Erase una vez este maravilloso cuento…

Las clases comenzaron en Septiembre y mis ganas de ellas mucho antes, tal vez en Mayo que es cuando empiezan las cosas bellas.

Nos apuntamos mis 2 mejores amigas y yo. No es que necesitáramos ir juntas, es simplemente que nos apetecía compartir la nueva aventura.

Un curso de educación sexual, claro que sí. ¿Lo mejor? ofrecían muchas prácticas.

Las asignaturas de lo más interesantes. Sexología evolutiva, anatomía y fisiología sexológica y un largo y suculento etc.

Tras un mes de clases con varios profesores según las materias, llegaron las esperadas prácticas. Esperadas por deseadas, porque nos moríamos de la curiosidad y de las ganas.

Y allí estábamos las 3, vestidas con nuestros mejores pantalones cortos y con tacones altos ya que después nos iríamos a romper la noche o similar.

Bajamos las escaleras que daban al aula del sótano y allí los vimos. Tres hombres de unos 35 años, desnudos y con los ojos vendados con un pañuelo de gasa negro. A simple vista se veía que se cuidaban, tal vez algo de deporte sobre sus músculos, piel bronceada y perfumadísimos. Pude llenarme del aroma justo antes de abrir la puerta. Aunque confieso que al verles me hubiera gustado llenarme de otras cositas.

El profesor fue bien claro: -Lleváis un mes de clases con mucha teoría y poca práctica, hoy podréis resolver cualquier duda. Los modelos están para ello, podéis y debéis usarlos como os plazca. Son vuestros toda la tarde de hoy-

Y a mí, que no me gusta que me dirijan, confieso que sus palabras me supieron a gloria como poco.

Eramos 8 compañeros  y casualmente todo mujeres, los demás se quedaron esperando para el siguiente grupo de prácticas.

Mis amigas sonrieron al verles. Yo comencé a tener calor a pesar de la poca ropa que llevaba encima.

Me dirigí a mi amiga Nuria y la animé a que resolviera la duda que justamente me había comentado ayer.

Y se dispuso a ello.

-Quiero tu lengua en mi sexo, y no quiero que pares aunque yo haya terminado, necesito comprobar cuantas veces puedo llegar a correrme con tu boca y si soy capaz de resistirlo- Le expuso al modelo de la derecha.

El chico asintió con una sonrisa. Ella le guió hasta una especie de diván que había en el aula. Se retiró el pequeño pantalón rosa, el tanga del mismo color y dirigió con mucho cuidado la cabeza del chico hacia ella. Él se arrodilló y allí comenzaron sus prácticas explorativas.

Nadine, por el contrario fue directa al modelo del medio. No sé por qué pero ya sospechaba que ella iría a por él antes de que nosotras nos adelantásemos. Quizá conozco muy bien sus gustos. Pelirrojo, con barba de varios días, una pequeña coleta recogiendo sus rebeldes rizos y unos labios muy bien perfilados. Ella le cogió de la mano y le guió hacia un sillón tántrico que se encontraba al fondo de la sala.

-Voy a utilizarte. Voy a exprimirte y cuando no puedas más seguiré. Se trata de ver cuanta fuerza y resistencia eres capaz de tener. Te prometo que yo haré todo lo que esté en mis manos y en mi boca para que no decaigas- Le dijo al oido con su dulce voz.

Me tocaba a mí, para mi suerte me esperaba el que más me había gustado, así de entrada, y sin verle los ojos.

Alto, fuerte, moreno y con esa sonrisa en los labios que no desaparecía ni un breve segundo.

-Ven- Le dije. Y me siguió. Sin guiarle. Tal vez le bastó con intuirme, con escuchar mis pasos o perseguir el rastro de mi perfume.

Le tumbé sobre la alfombra negra que tanto me había llamado la atención.

-Me gustaría comprobar cuanto tiempo puedes aguantar sin eyacular mientras recibes estímulos extremos-

Escuchó mis palabras con atención sin dejar de sonreír, se pasó la lengua por sus labios, asintió con un seductor gesto y me dijo.- Me parece perfecto, que pena que no pueda verte-

-Quien sabe-  Le dije. Las trampas me gustan en determinados juegos y prácticas- Pensé sin ganas de que él lo supiera.

Le até las manos con otro pañuelo negro que encontré sobre una silla. Comencé a tocarle, lento, suave.

Se agitaba.

Respiró profundo.

Se me iba creciendo por momentos.

No pude ver su mirada pero la percibí.

Sonríe tan lindo que pienso quien acaricia a quien.

-Hoy robo todos los secretos de tu cuerpo – le susurro al oido.

-Besame- Contesta.

 

Y por nuestra parte estaba todo dispuesto. El resto de las compañeras habían empezado ya hacia unos minutos. Cuerpos desnudos en el suelo, sobre la mesa, junto al ventilador, al lado de la ventana cual exhibicionistas sin pudor, en el baño…

-Que motivadores pueden llegar a ser las clases prácticas- Me re confirmé una vez más…

 

 

«Hay almas que uno tiene ganas de asomarse a ellas, como a una ventana llena de sol» (F.Garcia Lorca)

 

 

Copyright©2016-20L.S.

 

 

 

 

 

A los sueños, alas…

Quiero tu nombre entre mis muslos

por encima de mi espalda

bajo mi ombligo.

Entre mis sábanas.

Tu nombre mezclado con mi saliva,

y saber que ya no hay salida.

Las vocales independizándose como por derecho,

tus consonantes manifestándose sin tregua, dentro de mi lecho.

Tus letras a primera hora de la mañana

justo cuando trato de recomponer caricias y pensar que pasó anoche

y el por qué de tanta humedad en mi cama.

Tu nombre en mi aliento

a bocanadas de deseo.

Y morderte la distancia

los días

la risa.

Tu nombre bajo mis pies

en mis madrugadas de luna llena

o bajo alguna lluvia de crisálidas.

Tu nombre creciendo en mi boca

atragantándome las ganas.

Llenándome de tu sabor.

Taladrando noches

poetizando geografias por descubrir.

Aquí y ahora.

Tu nombre vaciándose de intenciones.

Tan lentamente…

Tan profundamente…

Copyright©2016-20L.S.

Aviso a navegantes.

Para que lo prometido no sea deuda… os informo que tendré nueva ubicación a partir del día 25.

Zona: Aravaca.

Para los que utilices transporte publico, el metro y cercanías estará al  lado.

Y para los que os movéis en coche, toda la zona es blanca afortunadamente, ni azules, ni verdes.

 

Os espero con novedades y sorpresas.

Besos grandes.

post-5_imagen-1_labios

 

 

Copyright©2016-20L.S.

Nadie los cría y ellos se juntan.

«Las mujeres, las buenas mujeres me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.»

(C.Bukowski)

 

El día que tropecé contigo hacía viento. Volaban las hojas caidas de los árboles, las ideas y hasta las intenciones.

La culpa de todo la tuvo un semáforo que se demoró demasiado en cambiar de color y antes del inevitable momento,  ya nos habíamos comido las miradas desde nuestras respectivas aceras.

No sé qué me llevó a hacerlo directamente, como si te hubiese intuido desde la distancia, lo que sé es que ocurrió.

«Verde» y nos movimos, cada uno en su dirección.

Lo hiciste con calculada lentitud y en los segundos que tardamos en cruzamos, tu mirada llenó mi espacio cual ejército invasor. Seguí en mi dirección por culpa de mis pies que cobraron vida propia, mi voluntad siguió tu huella que no dejaba de mirarme, ya desde la otra acera.

Me paré. Te observé.

-O vienes o voy- pensé.

Y viniste.

Sonreíste y dijiste a modo de presentación  algo parecido a que el miedo suele ser la antítesis de la vida.

-Apuesto a que sí- contesté sonriendo.

Y como cada uno elige el modo de volarse, de mi boca salió un: – ¿me sigues? –

Y lo hiciste.

La suerte de vivir en una ciudad grande es que casi en cualquier esquina encuentras un hotel o similar, y yo en ese momento necesitaba uno. Así. Como con urgencia.

No dijiste ni una palabra, solo me mirabas, deteniéndote en las asíntotas oportunas.

La habitación olía a moras, o a fresas o a qué sé yo, si yo solo estaba pendiente de quitarte la ropa.

-Déjame que te preparé para lo que viene- te susurré al oído. –

Entendiste mi juego antes de empezar y me seguiste en todo momento incluso después de terminar.

Me desnudé mientras me observabas sentado en la cama. Tiré de tu corbata hacia mi boca, te besé y volví a susurrarte que ahora te tocaba a ti.

Y mientras lo hacías yo te observaba desnuda, sobre mis tacones negros, encendiendo un cigarrillo. Con calma.

Te tumbaste sobre las sabanas. Me tumbé encima de ti. Tu piel con mi piel, eso es lenguaje.-pensé-

-Vamos a dilatar este momento- me decías sonriendo.

-El momento y otras cosas- te contesté.

Y en un astuto movimiento te situaste sobre mí.

Besabas con vértigo y sin atajos.

Comenzaste a lamer mi desnudez. Tu boca se perdió en mi cuello por unos instantes y cuando se encontró, la sorprendí en mis pezones. Y como colonizando mis sentidos olvidé la noción del tiempo.

Estuviste adorando mi coño como se merecía minutos, tal vez horas. Suspiré.

Tu polla comenzó a abrirse camino en mi interior.

Por cómo te movías sabía que albergabas una gran cuota de demonios en tu interior. Apreté tu cabeza entre mis muslos.

-Más fuerte- te pedí.

Y lo volviste a hacer.

Tu voz y tu placer se me escurrían entre las piernas y después de un tiempo indefinido me levanté, dejando las sábanas manchadas de vino y carmín.

Se acabaron los besos, era hora de recogerme el pelo.

Me vestí bajo tu atenta mirada que encendía su cuarto cigarrillo. No disimulé que tenía prisa por marcharme.

Te besé y me dirigí a la puerta, no sin antes dibujar en tu piel con mi pintalabios un:

«No te asustes, sigues dentro de mí…»

 

 

Copyright©2016-20L.S.

El librero y la modelo.

Se conocieron en una librería una tarde de Enero. Ella entró para refugiarse del frío de Madrid en pleno invierno, al cobijo de los libros.

Según entraba por la puerta y se quitaba el sombrero negro se topaba con la mirada del dependiente.

Moreno, atractivo, sereno y así, en apenas unas miradas se le antojo el ser más sensual con el que había coincidido en este recién estrenado año.

Ella siguió quitándose más ropa mientras se dejaba envolver por la calidez de la tienda y de la música que sonabade fondo. Algún blues cuyo nombre no recordaba.

Primero se deshizo de los guantes negros y la chaqueta de cuero, negra también, llegó después.

Vestía un vaquero negro muy ajustado, un jersey blanco escotado y unas botas altas y negras de cuero. Carmín rojo más aquel  perfume  de Yves Saint Laurent que tanto le gustaba.

Se humedeció los labios, inspiró y se dirigió al librero. Antes de que ella le dijera nada, él se adelantó:

-¿En que puedo ayudarte?- y en cada sílaba dejaba escurrir una sonrisa.

Ella le dijo el titulo que buscaba y él se levantó inmediatamente para buscar el libro exacto.

Ella pudo notar que llevaba uno de sus olores preferidos en hombre

-Loewe, sin duda- pensó.

Según pasaba por su lado sin demasiada distancia, ella intentó atrapar su aroma.

El vestía un vaquero negro con un jersey negro de cuello alto. Llevaba barba de 2 días y unas gafas negras de pasta.

Alto, al menos, más que ella, aún con sus tacones.

Le dió el libro, ella pagó y él la dijo:-espero que lo disfrutes mucho-

-Y contigo-pensó ella.

Debía irse porque había quedado con 2 amigas, pero según salía por la puerta ya estaba maquinando como hacer para volver a la tienda.

La tarde pasó veloz y ya en su casa, abrió con avidez el libro.

Lo olió. Acarició la solapa y al abrir la primera página, comprobó que había un pequeño pósit con un número de teléfono y unas letras:

-Ojalá pudieras disfrutarlo conmigo-

Ella abrió los ojos y sonrió mientras se acariciaba el cabello. Llevo las puntas a su boca como solía hacer cuando se sentía impaciente y tras desvestirse y quedarse en lencería, le llamó por teléfono.

Y hablaron, y se rozaron las intenciones al otro lado de la realidad. Ella escuchó sus suspiros y él adoró sus silencios.

Y aunque a ella no le gustaban las prisas, esa noche no pudo encontrar demasiada dosis de paciencia en su bolso.

Así que la noche, Enero y Madrid les unió.

Sin saber como habían volado los segundos a demasiada velocidad.

El la susurró mientras se perdía en su cuello:

-Quitate la ropa o quítame las penas.-

-O ambas- pensó ella.

Y comenzó a ritmo de una suave canción con mucho saxo y guitarra a desvestirse, mientras él la observaba, de pie, sereno, casi impasible.

Ella se movió sinuosa, seductora, bailando al ritmo del delicioso saxo y sonriéndole.

Y cuando solo quedaron las botas negras sobre su piel, ella se tumbó sobre la cama.

Sin dejar de mirar sus oscuros ojos, se fue acomodando lentamente mientras abría sus  piernas .

El librero era un gran voyeur y ella una fiel exhibicionista.

A ella le gustaba posar, a veces lo hacia sola, frente al espejo.

Frente a cualquiera de los muchos espejos que adornaban su apartamento. Le gustaba observarse, moverse sinuosamente, quitarse la ropa interior o volver a ponérsela.

Se acariciaba el cabello, se lo recogía en una coleta improvisada y volvía a soltárselo mientras movía la cabeza. En otras ocasiones cogía una botella de champagne y comenzaba a dejarlo caer por su cuello y su pecho. Le gustaba ese tacto frio y burbujeante sobre su piel mientras sus dedos rozaban sus pezones, su ombligo y acababan sin demora en su sexo.

Ella era así.

Y él sin saberlo, no tardó demasiado en intuirlo.

-Abre más las  piernas, quiero verte bien -le decía el librero, mientras comenzaba a desvestirse .

Y ella, desnuda, con su pelo sobre las sabanas rosas, sonreía, le comía con la mirada y abría un poco más las piernas.

-Tócate para mí- y ella de momento siguió el ritmo de él, pausado. Excitante.

El, desnudo ya y frente a ella  comenzó a masturbarse, lenta y  pausadamente con un ritmo muy envolvente.

Ambos se miraban en todo momento. Ella le iba enredando con  palabras de colores y él suspiraba melodías.

A veces, ella sin darse cuenta cerraba un milímetro las piernas, y él la corregía con la mirada.

Volvía a la posición inicia. y continuaba acariciándose . Mojando sus dedos con saliva. Humedeciéndose y nadando bajo su atenta mirada.

Tal vez ocurrieron muchas más delicias entre ambos, pero ella recordó  e inmortalizó en su memoria ese primer día de exhibicionismo casual y no tan casual.

Y, ni él era librero. Simplemente ese día estaba haciendo un favor a un amigo en la tienda , ni ella era modelo, aunque esa noche ella posó para él, minutos, tal vez horas chorreantes de deseo. Él fue el librero más provocador que podría haber imaginado aquel viernes y ella fue la modelo más  seductora que él jamás había conocido.

Así a modo de capricho del destino coincidieron y siguen coincidiendo, cada viernes sobre las sábanas de raso negro de ella, o sobre el sofá de cuero rojo en el estudio de él.

 

 

“El observado revela al observador”

 

Copyright@2016-20L.S.

A veces te busco. A mil veces te acercas.

A vos, que rimas de noche y me enciendes de día …

-Quiero entrar en tu poesía- me susurraste.

Y te llevé a cenar.

Elegí yo.

Me seguiste, tú.

Y acabamos en un restaurante japonés. En el privado exactamente, por eso de evitar ruidos, al menos esa fue la excusa.

Pedimos y rápidamente llegó el camarero.

-Un momento- Le indiqué.

-Desnúdate- Te indiqué.

No lo entendiste, pero lo hiciste.

Te sonreí.

-Túmbate sobre la mesa- Añadí.

Y ahí estabas tú. Desnudo encima de la mesa negra. Excitado. Expectante.

Y ahí estaba el camarero, sin entender demasiado o tal vez sí.

Perfecto- le dije mientras le invitaba a salir del salón con una sonrisa.

Los pedazos de sushi y sashimi empezaron a bailar sobre tu cuerpo, adornando tu piel que esperaba sin duda mi boca hambrienta. Y no tardaste en comprobar el roce de mis labios  recorriendo tu cuerpo en busca del delicado sushi selectamente escogido..

-No te muevas- te susurré suavemente al oído.

Me deshice del vestido rojo. Demasiado calor- pensé.

Me quedé con la ropa interior. Un corpiño negro, ligueros, medias altas a juego y un pequeño culotte de encaje . Mis pies estaban cubiertos con unas sandalias de suela roja.

Tenias los ojos abiertos, y aunque no podías moverte tu mirada buscó mi desnudez rápidamente.

Te besé en el cuello y me dispuse a comer, de tu cuerpo y en tu cuerpo.

Cogí los palillos y apenas los utilicé unos minutos, preferí seguir con mi lengua directamente.

Tus pezones se me antojaron de sabor a salmón, bajé hacia tu ombligo y el aguacate se unió al salmón. Mi lengua siguió bajando hacia tu sexo y los diminutos granos de arroz se mezclaron con tu excitación, todos revoloteando dentro de mi boca, pude saborear la mezcla de sabores y texturas. Me demoré . Me eternicé, mientras tú no dejabas de moverte o eso intentabas al menos, porque tuve que atarte.

Mi lengua seguía bailando sobre tu sexo con un ligero toque a soja.

Minutos.
Horas.
Eternidades.

Me suplicaste que te soltara y tuve que amarrarte más fuerte.

Me pediste que te permitiera liberar tanto placer acumulado  y te dije que te preocuparas del mío.

Fue entonces cuando me senté sobre tu rostro.

Sonreí.

Te besé.

Ya sabes lo que tienes que hacer- Te susurré de nuevo.

Me moví sinuosamente sobre ti, sintiendo la calidez de tu lengua mientras yo acariciaba mi pelo.

Y como fueron minutos, horas y eternidades. Sin saber como, entró el camarero.

Permaneció inmóvil, observando, sin hablar. Vi su reflejo en el espejo. Me hice la despistada y continué con mi placer en tus labios, y tu sexo entre mis dedos.

Copyright©2016-20L.S.

Una carta muy especial.

Queridos reyes magos:

Seré breve: Lo quiero Todo.

Y todo , es todo.

Quiero su aliento en mis madrugadas y su cuerpo rozando mi sudor a deshoras.

También deseo sus noches a la vera de mi cama, guardando mi placer, cuidando mis sueños.

Y su boca abierta, resbalando en un desorden de proyectos y viajes espaciales

Quiero que mi prosa le penetre, mientras su poesía me humedece.

Y su alma, la quiero desnuda para mí, sin más y con todo.

Que sea éxtasis, éxtasis arrodillado.

Que me siga en mis búsquedas de placer y colisión.

Su saliva, la deseo resbalando por  mis muslos impacientes. Trepando por mi ombligo y desbordando toda su intensidad entre mis pezones.

Quiero que el conjunto perfecto de su entrega empape mi sinapsis.

Deseo…

Deseo…

«Bebe vino,

esta es la vida eterna.

Es cuanto te otorgará la juventud,

es la estación del vino, las rosas y los amigos borrachos.

Sé feliz por este momento, 

este momento es tu vida»

(Omar Yayyam)

 

 

 

Copyright©2016-20L.S

Entró en mi vida, como se entra en una frase.

Afrodita  esperaba al siempre elegante Eros en su apartamento.

Vestida como a él le gustaba.

Un traje corto, muy ceñido, con medias negras y liguero a juego. Zapatos de tacón que podrían rozar el  séptimo cielo y nada más.

Sin ropa interior, como a ella le gustaba.

Eros llegó a la hora adecuada. Fue desplegando movimientos seductores por el pasillo y sobre la alfombra derramó toda su sensualidad al anudarse el nudo de los zapatos como él solo sabia hacer. Por un instante su sonrisa casi compitió con la de ella.

Y tras una ración y media de besos interminables entre ambas deidades, la mirada de ella lo dijo todo. Estaba hambrienta. De comida, también.

Ella recordó por un instante la primera vez que sus bocas se rozaron, hace varias épocas ya.

-No saldrás ileso de mis besos- le advirtió ella.

-Por ti, todas las canciones del mundo- contestó él.

Salieron a cenar por el olimpo derrochando libertad.

Y confidencias.

-¿A cuantos hombres has amado?-le preguntó él.

-¿A cuantas mujeres has olvidado?-contestó ella.

Sonrieron y volvieron a comerse a besos mientras los camareros interrumpían pacientemente .

Cuando llegó el momento del exquisito mousse de limón ella le pidió que abriera su boca, ofreciéndole un poco del manjar desde la suya, directo a su paladar.  El lo recibió con devoción, deleitándose en la cremosidad del limón mientras envolvía la lengua de ella.
Y al sentir la textura tan suave en su boca, él, por alguna analogía tal vez, busco entre los muslos de ella esperando encontrar el tacto de su ropa interior, sin embargo lo que encontró fue algo mucho más suave aún.

Afrodita sonrió. Y todo el Olimpo sonrió con ella.

-Es hora de irnos- le susurró lentamente.

Subieron al coche y se dirigieron hacia la improvisación más excitante que la noche pudiera ofrecerles.

Mientras Eros conducía , con la otra mano deslizaba sus dedos entre las piernas de ella, mientras Afrodita abría sus muslos con lenta cadencia. Sentía como la punta de sus dedos impregnada de saliva se iba  fusionando con su propia humedad. Inevitablemente situó su mano sobre los dedos de él, indicándole así que quería más profundidad.

Ella siempre quería un poco más.

Y en un cruce cualquiera de destinos  apareció Baco. Hacia mucho tiempo que no coincidían. Afrodita supo enseguida lo que su propia piel le pedía. Y sus deseos, eran ordenes para ella.

Se dirigieron a él. Se sorprendió. Ella le mostró la mejor de sus sonrisas mientras le indicaba que subiera al coche.

Baco no titubeó ni un instante.

Los 3 deseos a flor de piel en el coche, juntos, con poco espacio y ese blues de fondo.

Baco era tan directo como seguro de sí mismo. Y aunque tenia vocación de herida, nunca pudo resistirse a los encantos de Afrodita. Esa noche vestía aquella elegancia intrínseca de la desesperación que un día tanto le atrajo a ella.

No quiso demorar demasiado lo inevitable, buscó su boca bajo la atenta mirada de Eros.

Lo besó. Se lo comió a besos literalmente.

La noche, ellos, la música…

-Ahora vosotros- le indicó con un guiño a Eros- mientras sus ojos se transformaban en una interrogación.

-Me gustaría veros juntos-le susurró al oído.

Y se incorporó al asiento de atrás, ella quedó en el delantero. Observándoles.

Deleitándose.

Licuándose de placer muy lentamente.

Saturándose de química. Dejándose invadir por cada sensación que la situación regalaba.

Se besaron.

La noche y el calor hicieron el resto. La boca de Baco fue descendiendo por el pecho de Eros, ese pecho que tanto calor otorgaba a Afrodita en frías noches como aquella.

Su lengua inquieta se enredó en el ombligo de su amante bajo la excitada mirada de ella.

-Sigue- le indicó .

Alargó sus brazos y ella misma desabrochó ambos pantalones.

Y aunque no había demasiada claridad pudo quedarse con cada delicioso movimiento. La boca de Baco acariciaba el sexo de Eros. Suavemente primero, para pasar a engullir literalmente su miembro. Eros suspiraba mientras buscaba los ojos cómplices de ella. Abría su boca. Esperaba algo más. Ella se acercó y le besó mientras Baco seguía devorándole.

-Ahora hazlo tú- volvió a indicarle a Eros.

Y lo hizo, con su mano apretando los senos de ella comenzó a enredarse en el sexo de Baco. Y Baco queriendo más. Pidiéndole casi a gritos que lo hiciera más y más rápido , mientras Eros seguía con su dulzura.

-Esta noche quiero ser de agua- pensó ella.

Y continuaron comiéndose y untándose de placer mientras la noche se alargaba entre tantos gemidos.

Y ella, como buena voyeur disfrutó cada décima de segundo.

Se volvió ojos.

Y oídos, para  que no se le escapara ningún sonido.

Ni olor. Olía a viernes , a algodón, a almizcle, a noche…

 

«Las palabras es lo único que tenemos» Samuel Beckett

 

 

 

Copyright©2016-20L.S.