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Le sorprendió que al llegar al portal el conserje acudiera a su encuentro y le diera un sobre relativamente grande.

“Vino hace unas horas una mujer y me dio este sobre para usted”.

Le dio las gracias y lo cogió.

No necesitaba preguntar quién era aquella mujer, pues se trataba sin duda de ella, su dueña desde hacia tiempo ya. Por otro lado ella le había dicho que aquella misma tarde a última hora se acercaría a su apartamento pues quería que cenaran juntos, así que el detalle del sobre le resultó aún más raro; bien podría habérselo llevado ella misma antes de la cena o podría haberle dicho que se acercara a recogerlo donde fuera, pero no, se había acercado ella. Por último, lo había dejado en el portal, aquello era aún más extraño, pues ella tenía las llaves del apartamento y siempre que le apetecía iba por allí sin necesidad de avisar, razón por la cual él tenía la vivienda en perfecto estado siempre: limpia y ordenada, como a ella le gustaba.

Hacía semanas que no la veía. Cerca de un par de meses que se le habían hecho eternos, sesenta días eternos de añorarla.

Subió en el ascensor y entró en su apartamento.

Fue directamente a su habitación y se puso cómodo.

El sobre venía sin ninguna seña exterior. Lo abrió. Dentro pudo ver  un sobre un poco más pequeño con su nombre: Georgina.

Se estremeció y enseguida comprendió, cada vez que se dirigía a él en femenino lo hacía con ese sonoro nombre. Abrió el sobre y encontró una nota manuscrita, un collar y unos pendientes.

“Georgina querida:

Como eres una chica lista habrás comprendido lo que quiero, esta tarde cuando nos veamos llevarás  estos dos regalitos en tu piel. Dado que eres muy buena alumna sé que serás capaz de aplicar todo lo que te he enseñado en los últimos meses y sabrás encontrar el atuendo, los complementos ideales y el maquillaje perfecto para lucir bien seductora con estos dos regalos.

Tengo un capricho pequeño, me gustaría que te pusieras esa jaula de castidad rosa tan coqueta que te regalé y que cuando estés completamente preparada te acaricies, sientas la excitación y pienses en tus dedos como extensiones de los míos, y así durante media hora seguida.
Ni que decir que tienes prohibido derramar tu placer.

Durante esa media hora has de ser capaz de sentir mi voz susurrándote a través de todo tu cuerpo.

Una vez hayan finalizado esos deliciosos 30 minutos espérame de rodillas de cara a la pared en esa esquina del salón que tú bien sabes”.

Durante los meses anteriores su dueña le había enseñado a vestirse, maquillarse, conjuntarse y comportarse como una mujer. Había potenciado en él una fascinante dualidad con la que ahora convivía y que cada vez le resultaba más fascinante y a la vez más necesaria para realizarse como persona y como esclavo.

Esclavo, en toda su dimensión.

Esa dualidad le hacía pertenecer aún más a ella. Ella decidía cuándo quería de él su parte masculina y cuándo necesitaba de ella la parte femenina.

Se empezó a desnudar y fue dejando toda su ropa bien recogida en el armario.

Completamente desnudo abrió el armario exclusivo en el que su ama le había dicho que guardara toda su ropa femenina y eligió un atuendo que sabría que a ella le gustaría.

Un vestido corto rojo de una tela muy parecida a la seda, suave y muy vaporosa, a medio muslo, con unos tirantes finísimos en los hombros, un tanga también rojo y unas sandalias negras de tacón altísimo que le había regalado cuando comprobó que se desenvolvía con soltura encima de ellos.

Lo dejó todo cuidadosamente encima de la cama y comenzó el ritual de arreglarse, se duchó y comprobó que todo su cuerpo estaba completamente libre de vello.

Acto seguido se puso el cinturón de castidad. Pequeño, casi minúsculo, que dejaba su sexo reducido a la mínima expresión. Aquella vez le costó. Saber que ella llegaría  en unas horas añadía cierta excitación que complicaba la labor de introducir su sexo en aquel pequeño elemento de plástico duro.

Una vez cerró el cinturón de castidad cogió la llave y la dejó en la mesilla de la entrada de la casa. Allí sería donde ella miraría al llegar y la cogería para decidir cuándo podría quitárselo.

Volvió de nuevo al baño y se sentó en el taburete. Cogió el esmalte, rojo, inevitablemente rojo, y se pintó las uñas de los pies con mucho cuidado para no mancharse.
“Prudencias de primeriza”- pensó.

Primero las del pie derecho y después las del pie izquierdo. Esperó unos segundos sin moverse demasiado para no arruinar el resultado.

Justo después de terminar con las uñas de los pies hizo lo propio con las uñas de las manos. Una por una pintó cada uña con ese rojo brillante que sabía que a ella tanto le gustaba.

Comprobó que las uñas estaban ya secas y se situó delante del espejo. Repitió paso por paso todas las indicaciones que había recibido de su dueña durante las lecciones en las que le enseñó a maquillarse la cara y a realzar su mirada con una sombra de ojos.

Discreto, sin estridencias, pero a la vez resaltando aquellos rasgos de su rostro que sabía que necesitaban de ese toque femenino. Aplicó una sombra de ojos en tonos naturales, poniendo especial cuidado en que el tono fuera el deseado y el resultado, el deseado.

Por último, los labios. Rojos. Con brillo . Se miró en el espejo y sonrió satisfecha del resultado. Estaba convencida de que a su ama también le gustaría.
El rojo siempre de su lado.

Cogió los pendientes y se los puso. Eran uno de esos  en los que no necesitas introducir nada. Sabía que este era un primer paso y que tal vez en breve iba a llegar el momento en el que su dueña le llevara a hacerse el agujero en los lóbulos. Plateados y ligeramente alargados, muy discretos y elegantes. Después se puso el collar, una cadena también plateada, muy fina, de ella colgaba una letra, la inicial del nombre de su dueña.

Caminó de vuelta a la habitación, se puso el tanga y acomodó la jaula dentro de él, tomó el vestido y lo introdujo desde la cabeza, con mucho cuidado de no estropear el maquillaje. Sintió el roce de la suave tela en la piel y se le puso la carne de gallina mientras iba notándo cómo el plástico de la jaula de castidad oprimía su sexo.

Lentamente se colocó las sandalias negras que estaban a los pies de la cama y caminó unos pasos por la habitación para hacerse con ellos. El rojo de las uñas contrastaba con el negro del cuero de las tiras de la sandalia.

“El rojo y el negro. Siempre juntos cuando se trata de ella”- pensó

Un último toque y estaría perfecta. Sacó del armario la peluca de media melena castaña y la acomodó sobre su cabeza hasta que quedó en su sitio, atusó ligeramente la cabellera y se miró en el espejo del armario. Ahora sí estaba ideal.

Se tumbó en la cama y empezó a rozarse, dulcemente, como lo haría ella.

Flexionó las piernas y las abrió. Cerró los ojos y dejó que sus manos fueran lentamente acariciando cada rincón de su piel, la cara interior de los muslos, el vientre, el cuello, los lóbulos de las orejas para volver de nuevo a los muslos.

Los pezones se endurecieron y dirigió allí una de sus manos, pasó la palma por encima del pezón derecho, notando la dureza de este, dejando que la corriente de electricidad estática fuera desde la palma de la mano a la tela, de la tela al pezón. Primero el derecho y luego el izquierdo.

Tembló ligeramente.

Metió la mano por el escote buscando el contacto. Duro, casi dolía. Dos dedos lo pellizcaron suavemente y gimió. Acarició de nuevo suave y lento y con dos uñas lo pellizcó de manera casi imperceptible primero para ir incrementando la presión progresivamente, primero con las yemas de los dedos y más tarde con las uñas.

Casi se le escapó un grito.

Su otra mano acariciaba los muslos, llagaba casi hasta los testículos pero sin llegar a tocarlos. Tembló de nuevo.

Se giró y se puso apoyada en los brazos y en las rodillas, ofrecida a un hipotético amante que pudiera aparecer en cualquier momento por la puerta de la habitación.

“Ojalá mi Dueña llegara y me tomara ahora mismo”-pensó en un ya, completo estado de excitación.

Continuó con sus caricias. Tenía prohibido correrse y no sabía si sería capaz después de los días, muchos, de abstinencia que le había proporcionado su ama.

Tembló de nuevo y notó que debía parar pues sintió cómo a través de la apertura de la jaula de castidad empezaba con escaparse gotas de placer.
Respiró hasta que se tranquilizó. Fue al baño y se miró en el espejo. El sofoco de los minutos de caricias se había sumado al maquillaje y le proporcionaba un mejor color a su cara. Cogió su perfume favorito y se echó un poco en el cuello y detrás de las orejas.

Caminó hasta el salón y se dirigió al rincón que su dueña le había indicado. Se arrodilló y se dispuso a esperar.

“La espera, esa sutil forma de bondage en la que no hacen falta cuerdas ni ataduras”. total, si había esperado casi dos meses ¿qué importaban unos cuantos minutos más?

El dolor comenzó, a veces en las rodillas, otras en los minutos, pero podía sentirlo.
Nervios.
Interrogantes.

Poco después escuchó la llave en la cerradura.

Respiró aliviada.

La puerta se abrió y unos segundos después volvió a cerrarse. Ella dejó las llaves encima de la mesilla y un sonido algo más apagado le siguió después, seguramente su bolso chocando contra la madera.

Los tacones empezaron a acercarse y entonces escuchó su voz:

“La llave de la jaula de castidad está en la entrada, fenomenal, Georgina. La casa ordenada de manera impecable. muy, muy bien, querida. Tú esperando en tu rincón de espera. Sin duda cada día eres más perfecta para mí”.
Ella ya estaba a su lado. Olió su perfume. Inconfundible. Sintió el roce de sus manos sobre sus hombros y la escuchó alejarse de nuevo.

El sonido de los tacones paró. Sin duda se había sentado en su sillón preferencial. Un sillón en el que solo se sentaba ella. Nadie más.

“Acércate a mí y salúdame como es debido”.

Se giró y se dirigió a ella caminando sobre sus manos y rodillas. Lentamente, tratando de que la sangre volviera a ellas y buscando de alguna manera mitigar el dolor. La mirada fija en el suelo.

Delante de sus ojos aparecieron las puntas de los zapatos de su dueña y se lanzó hacia ellos como buscando salvación, esa salvación de la que estaba ausente desde hacía casi sesenta días. Los abrazó, sintió su piel pegarse a la piel de sus zapatos y le dio las gracias casi en un hilo de voz.

Junto al alivio de sentir sus pies se sumó la paz de la caricia en su cabello. Respiró aliviada pues aquella situación le daba vida. Siempre se la daba, pero en ese momento más que en ningún otro.

Aquel saludo se prolongó varios segundos.

Tembló de nuevo emocionada. Necesitaba ese contacto, necesitaba sentirse a su merced, ansiaba estar a sus pies.

“Ponte de pie para que te vea, Georgina”.

Obedeció y se alejó unos pasos para que pudiera observarla con detalle, giró ligeramente de manera que el poco vuelo del vestido hiciera el juego de dejar las piernas casi desnudas y ella pudiera comprobar la destreza sobre los tacones.
“Estás perfecta y los dos regalitos que te dejé esta tarde en portería te quedan ideales. Acércate”-Dijo mientras ella misma se ponía de pie.

“Señora, no encuentro palabras para expresar mi agradecimiento”, atinó a soltar.
Cuando estuvieron las dos una frente a la otra la besó. Un beso dulce rematado en un mordisco firme en el labio inferior que hizo casi quejarse a Georgina.

“Acompáñame”-le dijo.

Caminaron juntas hacia la entrada y una vez allí abrió el bolso y sacó algo.

“Date la vuelta”.

Obedeció y quedó de espaldas a ella. Unos segundos después un antifaz cubrió sus ojos privándola de visión.

“Es posible que tengamos un invitado”. Susurró en su oído.

No mucho tiempo atrás habría temblado de temor.
Ahora lo deseaba.
La deseaba.

“The most important sex organ lies between your ears”
(Ruth Westheimen)

Copyright©2016-20L.S.

Cuando me nombres…

…Por un trance o un desliz.

…Ocurría que a veces su dueña tenía tanta necesidad como urgencia y así, aquella mañana, recibió un mensaje tan escueto como directo:

-“Te espero a las 19:00. Ven dispuesto a todo”.
Y él sabia que “todo” con ella, siempre era “Todo”.

No le hizo falta nada más para pasar el resto de la mañana y de la tarde excitado con la sola idea de volver a estar en su presencia.
Dieron las 19:00 exactas y pidió permiso para subir al apartamento.

-“Espera a que te abra delante de la puerta.De rodillas”-Le indicó.
Segundos eternos, transformados en minutos.
La excitación creciendo dentro de él y por fin su voz al otro lado de la puerta.

Esa voz…

Abrió.
Entró.
Se puso de pié y en cuanto cruzó el umbral de la puerta volvió a caer de rodillas delante de ella.
Su sitio; la mirada fija en los pies calzados con unos preciosos botines grises de suela roja con altísimo tacón.

-“Desnúdate, guarda tu ropa en el armario y sígueme”-

Su voz sonó más dulce que de costumbre, si es que con ella existían las costumbres. Desnudo por completo comenzó a caminar sobre sus rodillas y sus manos detrás de ella siguiendo el ritmo de sus tacones.

Ese ritmo…

Llegaron a su habitación y le hizo ponerse de pié delante de la cama. Entonces pudo ver un precioso uniforme de criada, un conjunto de lencería roja, unas medias negras y unos zapatos de tacón alto, también rojos. En una de las mesillas que flanqueaban la cama, la cabeza de un maniquí lucía una peluca castaña de media melena. La miró sabiendo qué era exactamente lo que esperaba de él.

-“No será la primera vez que te vistas así, pero hoy será todo diferente, ya sabes, cada día un pasito hacia delante.”-
Hacía meses que ella le entrenaba para este momento. No fue casual, ella supo ver su interior. Lo abrió sin permiso, buceó y supo lo que necesitaba.

-“Quiero que hoy liberes tu lado femenino más que nunca.”-
Hoy serás Cloe para mí. Juntas sentiremos y viajaremos lejos a través de la piel y los sentidos.
Sensaciones nuevas. Limites vistiéndose sobre el suelo…

Ese nombre femenino y aquel “juntas” hicieron que toda su piel se erizara.
Poco a poco empezó a vestirse. Las braguitas se ajustaron a la perfección a su cuerpo, incluido el pequeño cinturón de castidad con el que su ama controlaba su placer. El sujetador, con un ligero relleno también encajó de manera impecable en su cuerpo.
Se puso las medias con esmero y cuidado y acto seguido se vistió con el uniforme en tonos negros y blancos, escandalosamente corto, dejando casi a la vista las braguitas.
Zapatos y esa peluca tan sugerente para completar el atuendo.
-“Ahora voy a terminar de prepararte para que estés totalmente lista”.-

Le invitó a sentarse en una silla delante del mueble que dominaba una de las paredes de la habitación
Poco a poco fue maquillándola a su gusto, discreta pero realzando los rasgos de la cara para terminar aplicando un carmín rojo, muy rojo, en los labios. Aquel carmín que tantas veces él había visto en los carnosos y sugerentes labios de ella.
-“Estás guapísima, Cloe, casi perfecta. Mírate en el espejo”.-

Lo hizo y quedó asombrado del trabajo que ella había realizado. Lucía casi por
completo femenina. Sonrió y le dio las gracias, y justo en aquel momento sonó el timbre.
El sonido del timbre le sorprendió, y la sonrisa de ella casi le paralizó. Ella lo notó y le habló al oído.
-“Voy a abrir a nuestro invitado, es un regalo que te hago con todo mi cariño. Estoy convencida de que vas a estar a la altura. Ve al salón y espéranos allí de pie”.-
“…El espacio que deja cuando se va”…pensó él, cabizbajo a solas.

Mientras ella se dirigía a la puerta, fue al salón y esperó en el centro del mismo. De espaldas a la puerta. Estaba nervioso y no quería que esa fuera la primera impresión que aquel invitado sacara de ella. Sí, de ella. Lo tenía completamente asumido.

Escuchó las voces acercarse al salón. No se movió, ni siquiera cuando intuyó que ya habían entrado en aquella estancia.
Sintió las manos de su dueña alrededor de su cintura mientras hablaba con aquel desconocido.

-“Los que no se arriesgan nunca subirán de nivel”-le susurró a modo de caricias tranquilizadoras.

Las presentaciones y demás formalidades necesarias…

-“Ella es Cloe. Es un poco tímida y podríamos decir que es como si fuera su primera vez”.-

Ahora fueron otras manos las que notó en su cintura. Unas manos firmes y que la sujetaron con más fuerza que la empleada por su ama unos segundos antes.
-“Encantado, Cloe”. Dijo aquel hombre mientras la besaba en el cuello y hacía que un escalofrío recorriera toda su piel despertando más aún su sexo enjaulado.
Ahora sí, se giró y lo vio. Un hombre bastante apuesto, y podría decir que hasta guapo, alto y perfectamente afeitado. Se sorprendió a sí mismo evaluando a aquel hombre en términos de atracción sexual.
Le extendió un ramo de flores y volvió a besarla. Esta vez en la mejilla, cerca de la comisura de los labios, lo cual la aturdió ligeramente.

-“¿Qué se dice, Cloe? No vaya a ser que nuestro invitado piense que eres una
maleducada”.-La voz de su ama la sacó del ensimismamiento.

-“Muchísimas gracias. No tendrías que haberte molestado en traerme ningún regalo”. –

Y ahora fue ella la que se acercó al hombre y le besó también muy cerca de los labios. Pudo notar su olor. ¿Como definirlo? Viril, seductor…¿Las endorfinas enredando intenciones?.
Tal vez.

Regresó a los pocos segundos y su dueña volvió a animarla hablándole al oído.
-“Haz que se sienta cómodo “-

Se acercó a él y lo abrazó por detrás, rodeándolo, sintiendo todo el cuerpo con sus manos. Poco a poco empezó a desabrochar la camisa mientras le besaba el cuello, le quitó la camisa y ya sin timidez alguna, le besó en los labios y dejó que la lengua de él tomara posesión de su boca. A partir de ese momento se dejó hacer.
La voz de su ama acudía de vez en cuando a su oído, animándola a disfrutar, empujándola a dar placer a aquel atractivo desconocido que ahora ya estaba completamente desnudo a su lado. Sus manos acariciaron aquellos glúteos masculinos para, suavemente, ir al encuentro de su sexo, que lucía casi erecto bajo la caricia de sus dedos.
Se arrodilló y poco a poco metió aquel desconocido miembro en su boca, lo besó, lo saboreó detenidamente, sin atropellarse, dejándose llevar por la voz de su dueña.

-“Poco a poco, Cloe, no tienes prisa. Busca su placer”.-

Continuó dando placer con su boca mientras sentía tanto las manos de él en su cabeza como las manos de ella acariciando su cuerpo, sus nalgas  y las cercanías de su sexo aprisionado por el cinturón de castidad que luchaba por salir.
A los pocos minutos el atractivo desconocido se deshizo de la caricia que la boca de Cloe le proporcionaba y buscó sus labios para agradecerle el placer que le había brindado. Poco a poco bajó las braguitas rojas y acarició entre las nalgas de Cloe . Extendió un poco de crema lubricante en el punto exacto que auguraba placeres inmensos y organizó su cuerpo, manejándolo a su antojo.

Ella respiró y sintió.

Sintió y se permitió fluir, dejándolo entrar por completo. Ese hombre de voz ronca penetrándola desde detrás y su dueña besando sus labios mientras sujetaba sus manos.
Y mientras tanto el tomador de su cuerpo aceleraba el ritmo para volver a hacerlo más lento y posteriormente volver a acelerar, jugando con su placer en ciernes.

Ella disfrutando con las imágenes y el desconocido a punto de gritar de placer, mientras entre las barras de acero del cinturón de castidad de Cloe se escapaba inconfundible la prueba de que ella también había disfrutado.
Poco a poco él se salió y volviendo a besarla en la boca se despidió dándole las gracias por haberle hecho disfrutar. Casi visto y no visto se vistió y su dueña lo acompañó a la entrada donde le despidió cariñosamente.
De nuevo estaban las dos solas. Cloe se abrazó a su dueña, abrazó sus piernas y buscó refugió entre sus pies, como lo buscó en las primeras ocasiones en las que empezó a surcar los nuevos territorios que ella le mostraba.

Confianza. Eso fue lo que siempre imperó a su lado.
Atracción.
Admiración.
Magia.

-“Sabía que ibas a estar a la altura de la ocasión. Estoy muy orgullosa de ti”.-
Le besó, como besando su libertad y se alejó.

-“Con que poquito haces magia”-pensó él sin atreverse a pronunciarlo.

Y supo que aquel instante de intimidad quedaría eternizado desde ya,
hasta siempre.

 

 

“Quise vivir durante años según la moral de todos.
Me esforcé por vivir como todo el mundo, por parecerme a todo el mundo. Dije lo preciso para unir, aun cuando yo me sentía separado.
Y al cabo de todo esto, llegó la catástrofe.
Ahora me paseo por entre las ruinas,
estoy sin ley,
cruelmente dividido ,
solo y aceptando estarlo,
resignado a mi singularidad y a mis discapacidades.
Y debo reconstruir una verdad,
tras haber vivido toda mi vida en una suerte de mentira.”


(Albert Camus.)

 

 

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