Todo empieza antes.

A veces cuando menos te lo esperas llegan cartas, de esas que pueden olerse, estrujarse y hasta quemarse si fuera necesario, para después continuar oliendo los restos.

A veces incluso provoca contestarlas.

A él le gustaba su cama, a ella su drama, el resto se transformó en este vis a vis poético o similar:

Carta 1, de X a Lara.

«Es curioso como, antes que soñar una experiencia, siempre he anhelado que fuera junto a alguien que tuviera la capacidad de sorprenderme, de hacerme sentir el vértigo de cada paso en el alambre. Por ejemplo, junto a ti. Eso es probablemente lo que siento ahora cuando te escribo, un delicioso hormigueo que me da la vida, despierta mi imaginación, mis sentidos y deseos más perversos o los más tiernos, en cualquier caso, una complicidad que rara vez un hombre logra tener a lo largo de su vida. Por eso la soledad, por eso la literatura, por eso la música. Por eso la llamada del sexo y del Bdsm. 

Soy un esteta de mierda, lo sé.

Los cuerpos son honrados, los corazones perversos. Antaño si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían los corazones y corrían los vinos. Hoy he sentado a la belleza en mis rodillas y después la injurié… Ese ha sido un punto de partida. Un verso de Rimbaud, una temporada en el infierno, que me define desde la adolescencia… y así hasta hoy. 

Me pregunto hasta donde podríamos llegar tu y yo juntos, qué limites rebasaríamos, en cuantos pedazos se rompería la rutina, nuestra particular rutina, de qué manera acabaríamos construyendo otra y lo que es peor, hasta qué punto finalmente la sobreviviríamos. Me dejo llevar por la imaginación.  

El sexo como territorio explorado, está bien, pero el sexo como territorio que nunca se termina de explorar es mucho mejor. No voy buscando El dorado, pero tengo la sensación de que me acerco a él cada vez que hablo contigo. Las palabras me queman. Así que me cuesta imaginar cómo será una mirada, una caricia y más. 

No voy buscando una relación de experiencias sado-masoquistas porque acabaría pareciéndome a una señora comprobando la lista de la compra…una lista de sueños y deseos cumplidos o que se dejaron de cumplir. No tiene sentido.

Es probable que me resulte tan excitante ir a ver un Caravaggio en la galería Ufficci de Florencia o en la Villa Borguesse de Roma como que me sodomices antes o después en su espléndido jardín o en un local de Madrid o en el salón de tu casa o en la mía, después de haber descorchado una buena botella de vino, haber escuchado un vinilo… habernos despertado, haber discutido. No depende tanto el qué haga sino que lo haga contigo. Te preguntarás qué busco y yo te respondería que la plenitud, un instante sagrado en el que el placer y el dolor, el sometimiento, el poder y la entrega sean todo uno. Escucharte y acariciarte mientras nos detenemos a ver un lacónico y nostálgico cuadro de Hopper en el Thissen o un Bacon en la Tate valen tanto como ir a comprar fetiches o sentir que tu mano juega disimuladamente con mi polla en un concierto donde alguien canta Sinnerman. O recibir tu piel en la mía, quedarme impregnado con tu aroma, como se reconoce un perfume o el sabor de la carne y el pecado…reconocerte en una mirada, en un gemido, sentirte dentro de mi incluso si nos compartimos, encontrar la palabra, el libro la imagen que se convirtió en la fotografía de nuestra complicidad. Y esta es sólo una visión ordenada y esquemática de la vida, entre lo público y lo privado, lo sublime y lo vulgar que se va trenzando con el palpito de la vida cotidiana, el pulso de Madrid o Berlín. Entre una cosa y otra está todo lo demás, un espacio propio o un momento propio, de los dos, perverso y fértil, luminoso y oscuro, delicioso y bello, frágil, duro, grotesco o sutil. 

Creo que cuando llegue a hablar contigo todo tendrá algo de acontecimiento. Las palabras elegidas, las preguntas formuladas, la expectación producida, el arte de lo imprevisible, el juego. Sé que sucederá así .

Contigo no pienso qué me queda por hacer o que experiencia busco, sino todo lo que vamos a hacer…

Si me permites la osadía y la curiosidad, ¿cual ha sido tu momento más «hard» sexualmente hablando? Prometo responderte con total sinceridad como agradecimiento a tu respuesta.

Yo no voy a sucumbir a la idea de un anhelo, pero sí a la posibilidad de sentir que los cumplí todos antes de que me haya muerto y sobre todo, que aposté todo y que, tanto si gané como si perdí, fue hermoso.

La belleza, siempre la belleza. 

Atentamente».

X.

Carta 1, de Lara para X:

«Misterioso X, ¿o debo decir presuntuoso X?:

No te apures, yo también soy una esteta, aunque no de mierda. Espero.

Para bien y para mal ya lo dijo alguien: “Me invento la belleza para no morir de frío”. Quizá este sea el motivo que me lleve a contestar tu carta, no creas que suelo hacerlo.

La belleza en el instante sagrado que tú persigues, en  la búsqueda de la palabra exacta que siempre apuro, en la necesidad de intensidad, en esta apuesta recurrente de jugarse  a doble o nada, aún sabiendo que será nada después. Y remontarse al vacío del después y qué más da el después si antes hubo un todo.

La belleza contra el gran mal de la vulgaridad.

Y por eso la poesía. Y por eso el hambre.

Como el amigo Henry Miller: -“Desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación”-.

Me gusta saber que te gusta apostar olvidando la seguridad de lo conocido.

El sexo y su territorio de violencia y abandono de reglas. Sabiendo que en esa violencia navega una indescifrable dulzura.

La imaginación, como preludio de juegos perversos, humillantes en ocasiones y qué más da la ausencia de convencionalismos o la brutalidad de los mismos, siempre serán eso, juegos compartidos.

¿Mi momento más “hard”?

Difícil. Todas las primeras veces en algo lo son un poco, ¿no? . Podría decirte varios.

Uno por duro, para ella sobre todo. Fui con un amigo que conocía a una chica que vivía el masoquismo muy intensamente,  la idea era que ambos la doblegáramos, la sometiésemos. Me fascinó el disfrute no fingido de ella en todo momento hasta cuando la estaba haciendo «fistting» y ella no dejaba de pedirme más, para mi era la primera vez en ese tipo de práctica y lo hacia con método pero suave. Duró poco la dulzura al verla gritar de placer y suplicarme más fuerza y rapidez mientras mi acompañante me invitaba a hacerlo sin pudor ninguno. Después llegó el momento de colgarla de unas argollas que tenia en el techo de su apartamento y azotarla. Creía que conocía a mi amigo hasta ese momento, jamás creí que de aquella voz tan cálida y pacifica salieran todos esos golpes con fustas, varas, látigos y demás. Todo un despliegue de fuerza, constancia, rapidez, rabia… 

Jugaba con ventaja porque se conocían desde hacia tiempo y él sabia de su amplia resistencia al dolor y más aún, de su total deleite ante él. 

Para mí fue una de mis experiencias más especiales.

Espero haber deleitado tus sentidos.

Sin más.

L.S.

Pd:

¿Nada es casual, todo es confluencia?»

El vértigo de llegar a los propios límites y rebasarlos es como una euforia de abismo”.

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Play!

 

Le sorprendió que al llegar al portal el conserje acudiera a su encuentro y le diera un sobre relativamente grande.

“Vino hace unas horas una mujer y me dio este sobre para usted”.

Le dio las gracias y lo cogió.

No necesitaba preguntar quién era aquella mujer, pues se trataba sin duda de ella, su dueña desde hacia tiempo ya. Por otro lado ella le había dicho que aquella misma tarde a última hora se acercaría a su apartamento pues quería que cenaran juntos, así que el detalle del sobre le resultó aún más raro; bien podría habérselo llevado ella misma antes de la cena o podría haberle dicho que se acercara a recogerlo donde fuera, pero no, se había acercado ella. Por último, lo había dejado en el portal, aquello era aún más extraño, pues ella tenía las llaves del apartamento y siempre que le apetecía iba por allí sin necesidad de avisar, razón por la cual él tenía la vivienda en perfecto estado siempre: limpia y ordenada, como a ella le gustaba.

Hacía semanas que no la veía. Cerca de un par de meses que se le habían hecho eternos, sesenta días eternos de añorarla.

Subió en el ascensor y entró en su apartamento.

Fue directamente a su habitación y se puso cómodo.

El sobre venía sin ninguna seña exterior. Lo abrió. Dentro pudo ver  un sobre un poco más pequeño con su nombre: Georgina.

Se estremeció y enseguida comprendió, cada vez que se dirigía a él en femenino lo hacía con ese sonoro nombre. Abrió el sobre y encontró una nota manuscrita, un collar y unos pendientes.

“Georgina querida:

Como eres una chica lista habrás comprendido lo que quiero, esta tarde cuando nos veamos llevarás  estos dos regalitos en tu piel. Dado que eres muy buena alumna sé que serás capaz de aplicar todo lo que te he enseñado en los últimos meses y sabrás encontrar el atuendo, los complementos ideales y el maquillaje perfecto para lucir bien seductora con estos dos regalos.

Tengo un capricho pequeño, me gustaría que te pusieras esa jaula de castidad rosa tan coqueta que te regalé y que cuando estés completamente preparada te acaricies, sientas la excitación y pienses en tus dedos como extensiones de los míos, y así durante media hora seguida.
Ni que decir que tienes prohibido derramar tu placer.

Durante esa media hora has de ser capaz de sentir mi voz susurrándote a través de todo tu cuerpo.

Una vez hayan finalizado esos deliciosos 30 minutos espérame de rodillas de cara a la pared en esa esquina del salón que tú bien sabes”.

Durante los meses anteriores su dueña le había enseñado a vestirse, maquillarse, conjuntarse y comportarse como una mujer. Había potenciado en él una fascinante dualidad con la que ahora convivía y que cada vez le resultaba más fascinante y a la vez más necesaria para realizarse como persona y como esclavo.

Esclavo, en toda su dimensión.

Esa dualidad le hacía pertenecer aún más a ella. Ella decidía cuándo quería de él su parte masculina y cuándo necesitaba de ella la parte femenina.

Se empezó a desnudar y fue dejando toda su ropa bien recogida en el armario.

Completamente desnudo abrió el armario exclusivo en el que su ama le había dicho que guardara toda su ropa femenina y eligió un atuendo que sabría que a ella le gustaría.

Un vestido corto rojo de una tela muy parecida a la seda, suave y muy vaporosa, a medio muslo, con unos tirantes finísimos en los hombros, un tanga también rojo y unas sandalias negras de tacón altísimo que le había regalado cuando comprobó que se desenvolvía con soltura encima de ellos.

Lo dejó todo cuidadosamente encima de la cama y comenzó el ritual de arreglarse, se duchó y comprobó que todo su cuerpo estaba completamente libre de vello.

Acto seguido se puso el cinturón de castidad. Pequeño, casi minúsculo, que dejaba su sexo reducido a la mínima expresión. Aquella vez le costó. Saber que ella llegaría  en unas horas añadía cierta excitación que complicaba la labor de introducir su sexo en aquel pequeño elemento de plástico duro.

Una vez cerró el cinturón de castidad cogió la llave y la dejó en la mesilla de la entrada de la casa. Allí sería donde ella miraría al llegar y la cogería para decidir cuándo podría quitárselo.

Volvió de nuevo al baño y se sentó en el taburete. Cogió el esmalte, rojo, inevitablemente rojo, y se pintó las uñas de los pies con mucho cuidado para no mancharse.
“Prudencias de primeriza”- pensó.

Primero las del pie derecho y después las del pie izquierdo. Esperó unos segundos sin moverse demasiado para no arruinar el resultado.

Justo después de terminar con las uñas de los pies hizo lo propio con las uñas de las manos. Una por una pintó cada uña con ese rojo brillante que sabía que a ella tanto le gustaba.

Comprobó que las uñas estaban ya secas y se situó delante del espejo. Repitió paso por paso todas las indicaciones que había recibido de su dueña durante las lecciones en las que le enseñó a maquillarse la cara y a realzar su mirada con una sombra de ojos.

Discreto, sin estridencias, pero a la vez resaltando aquellos rasgos de su rostro que sabía que necesitaban de ese toque femenino. Aplicó una sombra de ojos en tonos naturales, poniendo especial cuidado en que el tono fuera el deseado y el resultado, el deseado.

Por último, los labios. Rojos. Con brillo . Se miró en el espejo y sonrió satisfecha del resultado. Estaba convencida de que a su ama también le gustaría.
El rojo siempre de su lado.

Cogió los pendientes y se los puso. Eran uno de esos  en los que no necesitas introducir nada. Sabía que este era un primer paso y que tal vez en breve iba a llegar el momento en el que su dueña le llevara a hacerse el agujero en los lóbulos. Plateados y ligeramente alargados, muy discretos y elegantes. Después se puso el collar, una cadena también plateada, muy fina, de ella colgaba una letra, la inicial del nombre de su dueña.

Caminó de vuelta a la habitación, se puso el tanga y acomodó la jaula dentro de él, tomó el vestido y lo introdujo desde la cabeza, con mucho cuidado de no estropear el maquillaje. Sintió el roce de la suave tela en la piel y se le puso la carne de gallina mientras iba notándo cómo el plástico de la jaula de castidad oprimía su sexo.

Lentamente se colocó las sandalias negras que estaban a los pies de la cama y caminó unos pasos por la habitación para hacerse con ellos. El rojo de las uñas contrastaba con el negro del cuero de las tiras de la sandalia.

“El rojo y el negro. Siempre juntos cuando se trata de ella”- pensó

Un último toque y estaría perfecta. Sacó del armario la peluca de media melena castaña y la acomodó sobre su cabeza hasta que quedó en su sitio, atusó ligeramente la cabellera y se miró en el espejo del armario. Ahora sí estaba ideal.

Se tumbó en la cama y empezó a rozarse, dulcemente, como lo haría ella.

Flexionó las piernas y las abrió. Cerró los ojos y dejó que sus manos fueran lentamente acariciando cada rincón de su piel, la cara interior de los muslos, el vientre, el cuello, los lóbulos de las orejas para volver de nuevo a los muslos.

Los pezones se endurecieron y dirigió allí una de sus manos, pasó la palma por encima del pezón derecho, notando la dureza de este, dejando que la corriente de electricidad estática fuera desde la palma de la mano a la tela, de la tela al pezón. Primero el derecho y luego el izquierdo.

Tembló ligeramente.

Metió la mano por el escote buscando el contacto. Duro, casi dolía. Dos dedos lo pellizcaron suavemente y gimió. Acarició de nuevo suave y lento y con dos uñas lo pellizcó de manera casi imperceptible primero para ir incrementando la presión progresivamente, primero con las yemas de los dedos y más tarde con las uñas.

Casi se le escapó un grito.

Su otra mano acariciaba los muslos, llagaba casi hasta los testículos pero sin llegar a tocarlos. Tembló de nuevo.

Se giró y se puso apoyada en los brazos y en las rodillas, ofrecida a un hipotético amante que pudiera aparecer en cualquier momento por la puerta de la habitación.

“Ojalá mi Dueña llegara y me tomara ahora mismo”-pensó en un ya, completo estado de excitación.

Continuó con sus caricias. Tenía prohibido correrse y no sabía si sería capaz después de los días, muchos, de abstinencia que le había proporcionado su ama.

Tembló de nuevo y notó que debía parar pues sintió cómo a través de la apertura de la jaula de castidad empezaba con escaparse gotas de placer.
Respiró hasta que se tranquilizó. Fue al baño y se miró en el espejo. El sofoco de los minutos de caricias se había sumado al maquillaje y le proporcionaba un mejor color a su cara. Cogió su perfume favorito y se echó un poco en el cuello y detrás de las orejas.

Caminó hasta el salón y se dirigió al rincón que su dueña le había indicado. Se arrodilló y se dispuso a esperar.

“La espera, esa sutil forma de bondage en la que no hacen falta cuerdas ni ataduras”. total, si había esperado casi dos meses ¿qué importaban unos cuantos minutos más?

El dolor comenzó, a veces en las rodillas, otras en los minutos, pero podía sentirlo.
Nervios.
Interrogantes.

Poco después escuchó la llave en la cerradura.

Respiró aliviada.

La puerta se abrió y unos segundos después volvió a cerrarse. Ella dejó las llaves encima de la mesilla y un sonido algo más apagado le siguió después, seguramente su bolso chocando contra la madera.

Los tacones empezaron a acercarse y entonces escuchó su voz:

“La llave de la jaula de castidad está en la entrada, fenomenal, Georgina. La casa ordenada de manera impecable. muy, muy bien, querida. Tú esperando en tu rincón de espera. Sin duda cada día eres más perfecta para mí”.
Ella ya estaba a su lado. Olió su perfume. Inconfundible. Sintió el roce de sus manos sobre sus hombros y la escuchó alejarse de nuevo.

El sonido de los tacones paró. Sin duda se había sentado en su sillón preferencial. Un sillón en el que solo se sentaba ella. Nadie más.

“Acércate a mí y salúdame como es debido”.

Se giró y se dirigió a ella caminando sobre sus manos y rodillas. Lentamente, tratando de que la sangre volviera a ellas y buscando de alguna manera mitigar el dolor. La mirada fija en el suelo.

Delante de sus ojos aparecieron las puntas de los zapatos de su dueña y se lanzó hacia ellos como buscando salvación, esa salvación de la que estaba ausente desde hacía casi sesenta días. Los abrazó, sintió su piel pegarse a la piel de sus zapatos y le dio las gracias casi en un hilo de voz.

Junto al alivio de sentir sus pies se sumó la paz de la caricia en su cabello. Respiró aliviada pues aquella situación le daba vida. Siempre se la daba, pero en ese momento más que en ningún otro.

Aquel saludo se prolongó varios segundos.

Tembló de nuevo emocionada. Necesitaba ese contacto, necesitaba sentirse a su merced, ansiaba estar a sus pies.

“Ponte de pie para que te vea, Georgina”.

Obedeció y se alejó unos pasos para que pudiera observarla con detalle, giró ligeramente de manera que el poco vuelo del vestido hiciera el juego de dejar las piernas casi desnudas y ella pudiera comprobar la destreza sobre los tacones.
“Estás perfecta y los dos regalitos que te dejé esta tarde en portería te quedan ideales. Acércate”-Dijo mientras ella misma se ponía de pie.

“Señora, no encuentro palabras para expresar mi agradecimiento”, atinó a soltar.
Cuando estuvieron las dos una frente a la otra la besó. Un beso dulce rematado en un mordisco firme en el labio inferior que hizo casi quejarse a Georgina.

“Acompáñame”-le dijo.

Caminaron juntas hacia la entrada y una vez allí abrió el bolso y sacó algo.

“Date la vuelta”.

Obedeció y quedó de espaldas a ella. Unos segundos después un antifaz cubrió sus ojos privándola de visión.

“Es posible que tengamos un invitado”. Susurró en su oído.

No mucho tiempo atrás habría temblado de temor.
Ahora lo deseaba.
La deseaba.

«The most important sex organ lies between your ears»
(Ruth Westheimen)

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El deseo es el deseo del otro. (Hegel)

En medio de la mañana de aquel lunes casi primaveral, la vibración del teléfono en el bolsillo de su pantalón le sacó de los temas que en aquel momento se estaban discutiendo en la reunión. Cogió el teléfono y vio que acababa de entrar un correo de ella:

-“Buenos días: Este viernes quiero que vengas a verme a las 19:00 h, te estará esperando un regalo muy especial. Hasta entonces me gustaría que fueras un chico casto, no te acaricies, únicamente cuando te duches, pero solo lo estrictamente necesario para tu higiene. Durante toda la semana deberás ir sin ropa interior; si ahora mismo la llevas puesta ve al baño y quítatela. Quiero que el roce del pantalón te acompañe hasta que me veas.

Te espero.

Un beso.

P.D.: Tengo un pequeño capricho, deseo que el viernes vengas completamente depilado.»-

Nada más leerlo se excusó ante los asistentes a la reunión y salió en dirección al baño. Se quitó los zapatos, los pantalones y la ropa interior. Dobló esta cuidadosamente y la guardo en un bolsillo de la americana, para a continuación  ponerse los pantalones y los zapatos con lenta cadencia rememorando cada palabra leída hace poco, como dibujando la ruta entre sus ganas y el ombligo de ella.

Acto seguido contestó al correo. Allí estaría el viernes.

A lo largo del día leyó y releyó el correo. Dos palabras le llamaron la atención por encima del resto: regalo y capricho. O sea: novedad y mandato.

Buscó y encontró la mejor manera de depilarse por completo, cuando salió del trabajo compró el producto que le había parecido más adecuado y al llegar a casa se lo aplicó quedando satisfecho con el resultado.

A lo largo de la semana el roce de los pantalones  se fue haciendo casi insoportable, no podía tocarse, así que cuando ese roce se traducía en una erección el sentimiento de frustración no hacía sino crecer dentro de él, manteniéndole en un casi permanente estado de excitación.

El viernes a la hora señalada estaba delante del portal de ella. Le puso un mensaje pidiéndole permiso para subir, y solo cuando  se lo concedió accedió al portal y se dirigió al ascensor. Llamó a la puerta con el corazón luchando por no salirse de su boca y solo se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose.

Por fin la puerta se abrió, entró y se arrodilló delante de ella con la mirada fija en la punta de sus sandalias que dejaban los dedos con las uñas pintadas de rojo, al aire. Ella le acarició el pelo y le dijo que se pusiera en pie lentamente.

Sandalias rojas de tacón muy alto y fino, a juego con el color de las uñas, las piernas al aire con un vestido negro corto que le llegaba a medio muslo, un cinturón discreto, los hombros al aire solo cubiertos por el fino tirante del vestido y la melena suelta cayendo sobre su espalda. Maquillada de manera muy discreta con los labios rematados inevitablemente en rojo. Según estuvo completamente de pie admiró por unos segundos su belleza.

Ella agarró la corbata para atraerlo hacia sus labios y besarle. Después  le susurró al oído:

-Desnúdate y deja todas tus cosas en este armario-

Él obedeció y empezó a desnudarse bajo la atenta mirada de ella, guardó toda la ropa y los zapatos en el armario y se quedó así, desnudo, sediento y vulnerable, con la mirada de nuevo clavada en el rojo de las uñas de sus pies.

Ella lo observó. Su mano acarició suavemente el pecho, ahora desprovisto de vello. Sonrió. Su mano bajó por su vientre hasta llegar a sus ingles. Las acarició levemente evitando en todo momento el contacto con su sexo que latía excitado ante el anticipo de caricias.

-Me has concedido mi pequeño capricho. Muy buen chico-

Él se estremeció. Esas palabras siempre causaban el mismo efecto, transportarle a un estado de sumisión completa hacia ella. Delicadamente le ciñó el collar y le volvió a besar.

-Ahora voy a darte tu regalo. Sígueme.-

Él la siguió.

Se arrastró por el suelo mientras ella sujetaba la correa. Llegaron a la habitación y le dijo que se pusiera de pie.

Sobre la cama, dispuestos en un orden perfecto, estaban unas medias negras, un tanga rojo de encaje con bastantes transparencias, un corsé negro, un sujetador con relleno rojo a juego con el tanga y lo que parecía ser un uniforme de criada negro con una especie de tela vaporosa blanca por debajo de la falda. A los pies de la cama estaban unos zapatos negros de tacón muy fino y alto. Sobre la mesilla había una peluca morena de media melena, colocada sobre la cabeza de un maniquí.

-Siempre he querido tener una doncella personal, he pensado que durante este fin de semana bien podrías ser tú esa doncella. ¿Qué te parece tu regalo?- Lo dijo casi susurrándole al oído, haciendo especial énfasis en la palabra doncella.

-Muchas gracias por el regalo. Confieso que me sorprende, no lo esperaba. A veces me has hecho vestir ropa interior femenina, pero esto es, no sé, distinto. Si Tu deseo es que sea tu doncella, pondré todo de mi parte para ser la mejor doncella- Respondió él.

Se quedó unos segundos parado, sin saber qué hacer a continuación. Ella le dio un fuerte azote en una de las nalgas mientras le incitaba  a que comenzara a vestirse con aquella ropa.

Se sentó con cuidado en la cama y cogió una de las medias. Se la puso con cuidado de no tener un enganchón que la estropeara. Lentamente metió el pie y cuando lo tuvo completamente dentro fue subiendo la media por sus piernas hasta que llegó al muslo y colocó cuidadosamente la banda de silicona para que la media quedara perfectamente fijada. Repitió la misma maniobra con la otra media.

Acto seguido cogió el tanga y se lo puso con mucho cuidado tratando de que su sexo quedara completamente dentro de la prenda, algo que le resultó muy complicado por la erección que lucía en ese momento. Una pequeña gota de líquido preseminal mojó la tela. Ella sonrió al ver esa excitación.

Cogió el corsé fue a ponérselo pero le resultó imposible. Ella lo vio y decidió echarle una mano. Le pidió que cogiera aire y en ese momento aprovechó para abrocharlo. Él instintivamente llevó sus manos hacia el corsé, tratando de palpar esa nueva figura en la que la cintura quedaba bastante marcada y de la que no sobresalía ni un centímetro de su abdomen. Le resultaba algo difícil respirar con tal opresión.

Tomó el sujetador entre sus manos y pasó los brazos por los tirantes hasta que estos quedaron en los hombros, echó las manos hacia atrás y con cierta dificultad lo abrochó.

Le llegó el turno al vestido de criada. Completamente ruborizado lo cogió y lo colocó delante de él para poner un pie y luego el otro dentro del vestido, lo fue subiendo lentamente hasta que lo tuvo a la altura de los hombros e introdujo los brazos hasta que el ceñido uniforme se entrelazaba con su piel.

Ella dio la vuelta por detrás de él, cogió la cremallera y la subió.

Se puso los zapatos y cuando estuvo subido a los tacones casi perdió el equilibrio.

-No te preocupes, terminarás adorando andar con tacones- Dijo ella mientras reía divertida.

Ya estaba completamente vestido. Y muy excitado, como pocas veces antes.

Una cosa que le llamó especialmente la atención fue que todas y cada una de las prendas habían encajado a la perfección en su cuerpo, como si durante los meses anteriores ella hubiera ido anotando todas sus medidas cada vez que le ponía las pinzas en los pezones desde detrás de su espalda, en cada caricia, en cada azote con la fusta y en cada latigazo.

Le pidió que se sentara en la silla que había a los pies de la cama. Cuando estuvo sentado ella cogió la peluca y se la colocó con suavidad, dedicó unos segundos a ordenar la caída del pelo sobre los hombros y cuando quedó satisfecha de cómo estaba la peluca le dijo:

-Un poquito de color en tu cara y estaremos casi listos. Tú no tienes que hacer nada, déjame a mí-

Se sentó en una silla frente a él, con un estuche de maquillaje, cogió un poco de color y lo puso sobre la cara de él, discreto, sin estridencias. Le pidió que cerrara los ojos y aplicó un poco de sombra, por último, le agarró suavemente el rostro y empezó a dibujar sus labios con uno de sus lápices preferidos . Él estaba en un estado de completo abandono, la dejaba hacer y estaba gozando de lo que ella estaba haciendo, se sentía completamente bajo su control y eso le excitaba enormemente. Ella le sacó de su absorción:

-Antes de que te mires en el espejo he de decirte que has quedado bellísima- puso énfasis en ese adjetivo femenino.

-Mucho mejor de lo que imaginaba cuando fui a comprar tu ropita de doncella. Y por lo que veo a ti también te está gustando lo que sientes, me encanta. ¿Te imaginas cuando llegue el día en el que salgamos las dos juntas a seducir a alguien?-

El color subió de inmediato a su cara y un escalofrío recorrió su espalda. ¿Había escuchado bien lo que le acababa de decir? ¿Significaba eso que en algún momento le haría salir a la calle vestido de mujer? ¿Le haría seducir a alguien? Todas las preguntas se agolparon en su cabeza en pocos segundos, sabía que todas las preguntas se respondían con un sí, si algo había aprendido de ella era que todas las insinuaciones que hacía terminaban convirtiéndose en realidad tarde o temprano.

Pidió permiso para hablar y ella le dijo que le dejaría hablar cuando ya se hubiese mirado en el espejo, y que en ese momento debería decirle con franqueza qué sentía, sin ocultarle nada.

Ella se levantó de la silla y le dijo que la siguiera.

Caminando torpemente, haciéndose al hecho de andar sobre los tacones la siguió. Llegaron a la habitación contigua y ella le pidió que cerrara los ojos y se dejara guiar mientras le cogía de la mano muy suavemente. Llegaron al centro de la habitación, justo delante de un espejo de cuerpo entero.

-Ahora ya puedes mirarte en el espejo. Tómate el tiempo que creas necesario, pero recuerda que después de ese tiempo me tienes que contar todo lo que piensas-

Abrió los ojos y se miró en el espejo. Asombro, extrañeza y finalmente admiración. ¿Era él? No, era ella. Había ciertos aspectos que seguían siendo claramente masculinos, pero el espejo le devolvía la imagen de una mujer. Una excitación repentina recorrió su cuerpo. Quiso hablar. No puedo. Los ojos de ella le robaban las palabras, absorbían el aire de su boca, apenas alcanzaba a respirar.

-Estoy asombrado. Cuando vi encima de la cama toda esta ropa que ahora llevo puesta creí morirme de vergüenza pensando en lo ridículo que iba a resultar con todo ello puesto y en la humillación que iba a sentir. A la vez estaba extrañamente excitado ante la idea de que me convirtieras en tu doncella. Ahora que veo el resultado solo puedo darte las gracias y decirte que estoy dispuesto a servirte todo este fin de semana con este uniforme. Seré tu doncella personal y haré todo lo que sea para cumplir todos tus deseos- Le dijo con cierto temblor en la voz.

-Iremos trabajando juntas esta nueva faceta tuya. Me gusta tu masculinidad, no te preocupes, que no te haré renunciar a ella, pero esta feminidad que ahora luces delante del espejo nos ofrece muchísimas posibilidades- contestó ella con cierta dulzura en su voz.

Él se sintió muy intrigado por sus palabras y le preguntó:

-¿Podría saber cuáles son esas posibilidades que dices?-

-Todas las que en este momento estás imaginando y tanto reparo pueden causarte ahora, esas que terminarás aceptando y disfrutando. Los únicos límites que tenemos son los que marcan mi imaginación y tu sumisión- dijo mirándole a los ojos y arrastrando las palabras para que lentamente fueran apoderándose de su mente.

Él se arrodilló delante de ella y besó sus manos.

Le pidió que la esperara de rodillas con la frente y los antebrazos apoyados en el suelo mientras iba a buscar algo. Obedeció y adoptó la postura. Sus nalgas solo cubiertas por la fina tira de tela roja del tanga quedaron expuestas frente a la puerta de la habitación.

Transcurrieron unos cuantos minutos y volvió a escuchar el sonido de los tacones acercándose. Ella llegó hasta él y se situó colocando una pierna a cada lado de sus manos. Le pidió que se incorporara permaneciendo de rodillas.

Se había cambiado completamente. Las sandalias rojas las había sustituido por unas botas negras brillantes de tacón fino metalizado, altísimo, lucía un precioso conjunto de lencería negro por encima del cual sobresalía algo que llamó mucho más su atención, un strap-on con un dildo de mediano tamaño  atado a su cintura.

Le ató las manos con unas frías esposas.

Enseguida supo tanto lo que tenía que hacer inmediatamente como lo que vendría después.

Después, el éxtasis aturdidor de la privación. El poder de no necesitar nada y necesitarlo todo al mismo tiempo.

Ella…

El…

«No vuela quien tiene alas, sino quien tiene un cielo»

 

 

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Encendiendo la prisa.

Y en un acto de romanticismo me escribió:

-«Me duele la polla porque no sé masturbarme sin pensar en ti.»-

Fui a verle esa semana a su despacho, debía consultarle unas cosas y como sabía que no estaría solo y además intuía sus pulsiones , me vestí de la manera más «casual» que pude. Unos vaqueros ceñidos, unas deportivas blancas y una camiseta blanca  con una chaqueta de cuero negra. Mis gafas de sol y carmín rojo en los labios.

Voy caminando y cien mil millones de miradas van secuestrándome poco a poco, mientras yo solo pienso en llegar a su mesa. Encima o debajo.

-No, no pienses eso- me corrijo a mí misma. Hoy es simplemente una visita formal.

Llego. Le aviso desde abajo. Subo. Saludo a sus compañeros. Me dirijo a él y me señala la sala de reuniones.

Y allí le espero.

Me ofrece algo para beber.

-Un batido con sabor a ti, por favor- pienso.

-Solo agua- añado, sonriendo.

Hablamos sobre algunos temas terrenales, intento transmitir seriedad y formalidad, pero claro, recuerdo su último mensaje. Le observo. Le huelo. Y aunque no es mi intención, mi cuerpo comienza a cobrar vida propia.

Mientras le escucho acaricio mi pelo, humedezco mis labios, cambio de postura sobre esa silla que roza mis glúteos de manera descarada. Cruzo las piernas, vuelvo a sonreír.

Y, o subió la calefacción o en esa sala comenzó de repente a hacer demasiado calor.

Cuando ya casi habíamos terminado me dice que tenía muchas ganas de verme.

Observo alrededor y veo que los últimos compañeros que quedaban en el despacho ya se fueron. Estábamos solos.

-Tengo atragantado el placer desde que no te veo- me dice mientras enciende un cigarrillo.

Y a mí, que me ponen las palabras casi tanto como las miradas comienzo a pensar que igual debería haberme puesto aquel vestido corto que se quedó en el armario con cara de jueves.

Así ahora, ataviada con ligueros negros abriría y cerraría las piernas bajo su disimulada mirada. Subiría sinuosamente el vestido hasta la altura de mis muslos y volvería a bajarlo ante cualquier despiste suyo.

-Muchas, muchas ganas- repite mientras se levanta y suavemente baja las persianas que daban a la calle.

Aprovecho y miro lo bien que le sientan esos pantalones.

Y se acerca.

Me levanto.

-¿Por qué me haces esto?-me pregunta.

-¿Por qué me pones la miel delante?

-Si yo venia muy inocentemente vestida- le digo en un tono casi convincente.

-Ya- contesta.

Se acerca un milímetro más, se agarra a mis caderas y me besa. Y a mí que me rugían las ganas de que lo hiciera…

Comienzo a sentir los cinco sentidos reencarnados en sus dedos, se mueven hábiles sobre mi ropa. Me aprietan con fuerza.

Succiona. Susurra.

-Esta tarde le hago el amor a cuatro patas a tus oídos- me dice bajito.

Me bebe.

Me rocía, por dentro y por fuera.

Besa con rabia y ganas acumuladas.

Y cuando está a punto de verterse sobre mi ombligo, instantes antes de pronunciar las palabras que cortan el aliento le insinúo que pare.

-Deseo que te guardes tu deseo y que lo dejes revoloteando a flor de piel. Hazlo y así me sentirás todo el día y parte de la noche, justo en cada pequeña punzada de placer contenido- le indico dulcemente.

Sonríe.

Sé que lo hará.

 

 

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Que el silencio te desnude…

La última vez que nos vimos olvidamos  y sobre todo, olvidó llevarse mi regalo prometido.
Tal vez tiene razón Lacan al afirmar que “todo acto fallido es un discurso a voces”, la cuestión es que  quedó pendiente para  un futuro próximo, con tintes de urgencia, por su bien y por mi deseo.

Tras varias semanas volvió a Madrid. Ni olvidó, ni olvidé lo que teníamos en el aire, pero…su descuido merecía una lección.

Le cité en el metro, para su sorpresa y mi agrado, en una estación cualquiera y a una hora en la que sabía que no habría demasiada gente
y aunque eso en Madrid era mucho suponer, casi acerté.

Acudió. Le vi llegar. Nervioso. Con un halo de excitación en su modo de caminar. Tan seductor como siempre y más él que nunca.

Podría haberle devorado según se acercaba a mí , solo por moverse así, pero me contuve. Las lecciones son las lecciones.

Apenas había gente en ese anden, una señora mayor con aspecto distraído, una pareja asiática y un hombre de unos 50 años. En el de enfrente  por el momento, solo una pareja de unos 60 años y 3 chicos universitarios a juzgar por los apuntes en sus manos.

Y como no me gusta limitarme en casi nada, no vaya a ser que me pierda alguna sensación, instantáneamente olvidé que no estábamos solos.

Él llevaba un vaquero negro, barba de 2 días y esa mirada que quiso retar a la mía.

Yo, vestida con un traje corto y vaporoso, medias con ligueros, sandalias abiertas, gafas de sol y mi lencería de estreno en tonos violeta. Adoro la lencería, siempre estoy buscando cosas nuevas y diferentes. Ese día elegí un conjunto con encaje y  pequeñas transparencias..

Le besé cuando le tuve a 5 centímetros, le dije que le debía un regalo pero que tendría que ganárselo. Me dijo que sí, con su voz y con su cuerpo. Llevé la mano a su entrepierna, rocé ese vaquero tan sexy y comprobé que afirmaba también. Latía, como la ciudad.

-¿Seguro?-le pregunté.

-Sin limites- me contestó.

Sonreí.

-Ponte de rodillas, sube suavemente  con tu lengua por mis piernas, demórate en la caricia y cuando llegues  a mi sexo mantente ahí, hasta que yo te indique.-

Se sonrojó. No dijo nada y se dispuso a la acción.

-Solo así podrás llevarte mi tanga- le recordé. -La pureza no se obtiene sin esfuerzo.

-Seguro que  cuando lo tengas en tu poder, te gustará llevarlo encima en algún momento, tal vez en el bolsillo del pantalón, y seguramente en alguna ocasión lo lleves a la oficina y en el momento más aburrido de la reunión te llegue un mensaje al móvil indicándote que justo en ese instante tienes que rozarlo, sentir su textura, incluso olerlo, o  saborearlo. Así tal vez cuando tus dedos busquen, me encuentres a mí.

Apuesto a que  en alguna madrugada oscura y esponjosa recibirás un mensaje de voz en el móvil, seré yo.

Cada nueva misiva agitará el mar de tus ansiedades.

Mi voz te traspasará.

Te llenará.

Entonces te diré lo que me gustaría que hicieras en ese  instante. Algo así como que te acaricies mientras sostienes el tanga en tu boca y lo besas como me besarías a mi si yo estuviera ahí. Te abandonarás a mis deseos porque sabes que hay fuerzas mucho más importantes que la razón. Te embriagarás de su aroma y te abrirás a las sensaciones de una manera descarnada… – le dije en tono convincente.

Afirmó con hambre orgiástica.

El andén  comenzaba a llenarse y el vagón del metro estaba a punto de llegar.

-Mira como el mundo desaparece-le dije

Él estaba  de rodillas mientras yo acariciaba su  suave cabello, pude oler su sugerente perfume y su respiración acelerada. Comenzó a recorrer mis piernas con la lengua mientras sus manos me acariciaban.

-Más suave aún-le indiqué.

Y su lengua fue recorriendo cada centímetro. Llegó a mis muslos. Se detuvo.

Segundos.

Minutos.

Respiraba con sus manos  presas en mis nalgas. Noté su aliento y  se me antojó de lo más excitante. Abrí un poco más las piernas para facilitarle lo que venía después.

-Ahora, quítame el tanga con la boca, despacio, no vayas a morderme- le dije mirándole a los ojos.

Sus labios entre abiertos pidiendo más, su mirada sedienta, mis ganas de besarle de nuevo y esa gente en el anden que iban multiplicándose sin permiso.

-Quítamelo ya- le susurré.

Comenzó la maniobra con una deliciosa cadencia, mientras su saliva se abría camino entre mis muslos y sus manos permanecían  inmóviles pegadas a mis nalgas.

Poco a poco fue bajando la lencería, le ayudé sutilmente moviendo un poco las piernas.

Lo consiguió.

Con su premio en la boca y aún de rodillas me observaba,  le sonreí  muy complacida.

Ya en pié, ahora sí, le comí  a besos. Por su bien claro, y por el mío.

-Es tuyo, te lo has merecido-le dije. Eso sí, sigue mis indicaciones estrictamente.

Yo te iré indicando donde, como y cuando debes sacarlo, besarlo, olerlo …sé que lo harás.

-Será un placer -me dijo.

-Infinito -le contesté.

 

«No es tu sexo lo que en tu sexo busco,
sino ensuciar tu alma:

desflorar

con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido»

(L.M.Panero)

 

 

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Jugar, una forma de vivir…

«Pasa por mi cabeza esta noche, pon tú el vino, a la reflexión invito yo…»

 

 

Se me ocurre que vamos a recibir a la primavera de la mejor manera que sabemos.

Se te ocurre que vamos a pervertir a la primavera de la peor manera que queramos.

Voy a empezar yo, le meteré mano bajo su pequeña falda escocesa.

Tal vez después te pida que le bajes las bragas. Te sorprenderás al notarla húmeda en tan poco tiempo. Me mirarás sin saber cómo seguir, así que lo haré yo. Mojaré 2 de mis dedos con saliva, lentamente, mientras te miro, o tal vez solo te admire.

Y sonreirás.

Ella también lo hará.

Pasaré la punta de mis dedos por su sexo, abriéndome camino. Me detendré lentamente en su clítoris demorándome en la caricia.

¿Ves cómo se hace?  -te digo.

Y vuelves a sonreír.

Prefiero hacértelo a ti- me contestas.

Hoy es ella la reina del cuento- añado.

Me llevo los dedos a mi boca, relamiéndolos saboreo cada uno de ellos sin apartar la vista de ti.

Abre la boca-te pido.

La abres y te lleno de mis dedos. De sus fluidos y de los míos. Los saco y te los vuelvo a introducir más profundamente, mientras te beso con hambre acumulada a fuerza de wasaps.

Me hablas de tu deseo, de la urgencia y de no sé qué punto de no retorno.

Desconecto porque ahora solo quiero llenarme de ella.

Mis dedos vuelven a su sexo. Los introduzco suavemente. Primero uno, luego dos y llego a tres.

Me mira turbada. Entre abre su boca. Me pide que no pare mientras se abre más de piernas para que la observe mejor. Te pido que le acaricies sus muslos. Me dices que prefieres habitarme a mí.

Y va moviendo sus caderas con más urgencia cada vez, mientras succiona mis dedos. Los engulle. Va chorreando su calor entre mis manos a la vez que tú me sujetas el pelo situándote detrás de mí porque no puedes estar quieto. Le acaricias los muslos con una mano, la otra se pierde buscando mis pezones. Me muerdes el cuello, giro la cabeza y busco tu boca.

La encuentro. Me encuentro.

Ella gime o grita o todo a la vez.

Y tú,

y yo,

huyéndonos después,

de tu cama a la mía. 

 

 

 

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«En mi defensa diré que él me sonrió primero.»

 

En uno de los mensajes que había recibido durante aquella semana, ella le había escrito:

 

-“Cuando te vea el sábado comenzará una nueva fase de tu adiestramiento: tu doma”-.

Él sintió tanto miedo como deseo.

A la hora convenida pidió permiso para presentarse ante ella, se lo concedió y solo entonces subió en el ascensor hacia el apartamento.

Llamó y se tranquilizó cuando escuchó el sonido de sus tacones acercándose desde el otro lado de la puerta.

Ella abrió y nada más cruzar la puerta él se arrodilló delante de ella besando sus manos. Después de aquel saludo, empezó a fijarse en su atuendo.

Botas  de cuero negro con un tacón muy alto,

pantalones blancos de montar a caballo y una blusa negra de manga corta, con escote.

Con mucho escote.

Con todo el escote posible.

El pelo lo llevaba recogido en una coleta.

La mirada de él no expresaba sorpresa sino admiración, se quedó unos segundos ensimismado hasta que la voz de ella le sacó de su absorción.

Dulce y suavemente, como a ella le gustaba dar las órdenes:

-Desnúdate, deja tu ropa en el armario y dirígete a mi encuentro en el salón-

A los pocos minutos se presentó completamente desnudo con la única excepción de la jaula de castidad que aprisionaba su sexo. Entró caminando con las manos y las rodillas en el suelo, tal como ella le había enseñado hacía ya mucho tiempo.

-Ponte en la postura que ya sabes  me gusta tanto…-

Entendió que debía apoyar completamente los antebrazos y la frente en el suelo y esperar nuevas indicaciones.

Sintió que sus manos acariciaban sus nalgas, suavemente primero, para después marcar ligeramente con las uñas unos casi imperceptibles arañazos. Después sintió frío cerca de sus nalgas y ese mismo frío invadió todo su cuerpo segundos más tarde.  Algo fue introduciéndose lentamente en él, un plug metálico que quedó fijado en un hábil movimiento. Sintió también un ligero cosquilleo en el interior de sus muslos. Un objeto desconocido aún, le rozaba  muy suavemente, ella lo movía para que él fuera consciente de esa sensación.

-Ponte en pie-

Obedeció y se puso en pie con la mirada fija en el suelo.

Ella siguió hablando, más dulcemente de lo que le había hablado nunca.

-Sabes que me encantan los caballos, me parecen unos animales fascinantes. Es por eso que quiero domarte como a ellos, para que así seas capaz de servirme y mientras lo haces, tus movimientos sean precisos y armoniosos-

-Te acabo de poner tu cola de caballo, es un plug que tiene las crines de un caballo. Ahora voy a seguir  con tu atrezzo para que seas un precioso corcel al que poder domar.-

Le hizo poner ambos brazos atrás y juntos. Cuando estuvo en aquella postura notó que ella introducía los brazos en una especie de bolsa de cuero. Ató cuidadosamente los cordones de la bolsa de cuero de manera que los brazos quedaron completamente pegados a la espalda.

Del extremo superior de la bolsa de cuero salían unas correas a modo de cinturón que ella ató por delante de su pecho.

Otras correas salían del extremo inferior y las ató con la hebilla a la altura de la cintura.  De esta manera sus brazos quedaron completamente inmovilizados y sería incapaz de usarlos hasta que ella le quitara aquella bolsa de cuero.

-Los caballos no usan sus manos, es algo a lo que te vas a tener que acostumbrar, incluso cuando quiera montarte, ya que con el paso del tiempo serás capaz de servirme de montura. Hay unas sillas de montar preciosas que son ideales para caballos de dos patas como tú- le decía lentamente con un ritmo casi hipnótico.

A continuación, ella le puso el collar postural que habían comprado hacía poco tiempo. Un collar muy ancho que obligaba a mantener la barbilla muy erguida pues tenía una varilla de acero que evitaba bajar y forzar la postura. A su vez, los brazos aprisionados obligaban a su espalda a permanecer completamente recta.

-Ahora queda el último adorno- dijo ella mientras le hacía abrir la boca para introducir un bocado de silicona en su boca.

Por último fijó unas riendas a los anillos metálicos que se unían con  el bocado y al cierre que apretaba su cuello.

-Perfecto, ya estás listo para la primera sesión-

Él estaba completamente concentrado para poder mantener la postura sin perder el equilibrio, aquello le obligaba a realizar un esfuerzo físico que le recordaba a aquellas veces en las que había servido de mesa.

Se trata de disciplina y concentración-se repetía él a modo de mantra.

-Hay algo que me encanta de la doma y es la comunión que existe entre la amazona y el caballo. Simples gestos de ella son correspondidos por su montura con movimientos automáticos ejecutados con la mayor precisión y con muchísima hermosura. Ese es el objetivo, que con simples tirones de las riendas, o con leves toques con la fusta sepas exactamente lo que quiero-

El trató de hacer algo parecido a asentir, pero le fue imposible por el collar y la varilla de acero que se clavaba con suavidad en su barbilla.

-Ponte de puntillas-

-Si sientes las riendas en tu espalda empezarás a andar sin moverte del sitio, siempre de puntillas y levantando las rodillas lo máximo que puedas, avanzando lentamente, con la espalda siempre recta. Si notas que tiro de las riendas hacia atrás, te detendrás en seco con tus pies perfectamente juntos y de puntillas- le dijo ella mientras acariciaba su coleta recogida.

El notó que las riendas le golpeaban suavemente en la espalda y movió la pierna derecha, levantó la rodilla lo más que pudo y dio un paso. Notó un golpe de fusta en el muslo derecho.  Dió un paso con la pierna izquierda, llevó la rodilla lo más arriba que pudo. Siguió con la pierna derecha, elevó la rodilla hasta que sintió su cuerpo tensarse.

-Eso es. Muy bien esta vez. Sigue hasta que te ordene parar-

Continuó, siempre de puntillas, tratando de levantar las rodillas todo lo más que podía. Unas veces atinaba a hacerlo bien y otras recibía la caricia de la fusta en la pierna que a gusto de su dueña no había levantado suficiente.

Un tirón hacia atrás.

Paró.

Los pies quedaron ligeramente descuadrados, no juntos como ella le había ordenado.

Tuvo que corregirle  y mientras lo hacia comenzó a desvestirse.

Primero la blusa y luego el ceñido pantalón. De este modo, él podría rozar su piel una vez que estuviera encima. Se vistió con un corset negro, un breve tanga esas botas negras altas cubriendo sus piernas.

El tacón de la  bota  comenzó a clavarse en su muslo derecho. El hizo un pequeño gesto de dolor que corrigió enseguida.

Ella se situó a su lado y colocó la fusta delante de él a una cierta altura. Con las riendas le indicó que empezara de nuevo a andar. Él entendió que sus rodillas deberían elevarse hasta tocar la fusta y así lo hizo. Cada vez que una de sus rodillas tocaba la fusta, ella lo animaba diciéndole que muy bien. Le ordenó parar con un tirón seco de las riendas.

Esta vez sus pies quedaron perfectamente igualados y ella le acarició la cabeza en señal de reconocimiento.

Repitieron la mecánica durante unos cuarenta minutos, transcurridos los cuales él estaba sudando completamente y un pequeño reguero de saliva se escapaba entre la comisura de sus labios y el bocado que mantenía su boca abierta. En aquel momento se sintió flaquear, por el esfuerzo de andar tanto tiempo de puntillas.

Ella se dio cuenta.

-Puedes apoyar los talones en el suelo durante unos segundos. Sé que el esfuerzo de llevar tantos minutos de puntillas es grande, para la próxima vez te sugiero que compres unas botas de tacón alto, así al menos tus pies podrán descansar y así, además, aprenderás a andar con tacones- le dijo con una perversa sonrisa en sus labios.

Acto seguido empezó a quitarle los adornos. Primero el bocado y las riendas, cosa que él le agradeció y continuó retirando el collar postural. Por último le desabrochó los cinturones de la bolsa de cuero y liberó sus brazos.

Él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-Quiero llegar a sentir esa comunión de la que hablabas, ser capaz de interpretar qué es lo que quieres que haga sin necesidad de sentir nada más que un leve tirón de las riendas o un leve toque de la fusta-

Ella le besó, mientras le susurraba:

-Si algo valoro de ti es tu obediencia y  entrega, la doma es un medio con el que vamos a potenciar estas dos virtudes tuyas. Verás qué interesante será cuando estés preparado para que pueda exhibirte-.

Él se arrodilló delante de ella,

aún temblando por la excitación

y besó sus manos en señal de gratitud.

Ella le sonrió.

 

«En su defensa añadiré,  que yo le reté después…»

 

 

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Hoy le comemos la boca a la alegría .

Hoy me lleno de rojo para ti.
Como cuando clavo mis uñas rojas contra la pared y te siento detrás, muy pegado a mi.

Y respiras en mi nuca, y deslizas mi cabello para poner tu lengua donde antes estuvo tu aliento.

Me visto de rojo, intenso. Con un culotte de encaje como a ti te gusta, un liguero que nace en mi cadera y unas medias que se empeñan en rozar con demasiada alevosía mis muslos, cuando yo solo quiero que sean tus manos quienes se apoderen de ellos.

Mis pies se cubren de rojo. Gracias a tu regalo, unas sandalias rojas de tacón metalizado. Las miro, las rozo y sabes por mi mirada que me acabo de enamorar de su sonido al caminar.

Y mientras continuas apoderándote de mis caderas,  de pie y desnudos frente al espejo, comienzo a pintarme los labios del rojo más dulce que pude encontrar. Y es entonces cuando te digo que quiero sentirte muy dentro.

Comienzo a notar tus embestidas, me miras a través del espejo mientras abro la boca y mis gemidos se vuelven rojos también.
Y claro, te pido más.
Más rojo.
Más de eso.
Más tú.

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Lamiendo tus deseos.

Viajaba solo en tren. Le puse un mensaje dándole unas instrucciones claras:

-Irás al baño, te quitarás la ropa interior, la guardarás en el bolsillo de tu pantalón y me enviarás una foto del momento-

Me gustó imaginarle así. Elegante, con su traje de chaqueta impecable, camisa en tono claro acariciando su pecho y una casi asfixiante corbata rozando su cuello que horas después sería mío.

Elegante. Sobrio. Sensual, y sin ropa interior…

Sintiendo como el tejido del pantalón acaricia su sexo, imaginando o deseando que son mis dedos los que erizan su piel.

En apenas unos minutos me envió la imagen. Sin demora. Con exactitud.

-Así me gusta- le dije.

-Y llega rápido. Te espero con la más húmeda de mis ganas…-

 

 

 

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«No quiero un cuerpo

quiero un alma.

Viva, loca y salvaje.

No busco el rio,

quiero el océano.

No busco la llama

quiero la hoguera.

No busco un camino

si no la tierra entera»