Vámonos de sueños esta noche.

El pantalón vaquero apenas podía ocultar su excitación. Tumbado sobre el sofá negro de cuero a unos centímetros de su piel, su cuerpo pedía sentir más calor.

– “Esta noche estoy cansada”- le había dicho retadoramente.

Y él, maestro de excepciones, intentó tensar la cuerda hasta el límite, si es que entre ellos alguna vez hubo algún límite.

Como cuando se conocieron, ella libre y callejera de las metáforas, se le cayó la cordura cuando le intuyó. Y él que nada más verla quiso desnudar sus sentidos, acabó maldiciendo su piel por enredar tanto su alma.

Tarareando una de sus canciones preferidas, se incorporó hasta ponerse de rodillas entre las piernas de ella, apoyó su boca y sellando con sus labios su ropa interior cogió aire y lo dejó escapar muy despacio a través de la fina tela. El aire tan caliente le quemaba y licuaba aún más si cabe su humedad. Ella le apretó la cabeza contra su sexo, pero el placer duró lo que tarda en agotarse el aire de los pulmones.

Nunca dos miradas habían estado tan hambrientas. Y sin embargo, se levantaron. Se vistieron muy despacio. Con pocas ganas, alargando un juego que apenas comenzado ya empezaba a pesar. Y qué más da quien tira de quien si la dirección es la misma- pensaba ella

Caminaron hacia la puerta de la calle, él de espaldas, ella persiguiéndole mientras se gritaban en silencio lo mucho que se  deseaban en ese momento.

Con la manilla de la puerta bajada, él preguntó con una sonrisa:- “¿no me vas a dar nada para que te recuerde estos días?”-

-”Retírame las braguitas con tu boca, muy lentamente y sin morderme” –

Él la miró seriamente. Cerró la puerta  y la rodeó. Ella no se giró. Solo pudo notar el aire a su alrededor,

Arrastró la lengua desde el tatuaje de su nuca hasta su cadera, muy despacio. Cuando llegó a sus caderas, atrapó la ropa interior con los dientes, cuidándose de rozar su piel como adelanto de lo que vendría después. Introdujo su lengua entre la piel y el encaje, y comenzó una lenta espiral descendente alrededor de su cuerpo, mirando hacia arriba cuando estaba frente a ella, y quitándose su ropa cuando pasaba por detrás. Las bragas negras cayeron al suelo cuando estaba a la altura de las rodillas, quizá porque ella había separado las piernas para prolongar el juego, y en ese momento él comenzó a deshacer la espiral ya desnudo y completamente excitado, con la misma parsimonia con la que había bajado, pero rozándose constantemente contra ella. Espiral eterna, que se paseó por muslos, cadera, vientre, pezones y cuello, hasta llegar a los labios, entregados ya y a punto de recibir su deseada dosis de saliva .

Con ambas manos en su rostro, él dirigía los besos, casi follando su boca con la lengua. Ella separaba las piernas involuntariamente y encajó su polla entre  ellas para notarle más cerca. El ritmo fue aumentando. De su mejilla a los pezones, pellizcándolos repetidamente con suavidad mientras los veía endurecerse como piedras, y de ahí a su culo perfecto.

Él la cogió con ambas manos, la levantó en vilo como una pluma hasta tener sus pezones a la altura de los labios. No esperó para empezar a chupar uno de ellos, mientras la dejaba descender sobre su polla, haciéndola gemir de puro placer y excitación con solo unos breves roces. Él no quiso demorarse demasiado y apoyándola contra la pared la penetró veloz, acelerando el ritmo de sus embestidas a la par que ella aumentaba el volumen de sus gemidos. A ella le gustaba así, violento bajo sus bragas y a sus pies

Él no tardo en notar como ella se diluía ahí mismo, apretándole por dentro, muy fuerte, como reteniendo el momento, como reteniendo su alma.

Él no quiso ni pudo aguantar más. Cuando sintió que iba a terminar empujó hasta el fondo y se vació por completo dentro de ella gritando de placer, sin hablar, sin parpadear y tan llenos de intenciones como cuando ella fingió estar cansada.

-Ahora ya sabes detener el tiempo- le susurró ella, antes de desaparecer de su imaginación…

 

 

“Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido.

Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal.

Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad.

Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo mas alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima.

Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore.

Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada.

Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero el mar a la montaña. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.

( Báilame el agua) 

 

 

 

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La magia está en besarte el alma, no los labios.

“Sé quien quieras ser, nadie te está viendo. Ponte a prueba”

 

 

Ella le había citado sobre las 20h para que acabaran juntos el informe que necesitarían entregar al día siguiente. Tomás, su compañero de trabajo solía ser impuntual así que ella sabía que después del gimnasio aún tendría tiempo para darse un baño relajante.

Se dispuso a realizar su ritual preferido, un baño con agua muy caliente, sales y el jabón recién traído de Italia, el que hacía espuma inmediatamente y tanto le costaba encontrar en otro lugar que no fuese allí. Después, encendería unas velas y escucharía algo de blues seguramente.

La casa estaba en silencio y a oscuras, solo se escuchaba el sonido del agua caer impaciente por acariciar su piel.

Ella comenzó a desnudarse frente al espejo, se bajó los tirantes de la camiseta blanca. Se quitó lentamente el pequeño pantalón deportivo que había usado en el gimnasio y que tan bien se ajustaba a sus curvas. Se recogió el pelo en una coleta alta.

Y se descalzó.

El resto de la camiseta acabó en el suelo y tras ella el sujetador. Desnuda frente al espejo comenzó a moverse al son del blues que sonaba de fondo. Y como queriendo seducir al espejo se fue bajando muy sinuosamente el pequeño tanga blanco.

La bañera clamaba su presencia, la espuma luchaba por no rebasar los limites del recipiente y ella, que por un momento olvidó que Tomás nos siempre era impuntual y sobre todo, no recordó que el día anterior le había dejado una copia de la llave de su casa, estaba ajena a cualquier hecho que ocurriera más allá de ese baño..

La puerta del baño semi abierta y Tomás que solo era un fiel compañero de trabajo hasta el momento, acababa de entrar en la casa con la llave, ya que ella no escuchó el timbre. El próximo fin de semana ella viajaría y cada vez que esto ocurría ella le dejaba las llaves para que cuidará de sus plantas.

Tomás nunca confesó lo mucho que se excitaba cada vez que la veía aparecer en la oficina con su vestido rojo corto y ajustado, mientras elevaba su belleza con unos zapatos de tacón, rojos también. O cuando tomaban juntos un cappuccino y ella le hablaba lento mientras relamía el resto de la espuma que bailaba sobre sus labios con una sonrisa casi inocente.

Recordaba un día en el que después de comer juntos tras una reunión, ella se sentó frente a él dejando ver su ropa interior a modo de descuido. Él no supo donde mirar, pero se excusó y en unos segundos ya estaba en el baño encerrado, tocándose y calmando el ansia con el que ella le dejaba en tantas ocasiones. Infiernos por enfriar.

Y esa tarde, allí estaba. En su casa, con la puerta entre abierta del baño y ella desnuda frente al espejo , acariciando su cuerpo al son de la música.

Ella se metió en la bañera, primero un pie, luego el otro y lentamente el calor del agua y la dulzura de la espuma se adueñaron de su cuerpo. Cerró los ojos, humedeció sus labios y se dejó mecer por la calidez del baño.

Él estaba expectante, no pensaba retirarse de ese pequeño paraíso terrenal que se le había ofrecido hoy de modo casual.

Cuando ella comenzó a moverse suavemente bajo el agua y a suspirar, él introdujo más su cabeza en la pequeña ranura de la puerta para no perderse ningún gesto. Ningún detalle.

Pudo ver como abría las piernas y llevaba sus dedos llenos de espuma a su sexo. Arqueaba las nalgas mientras iba introduciendo sus dedos muy lentamente, primero uno, luego dos.

Él moría por saber en que estaba pensando ella para llegar a excitarse tan rápidamente.

Tal vez el contacto con el agua caliente y la espuma la exciten, como a mí me excita su voz, su olor-pensó.

Ella gemía cada vez más fuerte, con su boca entreabierta y los ojos cerrados. Tenía elevadas las dos piernas apoyando los pies de uñas rojas a ambos lados de la bañera. Su pecho sobresalía mostrando unos pezones duros y firmes.

Que ganas de descubrirse, de meterse en el agua de repente y con decisión, con la violencia que da el deseo acumulado y penetrarla hasta que gritara de placer y no dejar de hacerlo hasta que ella  estallase una y mil veces- pensaba.

Que ardor sentía en su entre pierna al no poder hacer ningún movimiento. ¿Por miedo? ¿Por respeto? Buscaba un motivo para no abalanzarse allí mismo. Introducirle sus dedos en la boca y abarcarla entera con suaves y rápidos movimientos. Morder sus carnosos labios rojos que siempre sonreían y provocaban.

Su respiración se agitaba cada vez más. Su mano hace tiempo que estaba atascada en la turgencia de su sexo que luchaba por salir de ese vaquero gris.

Deseaba acercarse a ella, ponerse de rodillas, besar los dedos de sus pies. Esos pies que solían deslizarse sobre el suelo con tanta elegancia y firmeza. Cada vez que escuchaba el sonido de sus tacones en el pasillo de la oficina una sutil erección comenzaba a emanar de él. No podía y seguramente tampoco quería controlarla. Sus tacones y el tremendo desasosiego que quedaba después sobre su piel.

Chuparía cada uno de los dedos de uñas rojas. Lamería con suavidad su empeine. Los llenaría de saliva y de ganas de penetrarla. Sentía el mismo deseo por sentir sus bellos pies en su boca como de comerla entera sin dejar ni un solo rincón por saborear e invadir.

Su mano cada vez rozaba su entrepierna con mas fuerza y rapidez, iba a estallar y solo podía imaginar en hacerlo sobre ella. Sobre su desnudo cuerpo cubierto de espuma, sobre sus piernas abiertas reclamando más placer, más intensidad.

Imaginaba que la espuma se mezclaba con su descarga. Y su descarga con la espuma. Cubriendo así su suave cuerpo.

Lleno de imágenes, de deseo y de ganas de gritar,  seguía con todos sus sentidos cada uno de los movimientos de ella.

La música se paró. La respiración agitada de él se hizo evidente. Ella se percató de su presencia.

Él tembló por un instante.

Ella le sonrió.

Ven- le dijo.

Por fin- pensó. O tal vez lo dijo.

 

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Con tu nombre en la punta de mi lengua.

“Y a ti que te pone”, me pregunta

mientras clava su mirada en mis  futuros orgasmos.

a golpe de sonrisa demoledora…

 

Me pone la destrucción que nace al borde de cada poema.

La valentía de un “más lejos aún” cuando exploro tus límites.

La fortaleza  de tu debilidad esculpida a golpe de caricia.

Me ponen las mentes exploradoras.

La intensidad. Siempre.

Trazar mapas entre el agua y el aire.

Invadir. Penetrar. Vencer. Inundar. Aniquilar a besos.

Las diferente estrategias del placer.

Las voces que detienen el tiempo.

Dejar en carne viva tus deseos.

Los acentos con coordenadas norteñas .

Unos dedos que humedecen y revientan las constantes vitales.

El delirio de tu boca entre mis muslos.
La luz que hay en la oscuridad.

Las musas tiradas en el suelo, desnudas y borrachas de placer.

Y por encima de todo,

me pones tú.

“The female function is to explore, discover, invent, solve problems, all with love, in other words, create a magic word.”

 

 

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Encendiendo la prisa.

Y en un acto de romanticismo me escribió:

-“Me duele la polla porque no sé masturbarme sin pensar en ti.”-

Fui a verle esa semana a su despacho, debía consultarle unas cosas y como sabía que no estaría solo y además intuía sus pulsiones , me vestí de la manera más “casual” que pude. Unos vaqueros ceñidos, unas deportivas blancas y una camiseta blanca  con una chaqueta de cuero negra. Mis gafas de sol y carmín rojo en los labios.

Voy caminando y cien mil millones de miradas van secuestrándome poco a poco, mientras yo solo pienso en llegar a su mesa. Encima o debajo.

-No, no pienses eso- me corrijo a mí misma. Hoy es simplemente una visita formal.

Llego. Le aviso desde abajo. Subo. Saludo a sus compañeros. Me dirijo a él y me señala la sala de reuniones.

Y allí le espero.

Me ofrece algo para beber.

-Un batido con sabor a ti, por favor- pienso.

-Solo agua- añado, sonriendo.

Hablamos sobre algunos temas terrenales, intento transmitir seriedad y formalidad, pero claro, recuerdo su último mensaje. Le observo. Le huelo. Y aunque no es mi intención, mi cuerpo comienza a cobrar vida propia.

Mientras le escucho acaricio mi pelo, humedezco mis labios, cambio de postura sobre esa silla que roza mis glúteos de manera descarada. Cruzo las piernas, vuelvo a sonreír.

Y, o subió la calefacción o en esa sala comenzó de repente a hacer demasiado calor.

Cuando ya casi habíamos terminado me dice que tenía muchas ganas de verme.

Observo alrededor y veo que los últimos compañeros que quedaban en el despacho ya se fueron. Estábamos solos.

-Tengo atragantado el placer desde que no te veo- me dice mientras enciende un cigarrillo.

Y a mí, que me ponen las palabras casi tanto como las miradas comienzo a pensar que igual debería haberme puesto aquel vestido corto que se quedó en el armario con cara de jueves.

Así ahora, ataviada con ligueros negros abriría y cerraría las piernas bajo su disimulada mirada. Subiría sinuosamente el vestido hasta la altura de mis muslos y volvería a bajarlo ante cualquier despiste suyo.

-Muchas, muchas ganas- repite mientras se levanta y suavemente baja las persianas que daban a la calle.

Aprovecho y miro lo bien que le sientan esos pantalones.

Y se acerca.

Me levanto.

-¿Por qué me haces esto?-me pregunta.

-¿Por qué me pones la miel delante?

-Si yo venia muy inocentemente vestida- le digo en un tono casi convincente.

-Ya- contesta.

Se acerca un milímetro más, se agarra a mis caderas y me besa. Y a mí que me rugían las ganas de que lo hiciera…

Comienzo a sentir los cinco sentidos reencarnados en sus dedos, se mueven hábiles sobre mi ropa. Me aprietan con fuerza.

Succiona. Susurra.

-Esta tarde le hago el amor a cuatro patas a tus oídos- me dice bajito.

Me bebe.

Me rocía, por dentro y por fuera.

Besa con rabia y ganas acumuladas.

Y cuando está a punto de verterse sobre mi ombligo, instantes antes de pronunciar las palabras que cortan el aliento le insinúo que pare.

-Deseo que te guardes tu deseo y que lo dejes revoloteando a flor de piel. Hazlo y así me sentirás todo el día y parte de la noche, justo en cada pequeña punzada de placer contenido- le indico dulcemente.

Sonríe.

Sé que lo hará.

 

 

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“En mi defensa diré que él me sonrió primero.”

 

En uno de los mensajes que había recibido durante aquella semana, ella le había escrito:

 

-“Cuando te vea el sábado comenzará una nueva fase de tu adiestramiento: tu doma”-.

Él sintió tanto miedo como deseo.

A la hora convenida pidió permiso para presentarse ante ella, se lo concedió y solo entonces subió en el ascensor hacia el apartamento.

Llamó y se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose desde el otro lado de la puerta.

Ella abrió y nada más cruzar la puerta él se arrodilló delante de ella besando sus manos. Después de aquel saludo, empezó a fijarse en su atuendo.

Botas  de cuero negro con un tacón muy alto,

pantalones blancos de montar a caballo y una blusa negra de manga corta, con escote.

Con mucho escote.

Con todo el escote posible.

El pelo lo llevaba recogido en una coleta.

La mirada de él no expresaba sorpresa sino admiración, se quedó unos segundos ensimismado hasta que la voz de ella le sacó de su absorción.

Dulce y suavemente, como a ella le gustaba dar las órdenes:

-Desnúdate, deja tu ropa en el armario y dirígete a mi encuentro en el salón-

A los pocos minutos se presentó completamente desnudo con la única excepción de la jaula de castidad que aprisionaba su sexo. Entró caminando con las manos y las rodillas en el suelo, tal como ella le había enseñado hacía ya mucho tiempo.

-Ponte en la postura que ya sabes  me gusta tanto…-

Entendió que debía apoyar completamente los antebrazos y la frente en el suelo y esperar nuevas indicaciones.

Sintió que sus manos acariciaban sus nalgas, suavemente primero, para después marcar ligeramente con las uñas unos casi imperceptibles arañazos. Después sintió frío cerca de sus nalgas y ese mismo frío invadió todo su cuerpo segundos más tarde.  Algo fue introduciéndose lentamente en él, un plug metálico que quedó fijado en un hábil movimiento. Sintió también un ligero cosquilleo en el interior de sus muslos. Un objeto desconocido aún, le rozaba  muy suavemente, ella lo movía para que él fuera consciente de esa sensación.

-Ponte en pie-

Obedeció y se puso en pie con la mirada fija en el suelo.

Ella siguió hablando, más dulcemente de lo que le había hablado nunca.

-Sabes que me encantan los caballos, me parecen unos animales fascinantes. Es por eso que quiero domarte como a ellos, para que así seas capaz de servirme y mientras lo haces, tus movimientos sean precisos y armoniosos-

-Te acabo de poner tu cola de caballo, es un plug que tiene las crines de un caballo. Ahora voy a seguir  con tu atrezzo para que seas un precioso corcel al que poder domar.-

Le hizo poner ambos brazos atrás y juntos. Cuando estuvo en aquella postura notó que ella introducía los brazos en una especie de bolsa de cuero. Ató cuidadosamente los cordones de la bolsa de cuero de manera que los brazos quedaron completamente pegados a la espalda.

Del extremo superior de la bolsa de cuero salían unas correas a modo de cinturón que ella ató por delante de su pecho.

Otras correas salían del extremo inferior y las ató con la hebilla a la altura de la cintura.  De esta manera sus brazos quedaron completamente inmovilizados y sería incapaz de usarlos hasta que ella le quitara aquella bolsa de cuero.

-Los caballos no usan sus manos, es algo a lo que te vas a tener que acostumbrar, incluso cuando quiera montarte, ya que con el paso del tiempo serás capaz de servirme de montura. Hay unas sillas de montar preciosas que son ideales para caballos de dos patas como tú- le decía lentamente con un ritmo casi hipnótico.

A continuación, ella le puso el collar postural que habían comprado hacía poco tiempo. Un collar muy ancho que obligaba a mantener la barbilla muy erguida pues tenía una varilla de acero que evitaba bajar y forzar la postura. A su vez, los brazos aprisionados obligaban a su espalda a permanecer completamente recta.

-Ahora queda el último adorno- dijo ella mientras le hacía abrir la boca para introducir un bocado de silicona en su boca.

Por último fijó unas riendas a los anillos metálicos que se unían con  el bocado y al cierre que apretaba su cuello.

-Perfecto, ya estás listo para la primera sesión-

Él estaba completamente concentrado para poder mantener la postura sin perder el equilibrio, aquello le obligaba a realizar un esfuerzo físico que le recordaba a aquellas veces en las que había servido de mesa.

Se trata de disciplina y concentración-se repetía él a modo de mantra.

-Hay algo que me encanta de la doma y es la comunión que existe entre la amazona y el caballo. Simples gestos de ella son correspondidos por su montura con movimientos automáticos ejecutados con la mayor precisión y con muchísima hermosura. Ese es el objetivo, que con simples tirones de las riendas, o con leves toques con la fusta sepas exactamente lo que quiero-

El trató de hacer algo parecido a asentir, pero le fue imposible por el collar y la varilla de acero que se clavaba con suavidad en su barbilla.

-Ponte de puntillas-

-Si sientes las riendas en tu espalda empezarás a andar sin moverte del sitio, siempre de puntillas y levantando las rodillas lo máximo que puedas, avanzando lentamente, con la espalda siempre recta. Si notas que tiro de las riendas hacia atrás, te detendrás en seco con tus pies perfectamente juntos y de puntillas- le dijo ella mientras acariciaba su coleta recogida.

El notó que las riendas le golpeaban suavemente en la espalda y movió la pierna derecha, levantó la rodilla lo más que pudo y dio un paso. Notó un golpe de fusta en el muslo derecho.  Dió un paso con la pierna izquierda, llevó la rodilla lo más arriba que pudo. Siguió con la pierna derecha, elevó la rodilla hasta que sintió su cuerpo tensarse.

-Eso es. Muy bien esta vez. Sigue hasta que te ordene parar-

Continuó, siempre de puntillas, tratando de levantar las rodillas todo lo más que podía. Unas veces atinaba a hacerlo bien y otras recibía la caricia de la fusta en la pierna que a gusto de su dueña no había levantado suficiente.

Un tirón hacia atrás.

Paró.

Los pies quedaron ligeramente descuadrados, no juntos como ella le había ordenado.

Tuvo que corregirle  y mientras lo hacia comenzó a desvestirse.

Primero la blusa y luego el ceñido pantalón. De este modo, él podría rozar su piel una vez que estuviera encima. Se vistió con un corset negro, un breve tanga esas botas negras altas cubriendo sus piernas.

El tacón de la  bota  comenzó a clavarse en su muslo derecho. El hizo un pequeño gesto de dolor que corrigió enseguida.

Ella se situó a su lado y colocó la fusta delante de él a una cierta altura. Con las riendas le indicó que empezara de nuevo a andar. Él entendió que sus rodillas deberían elevarse hasta tocar la fusta y así lo hizo. Cada vez que una de sus rodillas tocaba la fusta, ella lo animaba diciéndole que muy bien. Le ordenó parar con un tirón seco de las riendas.

Esta vez sus pies quedaron perfectamente igualados y ella le acarició la cabeza en señal de reconocimiento.

Repitieron la mecánica durante unos cuarenta minutos, transcurridos los cuales él estaba sudando completamente y un pequeño reguero de saliva se escapaba entre la comisura de sus labios y el bocado que mantenía su boca abierta. En aquel momento se sintió flaquear, por el esfuerzo de andar tanto tiempo de puntillas.

Ella se dio cuenta.

-Puedes apoyar los talones en el suelo durante unos segundos. Sé que el esfuerzo de llevar tantos minutos de puntillas es grande, para la próxima vez te sugiero que compres unas botas de tacón alto, así al menos tus pies podrán descansar y así, además, aprenderás a andar con tacones- le dijo con una perversa sonrisa en sus labios.

Acto seguido empezó a quitarle los adornos. Primero el bocado y las riendas, cosa que él le agradeció y continuó retirando el collar postural. Por último le desabrochó los cinturones de la bolsa de cuero y liberó sus brazos.

Él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-Quiero llegar a sentir esa comunión de la que hablabas, ser capaz de interpretar qué es lo que quieres que haga sin necesidad de sentir nada más que un leve tirón de las riendas o un leve toque de la fusta-

Ella le besó, mientras le susurraba:

-Si algo valoro de ti es tu obediencia y  entrega, la doma es un medio con el que vamos a potenciar estas dos virtudes tuyas. Verás qué interesante será cuando estés preparado para que pueda exhibirte-.

Él se arrodilló delante de ella,

aún temblando por la excitación

y besó sus manos en señal de gratitud.

Ella le sonrió.

 

“En su defensa añadiré,  que yo le reté después…”

 

 

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Reservado el derecho de admiración.

Una noche más en Madrid.

No lo tenía planeado, pasé por el local, leí el nombre de la banda, vi la fotografía de los músicos y me provocó entrar.

Aún estaban ensayando. Yo iba acompañada y ellos eran cuatro. Por un momento dudé si eran músicos o modelos con instrumentos. Y yo que no me sorprendo fácilmente… tras recorrerles uno a uno de arriba a abajo y de fuera hacia adentro, me quedé atrapada en la mirada del trompetista. No era el más sexy, ni el más atrevido, como comprobé después; pero confieso que no pude apartar ni un segundo la mirada de él, ni siquiera cuando me observaba, al acariciar pausadamente con su boca la boquilla de la trompeta.

Deteniendo el momento.

Humedeciendo mi imaginación.

Al principio pensé que podía ser porque fijaba la atención en un punto cualquiera para concentrarse.

Tras casi 2 horas de jazz del bueno, tuve la certeza de que me miraba, no tanto como yo a él, pero lo suficiente como para desear dilatar la noche.

En sus momentos de descanso, mientras aguardaba en una esquina del escenario le observaba mientras se arreglaba la camisa blanca, o se acariciaba el pelo, o cuando miraba con cariño la trompeta.

Después, sonreía.

Y a mí, que no me embruja fácilmente una sonrisa… no supe si deseaba cuidar su risa, besar sus dientes o follarme esa sonrisa, así sin más dilación.

Cuando volvió a subir y unirse al resto de la banda sus poses cada vez más seductoras envolvieron la sala y caldearon a las pocas féminas presentes o eso me pareció, porque lo cierto es que ninguna apartaba la vista de ellos. En un momento dado se levantó la camisa, dejando ver su torso y el comienzo de su ropa interior.

Provocador, cuanto menos- Pensé.

Por suerte, mi acompañante es un gran melómano y andaba envuelto entre ritmos, armonías y melodías.

Mientras, yo perseguía sus gestos. Su boca se abria introduciendo el instrumento, cerraba los ojos y creaba sonidos mágicos. Casi podía sentir el frío tacto del metal en mis muslos. Su cuerpo se movía sensualmente al compas de la melodía. Y yo, inconscientemente imitaba su vaivén.

En otras ocasiones él miraba al pianista,  lanzaba alguna exclamación y volvía a hacerlo.

Sonreía.

Y como al jazz a mí también me gusta improvisar, en cuanto acabó la deliciosa actuación le dije a mi pareja que fuera a pagar a la barra, yo me dirigí al exterior con la supuesta intención de esperarle, pero el deseo feroz era el de tropezarme con él.

Y así fue, con él y con los otros 3 integrantes del grupo más una pareja que se les unió enseguida.

Nos miramos. Entre su timidez y mi diplomacia ante mi acompañante, nadie movió ninguna pieza, al menos externamente.

Miré a través del cristal como con impaciencia a la barra para comprobar si mi acompañante acababa y entonces él entró dentro, dirigiéndose hacia el baño.

Confieso que me hubiera gustado seguirle, o chocarme con su sonrisa en mitad de la sala oscura y envolvente, casi tanto como su modo de caminar.

Pero mi pareja terminó rápidamente y salió a mi encuentro.

Nos fuimos.

Yo solo físicamente.

¿Lo primero que hice al llegar a casa? Buscarle en redes. ¿Y como dejar de hacerlo…?

Y todo por una sonrisa de nada…

O de todo.

Le encontré.

Le puse un mensaje. Neutral. No quería parecer una groupie más y no sabía si iba a ubicarme en el ciber espacio.

A la mañana siguiente me contestó.

Con un “gracias” y con un “espero que volvamos pronto a Madrid”.

-Yo también  lo espero-le escribí.

-“Y que estés allí”-añadió unas horas después.

No le contesté, claro.

Me quedo con su boca y con todo el cielo que le rodea guardados en mi ropa interior, hasta el próximo encuentro…

Esa vez,

ya no tan casual.

“Cuando no tienes nada que perder, saltas

y cuando ya lo has perdido, vuelas.

Así de simple.”

(M. Gane)

 

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If it doesn’t challenge you, it won’t change you.

It’s good to push your slave to his limit.

The harder you push, the more he knows that you care”

 

Ocurre que a veces me envuelven sucesivos caprichos y necesito materializarlos. El de ayer comenzó con un mail cargado de detalles e intenciones:

-“Esta noche voy a requerir  tus servicios.”

“Quiero que tomes buena nota de tus deberes para lo que queda de tarde y el resto de la noche”-le escribí.

“Según termines de leer este correo deberás ir al baño de la oficina, allí te acariciarás lentamente, tal y como te he enseñado.

De  rodillas y con los pantalones bajados. Así permanecerás durante media hora. Tienes terminantemente prohibido saciar tu deseo. Saldrás después de esos 30 minutos y transcurrida otra media hora volverás a entrar al baño. Volverás a realizar la misma maniobra, esta vez durante tres cuartos de hora. Recuerda: tienes prohibido culminar tu placer. Cuando acabes saldrás del baño y te irás a casa donde te arreglarás y perfumarás para mí.

Vendrás a recogerme a las 18:00 h. Tienes que venir  recién duchado. Llevarás tu mejor traje y tus  zapatos más sofisticados. Eso sí, no te pongas ni ropa interior ni corbata. Cuando llegues a la puerta del apartamento llamarás al timbre y me esperarás de rodillas hasta que salga a abrirte. Si ves que pasados cinco minutos no te he abierto la puerta, vuelve a llamar.

Dentro del apartamento te voy a marcar para que todo el mundo en el restaurante vea que eres mío. Te besaré y morderé tu cuello hasta dejar bien visibles las marcas de mis dientes, de manera que no tengas posibilidad de esconder esas señales ni con el cuello de la camisa ni con la americana.

Acto seguido vas a lamer mi sexo hasta que me hagas gemir de placer, así  un par de veces. Si veo que tenemos tiempo suficiente, lo mismo hasta son tres veces. Bajo ningún concepto podrás limpiarte la cara. Esta noche mi placer va a ser tu perfume.

Cuando te diga que ya es suficiente, te dirigirás a la entrada y esperarás dentro, de rodillas, mirando a la puerta hasta que yo haya terminado de arreglarme. En el momento en el que oigas mis tacones podrás levantarte para abrirme la puerta.

Deberás caminar un par de pasos por detrás de mí con la mirada fija en mis tacones. Me abrirás la puerta trasera de tu coche para que pueda entrar y la cerrarás cuando veas que ya estoy sentada.

Una vez en el restaurante no te olvides de caminar por detrás de mí, dejándote envolver por mis tacones. Retirarás la silla para que me siente y la empujarás ligeramente para que quede bien colocada. Tus manos deberán estar siempre encima de la mesa, todo el mundo que pase por tu lado tiene que poder ver tu anillo.

Ese anillo que simboliza que me perteneces.

Solo yo hablaré con los camareros, tú solo podrás hacerlo si yo así te lo indico. Comerás y beberás solo aquello que yo te ofrezca.

Cuando acabemos de cenar volveremos al apartamento. Tengo un capricho: atarte de pies y manos a la cama muy firmemente y comprobar cuánto tiempo eres capaz de aguantar al borde del abismo o del placer. Muy seguramente te  lo denegaré una y otra vez  aunque me pidas permiso muy sugerentemente. Te excitaré  lentamente, hasta que llores pidiéndome por favor que te deje seguir o que pare.

En ese momento es cuando de verdad vas a demostrarme tu fortaleza.

Estoy convencida de que sabrás estar a la altura en todo momento y harás que me sienta orgullosa de ti…”-

 

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Su respuesta me sorprendió, casi tanto como me provocó:

 

-“My body is yours to use it as you please”.

I am yours

Yours to taunt, yours to spank.

Yours to protect, yours to fuck.

Yours to taste, yours to caress.

Yours to whip, yours to kiss.

Yours to inspect, yours to bite,

Yours to give pain, yours to take pleasure.

Yours to love, yours to spread open.

Until no parts of me remain unseen,

untouched, undiscovered,

by you.

I am yours,

I am yours to make wait,

but not forgotten.

I am yours to own,

but never take for granted.

I am yours to hold tightly.

I am yours to set free,

but never let go.”-

 

 

 

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