene definición, quizá por eso lo desconocido es siempre un simulacro de la muerte, pues desconocemos el sentido trascendental de ella y somos incapaces de contarla, si no es a través de la ciencia o de las religiones. Entre un dominante y un sumiso se abre una continuidad más allá del sacrificio que, efectivamente, como cuentas en tu carta, vamos acompasando, según nuestros respectivos estados anímicos.

El BDSM es una constante perturbación de la vida convencional, es una íntima rebeldía que nunca alcanza el sentido de la revolución porque sería su propia condena. El sado-masoquismo es la quintaesencia de la libertad individual, de nuestra individualidad.  Con el erotismo, así entendido, lo que se cuestiona es el status quo, el orden regular de la rutina y sus instituciones. 
Qué alimenta esa continuidad más allá de una sesión. ¿Es el deseo? Hemos hablado del deseo ante un cuadro de Caravaggio o de Tintoretto, cuando te acaricio el muslo y me restriego a tu vera, mientras nos contemplan las Tres gracias, la Venus del Espejo o el Moisés de Miguel Angel, pero no hemos hablado de la pasión y creo que la pasión es lo que nos permite aceptar la angustia y el sufrimiento, aquello que se vuelve inaccesible. Solo el sufrimiento revela la verdadera naturaleza del dominante y del sumiso: si el dominante no puede poseer al sumiso más allá de la sesión, si sólo el sumiso puede en este mundo realizar lo que nuestros límites prohíben. Y en definitiva, lograr la fusión de las lágrimas en un abrazo prolongado donde la liberación y la continuidad no encuentran cesura. La pasión nos adentra en el sufrimiento que es la búsqueda de lo imposible.  

Después de una sesión echo de menos un abrazo, un momento de profunda entrega y admiración, de respeto y veneración. Así son los momentos que prolongan una sesión, con un gesto en el que se siente el fulgor de los cuerpos, el pálpito sincopado de nuestros respectivos corazones. Así concluyeron las sesiones, con un sentimiento de veneración. En ocasiones, el gozo de lágrimas fundidas con las mías.

Hoy el aire está denso. Debe ser el cambio de tiempo, de estación, “el velo semitransparente del desasosiego…”echo de menos un abrazo, necesito el tuyo. 

No te quiero aburrir más, sería imperdonable.

Te deseo.

Víctor

Yo conocí el secreto del fuego mucho antes que el primer bosque se incendiara.

Antes aún de aquella hoguera,

antes de la llama.

Como todos los hallazgos

fue accidente,

tropezar con la chispa en tu palabra,

y después, ¿qué remedio?:

encenderme

con el roce casual de tu mirada.”

(Aída Elena Párraga)

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Viajes de rendición.

Carta 3, De Lara a Victor:

Te leo y me late una nueva curiosidad a modo de reflexión bajo mi blusa blanca:

Ocurre que si importante es una sesión donde confluyen tantas emociones y sentimientos, igual de importante es o debería ser el después.

La atención de ese “después” es una manera de cuidar a tu compañero de viaje después del juego. Se trata de traer suavemente a alguien de un estado alterado que regresa a la realidad, ayudarle a sentirse cimentado de nuevo, así como volver a restablecer los papeles que se asumieron antes del juego. Cuanto más profunda sea la experiencia, más atención posterior requiere.

No sólo los fondos o los submarinos merecen cuidados posteriores, sino también los dominantes, después de una sesión de horas uno mismo debe desconectar física y mentalmente.

En cuanto al cuidado de los sumisos, no creo que sea algo que esté reservado sólo para el tiempo posterior al viaje. Habría que mezclarlo en el juego. Al guiar a mi compañero en sus mundos subconscientes, me gusta mantenerle al borde de su zona de confort. Este, rara vez se mantiene. Hay fluctuaciones. Al igual que respirar y respirar, le veo viajando entre comodidad y molestias, rendición y resistencia, tensión y relajación. Cuando se acerca el punto en el que el cuerpo se endurece y notas un “esto es suficiente para mi”, sé que es hora de cambiar.

Un nuevo desafío, tal vez es hora de un toque suave, una caricia, una palabra. Tengo el espacio para un posible lanzamiento emocional, verle regresar a un lugar cómodo para continuar y volver a abandonar la siguiente zona de confort para sumergirse en el misterio interno.

Un par de días después me suele gustar hablar sobre la experiencia para integrarla.

Esto significa reflexionar sobre lo que sucedió, lo que significa para la vida de uno. Tal vez a modo de mensajes y orientación.

Ya sabes, asentar para seguir explorando…

¿Qué opinas, desconocido Victor?

“El encuentro de dos más personas es como el encuentro de dos sustancias químicas, si hay reacción, ambas se transforman”. ( Jung)

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Milk and honey dripped from my lips as I answered.

Carta 3, de Victor a Lara:

El efecto Pigmalión nos ronda. ¿Acaso no es hermoso cuando observas la metamorfosis en la sumisa y es absolutamente desalentador cuando el orgullo o la falta de interés se desvelan con el paso del tiempo?. No sé si te comenté en la otra carta mi decepción en los clubs de  BDSM. Ayer me identificaba con las palabras de Catherine Robbe-Grillet, la viuda de Alain, por la que sentía respeto y después de ver “La Ceremonia”, sólo puede sentir admiración. El BDSM tiene mucho de ritual, ese es un atractivo, y como todo ritual es trascendente en nuestra percepción de la realidad. Pero mi experiencia es que se ha transmitido como una fiesta, un club social, asexualizado, una especie de competición entre sumisos reunidos para determinar quién resiste más el dolor. Como comprenderás es decepcionante y, peor aún, aburrido. 

Nunca he tenido una sumisa 24/7 porque las dos sumisas que tuve vivían fuera de mi ciudad. Algo que, de alguna manera, lo dilataba todo. Agendar encuentros, sesiones, días, lugares…Hubiera sido interesante saber en qué habría derivado ese 24/7 aunque tengo que reconocer que no he conocido a nadie todavía que lo haya llevado a cabo. 

Mi fracaso en el BDSM se debe a que, probablemente, de manera inconsciente, he pretendido disolver el binomio señor/sumisa. Romper las normas del juego es algo que me seduce siempre, quizá porque mi manera de pensar es intuitiva y trata de buscar siempre soluciones alternativas, marginales, más transgresoras, sin que eso signifique ni mucho menos que no sienta un profundo respeto por la tradición. Creo que ha sido así porque necesito alimentarme de algo que respire de lo nuevo. Me gusta aventurar que si viviera una relación 24/7 estaría inspirado en aquella frase de Gerard de Nerval que leí cuando era un adolescente y que ha guiado mi manera de ver el mundo de alguna manera: “otorgar a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido”.

Anteriormente te citaba a Robbe-Grillet y estoy seguro de que ella defendería con gran entusiasmo que un dominante tratara de formular nuevas reglas. Pero los tiempos actuales no hacen que sople el viento en esa dirección. Creo que el BDSM vive absorbido por etiquetas: ¿eres switch?, ¿brat?, ¿esclavo?, ¿sumisa?, ¿amo? Creo que todo eso, finalmente, hará que el BDSM sufra de una enfermedad degenerativa. Se disolverá por inanición, o peor aún, por una fibrosis pulmonar o una esclerosis que le impida respirar oxígeno o moverse con agilidad. El BDSM ha creado sus propios hastags que quedan muy bien bajo una foto en instagram, pero carecen de sentido en la vida real. El filosofo Mark Fisher, que se suicidó hace unos años, y que te recomiendo encarecidamente que leas, distinguía lo real de la realidad. La realidad es un sistema simbólico, muy importante para nuestra comunicación, lo real es el cúmulo de contradicciones ocultas tras esa realidad.

No me he enamorado de mis sumisas, porque no despertaron nunca ese sentimiento. Me hubiera consolado saber que eran realmente sumisas y no estaban siguiendo una moda, por mucho tatuaje grabado en su piel o muy alternativas que parecieran. Obviamente, mantener una correspondencia como esta con ellas habría sido imposible. Una de ellas era diseñadora. La otra vivía en Cádiz y aunque era dominante, quería ser mi sumisa. Desde un punto de vista intelectual no tenía nada que hacer con ellas. Comprendí que esta circunstancia alimentaba mi sadismo, no necesariamente desde un plano físico, que también, sino psicológico. No lo soportaron. Me consuela una amistad latente, al menos supongo, aunque no he vuelto a tener contacto con ellas. 

Nunca he tenido un sumiso, no en un sentido estricto, pero sí he generado esa dependencia emocional en algunos hombres que buscaban mi protección y se prestaban a servirme. Pero yo eso lo he investido con el lenguaje de la amistad. Lo he transformado en camaradería. Probablemente hoy, en un incipiente estado de cambio, podría haber derivado en una relación amo/sumiso con alguno de ellos, pero estaría prevaliéndome de su situación emocional. Sería cruel, pero no sería en sentido estricto justo. Como ves, no tengo ningún prejuicio con la crueldad, ni tampoco con el dolor, a un nivel corporal o a un nivel psicológico. El sadismo es inherente a mi manera de pensar.  Conocí a unas cuantas mujeres que disfrutaban con ella sin haber sido sumisas. Creo que está en nuestra “genetica cultural”. De alguna manera, eso ha sustituido la vacante de sumisa en mi vida

A las dos sumisas que tuve les permití que fueran ellas quienes tomaran la batuta. Creo que es bueno hacerlo, porque me fascina jugar con la idea del otro. Forma parte de un buen aprendizaje. Que conozcan las responsabilidades, el sentido de la entrega y de la posesión. Lo hace todo más “democrático”. Y porque de esa manera interiorizan mejor su papel de sumisa. Es curioso la facilidad con que lo hacen desde un plano sexual y lo difícil que es que lo hagan desde otro intelectual. Esta circunstancia viene a verificar que no todo el mundo puede ser dominante y sobre todo, como todo se ha convertido en un espectáculo. Y nadie más hedonista que yo, pero hedonista hasta la muerte.

Te deseo.

V.

“I have

what I have

and i´m happy.

I´ve lost

what I´ve lost

and i´m

still

happy”

(Rupi Kaur)

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Contradecirse es acertar.

Ella era así, donde ponía su deseo, ponía la intención.

Y su intención no entendía de filtros.

Subió al avión que la llevaría rumbo a Moscú. Llevaba esperando ese viaje mucho tiempo, casi al limite de lo que su frágil paciencia podía resistir.

Al entrar y encaminarse a su asiento pudo observar a parte de la tripulación. Sus ojos se pararon en la chaqueta de aquel comandante. Elegante, barba de varios días, pelo oscuro y esa cara de “ven y navega entre mis infiernos”.

No pudo ni quiso evitarlo, le guiño un ojo en cuanto él le dijo un “bienvenida” muy sonriente.

Ya en su asiento y unas cuantas millas de vuelo  después el comandante mando llamar a una azafata, en concreto a la de cabello rojizo y pecas hasta en el alma. 

-Hay una pasajera que…- Y antes de que pudiera terminar, ella ya sabia el final.

-Ya se quién es, comandante- ¿Desea que la haga venir?

-Si, por favor, pregúntale si desea conocer la cabina.

Y así fue.

Ella aceptó. No se podía saber quien de las dos tenia el pelo mas largo y más cobrizo si la azafata o la chica caprichosa que donde ponía el ojo ponía la intención y lo que hiciera falta.

Vestía un traje de chaqueta azul con falda corta y zapatos altos, parecía un uniforme, aunque en realidad solo era su estilo particular.

Caminaron ambas por el pasillo con ligereza sin que nadie pudiera apartar la vista de tanta belleza en tonos naranjas y azulados.

Entró en la cabina. Allí estaba él con el copiloto de gafas de pasta y perilla. 

La pelirroja sonrió coqueta y comenzaron a hablar de mandos automáticos, de millas, de modos de navegación y antes de que él se diera cuenta ella ya estaba sentada encima suyo.

Era la noche de no se sabe quién utilizaría a quién.

-Me excita volar, cuanto más alto mejor-dijo ella como declaración de intenciones.

El compañero de cabina se levantó y situándose tras su larga cabellera comenzó a desvestirla. Ella colaboraba lo que podía mientras se iba moviendo sobre el comandante con poca insinuación ya y mucho empeño. A estas alturas el comandante estaba ya más que empalmado, rebosante de ganas y de que le retirara el pantalón que comenzaba a quedársele pequeño por momentos.

Ella bajó su cremallera en un rápido movimiento mientras el subcomandante de gafas y perilla acariciaba su pecho retirándole el sujetador de encaje negro.

-Muévete lento, haz que te sienta muy profundo.-le susurraba la chica mientras se apartaba el tanga y se hacia con su polla efervescente introduciéndola con avidez.

-Mírame bien- le respondió él. Te estoy clavando el deseo en el fondo del alma-.

El first officer seguía detrás de ella, la tiraba del pelo para acercar su boca y devorar esos  preciosos labios rojos. Ella estiraba el cuello para complacerle mientras seguía cabalgando al comandante. 

Las palpitaciones se aceleraban cuando los embistes aumentaron el calor y el color. Sudor. Susurros. 

Saliva resbalando por el cuello de no se sabe quién, su pecho apretado al cobijo del dueño de la perilla, los jadeos del comandante  y esa cabina llena de luces , o las luces estaban en su mente.

-No aguanto más- y según lo decía el de gafas se situaba de lado para poder abarcar la boca de la pelirroja con su polla hirviente.

Y la música que salía de algún rincón, voces que se escuchaban provenientes de algún lugar del avión, la oscuridad de fuera, el calor, la mezcla de sabores.

Extasiada.

Invadida.

Colmada, así se sentía.

El comandante se vació en ella, la inundó de palabras y de realidades.

-No dejes que se apague el fuego- le dijo en tono convincente ella mientras seguía con sus movimientos circulares sobre su sexo.

El deseo de posesión que se cumple al ser poseído.

Ella venia de una felicidad patrocinada por el sosiego y la falta de ambición y ahora quería darse a todos los excesos carnales. Respirarlos hasta que ardieran dentro de ella. Lamerlos y exudarlos de su piel. Abarcarlos en un abrazo o en cien.

El subcomandante estaba a punto de estallar en su boca. 

-En verdad me estoy follando al uniforme, lo sé- pensó la pelirroja por un momento. Pero un fetiche es un fetiche.

Y entonces el placer. 

El alarido chorreante resbalando entre sus muslos de nuevo y el grito del que follaba su boca con muy poca suavidad.

Después el sosiego tiznando sus sentidos.

La necesidad vampira de absoluto, de sangre, amores y amantes cubierta por el momento.

Sonrió. Se vistió y se fue.

“Nuestro espíritu vuela siempre hacia el ser que nos comprende”.(J.Bonilla)

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Follar también es viajar.

Tenia hambre. Ganas. De todo y sobre todo de él.

Urgentemente.

Arrebatadamente.

Sería tal vez por el aroma de la ciudad, olía a lluvia y a nuevo o porque me gusta el otoño o por mucho más.

Me puse un vestido corto negro y unas sandalias negras. Me maquillé, me perfumé con uno de mis olores preferidos, té verde y sin avisarle fui hacia su oficina.

Bajé del coche, entré, saludé a la secretaria y le hice un guiño asegurándome de que entendía mis intenciones.

Y pasé. Sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y excitación inminentes.

Ni tiempo ni ganas para analizar demasiado su mirada. Ahora lo que importaba era mi urgencia.

Mi necesidad.

Este deseo que me ardía entre las piernas desde que me había levantado de la cama.

Quiso decirme algo pero no tuvo demasiado tiempo.

Poseerle. Complacerme con su cuerpo. El resto no importaba.

Alejé la silla giratoria de la mesa y le atraje hacia mi. Me levanté el pequeño vestido negro dejando a la vista la ausencia de lencería. Y en un movimiento rápido desabroché su pantalón y me senté sobre él , no sin antes abarcar toda su boca con mi calor. Mi lengua buscaba profundidad. Mi aliento, esencia. Le agarré del cabello rizado y comencé a moverme sobre él. Movimientos lentos que se transformaron en rápidas sacudidas. Mis ganas reventaban su miembro que apenas pudo respirar en este ataque matutino. Cuando casi no podía más coloqué mis pies en los bordes de la silla para profundizar en él, más aún. Su saliva resbalando por mi boca, mis muslos empapados tal vez de saliva, sudor o de puro deseo. Aceleré. Apreté con fuerza su nuca entre mis manos . Una cabalgada más y se derramó, y yo con él.

Apacigüé su grito con mis dedos dentro de su boca, mordí sus labios y me levanté.

Arreglé mi pelo, el vestido y mi carmín durante unos breves segundos y sin más y con todo, me fui.

Sin apenas pronunciar palabra y aún jadeante solo alcanzó a verme cruzar la puerta.

“Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre, ya lo lleva dentro”.

(Octavio Paz.)

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