Play!

 

Le sorprendió que al llegar al portal el conserje acudiera a su encuentro y le diera un sobre relativamente grande.

“Vino hace unas horas una mujer y me dio este sobre para usted”.

Le dio las gracias y lo cogió.

No necesitaba preguntar quién era aquella mujer, pues se trataba sin duda de ella, su dueña desde hacia tiempo ya. Por otro lado ella le había dicho que aquella misma tarde a última hora se acercaría a su apartamento pues quería que cenaran juntos, así que el detalle del sobre le resultó aún más raro; bien podría habérselo llevado ella misma antes de la cena o podría haberle dicho que se acercara a recogerlo donde fuera, pero no, se había acercado ella. Por último, lo había dejado en el portal, aquello era aún más extraño, pues ella tenía las llaves del apartamento y siempre que le apetecía iba por allí sin necesidad de avisar, razón por la cual él tenía la vivienda en perfecto estado siempre: limpia y ordenada, como a ella le gustaba.

Hacía semanas que no la veía. Cerca de un par de meses que se le habían hecho eternos, sesenta días eternos de añorarla.

Subió en el ascensor y entró en su apartamento.

Fue directamente a su habitación y se puso cómodo.

El sobre venía sin ninguna seña exterior. Lo abrió. Dentro pudo ver  un sobre un poco más pequeño con su nombre: Georgina.

Se estremeció y enseguida comprendió, cada vez que se dirigía a él en femenino lo hacía con ese sonoro nombre. Abrió el sobre y encontró una nota manuscrita, un collar y unos pendientes.

“Georgina querida:

Como eres una chica lista habrás comprendido lo que quiero, esta tarde cuando nos veamos llevarás  estos dos regalitos en tu piel. Dado que eres muy buena alumna sé que serás capaz de aplicar todo lo que te he enseñado en los últimos meses y sabrás encontrar el atuendo, los complementos ideales y el maquillaje perfecto para lucir bien seductora con estos dos regalos.

Tengo un capricho pequeño, me gustaría que te pusieras esa jaula de castidad rosa tan coqueta que te regalé y que cuando estés completamente preparada te acaricies, sientas la excitación y pienses en tus dedos como extensiones de los míos, y así durante media hora seguida.
Ni que decir que tienes prohibido derramar tu placer.

Durante esa media hora has de ser capaz de sentir mi voz susurrándote a través de todo tu cuerpo.

Una vez hayan finalizado esos deliciosos 30 minutos espérame de rodillas de cara a la pared en esa esquina del salón que tú bien sabes”.

Durante los meses anteriores su dueña le había enseñado a vestirse, maquillarse, conjuntarse y comportarse como una mujer. Había potenciado en él una fascinante dualidad con la que ahora convivía y que cada vez le resultaba más fascinante y a la vez más necesaria para realizarse como persona y como esclavo.

Esclavo, en toda su dimensión.

Esa dualidad le hacía pertenecer aún más a ella. Ella decidía cuándo quería de él su parte masculina y cuándo necesitaba de ella la parte femenina.

Se empezó a desnudar y fue dejando toda su ropa bien recogida en el armario.

Completamente desnudo abrió el armario exclusivo en el que su ama le había dicho que guardara toda su ropa femenina y eligió un atuendo que sabría que a ella le gustaría.

Un vestido corto rojo de una tela muy parecida a la seda, suave y muy vaporosa, a medio muslo, con unos tirantes finísimos en los hombros, un tanga también rojo y unas sandalias negras de tacón altísimo que le había regalado cuando comprobó que se desenvolvía con soltura encima de ellos.

Lo dejó todo cuidadosamente encima de la cama y comenzó el ritual de arreglarse, se duchó y comprobó que todo su cuerpo estaba completamente libre de vello.

Acto seguido se puso el cinturón de castidad. Pequeño, casi minúsculo, que dejaba su sexo reducido a la mínima expresión. Aquella vez le costó. Saber que ella llegaría  en unas horas añadía cierta excitación que complicaba la labor de introducir su sexo en aquel pequeño elemento de plástico duro.

Una vez cerró el cinturón de castidad cogió la llave y la dejó en la mesilla de la entrada de la casa. Allí sería donde ella miraría al llegar y la cogería para decidir cuándo podría quitárselo.

Volvió de nuevo al baño y se sentó en el taburete. Cogió el esmalte, rojo, inevitablemente rojo, y se pintó las uñas de los pies con mucho cuidado para no mancharse.
“Prudencias de primeriza”- pensó.

Primero las del pie derecho y después las del pie izquierdo. Esperó unos segundos sin moverse demasiado para no arruinar el resultado.

Justo después de terminar con las uñas de los pies hizo lo propio con las uñas de las manos. Una por una pintó cada uña con ese rojo brillante que sabía que a ella tanto le gustaba.

Comprobó que las uñas estaban ya secas y se situó delante del espejo. Repitió paso por paso todas las indicaciones que había recibido de su dueña durante las lecciones en las que le enseñó a maquillarse la cara y a realzar su mirada con una sombra de ojos.

Discreto, sin estridencias, pero a la vez resaltando aquellos rasgos de su rostro que sabía que necesitaban de ese toque femenino. Aplicó una sombra de ojos en tonos naturales, poniendo especial cuidado en que el tono fuera el deseado y el resultado, el deseado.

Por último, los labios. Rojos. Con brillo . Se miró en el espejo y sonrió satisfecha del resultado. Estaba convencida de que a su ama también le gustaría.
El rojo siempre de su lado.

Cogió los pendientes y se los puso. Eran uno de esos  en los que no necesitas introducir nada. Sabía que este era un primer paso y que tal vez en breve iba a llegar el momento en el que su dueña le llevara a hacerse el agujero en los lóbulos. Plateados y ligeramente alargados, muy discretos y elegantes. Después se puso el collar, una cadena también plateada, muy fina, de ella colgaba una letra, la inicial del nombre de su dueña.

Caminó de vuelta a la habitación, se puso el tanga y acomodó la jaula dentro de él, tomó el vestido y lo introdujo desde la cabeza, con mucho cuidado de no estropear el maquillaje. Sintió el roce de la suave tela en la piel y se le puso la carne de gallina mientras iba notándo cómo el plástico de la jaula de castidad oprimía su sexo.

Lentamente se colocó las sandalias negras que estaban a los pies de la cama y caminó unos pasos por la habitación para hacerse con ellos. El rojo de las uñas contrastaba con el negro del cuero de las tiras de la sandalia.

“El rojo y el negro. Siempre juntos cuando se trata de ella”- pensó

Un último toque y estaría perfecta. Sacó del armario la peluca de media melena castaña y la acomodó sobre su cabeza hasta que quedó en su sitio, atusó ligeramente la cabellera y se miró en el espejo del armario. Ahora sí estaba ideal.

Se tumbó en la cama y empezó a rozarse, dulcemente, como lo haría ella.

Flexionó las piernas y las abrió. Cerró los ojos y dejó que sus manos fueran lentamente acariciando cada rincón de su piel, la cara interior de los muslos, el vientre, el cuello, los lóbulos de las orejas para volver de nuevo a los muslos.

Los pezones se endurecieron y dirigió allí una de sus manos, pasó la palma por encima del pezón derecho, notando la dureza de este, dejando que la corriente de electricidad estática fuera desde la palma de la mano a la tela, de la tela al pezón. Primero el derecho y luego el izquierdo.

Tembló ligeramente.

Metió la mano por el escote buscando el contacto. Duro, casi dolía. Dos dedos lo pellizcaron suavemente y gimió. Acarició de nuevo suave y lento y con dos uñas lo pellizcó de manera casi imperceptible primero para ir incrementando la presión progresivamente, primero con las yemas de los dedos y más tarde con las uñas.

Casi se le escapó un grito.

Su otra mano acariciaba los muslos, llagaba casi hasta los testículos pero sin llegar a tocarlos. Tembló de nuevo.

Se giró y se puso apoyada en los brazos y en las rodillas, ofrecida a un hipotético amante que pudiera aparecer en cualquier momento por la puerta de la habitación.

“Ojalá mi Dueña llegara y me tomara ahora mismo”-pensó en un ya, completo estado de excitación.

Continuó con sus caricias. Tenía prohibido correrse y no sabía si sería capaz después de los días, muchos, de abstinencia que le había proporcionado su ama.

Tembló de nuevo y notó que debía parar pues sintió cómo a través de la apertura de la jaula de castidad empezaba con escaparse gotas de placer.
Respiró hasta que se tranquilizó. Fue al baño y se miró en el espejo. El sofoco de los minutos de caricias se había sumado al maquillaje y le proporcionaba un mejor color a su cara. Cogió su perfume favorito y se echó un poco en el cuello y detrás de las orejas.

Caminó hasta el salón y se dirigió al rincón que su dueña le había indicado. Se arrodilló y se dispuso a esperar.

“La espera, esa sutil forma de bondage en la que no hacen falta cuerdas ni ataduras”. total, si había esperado casi dos meses ¿qué importaban unos cuantos minutos más?

El dolor comenzó, a veces en las rodillas, otras en los minutos, pero podía sentirlo.
Nervios.
Interrogantes.

Poco después escuchó la llave en la cerradura.

Respiró aliviada.

La puerta se abrió y unos segundos después volvió a cerrarse. Ella dejó las llaves encima de la mesilla y un sonido algo más apagado le siguió después, seguramente su bolso chocando contra la madera.

Los tacones empezaron a acercarse y entonces escuchó su voz:

“La llave de la jaula de castidad está en la entrada, fenomenal, Georgina. La casa ordenada de manera impecable. muy, muy bien, querida. Tú esperando en tu rincón de espera. Sin duda cada día eres más perfecta para mí”.
Ella ya estaba a su lado. Olió su perfume. Inconfundible. Sintió el roce de sus manos sobre sus hombros y la escuchó alejarse de nuevo.

El sonido de los tacones paró. Sin duda se había sentado en su sillón preferencial. Un sillón en el que solo se sentaba ella. Nadie más.

“Acércate a mí y salúdame como es debido”.

Se giró y se dirigió a ella caminando sobre sus manos y rodillas. Lentamente, tratando de que la sangre volviera a ellas y buscando de alguna manera mitigar el dolor. La mirada fija en el suelo.

Delante de sus ojos aparecieron las puntas de los zapatos de su dueña y se lanzó hacia ellos como buscando salvación, esa salvación de la que estaba ausente desde hacía casi sesenta días. Los abrazó, sintió su piel pegarse a la piel de sus zapatos y le dio las gracias casi en un hilo de voz.

Junto al alivio de sentir sus pies se sumó la paz de la caricia en su cabello. Respiró aliviada pues aquella situación le daba vida. Siempre se la daba, pero en ese momento más que en ningún otro.

Aquel saludo se prolongó varios segundos.

Tembló de nuevo emocionada. Necesitaba ese contacto, necesitaba sentirse a su merced, ansiaba estar a sus pies.

“Ponte de pie para que te vea, Georgina”.

Obedeció y se alejó unos pasos para que pudiera observarla con detalle, giró ligeramente de manera que el poco vuelo del vestido hiciera el juego de dejar las piernas casi desnudas y ella pudiera comprobar la destreza sobre los tacones.
“Estás perfecta y los dos regalitos que te dejé esta tarde en portería te quedan ideales. Acércate”-Dijo mientras ella misma se ponía de pie.

“Señora, no encuentro palabras para expresar mi agradecimiento”, atinó a soltar.
Cuando estuvieron las dos una frente a la otra la besó. Un beso dulce rematado en un mordisco firme en el labio inferior que hizo casi quejarse a Georgina.

“Acompáñame”-le dijo.

Caminaron juntas hacia la entrada y una vez allí abrió el bolso y sacó algo.

“Date la vuelta”.

Obedeció y quedó de espaldas a ella. Unos segundos después un antifaz cubrió sus ojos privándola de visión.

“Es posible que tengamos un invitado”. Susurró en su oído.

No mucho tiempo atrás habría temblado de temor.
Ahora lo deseaba.
La deseaba.

“The most important sex organ lies between your ears”
(Ruth Westheimen)

Copyright©2016-20L.S.

Cuando me nombres…

…Por un trance o un desliz.

…Ocurría que a veces su dueña tenía tanta necesidad como urgencia y así, aquella mañana, recibió un mensaje tan escueto como directo:

-“Te espero a las 19:00. Ven dispuesto a todo”.
Y él sabia que “todo” con ella, siempre era “Todo”.

No le hizo falta nada más para pasar el resto de la mañana y de la tarde excitado con la sola idea de volver a estar en su presencia.
Dieron las 19:00 exactas y pidió permiso para subir al apartamento.

-“Espera a que te abra delante de la puerta.De rodillas”-Le indicó.
Segundos eternos, transformados en minutos.
La excitación creciendo dentro de él y por fin su voz al otro lado de la puerta.

Esa voz…

Abrió.
Entró.
Se puso de pié y en cuanto cruzó el umbral de la puerta volvió a caer de rodillas delante de ella.
Su sitio; la mirada fija en los pies calzados con unos preciosos botines grises de suela roja con altísimo tacón.

-“Desnúdate, guarda tu ropa en el armario y sígueme”-

Su voz sonó más dulce que de costumbre, si es que con ella existían las costumbres. Desnudo por completo comenzó a caminar sobre sus rodillas y sus manos detrás de ella siguiendo el ritmo de sus tacones.

Ese ritmo…

Llegaron a su habitación y le hizo ponerse de pié delante de la cama. Entonces pudo ver un precioso uniforme de criada, un conjunto de lencería roja, unas medias negras y unos zapatos de tacón alto, también rojos. En una de las mesillas que flanqueaban la cama, la cabeza de un maniquí lucía una peluca castaña de media melena. La miró sabiendo qué era exactamente lo que esperaba de él.

-“No será la primera vez que te vistas así, pero hoy será todo diferente, ya sabes, cada día un pasito hacia delante.”-
Hacía meses que ella le entrenaba para este momento. No fue casual, ella supo ver su interior. Lo abrió sin permiso, buceó y supo lo que necesitaba.

-“Quiero que hoy liberes tu lado femenino más que nunca.”-
Hoy serás Cloe para mí. Juntas sentiremos y viajaremos lejos a través de la piel y los sentidos.
Sensaciones nuevas. Limites vistiéndose sobre el suelo…

Ese nombre femenino y aquel “juntas” hicieron que toda su piel se erizara.
Poco a poco empezó a vestirse. Las braguitas se ajustaron a la perfección a su cuerpo, incluido el pequeño cinturón de castidad con el que su ama controlaba su placer. El sujetador, con un ligero relleno también encajó de manera impecable en su cuerpo.
Se puso las medias con esmero y cuidado y acto seguido se vistió con el uniforme en tonos negros y blancos, escandalosamente corto, dejando casi a la vista las braguitas.
Zapatos y esa peluca tan sugerente para completar el atuendo.
-“Ahora voy a terminar de prepararte para que estés totalmente lista”.-

Le invitó a sentarse en una silla delante del mueble que dominaba una de las paredes de la habitación
Poco a poco fue maquillándola a su gusto, discreta pero realzando los rasgos de la cara para terminar aplicando un carmín rojo, muy rojo, en los labios. Aquel carmín que tantas veces él había visto en los carnosos y sugerentes labios de ella.
-“Estás guapísima, Cloe, casi perfecta. Mírate en el espejo”.-

Lo hizo y quedó asombrado del trabajo que ella había realizado. Lucía casi por
completo femenina. Sonrió y le dio las gracias, y justo en aquel momento sonó el timbre.
El sonido del timbre le sorprendió, y la sonrisa de ella casi le paralizó. Ella lo notó y le habló al oído.
-“Voy a abrir a nuestro invitado, es un regalo que te hago con todo mi cariño. Estoy convencida de que vas a estar a la altura. Ve al salón y espéranos allí de pie”.-
“…El espacio que deja cuando se va”…pensó él, cabizbajo a solas.

Mientras ella se dirigía a la puerta, fue al salón y esperó en el centro del mismo. De espaldas a la puerta. Estaba nervioso y no quería que esa fuera la primera impresión que aquel invitado sacara de ella. Sí, de ella. Lo tenía completamente asumido.

Escuchó las voces acercarse al salón. No se movió, ni siquiera cuando intuyó que ya habían entrado en aquella estancia.
Sintió las manos de su dueña alrededor de su cintura mientras hablaba con aquel desconocido.

-“Los que no se arriesgan nunca subirán de nivel”-le susurró a modo de caricias tranquilizadoras.

Las presentaciones y demás formalidades necesarias…

-“Ella es Cloe. Es un poco tímida y podríamos decir que es como si fuera su primera vez”.-

Ahora fueron otras manos las que notó en su cintura. Unas manos firmes y que la sujetaron con más fuerza que la empleada por su ama unos segundos antes.
-“Encantado, Cloe”. Dijo aquel hombre mientras la besaba en el cuello y hacía que un escalofrío recorriera toda su piel despertando más aún su sexo enjaulado.
Ahora sí, se giró y lo vio. Un hombre bastante apuesto, y podría decir que hasta guapo, alto y perfectamente afeitado. Se sorprendió a sí mismo evaluando a aquel hombre en términos de atracción sexual.
Le extendió un ramo de flores y volvió a besarla. Esta vez en la mejilla, cerca de la comisura de los labios, lo cual la aturdió ligeramente.

-“¿Qué se dice, Cloe? No vaya a ser que nuestro invitado piense que eres una
maleducada”.-La voz de su ama la sacó del ensimismamiento.

-“Muchísimas gracias. No tendrías que haberte molestado en traerme ningún regalo”. –

Y ahora fue ella la que se acercó al hombre y le besó también muy cerca de los labios. Pudo notar su olor. ¿Como definirlo? Viril, seductor…¿Las endorfinas enredando intenciones?.
Tal vez.

Regresó a los pocos segundos y su dueña volvió a animarla hablándole al oído.
-“Haz que se sienta cómodo “-

Se acercó a él y lo abrazó por detrás, rodeándolo, sintiendo todo el cuerpo con sus manos. Poco a poco empezó a desabrochar la camisa mientras le besaba el cuello, le quitó la camisa y ya sin timidez alguna, le besó en los labios y dejó que la lengua de él tomara posesión de su boca. A partir de ese momento se dejó hacer.
La voz de su ama acudía de vez en cuando a su oído, animándola a disfrutar, empujándola a dar placer a aquel atractivo desconocido que ahora ya estaba completamente desnudo a su lado. Sus manos acariciaron aquellos glúteos masculinos para, suavemente, ir al encuentro de su sexo, que lucía casi erecto bajo la caricia de sus dedos.
Se arrodilló y poco a poco metió aquel desconocido miembro en su boca, lo besó, lo saboreó detenidamente, sin atropellarse, dejándose llevar por la voz de su dueña.

-“Poco a poco, Cloe, no tienes prisa. Busca su placer”.-

Continuó dando placer con su boca mientras sentía tanto las manos de él en su cabeza como las manos de ella acariciando su cuerpo, sus nalgas  y las cercanías de su sexo aprisionado por el cinturón de castidad que luchaba por salir.
A los pocos minutos el atractivo desconocido se deshizo de la caricia que la boca de Cloe le proporcionaba y buscó sus labios para agradecerle el placer que le había brindado. Poco a poco bajó las braguitas rojas y acarició entre las nalgas de Cloe . Extendió un poco de crema lubricante en el punto exacto que auguraba placeres inmensos y organizó su cuerpo, manejándolo a su antojo.

Ella respiró y sintió.

Sintió y se permitió fluir, dejándolo entrar por completo. Ese hombre de voz ronca penetrándola desde detrás y su dueña besando sus labios mientras sujetaba sus manos.
Y mientras tanto el tomador de su cuerpo aceleraba el ritmo para volver a hacerlo más lento y posteriormente volver a acelerar, jugando con su placer en ciernes.

Ella disfrutando con las imágenes y el desconocido a punto de gritar de placer, mientras entre las barras de acero del cinturón de castidad de Cloe se escapaba inconfundible la prueba de que ella también había disfrutado.
Poco a poco él se salió y volviendo a besarla en la boca se despidió dándole las gracias por haberle hecho disfrutar. Casi visto y no visto se vistió y su dueña lo acompañó a la entrada donde le despidió cariñosamente.
De nuevo estaban las dos solas. Cloe se abrazó a su dueña, abrazó sus piernas y buscó refugió entre sus pies, como lo buscó en las primeras ocasiones en las que empezó a surcar los nuevos territorios que ella le mostraba.

Confianza. Eso fue lo que siempre imperó a su lado.
Atracción.
Admiración.
Magia.

-“Sabía que ibas a estar a la altura de la ocasión. Estoy muy orgullosa de ti”.-
Le besó, como besando su libertad y se alejó.

-“Con que poquito haces magia”-pensó él sin atreverse a pronunciarlo.

Y supo que aquel instante de intimidad quedaría eternizado desde ya,
hasta siempre.

 

 

“Quise vivir durante años según la moral de todos.
Me esforcé por vivir como todo el mundo, por parecerme a todo el mundo. Dije lo preciso para unir, aun cuando yo me sentía separado.
Y al cabo de todo esto, llegó la catástrofe.
Ahora me paseo por entre las ruinas,
estoy sin ley,
cruelmente dividido ,
solo y aceptando estarlo,
resignado a mi singularidad y a mis discapacidades.
Y debo reconstruir una verdad,
tras haber vivido toda mi vida en una suerte de mentira.”


(Albert Camus.)

 

 

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“En mi defensa diré que él me sonrió primero.”

 

En uno de los mensajes que había recibido durante aquella semana, ella le había escrito:

 

-“Cuando te vea el sábado comenzará una nueva fase de tu adiestramiento: tu doma”-.

Él sintió tanto miedo como deseo.

A la hora convenida pidió permiso para presentarse ante ella, se lo concedió y solo entonces subió en el ascensor hacia el apartamento.

Llamó y se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose desde el otro lado de la puerta.

Ella abrió y nada más cruzar la puerta él se arrodilló delante de ella besando sus manos. Después de aquel saludo, empezó a fijarse en su atuendo.

Botas  de cuero negro con un tacón muy alto,

pantalones blancos de montar a caballo y una blusa negra de manga corta, con escote.

Con mucho escote.

Con todo el escote posible.

El pelo lo llevaba recogido en una coleta.

La mirada de él no expresaba sorpresa sino admiración, se quedó unos segundos ensimismado hasta que la voz de ella le sacó de su absorción.

Dulce y suavemente, como a ella le gustaba dar las órdenes:

-Desnúdate, deja tu ropa en el armario y dirígete a mi encuentro en el salón-

A los pocos minutos se presentó completamente desnudo con la única excepción de la jaula de castidad que aprisionaba su sexo. Entró caminando con las manos y las rodillas en el suelo, tal como ella le había enseñado hacía ya mucho tiempo.

-Ponte en la postura que ya sabes  me gusta tanto…-

Entendió que debía apoyar completamente los antebrazos y la frente en el suelo y esperar nuevas indicaciones.

Sintió que sus manos acariciaban sus nalgas, suavemente primero, para después marcar ligeramente con las uñas unos casi imperceptibles arañazos. Después sintió frío cerca de sus nalgas y ese mismo frío invadió todo su cuerpo segundos más tarde.  Algo fue introduciéndose lentamente en él, un plug metálico que quedó fijado en un hábil movimiento. Sintió también un ligero cosquilleo en el interior de sus muslos. Un objeto desconocido aún, le rozaba  muy suavemente, ella lo movía para que él fuera consciente de esa sensación.

-Ponte en pie-

Obedeció y se puso en pie con la mirada fija en el suelo.

Ella siguió hablando, más dulcemente de lo que le había hablado nunca.

-Sabes que me encantan los caballos, me parecen unos animales fascinantes. Es por eso que quiero domarte como a ellos, para que así seas capaz de servirme y mientras lo haces, tus movimientos sean precisos y armoniosos-

-Te acabo de poner tu cola de caballo, es un plug que tiene las crines de un caballo. Ahora voy a seguir  con tu atrezzo para que seas un precioso corcel al que poder domar.-

Le hizo poner ambos brazos atrás y juntos. Cuando estuvo en aquella postura notó que ella introducía los brazos en una especie de bolsa de cuero. Ató cuidadosamente los cordones de la bolsa de cuero de manera que los brazos quedaron completamente pegados a la espalda.

Del extremo superior de la bolsa de cuero salían unas correas a modo de cinturón que ella ató por delante de su pecho.

Otras correas salían del extremo inferior y las ató con la hebilla a la altura de la cintura.  De esta manera sus brazos quedaron completamente inmovilizados y sería incapaz de usarlos hasta que ella le quitara aquella bolsa de cuero.

-Los caballos no usan sus manos, es algo a lo que te vas a tener que acostumbrar, incluso cuando quiera montarte, ya que con el paso del tiempo serás capaz de servirme de montura. Hay unas sillas de montar preciosas que son ideales para caballos de dos patas como tú- le decía lentamente con un ritmo casi hipnótico.

A continuación, ella le puso el collar postural que habían comprado hacía poco tiempo. Un collar muy ancho que obligaba a mantener la barbilla muy erguida pues tenía una varilla de acero que evitaba bajar y forzar la postura. A su vez, los brazos aprisionados obligaban a su espalda a permanecer completamente recta.

-Ahora queda el último adorno- dijo ella mientras le hacía abrir la boca para introducir un bocado de silicona en su boca.

Por último fijó unas riendas a los anillos metálicos que se unían con  el bocado y al cierre que apretaba su cuello.

-Perfecto, ya estás listo para la primera sesión-

Él estaba completamente concentrado para poder mantener la postura sin perder el equilibrio, aquello le obligaba a realizar un esfuerzo físico que le recordaba a aquellas veces en las que había servido de mesa.

Se trata de disciplina y concentración-se repetía él a modo de mantra.

-Hay algo que me encanta de la doma y es la comunión que existe entre la amazona y el caballo. Simples gestos de ella son correspondidos por su montura con movimientos automáticos ejecutados con la mayor precisión y con muchísima hermosura. Ese es el objetivo, que con simples tirones de las riendas, o con leves toques con la fusta sepas exactamente lo que quiero-

El trató de hacer algo parecido a asentir, pero le fue imposible por el collar y la varilla de acero que se clavaba con suavidad en su barbilla.

-Ponte de puntillas-

-Si sientes las riendas en tu espalda empezarás a andar sin moverte del sitio, siempre de puntillas y levantando las rodillas lo máximo que puedas, avanzando lentamente, con la espalda siempre recta. Si notas que tiro de las riendas hacia atrás, te detendrás en seco con tus pies perfectamente juntos y de puntillas- le dijo ella mientras acariciaba su coleta recogida.

El notó que las riendas le golpeaban suavemente en la espalda y movió la pierna derecha, levantó la rodilla lo más que pudo y dio un paso. Notó un golpe de fusta en el muslo derecho.  Dió un paso con la pierna izquierda, llevó la rodilla lo más arriba que pudo. Siguió con la pierna derecha, elevó la rodilla hasta que sintió su cuerpo tensarse.

-Eso es. Muy bien esta vez. Sigue hasta que te ordene parar-

Continuó, siempre de puntillas, tratando de levantar las rodillas todo lo más que podía. Unas veces atinaba a hacerlo bien y otras recibía la caricia de la fusta en la pierna que a gusto de su dueña no había levantado suficiente.

Un tirón hacia atrás.

Paró.

Los pies quedaron ligeramente descuadrados, no juntos como ella le había ordenado.

Tuvo que corregirle  y mientras lo hacia comenzó a desvestirse.

Primero la blusa y luego el ceñido pantalón. De este modo, él podría rozar su piel una vez que estuviera encima. Se vistió con un corset negro, un breve tanga esas botas negras altas cubriendo sus piernas.

El tacón de la  bota  comenzó a clavarse en su muslo derecho. El hizo un pequeño gesto de dolor que corrigió enseguida.

Ella se situó a su lado y colocó la fusta delante de él a una cierta altura. Con las riendas le indicó que empezara de nuevo a andar. Él entendió que sus rodillas deberían elevarse hasta tocar la fusta y así lo hizo. Cada vez que una de sus rodillas tocaba la fusta, ella lo animaba diciéndole que muy bien. Le ordenó parar con un tirón seco de las riendas.

Esta vez sus pies quedaron perfectamente igualados y ella le acarició la cabeza en señal de reconocimiento.

Repitieron la mecánica durante unos cuarenta minutos, transcurridos los cuales él estaba sudando completamente y un pequeño reguero de saliva se escapaba entre la comisura de sus labios y el bocado que mantenía su boca abierta. En aquel momento se sintió flaquear, por el esfuerzo de andar tanto tiempo de puntillas.

Ella se dio cuenta.

-Puedes apoyar los talones en el suelo durante unos segundos. Sé que el esfuerzo de llevar tantos minutos de puntillas es grande, para la próxima vez te sugiero que compres unas botas de tacón alto, así al menos tus pies podrán descansar y así, además, aprenderás a andar con tacones- le dijo con una perversa sonrisa en sus labios.

Acto seguido empezó a quitarle los adornos. Primero el bocado y las riendas, cosa que él le agradeció y continuó retirando el collar postural. Por último le desabrochó los cinturones de la bolsa de cuero y liberó sus brazos.

Él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-Quiero llegar a sentir esa comunión de la que hablabas, ser capaz de interpretar qué es lo que quieres que haga sin necesidad de sentir nada más que un leve tirón de las riendas o un leve toque de la fusta-

Ella le besó, mientras le susurraba:

-Si algo valoro de ti es tu obediencia y  entrega, la doma es un medio con el que vamos a potenciar estas dos virtudes tuyas. Verás qué interesante será cuando estés preparado para que pueda exhibirte-.

Él se arrodilló delante de ella,

aún temblando por la excitación

y besó sus manos en señal de gratitud.

Ella le sonrió.

 

“En su defensa añadiré,  que yo le reté después…”

 

 

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Desde la incertidumbre del placer.

A las 12:30 de aquel viernes recibió un correo de ella con instrucciones:

“Vendrás esta tarde a las 19:00 h. Solo tienes que traer una caja pequeña de bombones y todas las ganas de servirme durante todo el fin de semana. Te esperan muchas sorpresas que serán de mi agrado”.

Según lo leyó un sudor frío recorrió su espalda y se tradujo en una inmediata erección súbitamente impedida por el acero de su cinturón de castidad.

Se le hizo eterna la jornada de trabajo y eso que los viernes terminaba a las 15:30. A esa hora salió y se dirigió a comprar la caja de bombones que sabía que a ella más le gustaría. Comió algo ligero e hizo tiempo curioseando en un centro comercial hasta que llegó la hora de dirigirse a su encuentro.

Un minuto antes de las 19:00 le puso un mensaje pidiendo permiso para subir. Ella le contestó que sí, que podía hacerlo y que llamase a la puerta  esperando de rodillas a un metro de la puerta, hasta que abriera.
Subió.
Llamó al timbre.

Se retiró un poco de la puerta y aguardó de rodillas.

Pasó un buen rato hasta que escuchó el sonido de unos tacones acercándose a la puerta. Acto seguido se abrió. Se puso en pie y entró. Ya dentro de la casa volvió a ponerse de rodillas y cogiendo la mano de ella, la besó con devoción.
Le entregó la caja de bombones y pidió permiso para hablar.

-“Me presento ante ti desprovisto de cualquier prejuicio, dispuesto a servirte como devoto esclavo tuyo que soy y deseando entregarme por completo a todas tus órdenes, deseos y caprichos”-

Ella sonrió y le hizo ponerse en pie, lo atrajo hacia sí, acarició sus labios con la lengua y le besó.

Vestía un vestido corto de látex negro, muy ajustado, dejando entrever una insinuante lencería roja que hacía difícil apartar la vista de otro lugar que no fuera su cuerpo y su piel.
Botas negras con tacón largo y fino. Irremediablemente fino.

-“Desnúdate por completo y deja todas tus cosas dentro de este mueble . No vas a necesitarlas durante todo el fin de semana”-

Una vez dichas las pequeñas instrucciones, le dejó en el vestíbulo y fue a guardar los bombones. Cuando regresó él ya se había desnudado y estaba esperándola completamente desnudo a excepción del dispositivo de castidad y del anillo en su mano derecha que indicaba su condición de esclavo.
De rodillas, con la mirada en el suelo, las manos en la espalda y la excitación más allá de su  alma.

-“Tengo un regalo para ti”-dijo ella en un tono de voz muy suave  mientras le acariciaba la barbilla. Él la miró y vio aquella sonrisa que anticipaba que muy probablemente se le había ocurrido experimentar con algo nuevo.

Le hizo ponerse de pie y cuando lo tuvo cara a cara le enseñó lo que llevaba en la otra mano. Un cinturón de castidad nuevo, brillante y significativamente más pequeño y curvado que el que encerraba su sexo en ese momento apareció delante de sus ojos.
Si ya estaba siendo difícil soportar la excitación en el que ahora lucía, con este nuevo todo iba a ser más difícil- pensó instantáneamente.

Ella se puso en cuclillas delante de él y cogiendo el pequeño collar del que colgaba la llave del candado lo abrió. Jugueteó con el candado, demorando el momento de la liberación, finalmente lo quitó y lo depositó en el suelo. Retiró la funda metálica y observó las marcas que el acero había dejado impresas en la piel.

Lo acarició .

Cogió el anillo de la base del nuevo dispositivo de castidad y se lo puso en su lugar. Este no tenía bisagras, era un anillo completamente cerrado.
Él la observaba con detenimiento. Era ella la que estaba casi de rodillas delante de él y en pocas ocasiones como esta se había sentido tan dominado.

Paradojas de los instantes, inmortalizados ya, en sus sentidos.

Se mojó los dedos con saliva y lo fue introduciendo por completo hasta que el tubo metálico tocó con el cierre adosado al anillo de la base. En ese momento cogió el candado del nuevo cinturón de castidad y lo cerró. Se levantó y le dijo:

-“Este es tu primer regalo. El segundo regalo es que la llave de este candado solo la tengo yo”-

Le dijo que la esperara de nuevo de rodillas mientras guardaba el viejo cinturón de castidad. Al cabo de menos de un minuto ella llegó hasta donde estaba y aprovechando que su cabeza estaba agachada mirando hacia el suelo le ciñó un collar de cuero en el cuello y fijó con un mosquetón la cadena que sujetaba en una de sus manos. En ese momento él supo que tenía que seguirla, caminando como si fuera su mascota y apoyó las manos en el suelo dispuesto a perseguirla y prolongar así su sombra, con la mirada fija en esos  interminables y afilados tacones.

Entraron después de un muy corto trayecto en una especie de sala de estar. Ella le hizo ponerse de pie.
Una pequeña jaula de barrotes metálicos negros estaba colocada entre el sofá negro y la televisión, como si de una mesita de salón se tratara. El suelo de la jaula estaba cubierto por una especie de almohadilla acolchada, en los laterales los barrotes discurrían verticales, paralelos unos a otros hasta que se unían con las aristas que conformaban el plano horizontal superior en el que otros barrotes paralelos cerraban por completo el perverso cubículo.

En uno de los laterales parecía haber una pequeña puerta que en su parte inferior interrumpía los barrotes verticales para dejar una pequeña abertura por la que únicamente podría caber una escudilla como las que se usan para alimentar a los perros.

El desconectó involuntariamente de aquella imagen unos segundos y se centró en su respiración agitada.

Excitación.
Nervios.
¿Miedo?.
No.
La confianza superaba todo temor.
Incertidumbre.
Deseo.
Impaciencia.

Ella se dirigió hacia la jaula y abrió con una pequeña llave el candado que tenía la puerta. Una vez abierta, se dirigió hacia él, levantó su barbilla y le sonrió antes de besar sus labios. Después de besarle todo lo profundamente que sintió, le dijo muy dulcemente al oído.

-“Este es tu tercer regalo, vas a ver cómo te va a encantar. Métete dentro”-

Él obedeció de inmediato. Ella le acarició ligeramente el pelo indicándole con ese gesto que lo había hecho muy bien. Cuando estuvo dentro cerró la puerta con el candado y le susurró:

-“Hay quien a este tipo de jaula le llama jaula de castigo, no va a ser nuestro caso, aunque si cometes alguna falta que te haga merecedor de ello, no dudaré en usarla como tal. Para nosotros va a ser una jaula de entrenamiento”-

Él escuchaba atentamente mientras trataba de acostumbrarse poco a poco a la postura forzada que aquel espacio tan reducido le obligaba a mantener. Difícilmente cabía dentro de ella y su cabeza tenía que estar prácticamente en el suelo de la jaula mientras sus glúteos sentían el frío contacto del acero y en su espalda notaba los barrotes de la cara superior.

Ella continuó.

-“El confinamiento en una jaula de este tipo tiene como virtud reforzar la sumisión y la obediencia, que son dos virtudes que tienes como esclavo y que ya sabes, me gustan y excitan tanto”-

Ella caminaba pausadamente  alrededor de la jaula, consiguiendo que sus tacones marcaran el ritmo de sus palabras, condicionando así la atención de su esclavo a través de aquel repiqueteo sobre el suelo.

-“Con disciplina y adiestramiento voy a conseguir que seas capaz de estar ahí dentro durante horas, tal vez un fin de semana entero”-

A pesar de  no poder ver su rostro, ella le imaginó sediento, temeroso y relajado a la vez.
Tras solo unos pocos minutos dentro de la jaula, la idea de pasar un fin de semana entero seguro que a él le parecía imposible de alcanzar al igual que también le parecieron imposibles de alcanzar otras muchas cosas que ahora eran de lo más natural gracias a su capacidad de seducción y al dominio que ejercía sobre él.

-“Pero todo eso lo vamos a hacer juntos. Poco a poco. Este fin de semana vas a ir familiarizándote con la jaula y progresivamente iremos avanzando”-

Cuando concluyó, él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-“Solo pretendo poner lo mejor de mí en esta nueva experiencia y trataré de no defraudarte en ningún momento. Te pido perdón por anticipado por los momentos de debilidad que tendré en este proceso y aceptaré las medidas de corrección que estimes oportunas”-

Ella le regaló una sonrisa de carmín rojo.

Él levantó ligeramente la mirada todo lo que le permitía el espacio en el que estaba confinado y observó con detenimiento sus preciosas botas. Jugó a adivinar la anatomía de los dedos de esos pies con los que soñaba de noche y de día también. Pudo sentir la armoniosa geometría, deteniéndose en el rojo brillante de las uñas, captando la belleza del conjunto y enredándose en el infinito tatuado de su empeine izquierdo. Tan cerca para besarlos y tan inalcanzables-pensó.

Por unos segundos aquellos pies desaparecieron de su campo de visión y se sintió desorientado, trató de fijar la atención en el sonido de los tacones sobre el suelo. Una melodía empezó a sonar suavemente y los pies volvieron a aparecer delante de él. Respiró aliviado.

Ella volvió a sentarse en el sofá.
Cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y se dispuso a observarle.
Orgullosa de su obediencia.
Y de sentir que le pertenecía.

Lentamente fueron transcurriendo los minutos seguidos de  horas, por la ventana ya solo entraba la oscuridad de la noche, ella se quitó las botas e introdujo sus pies entre los barrotes de la jaula dejándolos delante de su cara, instintivamente él dirigió sus labios a aquellos empeines y los cubrió de besos y saliva. Sus labios dibujaron el contorno de cada uno de los dedos, sintiéndolos a través de la leve corriente del simple roce.

Una punzada de dolor le recordó su otro confinamiento, el del acero oprimiendo más que nunca su sexo. Esa sensación de vulnerabilidad que tenía cuando estaba con ella se hizo presente como nunca antes lo había hecho .

Y eso le tranquilizó.

“Contigo me siento muy libre”-recuerda que la confesó un día, y hoy más que nunca, volvió a sentir esa sensación.

Libertad desde su encierro…

Estamos hechos de paradojas.
De instantes.
Y de placeres- pensó.

“Nos pusieron límites,

pero rompimos  los márgenes. ..”

 

 

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To let myself go. (I)

A las 17:55 h. como siempre, puntualmente llego en busca de ella.

Ella seguia en el empeño de moldearle a base de besos caricias y algunas cositas más.

Él aparcó el coche justo frente al portal, se bajó del coche y mientras fumaba un cigarro se dispuso a esperar a que ella, su dueña, saliera por el portal.
Exactamente a las 18:00 h. la vio aparecer tras el portal; vestía un ligero traje en tonos rojos  a la altura de la rodilla, zapato plano, el pelo suelto, las gafas de sol y su bolso. Abrió la puerta exterior para dejarla pasar y ya en la calle, la saludó cogiendo sus dos manos y besándolas. En ese momento se fijo que ella, llevaba en el dedo anular de su mano izquierda el anillo plateado gemelo al que él llevaba en su mano derecha y entendió que esa tarde iba a ser muy distinta a otras en las que habían salido de shopping.

Una vez se saludaron él se dirigió a abrir la puerta trasera del coche para que subiera y la cerró cuando se cercioró de que ella, estaba cómodamente sentada. Dio la vuelta al coche para dirigirse a la puerta del conductor, subió, se puso el cinturón de seguridad y arrancó el coche.

-“¿Dónde quieres que vayamos?”- Preguntó.

-“Hoy se me ha antojado ir a comprar unos zapatos. ¿Recuerdas aquella zapatería de la calle Alcalá? .Vamos a ir allí”.- Respondió ella con voz suave y firme.

Durante el camino fueron comentando las últimas lecturas que ella, su fuerza, le había ordenado leer. Así como los detalles a tener en cuenta para programar un futuro viaje a alguna capital europea que ella, su guía, tenía en mente realizar con él.

Al cabo de unos veinte minutos llegaron a la zona a la que se dirigían.

-“Cuando llegues a la dirección, para el coche. Yo me bajaré para entrar en la tienda mientras tú aparcas”.-

Cuando llegó a la puerta de la tienda paró el coche, se bajó y  abrió la puerta trasera para facilitarla la maniobra .

-“Procura no tardar mucho”.- Él asintió.

Una vez aparcado coche en un cercano parking público se dirigió andando a la zapatería mientras sentía ese hormigueo que tenía en el estómago cada vez que a ella, le apetecía jugar con él en público.

Entró en la tienda.

Era amplia y con varias zonas perfectamente diferenciadas en las que había varios asientos situados delante de unos grandes espejos para que la clientela pudiera ver cómo le quedaban los zapatos una vez puestos. Habría en ese momento unas diez personas y tres dependientas.

Ella estaba sentada en uno de aquellos asientos mientras miraba los expositores de alrededor en busca de algún modelo que le gustara.

Él se acercó lentamente.

Cuando estuvo a su lado, ella le indicó:

-“Ponte de rodillas delante de mí”. Él tembló y ella lo notó.
Sonrió y con el dedo índice de la mano derecha le hizo una indicación para que obedeciera.

Ese momento, tan temido como esperado, había llegado para él.
En público, el mayor de sus temores.
Finalmente él se puso de rodillas muy lentamente, tratando de no llamar la atención de los presentes en la zapatería, con la cabeza mirando al suelo en la creencia infantil de que si él no veía a los que estaban a su alrededor a él tampoco  le verían.
-“Lo que no se ve, no existe”- repitió mentalmente.

Cuando estuvo de rodillas ella, su brújula, volvió a hablarle.

-“Busca unas sandalias de tacón fino y muy alto”.-

Se dirigió a una de las empleadas de la tienda y le pidió exactamente lo que necesitaba para complacerla. Unas sandalias rojas de tiras con tacón fino y altísimo. Del número treinta y siete, eso sí.

Al poco tiempo la dependienta le trajo una caja con las sandalias que había pedido y le preguntó si necesitaba ayuda, él respondió que no y se dirigió hacia ella.

Protegido por la excusa de llevar la caja de zapatos él volvió a ponerse de rodillas delante y dejó la caja a uno de los lados. La abrió para probarle las sandalias.

-“Quítame con delicadeza los zapatos y antes de probarme las sandalias introduce muy lentamente cada uno de los dedos en tu boca. Recuerda que no tenemos prisa”.- Le dijo dulcemente.”-
Estar de rodillas delante de ella en mitad de la tienda era una cosa,

adorar esos pies a los que se había vuelto adicto ya,

delante de todas esas personas era otra completamente distinta.

Quizá demasiado para él.

Quizá se dio cuenta en ese instante que ella era su motivo y no su excusa.

La miró a los ojos y ella notó el temor que había en su mirada. Le sonrió y asintió invitándole a obedecer.

Aquella sonrisa y ese gesto le hicieron dar el paso adelante, le quitó el zapato derecho y sostuvo el pie desnudo con las uñas pintadas de rojo con su mano izquierda, ella pudo notar perfectamente el temblor en sus manos.

Agachó la cabeza y uno por uno, fue introduciendo cada uno de los dedos en su boca, deleitándose en la maniobra. Acto seguido cogió la sandalia de la caja y pausadamente se la colocó lo mejor que pudo. Repitió el gesto con el pie izquierdo .
Ese pie con el que soñaba de noche y de día también.

Rozó cada pliegue.
Se deleitó en la suavidad de su piel.
Imaginó tal vez, que besaba y humedecía otra zona de su cuerpo.

Respiró y esperó.

-“Pon las manos en el suelo”.- le dijo.

Obedeció.

En ese momento se dio cuenta de que una de las empleadas y un par de clientes estaban mirando de reojo la escena y el temor volvió a aparecer, estaba a punto de llegar a su límite y levantarse.

Ella que ya lo conocía muy bien le susurró suavemente con una ligera y convincente sonrisa:

-“La tienda está vacía para nosotros dos. Solo necesitas centrarte en mí. Confía y fluye”.

Escuchó la voz de ella y eso le tranquilizó. Sintió en su mano izquierda la suela y notó que gradualmente ella dejaba caer casi todo el peso. Luego lo sintió en la mano derecha y finalmente en las dos. A continuación ella se giró y esta vez dejó caer lentamente el peso de los tacones sobre sus manos, primero uno y luego el otro, en una suerte de danza armoniosa.
Ella se alejó caminando pausadamente hacia uno de los espejos mientras él permaneció de rodillas y con las manos en el suelo.
Ella se demoraba mirando en el espejo el reflejo de sus pies dentro de las sandalias, tras unos minutos, eternos para él, volvió hacia el lugar en el que él esperaba.
Sabía que superado el momento de crisis él haría todo lo que le dijera. Había conseguido que su sumisión venciera a su pudor.

No esperaba menos de él.
Sabia que no podía fallarla.

En aquel momento eran ya el objeto de las miradas de todos los presentes en la tienda.

-“Me gustan tanto que nos las vamos a llevar. Quítamelas y ponme los zapatos de nuevo de la manera que a mí me gusta”.-le indicó.

De nuevo repitió la operación anterior y uno por uno todos los dedos de los pies fueron visitando lentamente su boca. Colocó las sandalias en la caja para acto seguido preguntar con la mirada si podía levantarse para ir a pagar. Ella sonrió y asintió.

Se dirigió a la caja sin mirar a su alrededor, hacía ya un rato que en la zapatería nadie curioseaba zapatos. A él le pareció que todos estaban pendientes de ellos dos. Le extendió la caja a la empleada, que le miró entre sonriente y cómplice .

Se giró hacia donde estaba ella, su motor, e hizo amago de ir hacia la puerta. Ella interrumpió sus intenciones y le dio una nueva indicación.
-“Espera un momento, no podemos salir así a la calle”.- El tono anticipaba una provocadora malicia en las intenciones.

Recorrió los dos pasos que les separaban y se situó frente a él con la puerta de la tienda a sus espaldas. Movió su mano derecha con gracia para que él la siguiera fijamente con la mirada. La dirigió al bolso y buscó dentro hasta que encontró lo que quería. Aquella mano salió del bolso agarrando un collar de cuero con una anilla. Ella le miró y le indicó que agachara levemente la cabeza. Cuando obedeció le ciñó el collar y lo abrochó. Su mano extrajo del bolso una correa con un mosquetón que enganchó a la anilla del collar.

-“Ahora sí podemos salir a la calle”.- Dijo ante la mirada atónita de todos, que muy seguramente habían observado detenidamente esta última escena.

Ya en la calle recorrieron lentamente los cincuenta metros que separaban la zapatería de la entrada al aparcamiento subterráneo. Ella delante sosteniendo la correa y él un paso por detrás sin dejar que esta se tensara.

Ya en el coche y de vuelta al lugar de partida ella le dijo:

-“Estoy orgullosa de ti, y como sabes que cada logro conseguido es un paso adelante, te voy a dar un premio muy merecido”.-

-“Muchísimas gracias por tus palabras. Ha habido un momento en el que he estado a punto de derrumbarme, pero tus pies y tu voz han hecho que pudiera seguir adelante”.- Respondió él, tímidamente…

Aunque probablemente hubiera preferido decir:

    -“You have chosen me to be your slave.

      I must serve you .

      You have chosen me to worship you.

      I must pray to you as my goddess.

      You have chosen me for your pleasure.

      I must give pleasure to you as my mistress.

     You have chosen me to labor for you.

     I must perform those tasks for you.

    You have chosen me to suffer for you.

    I must endure my pain for you .

    You have chosen me to obey your commands.

    I must obey you without hesitation. …”-

 

(…Continuará.)

 

 

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