Milk and honey dripped from my lips as I answered.

Carta 3, de Victor a Lara:

El efecto Pigmalión nos ronda. ¿Acaso no es hermoso cuando observas la metamorfosis en la sumisa y es absolutamente desalentador cuando el orgullo o la falta de interés se desvelan con el paso del tiempo?. No sé si te comenté en la otra carta mi decepción en los clubs de  BDSM. Ayer me identificaba con las palabras de Catherine Robbe-Grillet, la viuda de Alain, por la que sentía respeto y después de ver «La Ceremonia», sólo puede sentir admiración. El BDSM tiene mucho de ritual, ese es un atractivo, y como todo ritual es trascendente en nuestra percepción de la realidad. Pero mi experiencia es que se ha transmitido como una fiesta, un club social, asexualizado, una especie de competición entre sumisos reunidos para determinar quién resiste más el dolor. Como comprenderás es decepcionante y, peor aún, aburrido. 

Nunca he tenido una sumisa 24/7 porque las dos sumisas que tuve vivían fuera de mi ciudad. Algo que, de alguna manera, lo dilataba todo. Agendar encuentros, sesiones, días, lugares…Hubiera sido interesante saber en qué habría derivado ese 24/7 aunque tengo que reconocer que no he conocido a nadie todavía que lo haya llevado a cabo. 

Mi fracaso en el BDSM se debe a que, probablemente, de manera inconsciente, he pretendido disolver el binomio señor/sumisa. Romper las normas del juego es algo que me seduce siempre, quizá porque mi manera de pensar es intuitiva y trata de buscar siempre soluciones alternativas, marginales, más transgresoras, sin que eso signifique ni mucho menos que no sienta un profundo respeto por la tradición. Creo que ha sido así porque necesito alimentarme de algo que respire de lo nuevo. Me gusta aventurar que si viviera una relación 24/7 estaría inspirado en aquella frase de Gerard de Nerval que leí cuando era un adolescente y que ha guiado mi manera de ver el mundo de alguna manera: «otorgar a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido».

Anteriormente te citaba a Robbe-Grillet y estoy seguro de que ella defendería con gran entusiasmo que un dominante tratara de formular nuevas reglas. Pero los tiempos actuales no hacen que sople el viento en esa dirección. Creo que el BDSM vive absorbido por etiquetas: ¿eres switch?, ¿brat?, ¿esclavo?, ¿sumisa?, ¿amo? Creo que todo eso, finalmente, hará que el BDSM sufra de una enfermedad degenerativa. Se disolverá por inanición, o peor aún, por una fibrosis pulmonar o una esclerosis que le impida respirar oxígeno o moverse con agilidad. El BDSM ha creado sus propios hastags que quedan muy bien bajo una foto en instagram, pero carecen de sentido en la vida real. El filosofo Mark Fisher, que se suicidó hace unos años, y que te recomiendo encarecidamente que leas, distinguía lo real de la realidad. La realidad es un sistema simbólico, muy importante para nuestra comunicación, lo real es el cúmulo de contradicciones ocultas tras esa realidad.

No me he enamorado de mis sumisas, porque no despertaron nunca ese sentimiento. Me hubiera consolado saber que eran realmente sumisas y no estaban siguiendo una moda, por mucho tatuaje grabado en su piel o muy alternativas que parecieran. Obviamente, mantener una correspondencia como esta con ellas habría sido imposible. Una de ellas era diseñadora. La otra vivía en Cádiz y aunque era dominante, quería ser mi sumisa. Desde un punto de vista intelectual no tenía nada que hacer con ellas. Comprendí que esta circunstancia alimentaba mi sadismo, no necesariamente desde un plano físico, que también, sino psicológico. No lo soportaron. Me consuela una amistad latente, al menos supongo, aunque no he vuelto a tener contacto con ellas. 

Nunca he tenido un sumiso, no en un sentido estricto, pero sí he generado esa dependencia emocional en algunos hombres que buscaban mi protección y se prestaban a servirme. Pero yo eso lo he investido con el lenguaje de la amistad. Lo he transformado en camaradería. Probablemente hoy, en un incipiente estado de cambio, podría haber derivado en una relación amo/sumiso con alguno de ellos, pero estaría prevaliéndome de su situación emocional. Sería cruel, pero no sería en sentido estricto justo. Como ves, no tengo ningún prejuicio con la crueldad, ni tampoco con el dolor, a un nivel corporal o a un nivel psicológico. El sadismo es inherente a mi manera de pensar.  Conocí a unas cuantas mujeres que disfrutaban con ella sin haber sido sumisas. Creo que está en nuestra «genetica cultural». De alguna manera, eso ha sustituido la vacante de sumisa en mi vida

A las dos sumisas que tuve les permití que fueran ellas quienes tomaran la batuta. Creo que es bueno hacerlo, porque me fascina jugar con la idea del otro. Forma parte de un buen aprendizaje. Que conozcan las responsabilidades, el sentido de la entrega y de la posesión. Lo hace todo más «democrático». Y porque de esa manera interiorizan mejor su papel de sumisa. Es curioso la facilidad con que lo hacen desde un plano sexual y lo difícil que es que lo hagan desde otro intelectual. Esta circunstancia viene a verificar que no todo el mundo puede ser dominante y sobre todo, como todo se ha convertido en un espectáculo. Y nadie más hedonista que yo, pero hedonista hasta la muerte.

Te deseo.

V.

«I have

what I have

and i´m happy.

I´ve lost

what I´ve lost

and i´m

still

happy»

(Rupi Kaur)

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Vivir no es otra cosa más que arder en preguntas.

Carta 2, de Lara a Victor:

Mi desconocido Víctor:

Me aposté en la esquina

para vigilar al mendigo.

Desenvolvió el chocolate 

que era para ti.

Rompió la tableta

con los dedos

y empezó a saborearlo

mientras yo sentía el calor de tu boca

en mis muslos bañados.

Y el mendigo se desayunaba

con el chocolate

que compré 

para ti”.

¿Conoces a Nahui Olin?. La descubrí este año, si mi intuición no me falla, seguro que te gustaría.

”Ella necesitaba crecer hasta las estrellas y despeñarse en un abismo o al revés, despeñarse hacia arriba y ascender a los infiernos”.

Como entiendo que amas la dominación casi tanto como yo, te confieso de igual a igual que me despiertas cierta curiosidad.

Y como además tengo vocación de interrogación, rueda de preguntas para que no decaiga la esencia:

¿Alguna vez tuviste una sumisa 24/7?

¿Alguna vez alguna sumisa resultó ser potencialmente todo lo contrario a la espera de una chispa que la hiciera despertar?

¿Te sueles enamorar de tus sumisas o alguna de ellas sospechas que lo hizo de ti? 

¿Alguna vez tuviste un sumiso hombre?

¿Y si todas estas letras quedan solo en eso, en letras. Nada más y nada menos que esta simbiosis perfecta de consonantes y vocales sin ninguna pretensión …? Letras embriagadas de curiosidad que se introducen con el nervio de una guerra que ya terminó pero en la que aún resuenan los disparos. Y sus luces, y el ruido. Letras que escurren su asombro en un bolsillo roto y en el otro el eco del último gemido.

A presto.

L.S.

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El poema es pura palabra sensualizada.

Carta 2, de X a Lara:

Te escribo esta carta, Lara, que es recuerdo y confesión, también una reflexión, una locura. Me pides una crónica y yo te entrego una carta. No tengo remedio…

Me dijeron que esa noche era yo el que daba las órdenes. No había experimentado hasta ese día la posibilidad de que una ama consintiera en ceder su sumisa a otro dominante. Omito la “a”que antecede a “sumisa” porque tuve la impresión de que en el BDSM a tres, la cesión y sumisión de un tercero convierte directamente a un sujeto en un fetiche, como una consagración definitiva del objeto de deseo. De hecho, no sé hasta qué punto aquello pudo llamarse sumisión. El fetichismo se vuelve más fetichismo que nunca. El sujeto, más objeto que nunca, convertido en un recipiente sobre el que se vierten los deseos.

Probablemente fue algo más que eso. Se trataba del reconocimiento de una experiencia, una veteranía, un saber, y el BDSM participa de eso que llamamos saberes, relacionados con el placer, el dolor, la dominación. Cuando Eva me dijo que esa tarde podría jugar con su sumisa sentí, en cierto modo, que se producía esa entrega. A fin de cuentas, Eva y yo habíamos follado en muchas ocasiones y cada uno había tenido sus sumisas, pero nunca habíamos llegado a desarrollar ese vínculo de amistad a través de un tercero. 

No eran más de la 20h cuando llegué a su casa. Había oído a hablar a Eva de su mascota en alguna ocasión. No solíamos contarnos nuestras experiencias. Eva tenía entonces 5 años más que yo. Cerca de 42. No reconocí entonces que follar con ella se había convertido en algo rutinario. En realidad, tenía la impresión de que Eva no era capaz de contenerse cada vez que se revolcaba conmigo. Siempre quería jugar a ser más dominante que yo y siempre perdía en el mano a mano entre azotes, mordiscos, arañazos, embestidas y escupitajos. Era precisamente ese momento que precede a la derrota cuando descubría su mayor excitación, cuando perdía la mirada, cuando yo la follaba con más violencia, su momento más excitante que a mi, por fácil y predecible, ya me aburría. Por lo demás, entre Eva y yo no había ninguna relación. Demasiado diferentes como para entablar una buena amistad y mucho menos una complicidad. Nos encontramos en un momento en el que yo necesitaba algo así, algo o alguien sobre lo que no tender puentes ni crear compromisos, ajeno a cualquier reciprocidad que no fuera sexual. Creo que me he vuelto demasiado exigente. Pero esa es otra carta.

 Ella era madre de dos hijos pequeños, camarera. Yo dirigía una escuela, escribía. Si nos encontrábamos era por casualidad en otra sesión donde los dos habíamos sido invitados. Nada de lo que yo le contaba le interesaba aunque fingiera fascinación. Yo sí atendía complaciente a las recetas de sus cócteles. 

Su sumisa resultó bastante atractiva. No recuerdo el nombre. No la he vuelto a ver. Le gustaba la música electrónica. Era bastante más joven que nosotros. No creo que tuviera más de 30 años. Por su figura, podía pasar por una bailarina, dispuesta a todo. Cuando llegué se encontraban en mitad de una sesión. Sospecho que Eva lo había preparado para que el encuentro fuera así. Nada es casual. Ella llevaba un corsé de cuero negro y unas botas que le llegaban hasta las rodillas. No era elegante. Era bizarro. Su sumisa tan solo vestía en ese momento un collar rojo. Estaba abierta a cuatro sobre la cama, con un hermoso plug anal entre nalga y nalga. Cuando llegué estaba recibiendo los azotes de una paleta. Tenía el culo completamente enrojecido y, por las marcas, parecía que también lo habían azotado antes con una vara. Eva la llamó maleducada y después la obligó a saludarme lamiéndome las botas. Después me susurró al oido que esa noche era nuestra. 

Decidí que se vistieran. Le sugería Eva que usara esa noche sus bolas chinas. Nos íbamos a a cenar y después a tomar una copa o a bailar. Les exigí que no se quitaran nada de lo que ya llevaban puesto. Media hora después, estábamos en la calle. La cena transcurrió con normalidad. Después de la primera copa, nos fuimos a un after dividido en cuatro plantas, una vieja fábrica reconvertida en local de ambiente gay, música tecno y todo lo que uno quisiera imaginar . Efectivamente, era bailarina. El local estaba lleno de gente. Todos íbamos vestidos de negro. Los tres comenzamos a magrearnos y a besarnos después de la primera copa, en la primera planta, sin mayor escándalo porque ese after era famoso por sus noches salvajes, sus colas eternas y sus diferentes ambientes. Eva estaba muy cachonda así que nos sentamos en un sofá, ubicado en un reservado y allí comenzaron a besarse y a besarme otra vez. Eva y su mascota acercaron sus manos a mi paquete y comenzaron a manosearlo. Le di una palmada a a la sumisa en la suya, con gesto displicente, como si de una perra se tratara. Después me desabroché los pantalones y saqué la polla tras hacerle el gesto con un dedo para que la chupara. Mientras me lamía la polla, yo jugaba con su plug. Alrededor de nosotros la gente nos miraba. De pronto, eramos tres objetos, tres fetiches. Disfrutaba tanto de aquel juego que no sentí vergüenza alguna. Me sentía embriagado. Sentí que un brazo trataba de magrear a Eva mientras se recomponía en el sofá y trataba lentamente de extraerse las bolas. Estaba chorreando. Quería cabalgar sobre mi así que apartó a su mascota y me encajó en su coño. Mientras Eva y yo follábamos ella se masturbaba a nuestra vera. De espaldas a mí alguien sacó un pene enorme y Eva se lo llevó a la boca. 

No sé cuanto tiempo estuvimos así. Pero sí recuerdo que en un momento determinado, aparté a Eva de de mi entrepierna y me levanté. La dejé allí, comiéndose una polla mientras yo me iba con su sumisa a un apartado. En el local casi todo estaba oscuro. Creo que fue en una esquina donde la empotré, como si en realidad yo lo que estuviera en ese momento haciendo no fuera otra cosa que trenzar mis deseos y mis demonios. El mismo deseo y el mismo razonamiento que expresa la gravedad de los objetos, que penetra en un agujero negro, que cambia y altera el tiempo, ese mismo tiempo que se acelera o se lentifica, que se estrecha o se ensancha. En cualquier caso, quiero decir que nuestro deseo tiene la gravedad de un acontecimiento, y cada día me fascina más. 

Al final, me quedó el recuerdo de estar en una esquina de Berlín, completamente solo, completamente fuera de mi, ido.  No sé si este es el momento más «hard», pero sí sé que no estuvo mal. 

Un beso.

Atentamente, Víctor

Pd: Me llamo Victor. Demasiadas intimidades como para seguir siendo X.

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Sin pruebas y sin dudas.

                  Como me gustan los caballos, y de todas las razas, a veces ocurre esto:

               Se va aproximando la hora y con la asistencia de mi Sissy personal, procedo a elegir de mi extenso vestuario la ropa que me pondré hoy. Me apetece un look muy vintage, por lo que cojo una camisa blanca con cuello alto, un chaleco negro,  una falda ceñida hasta las rodillas, medias negras con linea trasera y unos deliciosos zapatos de charol brillantes con tacón alto, calculo unos 12 centímetros.

Mi sirvienta me ayuda con cada prenda, no entiendo porque después de tanto tiempo sirviéndome sigue siendo tan torpe, no es excusa a estas alturas, aunque lleve en sus muñecas y tobillos unos grilletes que dificultan el movimiento.

                  No obstante como soy muy generosa, una vez que estoy totalmente vestida premio a mi Sissy atando en su cara una de las deportivas que uso habitualmente, para que pueda impregnarse  del exquisito olor que dejan mis bellos y suaves pies en ellas. Ato sus manos detrás de su espalda y la encierro en la jaula  con un candado, donde me esperará hasta mi regreso.

                  Bajo entonces y como siempre puntual, uno de mis animales preferidos, está en la puerta esperándome con el coche. Noto como nada más verme salir por el portal sus ojos se abren. Sonrío. Abre la puerta de atrás y procedo a sentarme. Extiendo uno de mis pies para que, arrodillado en la acera, lo bese con deleite un par de veces.

                  Una vez dentro le ordeno dirigirse a mi «Animal training center» particular, ya de sobra conocido por él. Mientras conduce cruzo mis piernas de forma sensual, el roce de las medidas produce un sonido que de sobra sé excita a mi animal. Seguidamente me quito los zapatos para ir más cómoda y los dejo en el asiento del copiloto para su deleite.

                  Hoy quiero sorprender a mi mascota, por lo que en un momento dado me subo la falda y abro mis piernas de tal modo que a través del espejo retrovisor pueda ver mi sugerente lencería. Con la ayuda de mi dedo índice introduzco un poco de la braguita en el interior de mi sexo, mientras emito un gemido de placer, todo ello mientras mi esclavo me observa.

                  Procedo a bajarme el tanga  lentamente, lo cojo por una punta y lo acerco a la cara del esclavo para que pueda besarlo. Se lo acerco y alejo continuamente para que le cueste más darle los besos prometidos, lo cual me hace reír ya que en ningún momento puede dejar de mirar la carretera que es su principal cometido.

                  Le ordeno quitarse la mascarilla que lleva y le pongo la braguita en su cabeza, de modo que la parte que contacta con mi sexo quede justo a la altura de su nariz y con la ayuda de un par de pequeñas pinzas que siempre llevo en mi bolso, sujeto la parte de atrás de la braguita a sus orejas, para que quede bien fijada y le sirva de mascarilla. Me encanta ver el placer que le da el respirar el aroma de mi sexo impregnado en la braguita y como aguanta el dolor que le producen las pinzas en las orejas.

                  Llegamos al Animal Training Cénter. Es una pequeña villa que posee uno de mis esclavos a las afueras de Madrid, la cual puedo usar siempre que me apetezca. En la puerta de la valla que limita el recinto, nos está esperando ya hace rato el esclavo. Está vestido con su atuendo habitual: un traje de mayordomo con la parte de atrás del pantalón cortado en un círculo de modo que deja su trasero al aire. 

                  Abre la puerta de la valla manualmente, aunque se puede abrir desde el interior, pero a mí me gusta que sea él quien salga a recibirme y la abra. Dirigimos el coche hacia el aparcamiento que está unos doscientos metros más adelante mientras el esclavo nos sigue detrás corriendo.

                  Una vez que aparca mi animal el coche, espero diez segundos a que llegue el esclavo mayordomo, si tarda más de ese tiempo le castigaré severamente, por lo que justo antes de que se cumplan esos segundos y jadeante, llega y se arrodilla delante de la puerta del coche para abrirla. Se derrama en el suelo y procedo a salir, pisando sin demasiados miramientos su espalda. Me gusta que él sea lo primero que piso al llegar.

Caprichosa que es una.

                  Segundos después, me dirijo a la casa que está a unos 25 metros, mientras los dos esclavos me van siguiendo de rodillas y besando mis pies, cada uno el que está más cerca de sus sedientos labios. Por supuesto cada vez que fallen, recibirán un buen fustazo, por lo que ponen el máximo esfuerzo e interés en el cometido. Me divierte enormemente acelerar el paso para que cada vez les cueste más.

                  Una vez dentro, ordeno a mi animal que se desnude y nos espere en el centro del salón, de rodillas con la cabeza en el suelo y las manos en la espalda, mientras mi esclavo mayordomo y yo nos dirigimos a la habitación que tiene reservada únicamente para mí. Le ordeno que me ayude a desvestirme, teniendo sumo cuidado de no rozar mi piel en el proceso, ya que como él bien sabe, no consiento que mis esclavos rocen mi suave piel si no es con mi consentimiento. 

                  Me ayuda a ponerme un camisón negro de suave seda y me calza unas elegantes sandalias de otros 12 centímetros de tacón. Cojo una de las múltiples correas de perro que hay colgadas de la pared y un pequeño látigo, le ordeno que se ponga a cuatro patas y procedo a darle dos o tres latigazos en su desnudo trasero para comprobar que el látigo es de mi agrado. Soy muy meticulosa con mis pertenencias.

                  A continuación tiro de la cadena y le ordeno que vaya besando el suelo que acarician mis pies, mientras nos encaminamos hacia al salón donde espera inmóvil mi animal.

                  Me dirijo a la mesa central para comprobar que mis deseos han sido cumplidos. Efectivamente hay una bandeja con una botella de Blue Sky muy frío, bombones y una caja con frutos secos variados, más dos dados. Me acerco al trono que mi esclavo encargó para mi uso exclusivo y me siento cómodamente.

Chasqueo mis dedos y mi mayordomo trae la bandeja de rodillas. Le ordeno que me sirva una copa. Lo saboreo y como recompensa por su buen hacer le propino un beso y una sonora bofetada. Mi esclavo mayordomo sabe que el recibir una bofetada de su dueña es un privilegio y un regalo.

                  Mientras, el mayordomo sujeta la bandeja de rodillas a mi lado, de modo que yo pueda acceder a ella sin esfuerzo, doy una palmada con mis manos y mi animal acude veloz  a mis pies. Le propino varios latigazos en su culito sólo para comprobar que el látigo tiene la medida adecuada y ordeno al mayordomo que le ate las manos a la espalda.

                  Seguidamente cojo los dados para proceder a jugar a uno de mis juegos favoritos. Consiste en coger un fruto seco y lanzarlo al animal para que lo coja con la boca. Un dado  indicará el número de metros en los que tiene que situarse el esclavo y el otro dado, hará referencia al número de besos o latigazos que tendrá como premio o castigo según consiga coger o no, el fruto seco. Obviamente cuando sale un número alto, el animal está lejos de mí, por lo que el fallo es casi seguro.

                  Disfruto enormemente viendo la dificultad que tiene atrapar la nuez con sus manos en la espalda. Sé que mi mascota no es especialmente masoquista, por lo que pone todo su empeño y esfuerzo en coger la deliciosa nuez pecana con la boca para evitar el castigo .

                 En uno de los intentos se tropieza, no puedo evitar sonreír. Veo como también se ríe el esclavo mayordomo. Ese es un grave error, ya que sólo yo puedo reírme de mis esclavos. Le ordeno que se arrodille ante mí, y aunque me suplica piedad, procedo a azotarle con el látigo hasta que sus desnudas nalgas están completamente rojas. 

                  Cuando ya me he cansado del juego, cojo al esclavo mayordomo de la correa y le digo que bese el fino tacón de mis sandalias mientras nos vamos dirigiendo de nuevo a mi habitación. Le sugiero que me ayude a desnudarme, la visión de mi cuerpo desnudo hace que su miembro se ponga eréctil, obviamente yo sé que eso es inevitable, pero como no le he dado permiso para ello, procedo a darle unos pequeños golpes con la punta de la sandalia en su altivo sexo. 

                  Abro el enorme vestidor y elijo un traje de amazona. Ordeno a mi sirviente que me ayude a ponerme unas botas de charol negro con tacón de apenas 13 centímetros, junto a unas espuelas de aspecto nada sugerente.

                  Veo que las botas tienen algún pequeño rastro de barro, por lo que le indico que proceda a limpiarlas, con la lengua, claro; mientras le azoto por haber tenido tan grave descuido. La educación es la educación.

                  Estamos nuevamente al salón. Mi animal de rodillas para poder montarme en sus hombros, aprieto mis muslos contra sus mejillas, no vaya a olvidar quien tiene el control y le guío para que nos dirijamos hacia la casita que hay en el exterior dedicada únicamente a todo lo relacionado con la doma ecuestre. Mientras, el sirviente nos va siguiendo con la bandeja, por si en cualquier momento me apetece tomar un sorbo de champagne o morir de placer con un pedacito de chocolate negro en mi boca.

                  Una vez en la recién estrenada casita, elijo una de las diferentes monturas que hay y unas bridas, ordeno al sirviente que se las coloque a mi animal.  Yo mientras tanto escojo una de las fustas. Cuando está listo el caballo humano, tiro de las bridas y le invito a seguirme de rodillas hacia el exterior donde tengo preparada  una pequeña pista de equitación para la doma de caballos humanos.

                  La pista tiene diferentes obstáculos como barras para saltar por encima, setos y fosos de agua con la longitud adecuada para poder ser salvados por un caballo humano. 

                  Monto en mi caballo adoptando una posición en la cual estoy cómoda, esto hace emitir un pequeño gemido de placer a mi animal. Con un ligero toque de mis espuelas en su trasero, le hago avanzar lentamente para que haga un reconocimiento visual del trazado, cuando considero que es suficiente ordeno al sirviente que le ponga un antifaz en los ojos para que no pueda ver demasiado.

                  Meses de adiestramiento con mis espuelas y fusta han hecho que mi animal trote, corra o salte a la velocidad o longitud que yo desee.

                  Comenzamos el circuito mientras el sirviente cronometra el tiempo que tardamos en completar el recorrido. Como en cualquier competición ecuestre el derribo de los obstáculos o el pasarse del tiempo establecido, penaliza. La diferencia es que en nuestro caso, la penalización conlleva un merecido castigo.

                  La velocidad a la que quiero que vaya mi animal la marcan mis espuelas, un toque es ir despacio, dos toque es ir rápido y tres toques es ir a toda velocidad. Si quiero que haga un salto vertical es un delicado golpe de fusta en su lado derecho, de mayor o menor intensidad según la altura del salto y si deseo que haga un salto hacia delante es un golpe en su trasero, con el mismo sistema de intensidad.

                  Disfruto del control total que tengo sobre mi animal, adoro ver como pone todo su esfuerzo en pasar los obstáculos mientras su respiración se hace cada vez más jadeante por el esfuerzo efectuado y por el bocado que lleva en la boca impidiéndole respirar con facilidad.

                  Hacemos varias veces el recorrido hasta que noto que a mi animal le empiezan a temblar las piernas. Algunas veces le invito a parar, pero otras me gusta llevarle hasta el límite total; en estos casos cuando mi animal ya no puede más, se cae de rodillas aunque por supuesto con gran cuidado para que mi posición no se vea alterada lo más mínimo.

                  Una vez que hemos acabado, el esclavo mayordomo, hace recuento de los obstáculos derribados y del tiempo realizado. Obviamente yo siempre dispongo como han de situarse los obstáculos, de forma que el animal siempre derribe algunos para así poderle infligirle el correspondiente castigo.

Irremediablemente el juego finaliza con mis labios rojos impresos en su hambrienta boca.

 

Pd: Gracias por la inspiración.

 

 

 

 

 

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J’caresse le monde. J’meurs dans un cauchemar exotique.

Él recibió un mail donde le invitaban a dirigirse a la habitación de cierto hotel. Allí debería buscar un sobre rojo y leer su interior.

-Conociéndola, ese sobre estaría en el rincón más insospechado- pensó él, impaciente ya.

Sobre la cama de sabanas blancas, ella depositó un paquete que él abriría tras leer las instrucciones para seguir después cada paso con esmero.

Ella sabía que él se esforzaría en el intento de satisfacerla, sabía que él era de esos que se atreven a vivir volando, valientes y entregados.

Pero esta vez…este juego….

A la hora indicada, él se presentó en la habitación , cerró la puerta y con toda la calma del mundo se dispuso a descifrar su mensaje.

-Me gustaría que te vistieras con el uniforme que te dejo en esta caja, dentro también verás tú ropa interior, un tenga negro de encaje y unos zapatos de tacón mediano.

Minutos después apareció ella. Elegante, con un pequeño short negro y una camisa blanca. Unas preciosas sandalias negras con suela roja y unas gafas negras con borde rosado.

Pudo observarle perfectamente ataviado con el uniforme de Sisi que ella le habría escogido con tanto cariño.

Apenas podía mantenerse erguido con los tacones, pero ella le sujetó de la mano y le dijo que si quería, podría hacerlo.

Ella le tapó los ojos con un pañuelo negro de seda. Pudo notar su excitación tan sólo con escucharle respirar.

Confías en mi?-le susurró al oído.

Siempre- contestó él.

Lo besó suave y lento.

Que rico besas- musitó él.

Ella sacó una correa bien larga de su bolso negro y rodeó su cuello con ella.

-No tengas miedo en ningún momento. De un modo u otro voy a estar a tu lado cada instante.- volvió a susurrarle muy lentamente.

Él tragó saliva. Respiró.

Ella dirigió su mano por debajo del mini uniforme de él para comprobar que llevaba el pequeño tanga de encaje y pudo palpar su excitación.

Apretó.

Fuerte.

Más aún.

Su excitación rezaba por salir de la ropa interior.

-Ya no te hará falta-y en un ligero gesto, le quitó la lencería.

Ella cogió la correa y le dirigió hacia la puerta de la habitación.

Él titubeó.

Ella le besó.

Rápido.

Profundo.

Y luego el vacío que deja una boca al abandonar.

Cerró la puerta.

-Hoy voy a saber si estás a la altura de mis exigencias. Te ataré frente a la puerta y me esperarás, tarde lo que tarde.

Llevarás estos cascos inalámbricos y este móvil que dejo en tu bolsillo.

En algún momento te llamaré, cogerás la llamada y seguirás fielmente mis indicaciones-le indicó con firmeza y dulzura.

Ella pasó su lengua por sus labios semi abiertos y se despidió.

El pasillo del hotel era largo, las habitaciones pareciera que se multiplicaban. Era un mes de verano y el trasiego de pasos estaría asegurado.

Pasó tiempo. Minutos, vidas, a saber quién lo calcula en momentos así.

Llamó y él contestó expectante.

Ella le indicó que se pusiera de rodillas.

-Quiero verte a cuatro. A cuatro metros de mi. Me gustaría verte expuesto. Vulnerable , seductor, frágil y sobre todo saberte mío.

Aunque escuches pasos, voces, murmullos no les des importancia. Estamos solos tu y yo.

Tal vez quieran tocarte, usarte , hasta poseerte, te dará igual. Eres de mi propiedad y eso es lo importante.-

Colgó.

Él temblaba. Miedo y deseo a pares.

Qué podía más?

Y la relatividad del tiempo.

Y el tiempo circular y todo lo demás.

Otra llamada.

-Te excita esta situación?-le preguntó ella al otro lado de la línea.

-Mucho-casi respondió él.

-Sabes, hay que ganarse el placer. Quiero que te levantes el uniforme y dejes tus nalgas al aire.-

-Alguien se atrevió a tocarte? -ella le hablaba, le interrogaba pero no le interesaba su respuesta.

-Imagina que en este instante un grupo de amigas pasa por tu lado. Puedes sentir sus tacones y sus risas. Se acercan a ti. Te observan con curiosidad, como si de un objeto se tratara, te miran, te tocan. Deciden usarte para su placer.

Tal vez la chica de pelo rizado decida llevar la punta de su zapato a tus nalgas desnudas, o luego prefiera clavarlo ligeramente en tus testículos.

Y tú tal vez gimas, y ella entonces te dé una bofetada porque no desee escucharte.

Imagina que la amiga de pelo largo y rubio se sitúa frente a ti, levanta su corto vestido de flores y dirige tu cabeza y boca hacia su sexo. Seguro que tú, sabrías lo que ella esperaría de ti.

Por un momento, solo por este único momento imagina que la tercera amiga, la de gafas de pasta quisiera comprobar el material y tras acariciar tu polla con fuerza querría después saber de tu resistencia.

Entonces untaría sus manos de saliva con sabor a carmín y las dirigiría hacia tu miembro que a esas alturas se moriría ya por reventar presentes. Ella te exigiría que te corrieras entre sus dedos una vez y otra y otra más..

Sabes que lo harías.Su sed merecería ser calmada de la mejor manera.

Puedes sentir el calor de sus dedos?-le preguntó ella desde la enorme distancia que supone un móvil en ciertas ocasiones.

Él balbuceó aturdido, extasiado.

-Me posees desde la distancia- pensó, pero no se atrevió a decírselo.

Sigue así. Volveré a por ti en breve.

Ahora tengo que colgar…

 

 

 

Educar a alguien no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.

 

 

 

 

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Multiplícame.

Que tienes urgencia por verme.
Necesidad de olerme.
Maldita esta distancia de sentirme.
Que abogas por la impaciencia.
Que agito el mar de tus ansiedades.
¿Acaso no te enseñé sobre el arte de la espera?
Cuando te ataba entre lazos y cadenas a golpes de besos encubiertos y caricias con sabor a fusta, te estaba induciendo a la calma lenta.
Cuando desaparecía horas, y tú me esperabas de pié, desnudo, escuchando algún blues con olor a tabaco, y yo reaparecía con mi sonido a tacón alto y te desataba, ¿acaso no te estaba enseñando sobre el placer de la recompensa?
Y cuando el nivel subió y los minutos dentro de una jaula, fueron horas con sus segundos a veces interminables, ¿acaso no notaste que durante ese tiempo podías sentirme más cerca aún?

Puedo estar en ti de muchos modos.
Solo respira y espera.
Respira y me notarás en el aire que entra a través de tu jadeante boca.
Aspira fuerte y méteme dentro de ti.
Cierra los ojos. Mi voz llegará en un soplo hasta tu piel.
Cuando me leas, yo estaré ahí junto a ti, hecha de sabores, y color.
De aromas.
De excesos.

Cada palabra sobre el papel llevará mi nombre atravesando tu cuerpo, introduciéndose a fondo como ya lo hiciera antes de otros modos.
¿Puedes sentirlo en este fugaz instante?
Lento.
Húmedo
Profundo.
Ese oscuro deseo de devorar y ser devorado…

 

«No dejaremos de explorar, y el final de la exploración será llegar al punto de partida y conocer el sitio por primera vez»
(T.S.Eliot)

 

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La voix que j’aime.

 

Vos, mi lógica cartesiana.

Mi constructo menos reducido.

Mi logaritmo deseado.

La probabilidad más exacta.

Mi estadística más certera.

Llegas con tu piel convertida en formula imposible.

Te digo que penetres mis incógnitas y lo haces a golpe de variables.

Fuertes.

Seguras.

Progresas geométricamente y lo celebro vertiéndome en tu boca.

Te lleno.

Te vas, llenando el espacio de infinitos, aunque sé que volveré a tocarte

y no hablo de la piel.

Regresas aleatoriamente y todos mis ángulos lo celebran.

Vos, mi axioma más excitante.

Coordéname bien dentro. O desordena todo.

Sé mi binomio más exacto,

sin asimetrías que te alejen de mi boca.

 

 

«No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche»

(Khalil Gibran)

 

 

 

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La realidad no nos basta…

…aspiramos a la posibilidad.

 

 

-¿Confías en mí?- le pregunté.

-A ciegas- me contestó.

Y salimos rumbo hacia algún lugar.

Esta vez conduciría yo, él fue en todo momento con un antifaz sobre sus ojos y la calma por aliada.

No me preguntó nada, mejor así.

Nos dirigimos hacia un enorme parque donde según la hora del día solía haber más o menos gente. Aunque nosotros no iríamos de día precisamente.

Sobre las 20h en pleno mes de febrero iba conduciendo mi coche negro con un vestido recién estrenado en tonos verdes, corto y muy vaporoso, en los pies unas botas negras altas.

Él, a mi lado respirando algo agitado y sin pronunciar palabra.

Tras unos minutos breves para mí y muy seguramente infinitos para él, llegamos.

Aparqué y nos bajamos. Él se había vestido para la ocasión como le indiqué. Traje de chaqueta, camisa blanca y nada de corbata. Elegante y cómodo. Esa era la idea, y así lo hizo.

Ya era  de noche y no se veía demasiado movimiento. Una terraza con las luces aún encendidas anunciando que en breve cerrarían y nos dejarían un poco más a oscuras.

Un parque casi vacío y algunos ciclistas rezagados que ya estaban seguramente de vuelta a sus casas.

-Ven, sígueme- indique suavemente.

Con los ojos tapados, le coloqué con mucha dulzura una cuerda negra en su cuello de tal modo que podría guiarle sin temor a que se tropezara.

Me adelanté unos pasos y fui adentrándome en la arboleda infinita del parque.

Olía a excitación, a noche abierta, a su perfume, a mis ganas de experimentarle …

Un poco más adentro aún y unos minutos más tarde  ya estábamos justo donde quería estar que era sin duda el lugar ideal.

-Inspira, disfruta de este olor- le indiqué.

Le quité la cuerda del cuello, le acerqué hacia un robusto árbol y le observé.

Sus labios reflejaban una mezcla de emociones, calma aparente, confianza, temor , excitación…

-Y ahora siente este otro olor- volví a decirle.

Acerque mi cuello hacia su nariz, y mi boca a la suya. Humedecí sus labios, los mordí sutilmente, volví a pasar la lengua por ellos, como queriendo curarlos tras la sacudida de mis dientes y le besé.

Boca con sabor a menta y a ganas. De esto, de mi juego y de todos mis deseos de los que él era ya el protagonista desde hacía tiempo.

Saqué una cuerda más fuerte y larga de mi bolso y la utilicé para amarrarle al árbol  de tal modo que no pudiera ni moverse, ni apenas usar sus manos para nada. La cabeza apoyada sobre el árbol, los labios entre abiertos, la noche cada vez mas cerrada y el sonido de las ramas de los arboles cerca de nosotros. Todo era perfecto.

-Ahora vuelvo-le susurré.

Tembló. Quiso decir algo y me adelanté.

Me quité el tanga, negro  de encaje, se lo metí en su ansiosa boca y para asegurarme que permanecería en el mismo lugar tras mi paseo por el parque, lo amordacé con una cinta adhesiva también.

Y me fui de su lado.

Aunque permanecí allí de algún modo, tal y como le dije.

Me alejaba mientras le iba observando.

Solo, sin hablar, sin ver, sin moverse.

Me excitaba su confianza y su entrega.

Según me iba distanciando más, él se perdía junto a la sutil niebla y mis ganas de regresar a su lado aumentaban. Aún así me demoré.

Regresé y ahí seguía . Valiente. Paciente.

Liberé su boca y una de sus manos.

Toqué lentamente su entrepierna y pude notar su excitación, le apreté  para después bajarle la cremallera y regalarle una pequeña dosis de libertad.

Suspiró.

Las ataduras apenas le permitían mover su mano derecha, igualmente le ordené que se acariciara para mí.

Otro suspiro. Siguió mis indicaciones mientras su boca hacia una ligera mueca de placer adelantado.

-No te emociones- le dije.

Y allí estaba él, en mitad del infinito parque cubierto de esa misteriosa niebla, apenas solos, que bien…solos. Y dispuestos a llenarnos de sensaciones.

-Para- le ordené.

Volvi a besarle, esta vez más húmedamente.

Me alejé de su boca y le invité a repetir el mismo proceso.

-Acaríciate muy lentamente, demorándote en cada  pequeño movimiento, vas a estar así hasta que yo te lo diga-

-Como tú digas- acertó a contestar.

Su miembro deseando verterse entre sus dedos, él retorciéndose ligeramente sobre las cuerdas, sus labios mas abiertos aún y la lluvia queriendo unirse a nosotros.

-Calma, tenemos toda la noche- le susurré al oído.

El viento iba acariciando mi pelo.

La lluvia queriendo unirse a nuestro pequeño juego y los ruidos misteriosos de algunas ramas que a veces conseguían inquietarle. Más aún.

-¿Estamos solos? – me preguntaba un poco impaciente.

-Confía en mí- me limité a contestarle.

-Acelera el ritmo- le ordené esta vez más tajantemente.

Lo hizo.

Me acerqué y abrí su camisa blanca que ocultaba sus perfectos pectorales desde hacia unas horas ya.

Pasé mi lengua por sus pezones, como preparándolos para lo que vendía después y tras unos instantes los apreté. Mordí cada pequeño centímetro y me recreé  en su quejido placentero que empezaba a ser la banda sonora del parque.

-Córrete para mí- volví a ordenarle.

Y aunque el movimiento de su mano era torpe porque apenas tenia capacidad de maniobra, se esforzó en complacerme.

Agilizó el ritmo. Su respiración estaba acompasada a su mano. Mis dedos sustituyendo los pequeños mordiscos y él, que apenas podía aguantar más ya.

-Pronuncia mi nombre- le dije.

-No puedo más- alcanzó a balbucear.

-No puedas más- le contesté.

Y tras unas ágiles sacudidas se derramó sobre sus dedos. Gritó mi nombre al viento y las ramas de los arboles que en esta noche actuaban de testigos , nos aplaudieron mitad exhaustas, mitad deseosas de ser piel en la próxima reencarnación.

Dosis en vena de vida fugaz.

Eternidad efímera.

Le liberé. Le besé.

-Vuelve andando, tengo prisa- le dije.

Y me fui.

Sonriendo.

 

«Eres responsable para siempre de lo que has domesticado»

(El principito)

 

 

 

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Tienes alas, ¿no las vas a usar para volar?

Pocas veces como aquella la orden había sido tan escueta.

Solamente la indicación sobre la hora a la que tendría
que estar al día siguiente en su casa y de cómo debería presentarse ante
ella. En un breve mensaje le dijo que necesitaría que la llevase a hacer unas compras y que al llegar aparcara en la puerta.

Escueta.

Sutil.

Nada más.

Y todo menos.
A la tarde siguiente, cinco minutos antes de la hora fijada, él aparcó el coche a escasos metros de la puerta del edificio en el que ella vivía, una zona residencial muy tranquila rodeada de árboles y apartada del bullicio de la ciudad.

A la hora fijada le puso un mensaje pidiendo permiso para subir a su apartamento y solo
cuando ella se lo concedió, llamó .
Apenas dos minutos después estaba tocando el timbre delante de la puerta de su apartamento mientras  su corazón se aceleraba. Mil veces que llamara a ese timbre, las mil sentiría esa maldita y dulce sensación.

Ese mordisco en la piel, en el alma y más adentro.

De donde no se vuelve, justo ahí.
El sonido de los tacones sobre la tarima se fue acercando poco a poco hasta que la puerta se abrió delante de él muy lentamente, prolongando la incertidumbre de la espera.

Entró y se postró de rodillas ante ella esperando a que le extendiera la mano para que pudiera besarla en señal de respeto, también de obediencia y devoción.
La mirada fija en la punta de sus zapatos, tratando de adivinar cómo iría vestida pero sin mirarla todavía.

No tenia su permiso.

No merecia su permiso, aún.

«Todo al ritmo adecuado»-solía repetir sonriendo. De cuando pervertirlo podría aniquilar intenciones y volverlas del revés. Ella siempre supo bailar al rimo perfecto en cada instante.

 

Zapatos de tacón alto, negros y con una llamativa suela roja, pudo adivinar solo por la puntera de que firma eran.

-«Perfectos para ella»- pensó en silencio.

El suave gesto de su mano en la barbilla le hizo saber que podía ponerse de pie.
Entonces pudo observarla. Bella como siempre, arrebatadora como nunca, sencilla y a la vez muy elegante. Ese  gusto al vestir, sin estridencias pero resaltando cada uno de sus encantos; la melena de todos rojizos caía libre sobre sus hombros, casi tan libre como ella. Una ligera sombra de ojos y el inevitable rojo de sus labios.

Sus labios…

Sonrío al sentirse observada por él.
-“Desnúdate por completo, mete todas tus cosas a excepción de las llaves del coche en el baúl que tienes detrás de ti y ciérralo con el candado”- Según terminó de hablar le dio la espalda y se dirigió hacia una de las habitaciones mientras él se quedaba obedeciéndola. Y quien dice obedeciéndola,

quiere decir deseándola,

eternizándola…
Se desnudó poco a poco y fue doblando la ropa antes de meterla en el baúl, quedando
completamente desnudo. Lo cerró tal y como ella le había ordenado. Organizado, meticuloso y práctico, dejando evidencia de su personalidad hasta en esos detalles. Así era él.
Esperó su vuelta con las manos a la espalda y la mirada fija en el suelo como tantas otras veces había hecho antes. Sabía que debía esperarla así y que hacerlo de cualquier otra manera conllevaría una reprimenda y un castigo.

Sus castigos…
De nuevo los tacones marcaron con cadencia el ritmo de su corazón, pervertido ya, desde hacia vidas. ¿Cuantas? Tantas como días llevaba ella en su pensamiento.
Las delicadas manos de ella empezaron a recorrer su cuerpo desnudo y tembloroso, casi sin rozarle, erizándole la piel.

El simple  contacto de las yemas de sus dedos viajó de los hombros a su pecho, de sus brazos a sus ingles, de sus rodillas a las nalgas, hasta finalmente recorrer sinuosamente su miembro que lucía completamente firme, como ella quería, excitado e impaciente.
-“Perfecto, sin un solo rastro de vello corporal. Veo que has cumplido muy bien con mis
indicaciones”-
Se alejó de nuevo y volvió a los pocos segundos con las manos detrás de la espalda, escondiendo algo.

-“Hoy vas a ser mi chófer, y como bien sospecharás, necesitaras un uniforme adecuado a las circunstancias y a mis deseos.  Qué haríamos sin los pequeños detalles, ¿verdad?. Te voy a entregar el tuyo”-
Le colocó una gorra  negra en la cabeza y la ladeó casi imperceptiblemente hasta que
quedó como a ella le gustaba. Le extendió unos guantes de cuero negro para que se los pusiera, cosa que él hizo casi de inmediato hasta que comprobó que encajaban a la perfección en sus manos.
A continuación se situó detrás de él. Pudo sentir el aliento mentolado de ella y su delicado perfume en la nuca, esto le hizo aumentar su excitación y lanzar un gemido involuntario. Ella ciñó un collar de cuero en su cuello, lo apretó ligeramente
y lo abrochó cuando comprobó que estaba a la medida indicada. De la argolla del collar colgó una cadena cuyo mango llevaba en una de sus manos y le miró.
-“Ya estamos listos, podemos salir al mundo”-
Él la miró a los ojos sin atreverse a hablar. Ella sonrió comprobando que lo que meses antes en su mirada habría sido miedo, casi pavor, ahora era una mezcla de determinación, excitación y por encima de todo obediencia.
-“Un último detalle te falta para ser mi chófer perfecto”- Abrió su bolso y sacó unas gafas de sol de pasta negras con los cristales también negros y se las puso con delicadeza y acto seguido dio un ligero tirón a la correa para indicarle que empezara a andar.
-“Recuerda que en todo momento la correa ha de ir casi tensa, no te adelantes y ve siempre detrás de mí, porque ese es y será siempre tu lugar»- Le dijo mientras abría la puerta.
Salieron así al exterior.

Ella delante y él detrás, desnudo a excepción de aquellos complementos que ella le había puesto, excitado como casi no lo había estado nunca. Era precisamente esa excitación lo que le causaba mayor azoramiento, no la desnudez, ni el ser llevado de la correa.
Ella se paró antes de llegar al ascensor y volvió ligeramente sobre sus pasos hasta que pudo hablarle al oído.
-“Me encantan tu determinación y tu valentía . Me gustaría que  mantuvieras
tu excitación durante todo el tiempo que dure nuestra excursión. Me apetece exhibirte exactamente como eres y como te sientes ¿verdad que lo vas a hacer por mí?”-
Él solamente pudo asentir pues hacía ya unos cuantos meses que ella había conseguido a través de un proceso de sugestión y adiestramiento llevarle al punto en el que solo escuchar una petición de su boca, actuaba sobre su cerebro de una manera sinuosamente automática.
En aquel momento nada le hacía sentir más libre que su desnudez y esa correa.

Esa correa y la obediencia.

La obediencia y ella, su guía.
Llegó el ascensor y subieron a él. Bajaron los tres pisos de  un trayecto que a él se le antojó el más largo de su vida.
Se abrieron las puertas y salieron, primero ella y él detrás esperando a que la
correa tirara ligeramente de él. Caminaron unos metros hasta que ella abrió la puerta del portal.
El aire de la calle sacudió toda su desnudez haciendo que se diera cuenta de que sí, esto estaba sucediendo y ya no había marcha atrás.
Siempre detrás de ella y manteniendo su vista en los tacones que le guiaban.

Llegaron al coche y él abrió con el mando para que ella subiera.
-“No, hoy quiero ir sentada en el asiento del copiloto, quiero verte de cerca mientras conduces”-
Cerró la puerta trasera y abrió la puerta delantera derecha.
-“Vamos al centro comercial, tengo que hacer unas compras”-

Pasó el cinturón de seguridad alrededor de su torso desnudo, lo aseguró en el enganche y
arrancó. Mantuvo la mirada en todo momento centrada en la conducción mientras ella le iba hablando.
-“Será solo un momento, menos de media hora. No te preocupes, que no te haré salir del coche. O sí.»-le dijo maliciosamente para tensarle, más aún.
Eso sí, me esperarás en el aparcamiento y tanto a la llegada como cuando salgamos deberás abrirme la puerta”.
Atravesaron el tráfico de Madrid hasta llegar al centro comercial.

Desnudo conduciendo, semáforos en rojo y él con la vista hacia adelante obviando que muy seguramente los coches parados a su izquierda le estarían mirando con cierta curiosidad.

¿Timidez? ya no.

¿Miedo? hace tiempo que perdió el miedo junto al equilibrio.

¿Excitación? toda.

«¿Que seria de la ciudad sin ella?»- pensaba mientras observaba el semáforo en ámbar, ya.

Entraron en el aparcamiento y se dirigieron a la segunda planta. Cuando aparcó se bajó del coche y abrió la puerta del copiloto. Ella salió y le extendió la mano para que se la besara.
-“Espérame dentro y recuerda que te quiero excitado en todo momento,
pero no te acaricies”-
Transcurrieron los minutos mientras escuchaba música, trataba de mantener la mente en blanco para ver si de esa forma conseguía abstraerse de la situación, pero su erección le recordaba cada pocos segundos quién era, dónde estaba y sobre todo, a quién pertenecía.

Y el orgullo de saberse de ella…

Tan libre y tan rendido a ella.

La libertad de la pertenencia, había reflexionado tanto tiempo sobre ello que podría escribir un tratado de varios volúmenes casi sin pestañear.
¿Cómo era posible que sin tocarse estuviera tanto tiempo excitado? Y entonces venían sus palabras a su cabeza “te quiero excitado en todo momento”.
La vio aparecer tiempo después y bajó del coche para abrir la puerta. Venía cargada con un par de bolsas con las compras así que cuando llegó a su altura las cogió antes de que ella subiera al coche y las metió en el maletero, lo cerró y acto seguido cerró la puerta del copiloto y se subió.
Arrancó y salieron del aparcamiento rumbo de nuevo a su apartamento. Aparcó, cogió las bolsas del maletero, abrió la puerta del copiloto y cuando ella bajó del coche le entregó la correa en la mano, cerró el coche y la siguió.
Dos pasos por detrás. Ella se demoró a propósito, se paró, rebuscó en su bolso, sacó su móvil y le hizo unas fotos mientras sonreía orgullosa y divertida a la vez. Con la calma que la caracterizaba volvió a guardar el móvil en el bolso y se encaminó hacia el portal. A lo lejos escucharon unas voces que a él le hicieron temblar ligeramente. Su excitación no solo no desaparecía sino que era aún si cabe mayor.
Un par de minutos después entraron de nuevo en la casa. Ella le dijo que se quitara los complementos que con tanto cuidado había preparado y que la esperara de rodillas en una esquina del salón mientras ella se cambiaba.
Cuando empezaron a dolerle las rodillas ella llegó por detrás de él y le habló al oído.
-“Estoy muy orgullosa de ti, has sido un chófer perfecto y te mereces un premio por ello. No hables,
solo escucha mi voz, no hay nada en tu mundo ahora mismo aparte de mi voz.

Date la vuelta”-
Obedeció y se giró de rodillas con la mirada fija en sus zapatos.
-“Descálzame”- y  en cada vocal pronunciada por ella, pudo adivinar olores, sabores, placeres derritiéndose entre sus dedos.
Muy lentamente, como sabía que a ella le gustaba, le quitó uno de los zapatos, lo dejó
cuidadosamente a un lado y tomó su pie entre sus dedos, acariciándolo y besándolo muy suavemente. Con sumo cuidado retiró sus manos  y le quitó el otro zapato.
-“Ahora míralos bien. Emborráchate de ellos con tus ojos. Cuanto más los mires más excitado vas a estar. Sígueme a gatas”-

Ella caminó unos pasos hasta que llegó a su sillón favorito, él  arrastrándose detrás.

Se sentó y cruzó las piernas de manera que su pie bailó delante de la excitada mirada de él.
-“Cada roce de mi pie en tu cuerpo va a incrementar tu excitación. Va a llegar un momento en el que quizá creas que no puedas aguantar más sin correrte, pero entonces me mirarás a los ojos y sabrás que puedes conseguirlo.
No te correrás hasta que yo no te dé permiso, si te lo doy, claro.”-
Empezó a jugar con él. Llevó su pie a su boca, acarició con la punta de los dedos sus labios entreabiertos, su lengua nerviosa, su cuello, su pecho, sus brazos, lo pasó por los muslos y volvió a recorrer todo su cuerpo una y otra vez.

Lentamente.

Sin dulzura.

Total, solo tenían varias vidas.
Su respiración empezó a entrecortarse, su miembro temblaba como si fuera a estallar. Más sofoco y excitación, el cuerpo entero parecía ser un manojo de espasmos. La miró y ella, sonriente, negó con la cabeza.
Unas lágrimas de impotencia asomaron por sus ojos, quería correrse y no podía a pesar de que sentía que cada segundo que pasaba estaba más y más excitado y aún así no podía apartar la mirada de sus pies ni podía dejar de notar que aquellos suaves dedos pintados de color «rojo impaciencia»,  le mataban de placer sin siquiera rozar su sexo.
Sudores fríos y el cuerpo entero temblando, las lágrimas corriendo por sus mejillas; volvió a mirarla y solo consiguió la misma sonrisa y la misma negación.
Se retorció sobre sí mismo como peleando contra una fuerza invisible que intentaba doblegarlo y que no era otra que la de su mente tratando infructuosamente de romper aquel control.
Infructuosamente porque en realidad no quería escapar de ese control.
-“Cuando cuente hasta tres te vas a correr. Y lo vas a hacer sobre mis pies, lentamente, como si se escapara tu alma de ti”-
-“Uno”-
Tembló.

Trató de que su cuerpo rozara de alguna manera su pie.

Imposible.
-“Dos”-
Ahora los pi

es recorrían sus muslos muy suavemente y terminaron posándose en el suelo justo
debajo de su miembro.
-“Tres”- Y en ese «tres» se demoró tanto que pudo apreciar como sus carnosos labios sonreían con cada consonante, se tropezaban en cada vocal mientras la deseada «S» no acababa  de aterrizar.

Aterrizó…
Y el placer…

Gritó su nombre, le dio las gracias, gimió, lloró. Mientras, su viscosidad iba depositándose muy lentamente en los pies de ella, cubriendo los empeines y su bonito tatuaje poco a poco, casi sin parar y a la vez sin ningún espasmo.
-“Muy buen chico. Ahora bébete a través  de mis pies”-le ordenó.

Lo hizo. Muy lentamente, acariciando cada milímetro de su piel con la lengua sedienta. Dejándose mecer por el tacto y las sensaciones que le provocaba esa sustancia algo amarga en su boca

Respiró.

Y el mundo, estuvo un poco mejor en ese momento.

Sonó un :»Gracias» en el aire y cerró los ojos, extenuado,

repleto de emoción,

de calma y de tanto placer acumulado .

 

 

«De veras que no veo nada romántico en declararse.

Estar enamorado es muy romántico pero no hay nada romántico en una declaración en toda regla. Sobre todo porque puede ser aceptada, con lo que la emoción desaparece por completo.

La esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si me caso alguna vez, haré todo lo posible por olvidarlo»

(Oscar Wilde)

 

 

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El deseo es el deseo del otro. (Hegel)

En medio de la mañana de aquel lunes casi primaveral, la vibración del teléfono en el bolsillo de su pantalón le sacó de los temas que en aquel momento se estaban discutiendo en la reunión. Cogió el teléfono y vio que acababa de entrar un correo de ella:

-“Buenos días: Este viernes quiero que vengas a verme a las 19:00 h, te estará esperando un regalo muy especial. Hasta entonces me gustaría que fueras un chico casto, no te acaricies, únicamente cuando te duches, pero solo lo estrictamente necesario para tu higiene. Durante toda la semana deberás ir sin ropa interior; si ahora mismo la llevas puesta ve al baño y quítatela. Quiero que el roce del pantalón te acompañe hasta que me veas.

Te espero.

Un beso.

P.D.: Tengo un pequeño capricho, deseo que el viernes vengas completamente depilado.»-

Nada más leerlo se excusó ante los asistentes a la reunión y salió en dirección al baño. Se quitó los zapatos, los pantalones y la ropa interior. Dobló esta cuidadosamente y la guardo en un bolsillo de la americana, para a continuación  ponerse los pantalones y los zapatos con lenta cadencia rememorando cada palabra leída hace poco, como dibujando la ruta entre sus ganas y el ombligo de ella.

Acto seguido contestó al correo. Allí estaría el viernes.

A lo largo del día leyó y releyó el correo. Dos palabras le llamaron la atención por encima del resto: regalo y capricho. O sea: novedad y mandato.

Buscó y encontró la mejor manera de depilarse por completo, cuando salió del trabajo compró el producto que le había parecido más adecuado y al llegar a casa se lo aplicó quedando satisfecho con el resultado.

A lo largo de la semana el roce de los pantalones  se fue haciendo casi insoportable, no podía tocarse, así que cuando ese roce se traducía en una erección el sentimiento de frustración no hacía sino crecer dentro de él, manteniéndole en un casi permanente estado de excitación.

El viernes a la hora señalada estaba delante del portal de ella. Le puso un mensaje pidiéndole permiso para subir, y solo cuando  se lo concedió accedió al portal y se dirigió al ascensor. Llamó a la puerta con el corazón luchando por no salirse de su boca y solo se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose.

Por fin la puerta se abrió, entró y se arrodilló delante de ella con la mirada fija en la punta de sus sandalias que dejaban los dedos con las uñas pintadas de rojo, al aire. Ella le acarició el pelo y le dijo que se pusiera en pie lentamente.

Sandalias rojas de tacón muy alto y fino, a juego con el color de las uñas, las piernas al aire con un vestido negro corto que le llegaba a medio muslo, un cinturón discreto, los hombros al aire solo cubiertos por el fino tirante del vestido y la melena suelta cayendo sobre su espalda. Maquillada de manera muy discreta con los labios rematados inevitablemente en rojo. Según estuvo completamente de pie admiró por unos segundos su belleza.

Ella agarró la corbata para atraerlo hacia sus labios y besarle. Después  le susurró al oído:

-Desnúdate y deja todas tus cosas en este armario-

Él obedeció y empezó a desnudarse bajo la atenta mirada de ella, guardó toda la ropa y los zapatos en el armario y se quedó así, desnudo, sediento y vulnerable, con la mirada de nuevo clavada en el rojo de las uñas de sus pies.

Ella lo observó. Su mano acarició suavemente el pecho, ahora desprovisto de vello. Sonrió. Su mano bajó por su vientre hasta llegar a sus ingles. Las acarició levemente evitando en todo momento el contacto con su sexo que latía excitado ante el anticipo de caricias.

-Me has concedido mi pequeño capricho. Muy buen chico-

Él se estremeció. Esas palabras siempre causaban el mismo efecto, transportarle a un estado de sumisión completa hacia ella. Delicadamente le ciñó el collar y le volvió a besar.

-Ahora voy a darte tu regalo. Sígueme.-

Él la siguió.

Se arrastró por el suelo mientras ella sujetaba la correa. Llegaron a la habitación y le dijo que se pusiera de pie.

Sobre la cama, dispuestos en un orden perfecto, estaban unas medias negras, un tanga rojo de encaje con bastantes transparencias, un corsé negro, un sujetador con relleno rojo a juego con el tanga y lo que parecía ser un uniforme de criada negro con una especie de tela vaporosa blanca por debajo de la falda. A los pies de la cama estaban unos zapatos negros de tacón muy fino y alto. Sobre la mesilla había una peluca morena de media melena, colocada sobre la cabeza de un maniquí.

-Siempre he querido tener una doncella personal, he pensado que durante este fin de semana bien podrías ser tú esa doncella. ¿Qué te parece tu regalo?- Lo dijo casi susurrándole al oído, haciendo especial énfasis en la palabra doncella.

-Muchas gracias por el regalo. Confieso que me sorprende, no lo esperaba. A veces me has hecho vestir ropa interior femenina, pero esto es, no sé, distinto. Si Tu deseo es que sea tu doncella, pondré todo de mi parte para ser la mejor doncella- Respondió él.

Se quedó unos segundos parado, sin saber qué hacer a continuación. Ella le dio un fuerte azote en una de las nalgas mientras le incitaba  a que comenzara a vestirse con aquella ropa.

Se sentó con cuidado en la cama y cogió una de las medias. Se la puso con cuidado de no tener un enganchón que la estropeara. Lentamente metió el pie y cuando lo tuvo completamente dentro fue subiendo la media por sus piernas hasta que llegó al muslo y colocó cuidadosamente la banda de silicona para que la media quedara perfectamente fijada. Repitió la misma maniobra con la otra media.

Acto seguido cogió el tanga y se lo puso con mucho cuidado tratando de que su sexo quedara completamente dentro de la prenda, algo que le resultó muy complicado por la erección que lucía en ese momento. Una pequeña gota de líquido preseminal mojó la tela. Ella sonrió al ver esa excitación.

Cogió el corsé fue a ponérselo pero le resultó imposible. Ella lo vio y decidió echarle una mano. Le pidió que cogiera aire y en ese momento aprovechó para abrocharlo. Él instintivamente llevó sus manos hacia el corsé, tratando de palpar esa nueva figura en la que la cintura quedaba bastante marcada y de la que no sobresalía ni un centímetro de su abdomen. Le resultaba algo difícil respirar con tal opresión.

Tomó el sujetador entre sus manos y pasó los brazos por los tirantes hasta que estos quedaron en los hombros, echó las manos hacia atrás y con cierta dificultad lo abrochó.

Le llegó el turno al vestido de criada. Completamente ruborizado lo cogió y lo colocó delante de él para poner un pie y luego el otro dentro del vestido, lo fue subiendo lentamente hasta que lo tuvo a la altura de los hombros e introdujo los brazos hasta que el ceñido uniforme se entrelazaba con su piel.

Ella dio la vuelta por detrás de él, cogió la cremallera y la subió.

Se puso los zapatos y cuando estuvo subido a los tacones casi perdió el equilibrio.

-No te preocupes, terminarás adorando andar con tacones- Dijo ella mientras reía divertida.

Ya estaba completamente vestido. Y muy excitado, como pocas veces antes.

Una cosa que le llamó especialmente la atención fue que todas y cada una de las prendas habían encajado a la perfección en su cuerpo, como si durante los meses anteriores ella hubiera ido anotando todas sus medidas cada vez que le ponía las pinzas en los pezones desde detrás de su espalda, en cada caricia, en cada azote con la fusta y en cada latigazo.

Le pidió que se sentara en la silla que había a los pies de la cama. Cuando estuvo sentado ella cogió la peluca y se la colocó con suavidad, dedicó unos segundos a ordenar la caída del pelo sobre los hombros y cuando quedó satisfecha de cómo estaba la peluca le dijo:

-Un poquito de color en tu cara y estaremos casi listos. Tú no tienes que hacer nada, déjame a mí-

Se sentó en una silla frente a él, con un estuche de maquillaje, cogió un poco de color y lo puso sobre la cara de él, discreto, sin estridencias. Le pidió que cerrara los ojos y aplicó un poco de sombra, por último, le agarró suavemente el rostro y empezó a dibujar sus labios con uno de sus lápices preferidos . Él estaba en un estado de completo abandono, la dejaba hacer y estaba gozando de lo que ella estaba haciendo, se sentía completamente bajo su control y eso le excitaba enormemente. Ella le sacó de su absorción:

-Antes de que te mires en el espejo he de decirte que has quedado bellísima- puso énfasis en ese adjetivo femenino.

-Mucho mejor de lo que imaginaba cuando fui a comprar tu ropita de doncella. Y por lo que veo a ti también te está gustando lo que sientes, me encanta. ¿Te imaginas cuando llegue el día en el que salgamos las dos juntas a seducir a alguien?-

El color subió de inmediato a su cara y un escalofrío recorrió su espalda. ¿Había escuchado bien lo que le acababa de decir? ¿Significaba eso que en algún momento le haría salir a la calle vestido de mujer? ¿Le haría seducir a alguien? Todas las preguntas se agolparon en su cabeza en pocos segundos, sabía que todas las preguntas se respondían con un sí, si algo había aprendido de ella era que todas las insinuaciones que hacía terminaban convirtiéndose en realidad tarde o temprano.

Pidió permiso para hablar y ella le dijo que le dejaría hablar cuando ya se hubiese mirado en el espejo, y que en ese momento debería decirle con franqueza qué sentía, sin ocultarle nada.

Ella se levantó de la silla y le dijo que la siguiera.

Caminando torpemente, haciéndose al hecho de andar sobre los tacones la siguió. Llegaron a la habitación contigua y ella le pidió que cerrara los ojos y se dejara guiar mientras le cogía de la mano muy suavemente. Llegaron al centro de la habitación, justo delante de un espejo de cuerpo entero.

-Ahora ya puedes mirarte en el espejo. Tómate el tiempo que creas necesario, pero recuerda que después de ese tiempo me tienes que contar todo lo que piensas-

Abrió los ojos y se miró en el espejo. Asombro, extrañeza y finalmente admiración. ¿Era él? No, era ella. Había ciertos aspectos que seguían siendo claramente masculinos, pero el espejo le devolvía la imagen de una mujer. Una excitación repentina recorrió su cuerpo. Quiso hablar. No puedo. Los ojos de ella le robaban las palabras, absorbían el aire de su boca, apenas alcanzaba a respirar.

-Estoy asombrado. Cuando vi encima de la cama toda esta ropa que ahora llevo puesta creí morirme de vergüenza pensando en lo ridículo que iba a resultar con todo ello puesto y en la humillación que iba a sentir. A la vez estaba extrañamente excitado ante la idea de que me convirtieras en tu doncella. Ahora que veo el resultado solo puedo darte las gracias y decirte que estoy dispuesto a servirte todo este fin de semana con este uniforme. Seré tu doncella personal y haré todo lo que sea para cumplir todos tus deseos- Le dijo con cierto temblor en la voz.

-Iremos trabajando juntas esta nueva faceta tuya. Me gusta tu masculinidad, no te preocupes, que no te haré renunciar a ella, pero esta feminidad que ahora luces delante del espejo nos ofrece muchísimas posibilidades- contestó ella con cierta dulzura en su voz.

Él se sintió muy intrigado por sus palabras y le preguntó:

-¿Podría saber cuáles son esas posibilidades que dices?-

-Todas las que en este momento estás imaginando y tanto reparo pueden causarte ahora, esas que terminarás aceptando y disfrutando. Los únicos límites que tenemos son los que marcan mi imaginación y tu sumisión- dijo mirándole a los ojos y arrastrando las palabras para que lentamente fueran apoderándose de su mente.

Él se arrodilló delante de ella y besó sus manos.

Le pidió que la esperara de rodillas con la frente y los antebrazos apoyados en el suelo mientras iba a buscar algo. Obedeció y adoptó la postura. Sus nalgas solo cubiertas por la fina tira de tela roja del tanga quedaron expuestas frente a la puerta de la habitación.

Transcurrieron unos cuantos minutos y volvió a escuchar el sonido de los tacones acercándose. Ella llegó hasta él y se situó colocando una pierna a cada lado de sus manos. Le pidió que se incorporara permaneciendo de rodillas.

Se había cambiado completamente. Las sandalias rojas las había sustituido por unas botas negras brillantes de tacón fino metalizado, altísimo, lucía un precioso conjunto de lencería negro por encima del cual sobresalía algo que llamó mucho más su atención, un strap-on con un dildo de mediano tamaño  atado a su cintura.

Le ató las manos con unas frías esposas.

Enseguida supo tanto lo que tenía que hacer inmediatamente como lo que vendría después.

Después, el éxtasis aturdidor de la privación. El poder de no necesitar nada y necesitarlo todo al mismo tiempo.

Ella…

El…

«No vuela quien tiene alas, sino quien tiene un cielo»

 

 

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