Debajo de las estrellas y encima de ti.

Dias antes le había llevado a una tienda muy especial, una de esas tiendas donde puedes encontrar toda suerte de juguetes y artilugios para los caninos o mascotas animales. No sé si los que llevan estos comercios se imaginan que también los dueños de mascotas humanas nos servimos a veces de sus productos.

Cuando estábamos dentro fui a la sección de collares y di con uno perfecto para él, mejor dicho para ella, porque hay veces, normalmente siempre que me apetece, que él se convierte en ella. Y ella es tal y como yo deseo. Sumisa, servicial, obediente y elegante. Muy elegante, ella ya sabe que para mí el “dress code” es muy importante.

El collar con su correa correspondiente era rojo, justo como la lencería que suele ponerse cuando está a mi servicio. Lo cogí entre mis manos, lo olí y se lo coloqué en su cuello, allí en la misma tienda sin importarme-nos quien pudiera estar pendiente de nuestros movimientos.

De postre, nos llevaríamos ademas un hueso y es que hay veces que su boca necesita algo que le recuerde a quien pertenece.

Le así de la correa, pasamos por caja y como si nada y como si todo, nos fuimos.

Y hoy, justo hoy tenia un capricho, y él sabe que mis caprichos y necesidades han de ser cubiertos con urgencia máxima. Que ni la paciencia ni el conformismo van conmigo y eso, se lo enseñé bien pronto.

Me apetecía ir a la piscina con mi bikini a estrenar. Negro, pequeñito, con algunos flecos que colgaban suavemente de la parte de abajo. Sandalias negras, gafas negras también y mis uñas más rojas que nunca, a juego con los labios y con mis ganas de todos los matices rojos.

-Hoy vienes conmigo a la piscina, pero no pienses que podrás nadar- le advertí.

-Hoy serás mi sirvienta, mi fiel perrita, te pondré tu collar rojo y te dejaré atada al árbol que más me guste.-

Asintió. Tampoco tuvo otra opción.

Unas gotas de perfume y allí me dirigí con ella detrás de mí, siguiendo la correa que la guiaba.

Me tumbé sobre el césped sobre una toalla negra de un tacto casi tan suave como las ultimas caricias del último amante que pasó por mis sábanas.

Me tumbé. Me dejé calentar por el sol de agosto y sonreí.

Mi perrita, tan elegante como obediente permanecía atada y cerca de mí por si acaso necesitaba de sus servicios en algún momento.

Y los necesité.

-Dame crema en los pies muy dulcemente. Le susurré.

Y de rodillas frente a mí, se dispuso a acariciar mis pies con una crema de olor a coco o similar.

Trás unos minutos le ordené que fuera subiendo por mis piernas, más suavemente aún.

Cuando me pareció suficiente me puse en pié y me dirigí al agua.

-Quédate quieta observándome- Le advertí.

Cuando salí, con el agua resbalando por mi piel me quedé un instante de pié, dejando que el sol soplará tras de mí secando esas gotas que luchaban por meterse bajo el bikini. Le miré. Sonreí.

Observé que alrededor no había casi nadie y yo que adoro sentir el fuego del verano en mi piel sin telas de por medio, me quité el bikini y continué en pié, apoyada sobre la escalera.

-Quiero que me mires y que te masturbes, como lo que eres una perrita hambrienta y fisgona. Que me mires así, sin ropa de por medio y que pienses que a pesar de la visión, no vas a poder tocarme. No vas a besarme y desatar así un carnaval con mi saliva fundiendo tu boca. Tan solo observa.

Aprovechando que la ducha de la piscina estaba al lado de la escalera, volví a refrescarme, esta vez de un modo más vertical. El chorro caía tan descarado como frío sobre mi cuello, mi pecho, bajando por mi ombligo mientras yo contribuía a que cada rincón de mi cuerpo quedara bajo los influjos del agua. Abrí ligeramente las piernas, eché la cabeza hacia atrás y me deleité en las gotas que ahora rozaban e invadían mi garganta.

Sigue acariciándote- le dije. Hazlo ahora con más fuerza. Con urgencia. Y cuando acabes ahoga tu grito mientras yo sigo disfrutando de este vis a vis tan intimo con este agua que penetra mi carne y calma por hoy mi sangre.

 

 

Pd:

Queridos todos:

Ya estoy por aquí…

roj

En Aravaca, cerca del metro y renfe; además en zona blanca con mucho espacio para poder aparcar.

BesoS.

 

 

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Sin dificultad no hay sabiduría.

Y la sabiduría es libertad…

 

 

Mis últimas 2 semanas por aquí, al menos fisicamente.

Porque, hay muchas maneras de quedarse y permanecer…

Gracias.

Merci.

Thanks.

Grazie.

Sukran.

Danke.

A la gente que he conocido desde el 2017. Todo mi cariño para el 2018 y 2019.

Gracias por el crecimiento y el descubrimiento mutuo. Por las risas, las confesiones, la confianza y por tanto cariño.

 

“Cada hombre tiene dos biografías eróticas.

Por lo general se habla sólo de las primera: 

La lista de sus amores y encuentros amorosos.

Es probable que sea más interesante la segunda biografía:

Las muchas mujeres que hemos deseado y que se nos escaparon,

la dolorosa historia de las posibilidades no realizadas.

Pero hay aún una tercera, secreta e inquietante categoría de mujeres.

Son aquellas con las que no pudimos y no supimos tener nada en común.

Nos gustaron, nosotros les gustamos a ellas,

pero al mismo tiempo comprendimos de inmediato que no podíamos tenerlas porque al estar con ellas nos encontrábamos del otro lado de la frontera”.

(“El libro de la risa y el olvido.” M.Kundera.)

 

 

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Dando nombre a los vientos.

Son las 7 de la tarde y puntualmente, como siempre, mi alumno de clases avanzadas y perversas de inglés, toca el timbre de la puerta.
Yo ya estoy preparada con mi atuendo de maestra de época victoriana, compuesto por un ceñido vestido negro que acaba justo por debajo de mis rodillas, unos botines negros con tacón de aguja tipo Oxford, unos guantes también negros de cuero fino y por supuesto una vara de castigo, flexible cuando tiene que serlo.

Acudo a la puerta lentamente con caminar firme para que mi pervertido alumno pueda oír el repiqueteo de mis tacones, lo cual sé que le excita. Le hago pasar e inmediatamente se arrodilla para, con auténtica devoción, besar mis preciosos botines; él sabe que debe hacerlo hasta que yo le ordene parar.

Cuando considero que ya es suficiente le cojo de su oreja y le hago seguirme de rodillas hasta la sala habilitada como aula de colegio, con un pupitre y una pizarra colgada de la pared. Tiro firmemente de su oreja y camino con paso ligero para que deba esforzarse al máximo, lo cual me divierte mucho.

Una vez dentro del aula y, siempre de forma rígida e inflexible, le ordeno desnudarse, mientras lo hace yo permanezco sentada en mi silla de profesora que está situada a una altura superior a la del pupitre para tenerle siempre al debajo de mí. Disfruto viendo como se desnuda a toda velocidad para no importunarme.

Una vez puesto de rodillas con la cabeza en el suelo, en señal de total sumisión, camino alrededor suyo, diciéndole lo torpe que es y el gran castigo que necesito darle para que mis enseñanzas le entren en su vacío cerebro; a continuación pongo mi botín en su cuello y procedo a azotar su desnudo trasero con ocho golpes de fusta; le doy siempre tanto golpes como días han pasado sin venir, en este caso ha sido una semana y un día, por lo que le doy ocho golpes, debiendo agradecerme cada uno de ellos, ya que son por el bien de su educación.
Toda la sesión la realizamos en inglés, donde yo no sólo evalúo los conocimientos que va adquiriendo sino que también le exijo una perfecta dicción; esto último es lo que más le cuesta y por tanto lo que más castigos le hace recibir, para mí deleite, por supuesto.

Para esta semana le he ordenado escribir una redacción en la que narre que es lo que opina de su malévola profesora, de la relación que tenemos y lo inferior que es él; debe leerla de rodillas, sin moverse un ápice, mientras yo me siento en su espalda, con mis pies apoyados en su cabeza. Lo lee despacio y poniendo especial atención en la fonética que tanto le cuesta, recibiendo por cada error un fustazo en su trasero. Disfruto muchísimo viendo como se ha esforzado en casa por hacer bien los deberes, lo cual no le quita de recibir mis correctivos, ya que por otra parte, mi exigencia cada vez es mayor.

A continuación me siento en mi cómoda silla y le ordeno que me quite los botines, ya que aunque son muy sexys oprimen mis delicados pies, y le ordeno que me dé un masaje mientras procedo a realizar uno de los juegos educativo que hacemos habitualmente; consiste en que yo pronuncio palabras inglesas de cierta dificultad y él debe contestar con la traducción correcta, si acierta le permito que me dé un largo y suave beso en el pie que está masajeando, pero si falla le doy una sonora bofetada; por supuesto yo ya me encargo de que las palabras a traducir sean difíciles, para que las bofetadas sean mucho más numerosas que los besos…

Seguidamente le ordeno que traiga, siempre de rodillas, su cuaderno de tareas, ya que vamos a proceder a hacer un dictado. Desde la incomodidad de su posición voy leyendo algún artículo de mi interés extraído de alguna revista de actualidad inglesa que le he ordenado comprar; obviamente no puede seguir mi ritmo, por lo que cada vez que me suplica que vaya más despacio, le doy un fustazo. Ni que decir tiene que al final del dictado su trasero está completamente rojo.

(Continuará…)

 

“Tan negra como el infierno

y tan oscura como la noche.

Aquella cuyo caro amor me levanta

 y me hace caer.

Puesto que estoy casi muerto,

acábame en seguida con tus miradas”

(Shakespeare)

 

 

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Lamiendo tus deseos.

Viajaba solo en tren. Le puse un mensaje dándole unas instrucciones claras:

-Irás al baño, te quitarás la ropa interior, la guardarás en el bolsillo de tu pantalón y me enviarás una foto del momento-

Me gustó imaginarle así. Elegante, con su traje de chaqueta impecable, camisa en tono claro acariciando su pecho y una casi asfixiante corbata rozando su cuello que horas después sería mío.

Elegante. Sobrio. Sensual, y sin ropa interior…

Sintiendo como el tejido del pantalón acaricia su sexo, imaginando o deseando que son mis dedos los que erizan su piel.

En apenas unos minutos me envió la imagen. Sin demora. Con exactitud.

-Así me gusta- le dije.

-Y llega rápido. Te espero con la más húmeda de mis ganas…-

 

 

 

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“No quiero un cuerpo

quiero un alma.

Viva, loca y salvaje.

No busco el rio,

quiero el océano.

No busco la llama

quiero la hoguera.

No busco un camino

si no la tierra entera”