Cuando me nombres…

…Por un trance o un desliz.

…Ocurría que a veces su dueña tenía tanta necesidad como urgencia y así, aquella mañana, recibió un mensaje tan escueto como directo:

-“Te espero a las 19:00. Ven dispuesto a todo”.
Y él sabia que “todo” con ella, siempre era “Todo”.

No le hizo falta nada más para pasar el resto de la mañana y de la tarde excitado con la sola idea de volver a estar en su presencia.
Dieron las 19:00 exactas y pidió permiso para subir al apartamento.

-“Espera a que te abra delante de la puerta.De rodillas”-Le indicó.
Segundos eternos, transformados en minutos.
La excitación creciendo dentro de él y por fin su voz al otro lado de la puerta.

Esa voz…

Abrió.
Entró.
Se puso de pié y en cuanto cruzó el umbral de la puerta volvió a caer de rodillas delante de ella.
Su sitio; la mirada fija en los pies calzados con unos preciosos botines grises de suela roja con altísimo tacón.

-“Desnúdate, guarda tu ropa en el armario y sígueme”-

Su voz sonó más dulce que de costumbre, si es que con ella existían las costumbres. Desnudo por completo comenzó a caminar sobre sus rodillas y sus manos detrás de ella siguiendo el ritmo de sus tacones.

Ese ritmo…

Llegaron a su habitación y le hizo ponerse de pié delante de la cama. Entonces pudo ver un precioso uniforme de criada, un conjunto de lencería roja, unas medias negras y unos zapatos de tacón alto, también rojos. En una de las mesillas que flanqueaban la cama, la cabeza de un maniquí lucía una peluca castaña de media melena. La miró sabiendo qué era exactamente lo que esperaba de él.

-“No será la primera vez que te vistas así, pero hoy será todo diferente, ya sabes, cada día un pasito hacia delante.”-
Hacía meses que ella le entrenaba para este momento. No fue casual, ella supo ver su interior. Lo abrió sin permiso, buceó y supo lo que necesitaba.

-“Quiero que hoy liberes tu lado femenino más que nunca.”-
Hoy serás Cloe para mí. Juntas sentiremos y viajaremos lejos a través de la piel y los sentidos.
Sensaciones nuevas. Limites vistiéndose sobre el suelo…

Ese nombre femenino y aquel “juntas” hicieron que toda su piel se erizara.
Poco a poco empezó a vestirse. Las braguitas se ajustaron a la perfección a su cuerpo, incluido el pequeño cinturón de castidad con el que su ama controlaba su placer. El sujetador, con un ligero relleno también encajó de manera impecable en su cuerpo.
Se puso las medias con esmero y cuidado y acto seguido se vistió con el uniforme en tonos negros y blancos, escandalosamente corto, dejando casi a la vista las braguitas.
Zapatos y esa peluca tan sugerente para completar el atuendo.
-“Ahora voy a terminar de prepararte para que estés totalmente lista”.-

Le invitó a sentarse en una silla delante del mueble que dominaba una de las paredes de la habitación
Poco a poco fue maquillándola a su gusto, discreta pero realzando los rasgos de la cara para terminar aplicando un carmín rojo, muy rojo, en los labios. Aquel carmín que tantas veces él había visto en los carnosos y sugerentes labios de ella.
-“Estás guapísima, Cloe, casi perfecta. Mírate en el espejo”.-

Lo hizo y quedó asombrado del trabajo que ella había realizado. Lucía casi por
completo femenina. Sonrió y le dio las gracias, y justo en aquel momento sonó el timbre.
El sonido del timbre le sorprendió, y la sonrisa de ella casi le paralizó. Ella lo notó y le habló al oído.
-“Voy a abrir a nuestro invitado, es un regalo que te hago con todo mi cariño. Estoy convencida de que vas a estar a la altura. Ve al salón y espéranos allí de pie”.-
“…El espacio que deja cuando se va”…pensó él, cabizbajo a solas.

Mientras ella se dirigía a la puerta, fue al salón y esperó en el centro del mismo. De espaldas a la puerta. Estaba nervioso y no quería que esa fuera la primera impresión que aquel invitado sacara de ella. Sí, de ella. Lo tenía completamente asumido.

Escuchó las voces acercarse al salón. No se movió, ni siquiera cuando intuyó que ya habían entrado en aquella estancia.
Sintió las manos de su dueña alrededor de su cintura mientras hablaba con aquel desconocido.

-“Los que no se arriesgan nunca subirán de nivel”-le susurró a modo de caricias tranquilizadoras.

Las presentaciones y demás formalidades necesarias…

-“Ella es Cloe. Es un poco tímida y podríamos decir que es como si fuera su primera vez”.-

Ahora fueron otras manos las que notó en su cintura. Unas manos firmes y que la sujetaron con más fuerza que la empleada por su ama unos segundos antes.
-“Encantado, Cloe”. Dijo aquel hombre mientras la besaba en el cuello y hacía que un escalofrío recorriera toda su piel despertando más aún su sexo enjaulado.
Ahora sí, se giró y lo vio. Un hombre bastante apuesto, y podría decir que hasta guapo, alto y perfectamente afeitado. Se sorprendió a sí mismo evaluando a aquel hombre en términos de atracción sexual.
Le extendió un ramo de flores y volvió a besarla. Esta vez en la mejilla, cerca de la comisura de los labios, lo cual la aturdió ligeramente.

-“¿Qué se dice, Cloe? No vaya a ser que nuestro invitado piense que eres una
maleducada”.-La voz de su ama la sacó del ensimismamiento.

-“Muchísimas gracias. No tendrías que haberte molestado en traerme ningún regalo”. –

Y ahora fue ella la que se acercó al hombre y le besó también muy cerca de los labios. Pudo notar su olor. ¿Como definirlo? Viril, seductor…¿Las endorfinas enredando intenciones?.
Tal vez.

Regresó a los pocos segundos y su dueña volvió a animarla hablándole al oído.
-“Haz que se sienta cómodo “-

Se acercó a él y lo abrazó por detrás, rodeándolo, sintiendo todo el cuerpo con sus manos. Poco a poco empezó a desabrochar la camisa mientras le besaba el cuello, le quitó la camisa y ya sin timidez alguna, le besó en los labios y dejó que la lengua de él tomara posesión de su boca. A partir de ese momento se dejó hacer.
La voz de su ama acudía de vez en cuando a su oído, animándola a disfrutar, empujándola a dar placer a aquel atractivo desconocido que ahora ya estaba completamente desnudo a su lado. Sus manos acariciaron aquellos glúteos masculinos para, suavemente, ir al encuentro de su sexo, que lucía casi erecto bajo la caricia de sus dedos.
Se arrodilló y poco a poco metió aquel desconocido miembro en su boca, lo besó, lo saboreó detenidamente, sin atropellarse, dejándose llevar por la voz de su dueña.

-“Poco a poco, Cloe, no tienes prisa. Busca su placer”.-

Continuó dando placer con su boca mientras sentía tanto las manos de él en su cabeza como las manos de ella acariciando su cuerpo, sus nalgas  y las cercanías de su sexo aprisionado por el cinturón de castidad que luchaba por salir.
A los pocos minutos el atractivo desconocido se deshizo de la caricia que la boca de Cloe le proporcionaba y buscó sus labios para agradecerle el placer que le había brindado. Poco a poco bajó las braguitas rojas y acarició entre las nalgas de Cloe . Extendió un poco de crema lubricante en el punto exacto que auguraba placeres inmensos y organizó su cuerpo, manejándolo a su antojo.

Ella respiró y sintió.

Sintió y se permitió fluir, dejándolo entrar por completo. Ese hombre de voz ronca penetrándola desde detrás y su dueña besando sus labios mientras sujetaba sus manos.
Y mientras tanto el tomador de su cuerpo aceleraba el ritmo para volver a hacerlo más lento y posteriormente volver a acelerar, jugando con su placer en ciernes.

Ella disfrutando con las imágenes y el desconocido a punto de gritar de placer, mientras entre las barras de acero del cinturón de castidad de Cloe se escapaba inconfundible la prueba de que ella también había disfrutado.
Poco a poco él se salió y volviendo a besarla en la boca se despidió dándole las gracias por haberle hecho disfrutar. Casi visto y no visto se vistió y su dueña lo acompañó a la entrada donde le despidió cariñosamente.
De nuevo estaban las dos solas. Cloe se abrazó a su dueña, abrazó sus piernas y buscó refugió entre sus pies, como lo buscó en las primeras ocasiones en las que empezó a surcar los nuevos territorios que ella le mostraba.

Confianza. Eso fue lo que siempre imperó a su lado.
Atracción.
Admiración.
Magia.

-“Sabía que ibas a estar a la altura de la ocasión. Estoy muy orgullosa de ti”.-
Le besó, como besando su libertad y se alejó.

-“Con que poquito haces magia”-pensó él sin atreverse a pronunciarlo.

Y supo que aquel instante de intimidad quedaría eternizado desde ya,
hasta siempre.

 

 

“Quise vivir durante años según la moral de todos.
Me esforcé por vivir como todo el mundo, por parecerme a todo el mundo. Dije lo preciso para unir, aun cuando yo me sentía separado.
Y al cabo de todo esto, llegó la catástrofe.
Ahora me paseo por entre las ruinas,
estoy sin ley,
cruelmente dividido ,
solo y aceptando estarlo,
resignado a mi singularidad y a mis discapacidades.
Y debo reconstruir una verdad,
tras haber vivido toda mi vida en una suerte de mentira.”


(Albert Camus.)

 

 

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El deseo es el deseo del otro. (Hegel)

En medio de la mañana de aquel lunes casi primaveral, la vibración del teléfono en el bolsillo de su pantalón le sacó de los temas que en aquel momento se estaban discutiendo en la reunión. Cogió el teléfono y vio que acababa de entrar un correo de ella:

-“Buenos días: Este viernes quiero que vengas a verme a las 19:00 h, te estará esperando un regalo muy especial. Hasta entonces me gustaría que fueras un chico casto, no te acaricies, únicamente cuando te duches, pero solo lo estrictamente necesario para tu higiene. Durante toda la semana deberás ir sin ropa interior; si ahora mismo la llevas puesta ve al baño y quítatela. Quiero que el roce del pantalón te acompañe hasta que me veas.

Te espero.

Un beso.

P.D.: Tengo un pequeño capricho, deseo que el viernes vengas completamente depilado.”-

Nada más leerlo se excusó ante los asistentes a la reunión y salió en dirección al baño. Se quitó los zapatos, los pantalones y la ropa interior. Dobló esta cuidadosamente y la guardo en un bolsillo de la americana, para a continuación  ponerse los pantalones y los zapatos con lenta cadencia rememorando cada palabra leída hace poco, como dibujando la ruta entre sus ganas y el ombligo de ella.

Acto seguido contestó al correo. Allí estaría el viernes.

A lo largo del día leyó y releyó el correo. Dos palabras le llamaron la atención por encima del resto: regalo y capricho. O sea: novedad y mandato.

Buscó y encontró la mejor manera de depilarse por completo, cuando salió del trabajo compró el producto que le había parecido más adecuado y al llegar a casa se lo aplicó quedando satisfecho con el resultado.

A lo largo de la semana el roce de los pantalones  se fue haciendo casi insoportable, no podía tocarse, así que cuando ese roce se traducía en una erección el sentimiento de frustración no hacía sino crecer dentro de él, manteniéndole en un casi permanente estado de excitación.

El viernes a la hora señalada estaba delante del portal de ella. Le puso un mensaje pidiéndole permiso para subir, y solo cuando  se lo concedió accedió al portal y se dirigió al ascensor. Llamó a la puerta con el corazón luchando por no salirse de su boca y solo se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose.

Por fin la puerta se abrió, entró y se arrodilló delante de ella con la mirada fija en la punta de sus sandalias que dejaban los dedos con las uñas pintadas de rojo, al aire. Ella le acarició el pelo y le dijo que se pusiera en pie lentamente.

Sandalias rojas de tacón muy alto y fino, a juego con el color de las uñas, las piernas al aire con un vestido negro corto que le llegaba a medio muslo, un cinturón discreto, los hombros al aire solo cubiertos por el fino tirante del vestido y la melena suelta cayendo sobre su espalda. Maquillada de manera muy discreta con los labios rematados inevitablemente en rojo. Según estuvo completamente de pie admiró por unos segundos su belleza.

Ella agarró la corbata para atraerlo hacia sus labios y besarle. Después  le susurró al oído:

-Desnúdate y deja todas tus cosas en este armario-

Él obedeció y empezó a desnudarse bajo la atenta mirada de ella, guardó toda la ropa y los zapatos en el armario y se quedó así, desnudo, sediento y vulnerable, con la mirada de nuevo clavada en el rojo de las uñas de sus pies.

Ella lo observó. Su mano acarició suavemente el pecho, ahora desprovisto de vello. Sonrió. Su mano bajó por su vientre hasta llegar a sus ingles. Las acarició levemente evitando en todo momento el contacto con su sexo que latía excitado ante el anticipo de caricias.

-Me has concedido mi pequeño capricho. Muy buen chico-

Él se estremeció. Esas palabras siempre causaban el mismo efecto, transportarle a un estado de sumisión completa hacia ella. Delicadamente le ciñó el collar y le volvió a besar.

-Ahora voy a darte tu regalo. Sígueme.-

Él la siguió.

Se arrastró por el suelo mientras ella sujetaba la correa. Llegaron a la habitación y le dijo que se pusiera de pie.

Sobre la cama, dispuestos en un orden perfecto, estaban unas medias negras, un tanga rojo de encaje con bastantes transparencias, un corsé negro, un sujetador con relleno rojo a juego con el tanga y lo que parecía ser un uniforme de criada negro con una especie de tela vaporosa blanca por debajo de la falda. A los pies de la cama estaban unos zapatos negros de tacón muy fino y alto. Sobre la mesilla había una peluca morena de media melena, colocada sobre la cabeza de un maniquí.

-Siempre he querido tener una doncella personal, he pensado que durante este fin de semana bien podrías ser tú esa doncella. ¿Qué te parece tu regalo?- Lo dijo casi susurrándole al oído, haciendo especial énfasis en la palabra doncella.

-Muchas gracias por el regalo. Confieso que me sorprende, no lo esperaba. A veces me has hecho vestir ropa interior femenina, pero esto es, no sé, distinto. Si Tu deseo es que sea tu doncella, pondré todo de mi parte para ser la mejor doncella- Respondió él.

Se quedó unos segundos parado, sin saber qué hacer a continuación. Ella le dio un fuerte azote en una de las nalgas mientras le incitaba  a que comenzara a vestirse con aquella ropa.

Se sentó con cuidado en la cama y cogió una de las medias. Se la puso con cuidado de no tener un enganchón que la estropeara. Lentamente metió el pie y cuando lo tuvo completamente dentro fue subiendo la media por sus piernas hasta que llegó al muslo y colocó cuidadosamente la banda de silicona para que la media quedara perfectamente fijada. Repitió la misma maniobra con la otra media.

Acto seguido cogió el tanga y se lo puso con mucho cuidado tratando de que su sexo quedara completamente dentro de la prenda, algo que le resultó muy complicado por la erección que lucía en ese momento. Una pequeña gota de líquido preseminal mojó la tela. Ella sonrió al ver esa excitación.

Cogió el corsé fue a ponérselo pero le resultó imposible. Ella lo vio y decidió echarle una mano. Le pidió que cogiera aire y en ese momento aprovechó para abrocharlo. Él instintivamente llevó sus manos hacia el corsé, tratando de palpar esa nueva figura en la que la cintura quedaba bastante marcada y de la que no sobresalía ni un centímetro de su abdomen. Le resultaba algo difícil respirar con tal opresión.

Tomó el sujetador entre sus manos y pasó los brazos por los tirantes hasta que estos quedaron en los hombros, echó las manos hacia atrás y con cierta dificultad lo abrochó.

Le llegó el turno al vestido de criada. Completamente ruborizado lo cogió y lo colocó delante de él para poner un pie y luego el otro dentro del vestido, lo fue subiendo lentamente hasta que lo tuvo a la altura de los hombros e introdujo los brazos hasta que el ceñido uniforme se entrelazaba con su piel.

Ella dio la vuelta por detrás de él, cogió la cremallera y la subió.

Se puso los zapatos y cuando estuvo subido a los tacones casi perdió el equilibrio.

-No te preocupes, terminarás adorando andar con tacones- Dijo ella mientras reía divertida.

Ya estaba completamente vestido. Y muy excitado, como pocas veces antes.

Una cosa que le llamó especialmente la atención fue que todas y cada una de las prendas habían encajado a la perfección en su cuerpo, como si durante los meses anteriores ella hubiera ido anotando todas sus medidas cada vez que le ponía las pinzas en los pezones desde detrás de su espalda, en cada caricia, en cada azote con la fusta y en cada latigazo.

Le pidió que se sentara en la silla que había a los pies de la cama. Cuando estuvo sentado ella cogió la peluca y se la colocó con suavidad, dedicó unos segundos a ordenar la caída del pelo sobre los hombros y cuando quedó satisfecha de cómo estaba la peluca le dijo:

-Un poquito de color en tu cara y estaremos casi listos. Tú no tienes que hacer nada, déjame a mí-

Se sentó en una silla frente a él, con un estuche de maquillaje, cogió un poco de color y lo puso sobre la cara de él, discreto, sin estridencias. Le pidió que cerrara los ojos y aplicó un poco de sombra, por último, le agarró suavemente el rostro y empezó a dibujar sus labios con uno de sus lápices preferidos . Él estaba en un estado de completo abandono, la dejaba hacer y estaba gozando de lo que ella estaba haciendo, se sentía completamente bajo su control y eso le excitaba enormemente. Ella le sacó de su absorción:

-Antes de que te mires en el espejo he de decirte que has quedado bellísima- puso énfasis en ese adjetivo femenino.

-Mucho mejor de lo que imaginaba cuando fui a comprar tu ropita de doncella. Y por lo que veo a ti también te está gustando lo que sientes, me encanta. ¿Te imaginas cuando llegue el día en el que salgamos las dos juntas a seducir a alguien?-

El color subió de inmediato a su cara y un escalofrío recorrió su espalda. ¿Había escuchado bien lo que le acababa de decir? ¿Significaba eso que en algún momento le haría salir a la calle vestido de mujer? ¿Le haría seducir a alguien? Todas las preguntas se agolparon en su cabeza en pocos segundos, sabía que todas las preguntas se respondían con un sí, si algo había aprendido de ella era que todas las insinuaciones que hacía terminaban convirtiéndose en realidad tarde o temprano.

Pidió permiso para hablar y ella le dijo que le dejaría hablar cuando ya se hubiese mirado en el espejo, y que en ese momento debería decirle con franqueza qué sentía, sin ocultarle nada.

Ella se levantó de la silla y le dijo que la siguiera.

Caminando torpemente, haciéndose al hecho de andar sobre los tacones la siguió. Llegaron a la habitación contigua y ella le pidió que cerrara los ojos y se dejara guiar mientras le cogía de la mano muy suavemente. Llegaron al centro de la habitación, justo delante de un espejo de cuerpo entero.

-Ahora ya puedes mirarte en el espejo. Tómate el tiempo que creas necesario, pero recuerda que después de ese tiempo me tienes que contar todo lo que piensas-

Abrió los ojos y se miró en el espejo. Asombro, extrañeza y finalmente admiración. ¿Era él? No, era ella. Había ciertos aspectos que seguían siendo claramente masculinos, pero el espejo le devolvía la imagen de una mujer. Una excitación repentina recorrió su cuerpo. Quiso hablar. No puedo. Los ojos de ella le robaban las palabras, absorbían el aire de su boca, apenas alcanzaba a respirar.

-Estoy asombrado. Cuando vi encima de la cama toda esta ropa que ahora llevo puesta creí morirme de vergüenza pensando en lo ridículo que iba a resultar con todo ello puesto y en la humillación que iba a sentir. A la vez estaba extrañamente excitado ante la idea de que me convirtieras en tu doncella. Ahora que veo el resultado solo puedo darte las gracias y decirte que estoy dispuesto a servirte todo este fin de semana con este uniforme. Seré tu doncella personal y haré todo lo que sea para cumplir todos tus deseos- Le dijo con cierto temblor en la voz.

-Iremos trabajando juntas esta nueva faceta tuya. Me gusta tu masculinidad, no te preocupes, que no te haré renunciar a ella, pero esta feminidad que ahora luces delante del espejo nos ofrece muchísimas posibilidades- contestó ella con cierta dulzura en su voz.

Él se sintió muy intrigado por sus palabras y le preguntó:

-¿Podría saber cuáles son esas posibilidades que dices?-

-Todas las que en este momento estás imaginando y tanto reparo pueden causarte ahora, esas que terminarás aceptando y disfrutando. Los únicos límites que tenemos son los que marcan mi imaginación y tu sumisión- dijo mirándole a los ojos y arrastrando las palabras para que lentamente fueran apoderándose de su mente.

Él se arrodilló delante de ella y besó sus manos.

Le pidió que la esperara de rodillas con la frente y los antebrazos apoyados en el suelo mientras iba a buscar algo. Obedeció y adoptó la postura. Sus nalgas solo cubiertas por la fina tira de tela roja del tanga quedaron expuestas frente a la puerta de la habitación.

Transcurrieron unos cuantos minutos y volvió a escuchar el sonido de los tacones acercándose. Ella llegó hasta él y se situó colocando una pierna a cada lado de sus manos. Le pidió que se incorporara permaneciendo de rodillas.

Se había cambiado completamente. Las sandalias rojas las había sustituido por unas botas negras brillantes de tacón fino metalizado, altísimo, lucía un precioso conjunto de lencería negro por encima del cual sobresalía algo que llamó mucho más su atención, un strap-on con un dildo de mediano tamaño  atado a su cintura.

Le ató las manos con unas frías esposas.

Enseguida supo tanto lo que tenía que hacer inmediatamente como lo que vendría después.

Después, el éxtasis aturdidor de la privación. El poder de no necesitar nada y necesitarlo todo al mismo tiempo.

Ella…

El…

“No vuela quien tiene alas, sino quien tiene un cielo”

 

 

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Jugar, una forma de vivir…

“Pasa por mi cabeza esta noche, pon tú el vino, a la reflexión invito yo…”

 

 

Se me ocurre que vamos a recibir a la primavera de la mejor manera que sabemos.

Se te ocurre que vamos a pervertir a la primavera de la peor manera que queramos.

Voy a empezar yo, le meteré mano bajo su pequeña falda escocesa.

Tal vez después te pida que le bajes las bragas. Te sorprenderás al notarla húmeda en tan poco tiempo. Me mirarás sin saber cómo seguir, así que lo haré yo. Mojaré 2 de mis dedos con saliva, lentamente, mientras te miro, o tal vez solo te admire.

Y sonreirás.

Ella también lo hará.

Pasaré la punta de mis dedos por su sexo, abriéndome camino. Me detendré lentamente en su clítoris demorándome en la caricia.

¿Ves cómo se hace?  -te digo.

Y vuelves a sonreír.

Prefiero hacértelo a ti- me contestas.

Hoy es ella la reina del cuento- añado.

Me llevo los dedos a mi boca, relamiéndolos saboreo cada uno de ellos sin apartar la vista de ti.

Abre la boca-te pido.

La abres y te lleno de mis dedos. De sus fluidos y de los míos. Los saco y te los vuelvo a introducir más profundamente, mientras te beso con hambre acumulada a fuerza de wasaps.

Me hablas de tu deseo, de la urgencia y de no sé qué punto de no retorno.

Desconecto porque ahora solo quiero llenarme de ella.

Mis dedos vuelven a su sexo. Los introduzco suavemente. Primero uno, luego dos y llego a tres.

Me mira turbada. Entre abre su boca. Me pide que no pare mientras se abre más de piernas para que la observe mejor. Te pido que le acaricies sus muslos. Me dices que prefieres habitarme a mí.

Y va moviendo sus caderas con más urgencia cada vez, mientras succiona mis dedos. Los engulle. Va chorreando su calor entre mis manos a la vez que tú me sujetas el pelo situándote detrás de mí porque no puedes estar quieto. Le acaricias los muslos con una mano, la otra se pierde buscando mis pezones. Me muerdes el cuello, giro la cabeza y busco tu boca.

La encuentro. Me encuentro.

Ella gime o grita o todo a la vez.

Y tú,

y yo,

huyéndonos después,

de tu cama a la mía. 

 

 

 

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Entender es antes que pretender.

“Esto es un poema

mantén sucia la estrofa.

Escupe dentro.”

(Angel G.)

 

…Como me gusta decirte que tú sí has aprendido a sentirte libre, como aquella canción de Gianni Bella.
Y lo has hecho así, bajo mis cadenas, entre mis caderas. Al soslayo de mi mirada y con tanta entrega, que mi piel y otras cositas que aún no diré permanecen erizadas.
Con cada azote lleno de intención y dulzura te me has regalado, he recogido tu placer exhausto con mis manos para ofrecértelo y sentir como relames cada uno de mis dedos. Comprobando como puedes conseguir que me derrita ahí mismo, sobre mis tacones, pisando esa alfombra negra que hasta hace poco nos miraba escandalizada.
Sé que la próxima vez vas a llegar tal y como me gustas, rendido, valiente, desnudo de alma para adentro, dispuesto a introducirte en el ensueño de mis caprichos.

Amordazado a mi risa.

Trascendiendo.

Total, tengo tiempo y el desdén que provoca saber esperar-te.

 

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