Viajes de rendición.

Carta 3, De Lara a Victor:

Te leo y me late una nueva curiosidad a modo de reflexión bajo mi blusa blanca:

Ocurre que si importante es una sesión donde confluyen tantas emociones y sentimientos, igual de importante es o debería ser el después.

La atención de ese “después” es una manera de cuidar a tu compañero de viaje después del juego. Se trata de traer suavemente a alguien de un estado alterado que regresa a la realidad, ayudarle a sentirse cimentado de nuevo, así como volver a restablecer los papeles que se asumieron antes del juego. Cuanto más profunda sea la experiencia, más atención posterior requiere.

No sólo los fondos o los submarinos merecen cuidados posteriores, sino también los dominantes, después de una sesión de horas uno mismo debe desconectar física y mentalmente.

En cuanto al cuidado de los sumisos, no creo que sea algo que esté reservado sólo para el tiempo posterior al viaje. Habría que mezclarlo en el juego. Al guiar a mi compañero en sus mundos subconscientes, me gusta mantenerle al borde de su zona de confort. Este, rara vez se mantiene. Hay fluctuaciones. Al igual que respirar y respirar, le veo viajando entre comodidad y molestias, rendición y resistencia, tensión y relajación. Cuando se acerca el punto en el que el cuerpo se endurece y notas un “esto es suficiente para mi”, sé que es hora de cambiar.

Un nuevo desafío, tal vez es hora de un toque suave, una caricia, una palabra. Tengo el espacio para un posible lanzamiento emocional, verle regresar a un lugar cómodo para continuar y volver a abandonar la siguiente zona de confort para sumergirse en el misterio interno.

Un par de días después me suele gustar hablar sobre la experiencia para integrarla.

Esto significa reflexionar sobre lo que sucedió, lo que significa para la vida de uno. Tal vez a modo de mensajes y orientación.

Ya sabes, asentar para seguir explorando…

¿Qué opinas, desconocido Victor?

“El encuentro de dos más personas es como el encuentro de dos sustancias químicas, si hay reacción, ambas se transforman”. ( Jung)

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Follar también es viajar.

Tenia hambre. Ganas. De todo y sobre todo de él.

Urgentemente.

Arrebatadamente.

Sería tal vez por el aroma de la ciudad, olía a lluvia y a nuevo o porque me gusta el otoño o por mucho más.

Me puse un vestido corto negro y unas sandalias negras. Me maquillé, me perfumé con uno de mis olores preferidos, té verde y sin avisarle fui hacia su oficina.

Bajé del coche, entré, saludé a la secretaria y le hice un guiño asegurándome de que entendía mis intenciones.

Y pasé. Sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y excitación inminentes.

Ni tiempo ni ganas para analizar demasiado su mirada. Ahora lo que importaba era mi urgencia.

Mi necesidad.

Este deseo que me ardía entre las piernas desde que me había levantado de la cama.

Quiso decirme algo pero no tuvo demasiado tiempo.

Poseerle. Complacerme con su cuerpo. El resto no importaba.

Alejé la silla giratoria de la mesa y le atraje hacia mi. Me levanté el pequeño vestido negro dejando a la vista la ausencia de lencería. Y en un movimiento rápido desabroché su pantalón y me senté sobre él , no sin antes abarcar toda su boca con mi calor. Mi lengua buscaba profundidad. Mi aliento, esencia. Le agarré del cabello rizado y comencé a moverme sobre él. Movimientos lentos que se transformaron en rápidas sacudidas. Mis ganas reventaban su miembro que apenas pudo respirar en este ataque matutino. Cuando casi no podía más coloqué mis pies en los bordes de la silla para profundizar en él, más aún. Su saliva resbalando por mi boca, mis muslos empapados tal vez de saliva, sudor o de puro deseo. Aceleré. Apreté con fuerza su nuca entre mis manos . Una cabalgada más y se derramó, y yo con él.

Apacigüé su grito con mis dedos dentro de su boca, mordí sus labios y me levanté.

Arreglé mi pelo, el vestido y mi carmín durante unos breves segundos y sin más y con todo, me fui.

Sin apenas pronunciar palabra y aún jadeante solo alcanzó a verme cruzar la puerta.

“Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre, ya lo lleva dentro”.

(Octavio Paz.)

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Hoy nos dejamos la piel, mañana nos la devolvemos.

Aquel sábado decidió darle una sorpresa, una de las que a ella le gustaban, así que antes de meterse en la ducha le envió un mensaje que grabó con su voz más dulce y seductora:

-“Buenos días. Esta mañana necesito que me hagas un favor y vengas conmigo para  ayudarme a elegir unos pequeños caprichos que quiero comprar. Como es una ocasión especial, me gustaría que te pusieras ese traje que ya sabes, tus mejores zapatos y una camisa blanca. ¡Ah! No te pongas corbata y, por supuesto, tampoco te pongas ropa interior, adórnate con unas gotas de ese perfume que te regalé. Te espero a las doce en punto en el centro comercial que seguro ya intuyes, no hace falta que vengas a recogerme-“

El mensaje terminó de despertarle, lo escuchó varias veces hasta que se lo aprendió de memoria y entonces se metió en la ducha.

Llegó cinco minutos antes de la hora y la esperó fumando un cigarrillo.

La vio acercarse mostrando su belleza al sol de la ciudad. Un escueto vestido claro con tonos estampados, la falda de corte ligeramente asimétrico a medio muslo con vuelo, con todo el vuelo. Unos tirantes muy finos que llevaban la mirada a sus clavículas y hombros; todo el conjunto rematado con unas sandalias de tacón que dejaban al aire sus uñas rojas.

Se acercó a él y le besó suavemente .

-“Hueles muy bien”-le dijo.

-“Tu belleza desafía hoy a todo Madrid”- respondió él.

Con una sonrisa le invitó a seguirla. Él ya sabía que debía mantenerse a su lado y esperar a que ella le requiriera cuando lo necesitara.

Miraron los escaparates de varias tiendas sin entrar en ninguna de ellas, hasta que llegaron a una zapatería en la que había varios modelos de sandalias, botines y botas de tacones altísimos. Una tienda muy especial de la que ella ya le había hablado en alguna ocasión.

Entraron y dieron una vuelta mirando los distintos expositores decorados con un gusto muy exquisito. Ella tocaba, acariciaba, olía varios de los zapatos. Unas sandalias llamaron especialmente su atención.

Las cogió en sus manos y las tocó admirando la belleza y sofisticación de su sencillez. La planta, una escueta tira para abrazar los pies a la altura del nacimiento de los dedos, una fina línea en el talón y un brazalete a la altura del tobillo unido todo ello a un tacón infinito.

Rojas, muy rojas. A juego con el color de sus uñas.

Buscó con la mirada al dependiente y cuando este se acercó le pidió que le trajera su número. Acto seguido se dirigió a uno de los asientos para esperar a que le trajera las sandalias y se dirigió a su acompañante:

-“¿Podrías quitarme las sandalias que llevo puestas?”- le dijo mientras le observaba con la sonrisa de quien espera mucho más que el cumplimiento literal de una orden.

Él miró como interrogándola. Ella asintió sonriendo aún más.

Sabía que debía olvidarse de todo a su alrededor y reducir toda su existencia a ella, a sus caprichos y, sobre todo y por encima de todo, a sus pies.

Se arrodilló lentamente y a partir de ese momento nada más existió.

Desabrochó una de las sandalias y se la quitó, suavemente la dejó a un lado y acarició lentamente el pie demorándose en la planta y en  cada uno de los dedos. Se agachó aún más y besó el empeine para ir pausadamente bajando a besos hasta los dedos. Los empezó a lamer y un carraspeo casi le interrumpió.

-“Aquí tiene los de su talla. ¿Necesita que la ayude?”- dijo el dependiente sorprendido ante la escena que tenía delante de sus ojos.

-“Muchas gracias, creo que no me hará falta”- dijo ella en  tono firme y seductor, rematado con una mirada hacia su acompañante que en ningún momento había dejado de besar su pie.

Ajeno a la conversación, él quitó la otra sandalia y repitió de manera casi exacta los mismos movimientos para acabar besando uno por uno los dedos del otro pie.

Abrió la caja con los zapatos y sacó uno de ellos, se lo puso acariciándolo y dejando que este rozara sutilmente sus pies, acto seguido le puso el otro zapato y colocó las manos completamente apoyadas en el suelo.

Ella dejó descansar sus pies enfundados en aquellas preciosas sandalias sobre esas manos que se le ofrecían como pedestal. Poco a poco todo su peso recayó sobre ellas, giró sobre sí misma y apoyó lentamente los finos tacones sobre el dorso de las manos extrayendo de él una ligera mueca de dolor.

Caminó lentamente aliviándole de esa pequeña molestia y se dirigió a uno de los espejos. Él la observaba todavía de rodillas.

Bella y casi flotando unos centímetros por encima del suelo.

Entonces se dio cuenta de que todos los presentes, unas diez personas, estaban observándolos.

Seguramente hace tiempo él hubiera sentido vergüenza o timidez, pero de eso hacía ya vidas, ahora imperaba el orgullo. Todos estaban admirándola, y él lo hacía desde el lugar privilegiado de quien no solo la podía admirar sino que también podía adorarla.

Ella se volvió a sentar.

-“¿Verdad que te gustan?”-

Él asintió diciéndole que aquellas sandalias parecían hechas a medida para ella.

Ella acercó los pies a sus rodillas invitándole a quitarle las sandalias y él lo entendió al instante, desabrochó la sandalia derecha y sintió que en ese mismo momento ella apoyaba su otro pie muy cerca de su sexo, jugando con él, haciéndole más difícil aún su cometido.

Guardó las sandalias y le puso las que había traído no sin antes besar uno por uno todos los dedos, demorándose en cada beso, disfrutando de la oportunidad que ella le brindaba de adorarla sin importarle que todo el mundo les estuviera observando por momentos…

-“En este instante solo estamos tú y yo”- susurró ella.

Se puso en pie y pidiéndole permiso con la mirada cogió las sandalias nuevas y se dirigió a la caja a pagar.

Cuando salieron de la tienda ella se apoderó de su boca con urgencia, a golpe de besos y ganas.

-“Aún nos queda un último recado”- le dijo ella.

Continuaron andando por el centro comercial hasta que llegaron a otra zapatería. Ella sonrió y entraron.

Dieron una vuelta juntos, a él le llamaron la atención unas botas de montar que tenían unos bonitos adornos dorados metálicos situados exactamente en la zona en la que irían unas espuelas.

Ella se dio cuenta y cogió esas botas, olió el cuero y admiró la caña de la bota que llegaba justo por debajo de la rodilla. Ideal para algunos juegos que en ese momentos le venían a la cabeza.

Al poco tiempo unos preciosos botines negros, también con adornos metálicos dorados, atrajeron su mirada. Suaves, con la zona de los dedos al aire y un tacón fino de unos diez centímetros. Se los acercó a él y le dijo que pidiera su número.

Él se dirigió a la dependienta y le pidió que le trajera el número correcto. La dependienta tardó un par de minutos y le dio una caja en la que se encontraban los botines solicitados.

Se arrodilló de nuevo delante de ella depositando los botines con mucho cuidado a uno de los lados. Lentamente empezó a quitarle las sandalias y esta vez la descalzó por completo, dejando sus pies apoyados en sus muslos para que no tocaran el suelo. Abrió la caja y sacó uno de los botines, mientras con delicadeza sujetaba su pie. Lo acarició antes de empezar a besarlo.

Excitación.

Rubor.

Miró a su alrededor y observó cómo la dependienta trataba, disimulando con más intención que fortuna, no perderse un solo detalle.

Siguió besando aquellos preciosos dedos y cuando acabó secó ligeramente la piel con su antebrazo antes de ponerle el primer botín. Cogió el otro pie y comenzó a besarlo mientras ella clavaba el tacón del en su muslo.

Crispando así su gesto, aumentando las ganas y su excitación.

Con alguna dificultad terminó de ponerle el segundo botín y apoyó las manos en el suelo. Esta vez ella se dirigió directamente al espejo.

Cuando regresó, él no pudo resistirse y besó los dedos que asomaban antes de empezar a quitarle los botines. Los metió de nuevo en la caja y se fue a pagar.

Ella se acercó por detrás y le besó en el cuello, aspirando el aroma de aquel perfume que tanto le gustaba, dejó un leve mordisco y salió de la tienda. Cuando terminó él la siguió y sin temor la dijo:

-“La ausencia provoca ganas que no entiende de lugares y solo te buscan a ti allí donde sea necesario”-

“Sabía que serías capaz de aprender que cuando estamos juntos solo estamos tú y yo, los demás no nos importan”-susurró ella.

Las dos bolsas en la mano, la sonrisa de ella y el mediodía de un Agosto más que perfecto.

Tendrían que ir a comer a una terraza para que él aprovechara esos rayos de sol tan escasos allá de donde venía.

 

“Cuando ella apareció palidecieron todas las antorchas.

Entre los diamantes de su collar resplandecía la piel de su pecho en los sitios que lo llevaba desnudo;

dejaba,

al pasar,

como el olor de un templo,

y de todo su ser emanaba algo que era más suave que el vino

y más terrible que la muerte”

 

(Gustave Flaubert)

 

 

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Desde la eternidad de lo efimero.

Se me ocurren maneras de esperarte, ahora que sé que vas a llamar al timbre en breve y todo Madrid ha ardido de la excitación al saberlo.

Y es que hay más poesía en ti que en cualquier poema, más paraísos en tus manos que en todos los infiernos imaginarios.

Esperar-te y desear-te van de la mano así que, tal vez lo haga…

Desnuda, sobre las sábanas que cubren la cama, dejando la puerta semi abierta para que entres sin llamar, me busques y me encuentres tumbada, esperándote. Anticipándome a tus excesos con las arterias preparadas.

Podría ser…

Que tras la puerta esperase tu llamada con un vestido negro corto, muy pegado. Con los hombros al aire y unos guantes  altos acariciando mis manos y brazos. Una máscara que solo deje entrever mis ojos y carmín rojo en mi sonrisa. Para después asaltarte con palabras y besos, mientras te rebusco los huecos y las sombras.

Claro que…

Podría aguardarte cubierta con mi recién adquirido conjunto de lencería negro. Un corsé, un mini tanga, ligueros, medías y unas sandalias muy abiertas. Y observarte, dejar que mueras en mi sonrisa para resucitarte después.

Sin embargo…

Me encantaría esperarte desnuda, tan solo con un tanga minúsculo y unas sandalias altas, ponerte un antifaz nada más entrar y conducirte de la mano hacia mi abismo particular.

O tal vez…

Desnuda, enfundada en mis tacones preferidos. Abriré la puerta y te besaré sin pronunciar palabra. Te llevaré sin apartar mi lengua de tu boca hacía la habitación o hacia algún paraíso construido exclusivamente para ti.

Aunque, casi pensándolo bien…

Con una camiseta corta blanca y transparente, sin nada debajo, para que puedas sentir mi pecho en el primer beso-mordisco que te regale, podría ser una buena opción. Unas mini braguitas blancas debajo y descalza, sintiendo el suelo, no vaya a ser que comience a volar demasiado pronto.

Lo mejor de todo es que sé que me dirás:

-Cautivo, desarmado. Me rindo. Haz de mí lo que quieras.-

Y sabes que lo haré,

lo primero eso sí,

detener el tiempo

para pronunciarte despacio.

 

 

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Suspirando fantasias.

Se te ha olvidado llevarte tu sonrisa,

la has dejado bajo mi ombligo,

como chorreando,

desorientada e inquieta en busca de mis tobillos,

o similar.

Y a mí,

que nada se me olvida,

olvidé preguntarte si hoy fuiste,

o te imaginé.

 

 

“Lo que seduce nunca suele estar donde se piensa”

(G.Cerati)

 

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Es hermoso ser lo que eres. (J.P. Gaultier)

Otro jueves que quise ir a esperarle a la parada del autobús.

A la misma hora, puntual y expectante, como siempre, aunque esta vez quise darle una pequeña sorpresa, por eso de cambiar lo bueno por lo estraordinario.

Tarde de calor en Madrid, una parada poco frecuentada y a una hora en la que te apetece  estar en cualquier lugar menos en una parada de bus, la ocasión lo pedía a gritos.

Me puse un vestido muy corto y  vaporoso, de los que se mueven solos según vas caminando o de los que se meten entre las piernas si te descuidas.  Me puse unas bailarinas y salí así, sin ropa interior.

Por el calor, y por él…

Ya en la parada, me senté.

Gafas de sol, carmín rojo “bésame ya” y dispuesta a esperarle con una sonrisa hambrienta.

Unos 5 minutos y el bus se aproximaba. Subí un poco el vestido, dejando rozar mis muslos  por él y abrí ligeramente las piernas. Pude sentir una ligera brisa y la excitación que comenzó a crecer o tal vez a resbalar.

El bus frente a mí parando. Yo humedeciendo mis labios lentamente con la lengua.

El calor…

Él, bajando a ritmo lento y caminando hacia mí.

Yo, acariciando y llevando mi cabello hacia un lado.

El bus que no acababa de irse de la parada. Mis piernas más abiertas aún, aguardándole.

Y él, cada segundo más cerca.

Y yo, cada suspiro, más excitada y palpitante…

 

_Yo, con vértigo y tú, haciéndome volar_ me dijo al aterrizar su mirada frente a la mía.

 

 

 

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“Lo máximo que se puede esperar de la perfección es un instante”

No cuento los minutos, cuento las miradas.

La chica del blues azul tiene un algo en la mirada que inquieta al chico del jazz latiente.
Él la observa desde la esquina del bar, a ritmo de una Gibson que suena a golpe de seducción.

El chico jazz sigue sus movimientos con una copa de vino en la mano, lentos, pausados.
Ella, se siente observada. Humedece sus labios en un gesto lento y seguro de su lengua. Baja la mirada, la sube cuando él menos lo espera.
Le sorprende.
Se sonríen.
El sonido ahora lo ocupa una Fender. Él chico jazz sabe reconocerla que para eso toca la guitarra las noches de luna llena en su cuarto.
La chica azul se dirige al baño. La acompañan sus tacones que estilizan su cuerpo cubierto con unos leggins de cuero.
El, se adelanta. Se encuentran en la puerta.
Sin una palabra rompen la pequeña distancia que separa sus intimidades.
El chico jazz se acerca a su boca, busca su lengua con desesperación, ella le sujeta su rostro, introduce su dedo en la boca de él.
-Besas muy húmedo_ le dice ella.
Él acaricia su sexo a través de los leggins, ella no puede evitar moverse ligeramente para sentir más aún sus dedos.
-Me recibes muy húmeda_ le dice él, sin dejar de besarla.
_Ven, te invito a mi mundo. Metete muy dentro y sal muy tarde. Mejor no salgas nunca_ susurra la chica azul.
Él lleva sus dedos al sexo de ella, después, se relame sin dejar de mirarla.
_No creo que pudiera salir fácilmente_ dice sonriendo el chico jazz.

_¿Y …como la vida es un encuentro, que tal si nos vamos a mi cuarto y te muestro unas guitarras?_
_Me muero por sentir como me penetra tu melodía_ contesta ella, sonriendo.

 

L.S.

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Madrid es no tener nada y tenerlo todo.(Gomez de la Serna)

 

De vuelta a la ciudad y tengo un mensaje en el móvil.

-” Iré a verte a las 16 h, quiero que me esperes desnuda, sin ropa, tan solo puedes llevar un pequeño tanga rojo, para ser exactos el que te regalé el último día, unos zapatos de tacón y eso sí, las uñas y los labios, muy rojos también.”-

Vale- pienso- Esta vez ha sido más comedido.

Me equivoco. Segundo mensaje a los pocos minutos.

-“Me esperarás de cara a la pared, con las manos apoyadas sobre ella, separadas, al igual que tus piernas. Hazte una coleta alta para dejarme tu cuello al descubierto. Seré puntual. Ah, se me olvidó, el tanga lo quiero bajado, a la altura de tus rodillas. “-

Y eso hago. Me perfumo, me pinto los labios, las uñas, pongo música y le espero tal y como me ha indicado.

Excitación.

El hecho de esperarle casi desnuda y con las piernas abiertas ya humedece mi impaciencia.

Llega, escucho sus pasos.

-No te gires en ningún momento a no ser que yo te lo diga- Me dice con tono sugerente.

Siento como me observa. Él, totalmente vestido, seguramente con su traje de chaqueta y corbata, mientras se deleita en el momento, prolongando su silencio y mi curiosidad. Vuelvo a escucharle caminar. Suspira. Enciende un cigarrillo.

-Gírate por favor-Susurra, casi en mi cuello.

Sigo apoyada en la pared y él frente a mí. Sonriente. Seductor.

-Sin moverte, recuérdalo-

-Abre la boca-me pide.

-Saca la lengua-

-Quieres mi saliva? -me pregunta con ese tono tan irresistible.

-La quiero- le digo, mirándole a los ojos. Juego de seducción, a ver quién provoca más a quien con la mirada.

Me la entrega, relamo mis labios y ya le tengo un poco más dentro de mi boca.

Acaricia mis labios, se detiene en el cuello, en mis senos. Mis piernas siguen abiertas, el tanga se mantiene entre las rodillas aún.

Él lleva su mano a mi sexo, quiere comprobar mi excitación, mientras la otra la mantiene en el cuello. Siento sus dedos. Me rozan, me penetran con seguridad. Los dirige a su boca y los relame. Sin dejar de mirarme. Sin dejar de mirarle. Vuelven a rozarme sutilmente esta vez, invasivamente después.

-Date la vuelta de nuevo-me indica.

Ahora sus manos se dirigen a mis nalgas, las acaricia, las aprieta, las abre, sin decir una palabra, tan solo escucho su respiración. Me coge de las caderas y me atrae hacia él.

-Así mejor-exclama con satisfacción.

Sus dedos serpentean por entre mi sexo y mis nalgas, buscando donde anidar mejor. Se acerca más, casi puedo notar su perfume y su aliento.

-Me gustas- me dice

Escucho como se desabrocha el cinturón y los botones del pantalón.

-Tengo muy poco tiempo, ya sabes, te follo y me voy- me dice, con la misma dulzura que dejan sus besos en mi espalda.

Y eso mismo hace, me penetra, con suavidad, con fuerza, con ganas, con todas.

Mis manos siguen apoyadas en la pared, me gustaría girarme, tocarle, pero sospecho que me quedaré con las ganas.

Atrae mis caderas hacia él.

-Así, cariño- susurra

Me excita toda esta urgencia. Muevo mis caderas mientras el tanga cae en algún momento a la altura de los tobillos. Mi espalda se va arqueando más por momentos. Siento sus embestidas, su deseo, su calor y mi humedad. Sus dedos en mi sexo, acarician, exploran, se llenan de mi placer justo cuando ya no puedo más, sus movimientos son ahora más rápidos y profundos.

Explota.

Se apoya sobre mí, sus manos en la pared y su lengua en mi cuello.

Me derrite…

Muy, muy lentamente…

 

 

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