Todo empieza antes.

A veces cuando menos te lo esperas llegan cartas, de esas que pueden olerse, estrujarse y hasta quemarse si fuera necesario, para después continuar oliendo los restos.

A veces incluso provoca contestarlas.

A él le gustaba su cama, a ella su drama, el resto se transformó en este vis a vis poético o similar:

Carta 1, de X a Lara.

«Es curioso como, antes que soñar una experiencia, siempre he anhelado que fuera junto a alguien que tuviera la capacidad de sorprenderme, de hacerme sentir el vértigo de cada paso en el alambre. Por ejemplo, junto a ti. Eso es probablemente lo que siento ahora cuando te escribo, un delicioso hormigueo que me da la vida, despierta mi imaginación, mis sentidos y deseos más perversos o los más tiernos, en cualquier caso, una complicidad que rara vez un hombre logra tener a lo largo de su vida. Por eso la soledad, por eso la literatura, por eso la música. Por eso la llamada del sexo y del Bdsm. 

Soy un esteta de mierda, lo sé.

Los cuerpos son honrados, los corazones perversos. Antaño si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían los corazones y corrían los vinos. Hoy he sentado a la belleza en mis rodillas y después la injurié… Ese ha sido un punto de partida. Un verso de Rimbaud, una temporada en el infierno, que me define desde la adolescencia… y así hasta hoy. 

Me pregunto hasta donde podríamos llegar tu y yo juntos, qué limites rebasaríamos, en cuantos pedazos se rompería la rutina, nuestra particular rutina, de qué manera acabaríamos construyendo otra y lo que es peor, hasta qué punto finalmente la sobreviviríamos. Me dejo llevar por la imaginación.  

El sexo como territorio explorado, está bien, pero el sexo como territorio que nunca se termina de explorar es mucho mejor. No voy buscando El dorado, pero tengo la sensación de que me acerco a él cada vez que hablo contigo. Las palabras me queman. Así que me cuesta imaginar cómo será una mirada, una caricia y más. 

No voy buscando una relación de experiencias sado-masoquistas porque acabaría pareciéndome a una señora comprobando la lista de la compra…una lista de sueños y deseos cumplidos o que se dejaron de cumplir. No tiene sentido.

Es probable que me resulte tan excitante ir a ver un Caravaggio en la galería Ufficci de Florencia o en la Villa Borguesse de Roma como que me sodomices antes o después en su espléndido jardín o en un local de Madrid o en el salón de tu casa o en la mía, después de haber descorchado una buena botella de vino, haber escuchado un vinilo… habernos despertado, haber discutido. No depende tanto el qué haga sino que lo haga contigo. Te preguntarás qué busco y yo te respondería que la plenitud, un instante sagrado en el que el placer y el dolor, el sometimiento, el poder y la entrega sean todo uno. Escucharte y acariciarte mientras nos detenemos a ver un lacónico y nostálgico cuadro de Hopper en el Thissen o un Bacon en la Tate valen tanto como ir a comprar fetiches o sentir que tu mano juega disimuladamente con mi polla en un concierto donde alguien canta Sinnerman. O recibir tu piel en la mía, quedarme impregnado con tu aroma, como se reconoce un perfume o el sabor de la carne y el pecado…reconocerte en una mirada, en un gemido, sentirte dentro de mi incluso si nos compartimos, encontrar la palabra, el libro la imagen que se convirtió en la fotografía de nuestra complicidad. Y esta es sólo una visión ordenada y esquemática de la vida, entre lo público y lo privado, lo sublime y lo vulgar que se va trenzando con el palpito de la vida cotidiana, el pulso de Madrid o Berlín. Entre una cosa y otra está todo lo demás, un espacio propio o un momento propio, de los dos, perverso y fértil, luminoso y oscuro, delicioso y bello, frágil, duro, grotesco o sutil. 

Creo que cuando llegue a hablar contigo todo tendrá algo de acontecimiento. Las palabras elegidas, las preguntas formuladas, la expectación producida, el arte de lo imprevisible, el juego. Sé que sucederá así .

Contigo no pienso qué me queda por hacer o que experiencia busco, sino todo lo que vamos a hacer…

Si me permites la osadía y la curiosidad, ¿cual ha sido tu momento más «hard» sexualmente hablando? Prometo responderte con total sinceridad como agradecimiento a tu respuesta.

Yo no voy a sucumbir a la idea de un anhelo, pero sí a la posibilidad de sentir que los cumplí todos antes de que me haya muerto y sobre todo, que aposté todo y que, tanto si gané como si perdí, fue hermoso.

La belleza, siempre la belleza. 

Atentamente».

X.

Carta 1, de Lara para X:

«Misterioso X, ¿o debo decir presuntuoso X?:

No te apures, yo también soy una esteta, aunque no de mierda. Espero.

Para bien y para mal ya lo dijo alguien: “Me invento la belleza para no morir de frío”. Quizá este sea el motivo que me lleve a contestar tu carta, no creas que suelo hacerlo.

La belleza en el instante sagrado que tú persigues, en  la búsqueda de la palabra exacta que siempre apuro, en la necesidad de intensidad, en esta apuesta recurrente de jugarse  a doble o nada, aún sabiendo que será nada después. Y remontarse al vacío del después y qué más da el después si antes hubo un todo.

La belleza contra el gran mal de la vulgaridad.

Y por eso la poesía. Y por eso el hambre.

Como el amigo Henry Miller: -“Desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación”-.

Me gusta saber que te gusta apostar olvidando la seguridad de lo conocido.

El sexo y su territorio de violencia y abandono de reglas. Sabiendo que en esa violencia navega una indescifrable dulzura.

La imaginación, como preludio de juegos perversos, humillantes en ocasiones y qué más da la ausencia de convencionalismos o la brutalidad de los mismos, siempre serán eso, juegos compartidos.

¿Mi momento más “hard”?

Difícil. Todas las primeras veces en algo lo son un poco, ¿no? . Podría decirte varios.

Uno por duro, para ella sobre todo. Fui con un amigo que conocía a una chica que vivía el masoquismo muy intensamente,  la idea era que ambos la doblegáramos, la sometiésemos. Me fascinó el disfrute no fingido de ella en todo momento hasta cuando la estaba haciendo «fistting» y ella no dejaba de pedirme más, para mi era la primera vez en ese tipo de práctica y lo hacia con método pero suave. Duró poco la dulzura al verla gritar de placer y suplicarme más fuerza y rapidez mientras mi acompañante me invitaba a hacerlo sin pudor ninguno. Después llegó el momento de colgarla de unas argollas que tenia en el techo de su apartamento y azotarla. Creía que conocía a mi amigo hasta ese momento, jamás creí que de aquella voz tan cálida y pacifica salieran todos esos golpes con fustas, varas, látigos y demás. Todo un despliegue de fuerza, constancia, rapidez, rabia… 

Jugaba con ventaja porque se conocían desde hacia tiempo y él sabia de su amplia resistencia al dolor y más aún, de su total deleite ante él. 

Para mí fue una de mis experiencias más especiales.

Espero haber deleitado tus sentidos.

Sin más.

L.S.

Pd:

¿Nada es casual, todo es confluencia?»

El vértigo de llegar a los propios límites y rebasarlos es como una euforia de abismo”.

Copyright©2016-20L.S.

«En mi defensa diré que él me sonrió primero.»

 

En uno de los mensajes que había recibido durante aquella semana, ella le había escrito:

 

-“Cuando te vea el sábado comenzará una nueva fase de tu adiestramiento: tu doma”-.

Él sintió tanto miedo como deseo.

A la hora convenida pidió permiso para presentarse ante ella, se lo concedió y solo entonces subió en el ascensor hacia el apartamento.

Llamó y se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose desde el otro lado de la puerta.

Ella abrió y nada más cruzar la puerta él se arrodilló delante de ella besando sus manos. Después de aquel saludo, empezó a fijarse en su atuendo.

Botas  de cuero negro con un tacón muy alto,

pantalones blancos de montar a caballo y una blusa negra de manga corta, con escote.

Con mucho escote.

Con todo el escote posible.

El pelo lo llevaba recogido en una coleta.

La mirada de él no expresaba sorpresa sino admiración, se quedó unos segundos ensimismado hasta que la voz de ella le sacó de su absorción.

Dulce y suavemente, como a ella le gustaba dar las órdenes:

-Desnúdate, deja tu ropa en el armario y dirígete a mi encuentro en el salón-

A los pocos minutos se presentó completamente desnudo con la única excepción de la jaula de castidad que aprisionaba su sexo. Entró caminando con las manos y las rodillas en el suelo, tal como ella le había enseñado hacía ya mucho tiempo.

-Ponte en la postura que ya sabes  me gusta tanto…-

Entendió que debía apoyar completamente los antebrazos y la frente en el suelo y esperar nuevas indicaciones.

Sintió que sus manos acariciaban sus nalgas, suavemente primero, para después marcar ligeramente con las uñas unos casi imperceptibles arañazos. Después sintió frío cerca de sus nalgas y ese mismo frío invadió todo su cuerpo segundos más tarde.  Algo fue introduciéndose lentamente en él, un plug metálico que quedó fijado en un hábil movimiento. Sintió también un ligero cosquilleo en el interior de sus muslos. Un objeto desconocido aún, le rozaba  muy suavemente, ella lo movía para que él fuera consciente de esa sensación.

-Ponte en pie-

Obedeció y se puso en pie con la mirada fija en el suelo.

Ella siguió hablando, más dulcemente de lo que le había hablado nunca.

-Sabes que me encantan los caballos, me parecen unos animales fascinantes. Es por eso que quiero domarte como a ellos, para que así seas capaz de servirme y mientras lo haces, tus movimientos sean precisos y armoniosos-

-Te acabo de poner tu cola de caballo, es un plug que tiene las crines de un caballo. Ahora voy a seguir  con tu atrezzo para que seas un precioso corcel al que poder domar.-

Le hizo poner ambos brazos atrás y juntos. Cuando estuvo en aquella postura notó que ella introducía los brazos en una especie de bolsa de cuero. Ató cuidadosamente los cordones de la bolsa de cuero de manera que los brazos quedaron completamente pegados a la espalda.

Del extremo superior de la bolsa de cuero salían unas correas a modo de cinturón que ella ató por delante de su pecho.

Otras correas salían del extremo inferior y las ató con la hebilla a la altura de la cintura.  De esta manera sus brazos quedaron completamente inmovilizados y sería incapaz de usarlos hasta que ella le quitara aquella bolsa de cuero.

-Los caballos no usan sus manos, es algo a lo que te vas a tener que acostumbrar, incluso cuando quiera montarte, ya que con el paso del tiempo serás capaz de servirme de montura. Hay unas sillas de montar preciosas que son ideales para caballos de dos patas como tú- le decía lentamente con un ritmo casi hipnótico.

A continuación, ella le puso el collar postural que habían comprado hacía poco tiempo. Un collar muy ancho que obligaba a mantener la barbilla muy erguida pues tenía una varilla de acero que evitaba bajar y forzar la postura. A su vez, los brazos aprisionados obligaban a su espalda a permanecer completamente recta.

-Ahora queda el último adorno- dijo ella mientras le hacía abrir la boca para introducir un bocado de silicona en su boca.

Por último fijó unas riendas a los anillos metálicos que se unían con  el bocado y al cierre que apretaba su cuello.

-Perfecto, ya estás listo para la primera sesión-

Él estaba completamente concentrado para poder mantener la postura sin perder el equilibrio, aquello le obligaba a realizar un esfuerzo físico que le recordaba a aquellas veces en las que había servido de mesa.

Se trata de disciplina y concentración-se repetía él a modo de mantra.

-Hay algo que me encanta de la doma y es la comunión que existe entre la amazona y el caballo. Simples gestos de ella son correspondidos por su montura con movimientos automáticos ejecutados con la mayor precisión y con muchísima hermosura. Ese es el objetivo, que con simples tirones de las riendas, o con leves toques con la fusta sepas exactamente lo que quiero-

El trató de hacer algo parecido a asentir, pero le fue imposible por el collar y la varilla de acero que se clavaba con suavidad en su barbilla.

-Ponte de puntillas-

-Si sientes las riendas en tu espalda empezarás a andar sin moverte del sitio, siempre de puntillas y levantando las rodillas lo máximo que puedas, avanzando lentamente, con la espalda siempre recta. Si notas que tiro de las riendas hacia atrás, te detendrás en seco con tus pies perfectamente juntos y de puntillas- le dijo ella mientras acariciaba su coleta recogida.

El notó que las riendas le golpeaban suavemente en la espalda y movió la pierna derecha, levantó la rodilla lo más que pudo y dio un paso. Notó un golpe de fusta en el muslo derecho.  Dió un paso con la pierna izquierda, llevó la rodilla lo más arriba que pudo. Siguió con la pierna derecha, elevó la rodilla hasta que sintió su cuerpo tensarse.

-Eso es. Muy bien esta vez. Sigue hasta que te ordene parar-

Continuó, siempre de puntillas, tratando de levantar las rodillas todo lo más que podía. Unas veces atinaba a hacerlo bien y otras recibía la caricia de la fusta en la pierna que a gusto de su dueña no había levantado suficiente.

Un tirón hacia atrás.

Paró.

Los pies quedaron ligeramente descuadrados, no juntos como ella le había ordenado.

Tuvo que corregirle  y mientras lo hacia comenzó a desvestirse.

Primero la blusa y luego el ceñido pantalón. De este modo, él podría rozar su piel una vez que estuviera encima. Se vistió con un corset negro, un breve tanga esas botas negras altas cubriendo sus piernas.

El tacón de la  bota  comenzó a clavarse en su muslo derecho. El hizo un pequeño gesto de dolor que corrigió enseguida.

Ella se situó a su lado y colocó la fusta delante de él a una cierta altura. Con las riendas le indicó que empezara de nuevo a andar. Él entendió que sus rodillas deberían elevarse hasta tocar la fusta y así lo hizo. Cada vez que una de sus rodillas tocaba la fusta, ella lo animaba diciéndole que muy bien. Le ordenó parar con un tirón seco de las riendas.

Esta vez sus pies quedaron perfectamente igualados y ella le acarició la cabeza en señal de reconocimiento.

Repitieron la mecánica durante unos cuarenta minutos, transcurridos los cuales él estaba sudando completamente y un pequeño reguero de saliva se escapaba entre la comisura de sus labios y el bocado que mantenía su boca abierta. En aquel momento se sintió flaquear, por el esfuerzo de andar tanto tiempo de puntillas.

Ella se dio cuenta.

-Puedes apoyar los talones en el suelo durante unos segundos. Sé que el esfuerzo de llevar tantos minutos de puntillas es grande, para la próxima vez te sugiero que compres unas botas de tacón alto, así al menos tus pies podrán descansar y así, además, aprenderás a andar con tacones- le dijo con una perversa sonrisa en sus labios.

Acto seguido empezó a quitarle los adornos. Primero el bocado y las riendas, cosa que él le agradeció y continuó retirando el collar postural. Por último le desabrochó los cinturones de la bolsa de cuero y liberó sus brazos.

Él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-Quiero llegar a sentir esa comunión de la que hablabas, ser capaz de interpretar qué es lo que quieres que haga sin necesidad de sentir nada más que un leve tirón de las riendas o un leve toque de la fusta-

Ella le besó, mientras le susurraba:

-Si algo valoro de ti es tu obediencia y  entrega, la doma es un medio con el que vamos a potenciar estas dos virtudes tuyas. Verás qué interesante será cuando estés preparado para que pueda exhibirte-.

Él se arrodilló delante de ella,

aún temblando por la excitación

y besó sus manos en señal de gratitud.

Ella le sonrió.

 

«En su defensa añadiré,  que yo le reté después…»

 

 

Copyright©2016-20L.S.

Lamiendo tus deseos.

Viajaba solo en tren. Le puse un mensaje dándole unas instrucciones claras:

-Irás al baño, te quitarás la ropa interior, la guardarás en el bolsillo de tu pantalón y me enviarás una foto del momento-

Me gustó imaginarle así. Elegante, con su traje de chaqueta impecable, camisa en tono claro acariciando su pecho y una casi asfixiante corbata rozando su cuello que horas después sería mío.

Elegante. Sobrio. Sensual, y sin ropa interior…

Sintiendo como el tejido del pantalón acaricia su sexo, imaginando o deseando que son mis dedos los que erizan su piel.

En apenas unos minutos me envió la imagen. Sin demora. Con exactitud.

-Así me gusta- le dije.

-Y llega rápido. Te espero con la más húmeda de mis ganas…-

 

 

 

Copyright©2016-20L.S.

 

«No quiero un cuerpo

quiero un alma.

Viva, loca y salvaje.

No busco el rio,

quiero el océano.

No busco la llama

quiero la hoguera.

No busco un camino

si no la tierra entera» 

Desde la incertidumbre del placer.

A las 12:30 de aquel viernes recibió un correo de ella con instrucciones:

“Vendrás esta tarde a las 19:00 h. Solo tienes que traer una caja pequeña de bombones y todas las ganas de servirme durante todo el fin de semana. Te esperan muchas sorpresas que serán de mi agrado”.

Según lo leyó un sudor frío recorrió su espalda y se tradujo en una inmediata erección súbitamente impedida por el acero de su cinturón de castidad.

Se le hizo eterna la jornada de trabajo y eso que los viernes terminaba a las 15:30. A esa hora salió y se dirigió a comprar la caja de bombones que sabía que a ella más le gustaría. Comió algo ligero e hizo tiempo curioseando en un centro comercial hasta que llegó la hora de dirigirse a su encuentro.

Un minuto antes de las 19:00 le puso un mensaje pidiendo permiso para subir. Ella le contestó que sí, que podía hacerlo y que llamase a la puerta  esperando de rodillas a un metro de la puerta, hasta que abriera.
Subió.
Llamó al timbre.

Se retiró un poco de la puerta y aguardó de rodillas.

Pasó un buen rato hasta que escuchó el sonido de unos tacones acercándose a la puerta. Acto seguido se abrió. Se puso en pie y entró. Ya dentro de la casa volvió a ponerse de rodillas y cogiendo la mano de ella, la besó con devoción.
Le entregó la caja de bombones y pidió permiso para hablar.

-“Me presento ante ti desprovisto de cualquier prejuicio, dispuesto a servirte como devoto esclavo tuyo que soy y deseando entregarme por completo a todas tus órdenes, deseos y caprichos”-

Ella sonrió y le hizo ponerse en pie, lo atrajo hacia sí, acarició sus labios con la lengua y le besó.

Vestía un vestido corto de látex negro, muy ajustado, dejando entrever una insinuante lencería roja que hacía difícil apartar la vista de otro lugar que no fuera su cuerpo y su piel.
Botas negras con tacón largo y fino. Irremediablemente fino.

-“Desnúdate por completo y deja todas tus cosas dentro de este mueble . No vas a necesitarlas durante todo el fin de semana”-

Una vez dichas las pequeñas instrucciones, le dejó en el vestíbulo y fue a guardar los bombones. Cuando regresó él ya se había desnudado y estaba esperándola completamente desnudo a excepción del dispositivo de castidad y del anillo en su mano derecha que indicaba su condición de esclavo.
De rodillas, con la mirada en el suelo, las manos en la espalda y la excitación más allá de su  alma.

-“Tengo un regalo para ti”-dijo ella en un tono de voz muy suave  mientras le acariciaba la barbilla. Él la miró y vio aquella sonrisa que anticipaba que muy probablemente se le había ocurrido experimentar con algo nuevo.

Le hizo ponerse de pie y cuando lo tuvo cara a cara le enseñó lo que llevaba en la otra mano. Un cinturón de castidad nuevo, brillante y significativamente más pequeño y curvado que el que encerraba su sexo en ese momento apareció delante de sus ojos.
Si ya estaba siendo difícil soportar la excitación en el que ahora lucía, con este nuevo todo iba a ser más difícil- pensó instantáneamente.

Ella se puso en cuclillas delante de él y cogiendo el pequeño collar del que colgaba la llave del candado lo abrió. Jugueteó con el candado, demorando el momento de la liberación, finalmente lo quitó y lo depositó en el suelo. Retiró la funda metálica y observó las marcas que el acero había dejado impresas en la piel.

Lo acarició .

Cogió el anillo de la base del nuevo dispositivo de castidad y se lo puso en su lugar. Este no tenía bisagras, era un anillo completamente cerrado.
Él la observaba con detenimiento. Era ella la que estaba casi de rodillas delante de él y en pocas ocasiones como esta se había sentido tan dominado.

Paradojas de los instantes, inmortalizados ya, en sus sentidos.

Se mojó los dedos con saliva y lo fue introduciendo por completo hasta que el tubo metálico tocó con el cierre adosado al anillo de la base. En ese momento cogió el candado del nuevo cinturón de castidad y lo cerró. Se levantó y le dijo:

-“Este es tu primer regalo. El segundo regalo es que la llave de este candado solo la tengo yo”-

Le dijo que la esperara de nuevo de rodillas mientras guardaba el viejo cinturón de castidad. Al cabo de menos de un minuto ella llegó hasta donde estaba y aprovechando que su cabeza estaba agachada mirando hacia el suelo le ciñó un collar de cuero en el cuello y fijó con un mosquetón la cadena que sujetaba en una de sus manos. En ese momento él supo que tenía que seguirla, caminando como si fuera su mascota y apoyó las manos en el suelo dispuesto a perseguirla y prolongar así su sombra, con la mirada fija en esos  interminables y afilados tacones.

Entraron después de un muy corto trayecto en una especie de sala de estar. Ella le hizo ponerse de pie.
Una pequeña jaula de barrotes metálicos negros estaba colocada entre el sofá negro y la televisión, como si de una mesita de salón se tratara. El suelo de la jaula estaba cubierto por una especie de almohadilla acolchada, en los laterales los barrotes discurrían verticales, paralelos unos a otros hasta que se unían con las aristas que conformaban el plano horizontal superior en el que otros barrotes paralelos cerraban por completo el perverso cubículo.

En uno de los laterales parecía haber una pequeña puerta que en su parte inferior interrumpía los barrotes verticales para dejar una pequeña abertura por la que únicamente podría caber una escudilla como las que se usan para alimentar a los perros.

El desconectó involuntariamente de aquella imagen unos segundos y se centró en su respiración agitada.

Excitación.
Nervios.
¿Miedo?.
No.
La confianza superaba todo temor.
Incertidumbre.
Deseo.
Impaciencia.

Ella se dirigió hacia la jaula y abrió con una pequeña llave el candado que tenía la puerta. Una vez abierta, se dirigió hacia él, levantó su barbilla y le sonrió antes de besar sus labios. Después de besarle todo lo profundamente que sintió, le dijo muy dulcemente al oído.

-“Este es tu tercer regalo, vas a ver cómo te va a encantar. Métete dentro”-

Él obedeció de inmediato. Ella le acarició ligeramente el pelo indicándole con ese gesto que lo había hecho muy bien. Cuando estuvo dentro cerró la puerta con el candado y le susurró:

-“Hay quien a este tipo de jaula le llama jaula de castigo, no va a ser nuestro caso, aunque si cometes alguna falta que te haga merecedor de ello, no dudaré en usarla como tal. Para nosotros va a ser una jaula de entrenamiento”-

Él escuchaba atentamente mientras trataba de acostumbrarse poco a poco a la postura forzada que aquel espacio tan reducido le obligaba a mantener. Difícilmente cabía dentro de ella y su cabeza tenía que estar prácticamente en el suelo de la jaula mientras sus glúteos sentían el frío contacto del acero y en su espalda notaba los barrotes de la cara superior.

Ella continuó.

-“El confinamiento en una jaula de este tipo tiene como virtud reforzar la sumisión y la obediencia, que son dos virtudes que tienes como esclavo y que ya sabes, me gustan y excitan tanto”-

Ella caminaba pausadamente  alrededor de la jaula, consiguiendo que sus tacones marcaran el ritmo de sus palabras, condicionando así la atención de su esclavo a través de aquel repiqueteo sobre el suelo.

-“Con disciplina y adiestramiento voy a conseguir que seas capaz de estar ahí dentro durante horas, tal vez un fin de semana entero”-

A pesar de  no poder ver su rostro, ella le imaginó sediento, temeroso y relajado a la vez.
Tras solo unos pocos minutos dentro de la jaula, la idea de pasar un fin de semana entero seguro que a él le parecía imposible de alcanzar al igual que también le parecieron imposibles de alcanzar otras muchas cosas que ahora eran de lo más natural gracias a su capacidad de seducción y al dominio que ejercía sobre él.

-“Pero todo eso lo vamos a hacer juntos. Poco a poco. Este fin de semana vas a ir familiarizándote con la jaula y progresivamente iremos avanzando”-

Cuando concluyó, él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-“Solo pretendo poner lo mejor de mí en esta nueva experiencia y trataré de no defraudarte en ningún momento. Te pido perdón por anticipado por los momentos de debilidad que tendré en este proceso y aceptaré las medidas de corrección que estimes oportunas”-

Ella le regaló una sonrisa de carmín rojo.

Él levantó ligeramente la mirada todo lo que le permitía el espacio en el que estaba confinado y observó con detenimiento sus preciosas botas. Jugó a adivinar la anatomía de los dedos de esos pies con los que soñaba de noche y de día también. Pudo sentir la armoniosa geometría, deteniéndose en el rojo brillante de las uñas, captando la belleza del conjunto y enredándose en el infinito tatuado de su empeine izquierdo. Tan cerca para besarlos y tan inalcanzables-pensó.

Por unos segundos aquellos pies desaparecieron de su campo de visión y se sintió desorientado, trató de fijar la atención en el sonido de los tacones sobre el suelo. Una melodía empezó a sonar suavemente y los pies volvieron a aparecer delante de él. Respiró aliviado.

Ella volvió a sentarse en el sofá.
Cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y se dispuso a observarle.
Orgullosa de su obediencia.
Y de sentir que le pertenecía.

Lentamente fueron transcurriendo los minutos seguidos de  horas, por la ventana ya solo entraba la oscuridad de la noche, ella se quitó las botas e introdujo sus pies entre los barrotes de la jaula dejándolos delante de su cara, instintivamente él dirigió sus labios a aquellos empeines y los cubrió de besos y saliva. Sus labios dibujaron el contorno de cada uno de los dedos, sintiéndolos a través de la leve corriente del simple roce.

Una punzada de dolor le recordó su otro confinamiento, el del acero oprimiendo más que nunca su sexo. Esa sensación de vulnerabilidad que tenía cuando estaba con ella se hizo presente como nunca antes lo había hecho .

Y eso le tranquilizó.

“Contigo me siento muy libre”-recuerda que la confesó un día, y hoy más que nunca, volvió a sentir esa sensación.

Libertad desde su encierro…

Estamos hechos de paradojas.
De instantes.
Y de placeres- pensó.

«Nos pusieron límites,

pero rompimos  los márgenes. ..»

 

 

Copyright©2016-20L.S.

To let myself go (II)

«Nada más peligroso que una persona que te haga estrenar sentimientos»

Él se encontraba desnudo, de rodillas ,

con los brazos y frente apoyados  en el suelo,

justo en la postura que ella le había hecho entrenar todos los días de las últimas semanas.

De repente escuchó el sonido de unos tacones entrando en la habitación y notó que se detuvo a su lado. Ella se agachó y cuando estuvo lo suficientemente cerca  le dijo, muy dulcemente:

-“En otras ocasiones he dejado mi marca de propiedad en tu cuerpo. Hoy marcaré tu mente. Ponte de pie”.-

Se puso en pie con la mirada siempre fija en los  finísimos tacones rojos de ella y en ese momento pensó en cuanto adoraba cada puto átomo de su preciosa existencia.

-“Hoy vamos a dar un paso más en tu entrega y para ello vas a necesitar cederme todo el control de tu cuerpo, vas a estar privado de casi todos tus sentidos, solo podrás oír y únicamente una muy reducida parte de tu piel podrá rozarme, a mí o al viento.”-

Le hizo levantar la cabeza. Lentamente fue envolviendo su cuello con papel film. Sin apretar, dio dos vueltas y cortó el plástico. Acto seguido le hizo levantar los brazos manteniéndolos paralelos al suelo. Envolvió lentamente desde el hombro hasta la punta del último de sus dedos para después deshacer el camino hasta llegar de nuevo al hombro y volvió a cortar el celofán. Repitió la maniobra en el otro brazo y volvió a cortar el plástico.

Cuando hubo terminado le pidió que cogiera aire y envolvió su pecho cruzando el plástico desde el hombro izquierdo hacia el pectoral derecho y dio la vuelta por detrás para hacer el mismo camino desde el hombro derecho hacia el pectoral izquierdo y volvió a cortar. A continuación, envolvió la zona del vientre dando dos vueltas y le pidió que bajara los brazos para juntarlos con el tronco. Cuando adoptó la posición dio varias vueltas empezando desde los hombros y acabando en la parte inferior del vientre y volvió a subir para terminar cortando el celofán.

Cogió del aparador un rollo de cinta aislante negra y dio dos vueltas con ella justo por encima de los pezones y otras dos justo por debajo. Cogió unas tijeras quirúrgicas y pellizcando el plástico lo cortó con las tijeras pera dejar al aire un pezón y luego repitió la misma maniobra en el otro.

-“Ahora viene la parte difícil. Has visto que las tijeras están aquí por si acaso necesito liberarte rápidamente. Si necesitas que lo haga bastará que muevas la cabeza repetidamente hacia los lados”. –

Él asintió. Ella le cogió de la barbilla y le besó intensamente.

-“Voy a ponerte estos auriculares, un mensaje se irá repitiendo cada cierto tiempo, quiero que  lo escuches muy atentamente y lo memorices después”.-

Le colocó en los oídos unos auriculares conectados a un equipo reproductor y después le puso una capucha de cuero que apretó hasta que quedó fija. Cogió el antifaz de cuero y lo situó sobre sus entregados ojos. Con mucho cuidado cogió también la mordaza y se la introdujo en la boca de manera que quedó completamente fija al cuero de la capucha, por último comprobó que los orificios de la nariz hubieran quedado enfrentados con los orificios de la capucha.

_»Hueles tan bien hoy…» le dijo, sabiendo que difícilmente él la escucharía.

Con un suave gesto le indicó que debía tumbarse en la cama, y así lo hizo, guiado en todo momento por ella. Le cogió una pierna y la envolvió en más papel film, desde la parte inferior del muslo hasta cubrir el pie por completo. Hizo lo mismo con la otra pierna para luego juntarlas y envolver las dos de arriba a abajo. Su sexo quedó al descubierto, evidenciando así su vulnerabilidad.

Ella contempló su obra y sonrió.

Cogió su móvil e hizo varias fotografías desde distintas posiciones.

En ese momento él escuchó a través de los auriculares la voz de ella, de nuevo en ese tono suave y firme que tanto le excitaba:

-“Eres mi esclavo porque te has entregado a mí libremente. Tu cuerpo y tu mente me pertenecen por completo. Tus únicas preocupaciones son obedecer mis deseos y seguir mis instrucciones. El resto solo es levedad.»-

Él se relajó dentro de su confinamiento al escuchar la voz de ella. Cuando terminó el mensaje solo era capaz de escuchar el sonido de su respiración. En ese momento sintió una breve caricia en sus pezones y algo líquido que los humedecía. A continuación, sintió el pellizco de los dedos de su ama en uno de los pezones, notó que llevaba unos guantes de látex en las manos, lo siguiente fue el inconfundible pinchazo de una aguja atravesando literalmente su piel. Sus pezones en concreto.

De nuevo volvió a escuchar la voz de ella:

-“Eres mi esclavo porque te has entregado a mí libremente. Tu cuerpo y tu mente me pertenecen por completo. Tus únicas preocupaciones son obedecer mis deseos y seguir mis instrucciones”.-

Mientras, ella clavó una aguja en su otro pezón. A los pocos segundos una tercera aguja pinchó en las proximidades de donde había clavado la primera, pero esta vez entró en dirección perpendicular, después una cuarta aguja al lado de la segunda. Siguieron una quinta y una sexta, mientras el mensaje como en un ritmo ascendente volvía a introducirse en sus poros.

Excitación.

Ligera ansiedad.

Ganas de satisfacerla.

Deseo de ser invadido por ella.

De cualquier modo,

a su manera,

pero invadido.

Porque hay invasiones que llegan,

llenan,

invaden los sentidos y no hay excusa posible para desear desalojar.

Transcurridos unos segundos notó los dedos de ella pellizcando y estirando la piel de su pene y una aguja perforando la piel de esa zona tan sensible. Un murmullo quedó ahogado por la mordaza. Un segundo pellizco y una segunda aguja a la que siguió una tercera y el mensaje de su ama en sus oídos. Ella se retiró un par de pasos, sacó unas fotografías y sonrió orgullosa ante  su nueva obra.

Los dedos de ella, ya sin los guantes de látex acariciaron los pezones y movieron ligeramente las agujas, bajaron hacia el pene y lo recorrieron de arriba hacia abajo pasando por encima de las agujas que lo perforaban mientras el mensaje volvía a sonar en sus oídos.

Ella se enfundó un par de guantes de látex nuevos y procedió a retirar las agujas. Quitó primero las de su sexo con mucho cuidado y luego una a una las de los dos pezones. Retiró la mordaza de la boca y de labios del esclavo se oyó un débil “Muchísimas gracias, ama”.

Con las tijeras quirúrgicas fue cortando el plástico que envolvía a su esclavo. Primero el de las piernas y luego el del torso y los brazos. Le hizo incorporar la cabeza y aflojó la capucha para después retirarla por completo. Acto seguido le cubrió con una manta por encima y lo arropó para que pudiera recuperar la temperatura corporal.

Al poco rato ella volvió con una botellita de agua, le dijo que se incorporara, abrió la botella y le dio de beber. Cuando hubo saciado su sed, buscó instintivamente las manos de ella, las cogió  y las besó con devoción mientras le decía:

-“Soy tu esclavo porque me he entregado a ti libremente. Mi cuerpo y mi mente te pertenecen por completo. Mis únicas preocupaciones son obedecer tus deseos y seguir tus instrucciones”.-

Ella sonrió complacida, le acarició el rostro y levantándole la barbilla le beso.

Con cadencia y humedad, con ganas…

Y él, solo pudo musitar, con timidez :-«Donde quieras que vaya, como tú quieras que vaya»…

 

 

PD:

Gracias, por la inspiración y la imaginación. 💋

 

 

 

Copyright©2016-20L.S.

Todo crece y todo asciende…

Y es que las calles a veces van cargadas de provocación, de noche y de miradas que invitan a crear momentos.
Caminando a ritmo rápido como me gusta hacer en ocasiones, escuché unos pasos que se deslizaban presurosos, como queriendo adelantarme.
Y me adelantaron, pero antes de hacerlo regaló su aroma por mis excesos. Su perfume humedeció mi imaginación y no pude hacer otra cosa más que cerrar los ojos, inspirar e intentar retener ese aroma en mi presente.
Le miré, se movió con seductora cadencia por mi lado, casi rozándome. Vestía de negro, y sus gestos, aunque de espaldas, se me antojaron seguros, sobrios, decididos y elegantes.

De nuevo, no pude hacer otra cosa más que seguir su rastro.

Su paso era muy apresurado, el juego a las 19 horas de la tarde se me antojó divertido, inquietante y de lo más excitante.
Mi sonrisa delataba mis intenciones, iba siguiendo sus pasos, observaba su cuerpo devorar las aceras, mientras humedecía mis labios . Me deslizaba entre miradas, aunque ya no tenia más campo visual que ese cuerpo con ese olor. Recordé una poesía antigua que decía algo así como:» Un día sale usted a la calle, le miran unos ojos y a partir de ahí todo cambia. Le dan ganas  a usted de salir corriendo tras ellos y gritar, ¡al ladrón, detengan a esos ojos!…»

La noche entrando me envolvía, acariciaba mi piel mientras una ligera brisa fresca rozaba mi rostro.

Aceleré  aún más el ritmo.

Su paso era raudo, se diría que volaba.
Un semáforo, un cruce, le busco y ya no está.
-No puede haber ido muy lejos-pienso.

Intento encontrar indicios de su olor.
Le tengo, siento como puede llegar a revolver mis sentidos de nuevo.

Ese perfume mezclado con tabaco me puede. Giro la esquina y allí estaba él.

De pie, apoyado en la pared, fumando y con esa sonrisa. Podría parecer que esperaba algo, la casualidad de su vida, tal vez.
Le miro directamente.

Me sonríe con seguridad, con toda la del mundo.
Sospecho que se ha dado cuenta de mi pequeña persecución .
-¿Buscabas algo?- me dice, mientras exhala el humo.
Su juego es directo. Seductor. Busca sorprenderme. Resumir mis intenciones.
Le sigo el ritmo.

No será él quien me haga titubear.
-A ti, por lo visto- le contesto, sonriendo.
-Pues ya me tienes- añade con rapidez.
Sus labios son gruesos, perfectos, de un color “rosado_besame ya”.
-Soy todo tuyo- insiste, tirando el cigarrillo al suelo.
-Que suerte tengo- le susurro.

Doy un paso y ya es casi mío,

me atrae hacia él por la cintura, mientras  busco su aliento con hambre,

con mucha, con toda .

Me besa desde la fascinación del instante, enredando texturas ,

fusionando ganas.
Me envuelve con su lengua y su calidez .

El olor que desprende su aliento me empuja a buscar más en su interior.

Es cálido, excitante…

Sus manos siguen en mi cintura, se deslizan hacia mis nalgas con cadencia.

Puedo sentir su erección.

Me muevo lentamente.

Besa suave, húmedo. Me susurra algo al oído y aprovecha para morderme el cuello.
Gime .

Me excita.

Más aún.

Me mira, sonrie y todo Madrid sonríe .

Mientras yo, dudo  si comérmelo ahí mismo o esperar un poco más.

Y que no bastaba con oler a seducción, tenías que ser seducción. Pienso en voz alta.

-¿Y lo fui?-me pregunta con mirada inocente.

Lo eres- le confirmo, mientras llevo mi mano a su entrepierna en un gesto inevitable

 

 

Copyright©2016-20L.S.

Acaríciame por dentro.

De cuando la inspiración nacía de tu piel.

En tu piel.

De tu tacto en la madrugada,

y de tus creaciones a deshoras.

O de tus rimas bajo mi ombligo,

y tus lubricados regalos musicales entre mis pechos

y tus dedos,

amasando deseos por llegar.

De cuando el aire de tu piel..

Mi piel…

 

Pd: Gracies per ser…

 

L.S.

..»En el estrellato de los artistas
en la copa de helado de la sobremesa
en el tobillo del desguinzado
en cada poro de la que se quita el acné
en el ojo del pez
en la calle de al lado de tu casa
en el vagón del metro más atestado
en el extremo oriente
en la casa de tu abuelo
en el paredón sin perdón
en el boceto que acaba en el Louvre.
En el labio de la otra..
Y aún así, quiero estar dentro de ti…»

(J.Campos)

 

 

Copyright©2016-20L.S.