Siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

Añoraba los paseos por aquellas largas avenidas  repletas de edificios de oficinas y de parques inabarcables. Deseaba volver a casa, a ese olor afrodisiaco que le regalaba la ciudad en pre otoño. Al asfalto, al rugir de las motos bajo sus tacones.

Cogió aire, cerró los ojos y allí estaba, en uno de sus rincones preferidos.

Quiso andar, llenarse de las sensaciones que la ciudad le iba regalando a modo de tórrido recibimiento.

Casi había olvidado como era subir en el metro , se olvidó del coche y tomó el metro ligero que estaba más cerca.

Subió al vagón. Sonrió. Vio alguna cara conocida. 

Se acomodó.

Cruzó sus piernas de vaqueros cortos y sandalias planas y se dispuso a escuchar su iPod. 

Le vio entrar. Le reconoció enseguida. Su memoria fotográfica era inmejorable.

Desde hacia meses él la seguía en instagram, su perfil era elegante con bonitas fotos de viajes y deportes que solía practicar.

Él últimamente se había armado de valor y en un acto de auto inmolación se atrevió a escribirla, no solo eso, si no que fue confesándola alguna, de sus de momento, imposibles fantasías eróticas. 

¿Fantasías?

Si solo fueran fantasías, podría dormir tranquilo por las noches, llamarían a su puerta de vez en cuando, aguardarían pacientemente su turno y cuando se sintiesen derrotadas se marcharían, sin más. Esto era algo más. Eran necesidades, era su esencia pidiendo a gritos salir, cobrar vida, ver mundo.

Él la escribía mensajes en su instagram, ella le contestó en pocas ocasiones aunque siempre le leía.

-Deseo ser tuyo.-

-Úsame.-

-Utilízame.-

-Humíllame.-

-Hazme saber a quien pertenezco.-

-Mándame.-

-Deseo lamerte. Entera. Llenarme de tu olor.-

-Imagino tus pies desnudos en mi boca. –

-Me muero por beberte.

Cositas así y otras mucho más detalladas.

Ella sonreía cada vez que las leía.

Sabia que eran casi vecinos por alguna de las imágenes que él había colgado. Normal que en algún momento, en algún centímetro cuadrado del universo acabaran coincidiendo, por necesidades o no, de un destino caprichoso, ávido de morbo y juego.

Yo juego . 

Tú juegas. Jugamos los dos.

Sigilosa, se puso sus gafas negras, se retocó el carmín rojo de los labios y se dirigió a su encuentro sin que él se diera apenas cuenta de la brisa que acompañaban sus pasos.

El estaba de pié haciendo que leía un periódico. En un lento y armonioso movimiento se  situó detrás.

-Arrodíllate frente a mi ahora mismo y besa los dedos de mis pies.-

Él se dio la vuelta.

Sorprendido. Inquieto. Excitado. Titubeó.

-Es una orden- reforzó ella en tono dulce y directo.

Lo hizo.

A ella le gustó. 

Le acarició el cabello como señal de aprobación.

Sin vergüenza, sin temor, sin pereza. Con devoción. Con obediencia. Tal y como a ella le gustaba.

Su cálida lengua repleta de interrogantes y erecciones comenzó a recorrer sus dedos de uñas rojas y sandalias aún veraniegas.

Instantes indefinidos y confusos después, ella le contuvo con otro gesto en su cabello y él supo que debía parar.

Elevó con sus manos el rostro de él y le preguntó:

-¿Verdad que deseas obedecerme?-

Asintió sin atreverse apenas a mirarla a los ojos, que para aquel entonces ya no se ocultaban tras las gafas de sol.

Ella no le preguntó, no hizo falta. Estaba segura de que él sabia. No fueron necesarias las presentaciones. Ni oportunas.

Ella humedeció alguno de los dedos de su mano derecha, de también alargadas uñas rojas, los untó del delicioso néctar de su saliva y se los ofreció a él. 

Arrodillado aún, los acogió con ansia y hambre atrasada.

Uno a uno los fue introduciendo en su boca de gruesos labios.

Primero uno, luego otro, después dos a la vez, tres…así hasta abarcar su boca entera.

-Buen chico- le susurraba ella a intervalos inconcretos.

Cuando se sintió casi saciada paró, se dirigió hacía su rostro y le besó. Se volvió a elevar y le ordenó que abriera su boca.

Ella le quiso ofrecer su último regalo antes de bajarse del vagón.

Gota a gota fueron cayendo alientos de una dulce saliva que él supo atrapar y saborear. Cuando ella frenaba el ritmo, él aguardaba con su boca abierta y paciencia aparente. Entonces ella volvía mientras sonreía satisfecha y orgullosa de su comportamiento.

-Y ahora sigue leyendo, puedes ponerte de pié ya.-

El quiso preguntarla, hablarla, agradecerla, pero ella desapareció con la misma rapidez y sigilo con el que había llegado.

Las puertas del vagón se abrieron. Demasiada gente en movimiento. Demasiado ruido. No pudo despedirse ni verla.

Al llegar a su casa comenzó a preguntarse si no lo habría imaginado en una suerte de micro sueño mientras intentaba leer el periódico en aquel vagón 

en una tarde cualquiera de finales de verano.

Privilegios de penumbra.

Se miró de casualidad en el espejo y comprobó que una sutil mancha de carmín aún lucia en su boca.

Respiró aliviado.

Tan aliviado como excitado.

Tan excitado como exhausto.

Tan él como nunca.

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“Serás quien yo quiera.

Haré de ti un ornamento de mi emoción puesta donde yo quiero,

 y como quiero, dentro de mi.

Contigo no tienes nada. 

No eres nadie, porque no eres consciente;

apenas vives...

La crueldad del dolor-gozar y sufrir,

por gozar la propia personalidad consubstanciada con el dolor.

El último refugio sincero del ansia de vivir y de la sed de gozar.”

( F. Pessoa)

Un sorbo de café.

Amaneció lluvioso. Ese olor y el sonido del mar trajeron a su mente antiguas experiencias, más que exóticas. Eróticas. Húmedas como el mar que acariciaba su mirada.

Hoy tiene que ser una jornada especial-se dijo a sí misma.

Desde su balcón vio a una chica sentada en un banco, era morena de larga y suelta melena, falda corta a cuadros, sandalias rojas y camisa blanca, de aspecto frágil. Pareciera una colegiala salida de algún colegio mayor, si no fuese porque debía tener cerca de 30 primaveras. 

Y ese aire de estar esperando algo o a alguien. 

Relajada. Sonriente.

Simplemente estaba allí.

Elsa quiso pasar por su lado, la imagen de su quietud  y sensualidad  habían provocado en ella cierta curiosidad irremediable.

Al acercarse comprobó por sus rasgos que tal vez podría ser asiática, mestiza más bien.

La chica se apresuró hacia ella con un tono de voz cálido:

-Hola, ¿tienes fuego?-

-No fumo, pero vivo aquí al lado- No supo como pronunció esas palabras, salieron casi automáticamente de su garganta, o de más abajo tal vez.

La desconocida abrió mucho sus ojos negros, dudó medio segundo y confirmó con su sonrisa. 

-Vayamos a por ese mechero- dijo levantándose del banco que acariciaba desde hacia tiempo ya su cuerpo.

No tardaron ni un minuto.

Elsa llamó al timbre de su bonita casa y su asistenta abrió la puerta.

Esa asistenta o “sisí” tan deliciosamente educada y formada por ella misma lucía el mejor de sus uniformes ese día. Un vestido corto negro, con su delantal blanco y su cofia blanca también. Una gota del perfume que sabía complacería a su ama y una sed de servir en su mirada, mirada que a no ser que Elsa le diera permiso, estaba proyectada hacía el suelo.

-Me llamo Luna- dijo la desconocida mirando a Elsa sin ningún atisbo de sorpresa en su rostro. Sin duda la impresión que la refinada doncella había causado en su aventurera mente había resultado más que positiva.

Pasó al interior sin titubeo.

-Georgine queremos tomar un café. Apúrate- solicitó Elsa a su femenina sirvienta. 

La más femenina de todas, pese a guardar apariencia de hombre bajo esas telas, la más educada de todas, aunque le costó dejar ciertas torpezas en el comienzo de su adiestramiento, la más sonriente de todas, y eso, afortunadamente fue así desde el principio.

Ellas esperaban en la terraza, con vistas al inmenso mar. Hablaban de música y de los orígenes de Luna. Padre asiático y madre peruana.

-Preciosa mezcla- le confesó Elsa.

Y allí estaba la eficaz doncella, con su bandeja de plata, sus tazas, sus cubiertos y esos bombones que aunque no se los había pedido, sabía que siempre debían acompañar a un buen café.

Sirvió el café y antes de retirarse para no molestar, Elsa le hizo una señal con la mirada.

Ella ya sabía lo que debía hacer.

Se colocó en el suelo  apoyada con las manos y rodillas y se dispuso a ser la mejor mesa que la invitada hubiera podido ver.

Con tan corto uniforme se podía ver su ropa interior. 

Un tanga rojo que Elsa le había hecho ponerse aquella mañana, y debajo aún llevaba una gruesa  jaula de castidad. Cuando llegase el momento conveniente, su dueña se la retiraría.

Luna sonrió divertida.

-Qué suerte tienes- dijo sonriente a Elsa.

Si, aunque mi trabajo me ha costado, el adiestramiento es agridulce. Hay momentos de castigo, de recompensas y halagos que se tornan a veces en más premios o en otra suerte de castigos y privaciones. Pero sí, debo decir que el resultado ha sido y es, casi excelente. Claro que…-y esta vez por su tono, el mensaje iba dirigido a  su doncella.-

…Soy exigente, y la perfección nunca descansa, aún sigo educándola-

-Por ejemplo si yo le digo ahora  que, además de mantener la espalda recta para que la bandeja no se caiga y derrame nuestros cafés, me acaricié mis delicados pies…-

No tuvo que seguir la frase.

Georgine, complaciente y delicada acarició su pie, después de haber retirado la sandalia negra que acompañaba a su exquisita extremidad.

-Y si yo la dijese que lamiera mis dedos, uno a uno mientras seguimos saboreando estas cálidas bebidas, lo haría presta y sigilosa.

Georgine se adelantó con torpeza hacia sus dedos.

-Pero aún no se lo dije- protestó Elsa.

-Lo ves, querida amiga, la educación nunca termina. En varias ocasiones he de castigarla por este mismo motivo, se adelanta a mis deseos.- 

-Te entiendo- respondió Luna de la manera más asertiva que pudo. Me gustaría ayudarte con el castigo para que de una vez por todas aprenda esta lección y pueda ser más perfecta para tí.

-Me encanta escuchar eso- susurró Elsa en el oido de la cada vez menos desconocida-Te cedo el turno.

Y la joven de rasgos asiáticas se levantó, se dirigió al culito de la doncella  y le bajó con rapidez su lencería, dejándola expuesta.

-Buena decisión-aprobó Elsa.

El pie enfundado en sandalias rojas de la desconocida comenzó a acariciar las partes intimas de Georgine, Sus testículos y su culito que pedía a gritos varios azotes y algo más.

De las caricias con el pié paso a los pequeños golpes. Para ese momento la bandeja ya yacía en el suelo por decisión de Elsa. Y de los pequeños golpes surgieron unas directivas patadas que su blanca piel enseguida notó..

Elsa se puso en pie y mientras su amiga instruía a la sirvienta, ella le introdujó de nuevo sus pies, primero uno y luego el otro en esa boca pintada de carmín rojo.

-Así me gusta Georgine- que tu pequeño dolor no interfiera en mi placer.

De repente la invitada paró y se dirigió al oido de Elsa, a modo de confesión se lo dijo sin más preámbulos.

-Me gustaría follarme a tu sirvienta, nunca antes había podido hacer esto con nadie-

-Claro que sí, hoy Georgine es toda tuya, te la cedo para que hagas con ella lo que desees. Ella ya sabe que ha de satisfacer a quien yo quiera cuando yo lo desee.-contestó Elsa más que satisfecha con el atrevimiento de su desde ya, amiga.

Elsa le mostró una vitrina enorme llena de juguetes varios y arneses de distintos tamaños y grosor.

-Este es mi preferido-quiso indicarle dada su poca experiencia, pero puedes elegir el que prefieras.

La invitada cogió el indicado por Elsa, más otro de tamaño mayor.

-Valiente sin duda- pensó Elsa sonriendo.

Luna se situó detrás de Georgine y se levantó su faldita corta para colocarse el arnés, dejando ver que no llevaba lencería alguna.

Elsa se dirigió hacia ella cuando comprobó que se estaba haciendo un lío con las tiras del arnés.

-Hoy te estrenas, primeriza- dijo Elsa mientras la sujetaba fuerte el artilugio.

-Estás preciosa-Toda tuya, hazle saber como debe comportarse.-

Y mientras los dedos  del pie de uñas rojas follaban la boca de la doncella a veces despistada, su culito comenzaba a recibir las envestidas de una novata, que precisamente por eso parecía insaciable. Primero suave, luego fuerte, después rápido. Aquella polla de plástico negro se hundía bien dentro de Georgine que sin poder evitarlo lanzaba alaridos de satisfacción y dolor al mismo tiempo.

Luna paraba unos segundos, le regalaba algún nuevo azote, para después volver a la carga. 

-Me encanta meterme dentro de ti, Georgine- le decía con toda la seguridad del mundo, sabiendo que la doncella no pronunciaría palabra si no tenía permiso para ello.

El miembro erecto de la sirvienta parecía explotar ante tanto galope recibido. Elsa sabía que cuando comenzaba a gimotear es porque estaba a punto de no aguantar ni una embestida más. Aún así, minutos eternos siguieron antes de que le dijese a Luna:

-Sé que lo estás deseando- Haz que se corra y que grite tu nombre y el mío.

Ritmo álgido. Galopes de color azul que se tornaban en cruce de sentimientos y emociones. Georgine se moría de placer y no podía expresarlo, esa era la mayor de las torturas sin duda. Hasta que:

-Ok, Georgine, ahora sí, puedes disfrutar sin limites de mi invitada. Demuéstrame como te gusta su verga dentro de tu sediento culito-

Y ocurrió.

Gritó con voz de silencios retenidos. Dijo el nombre de su dueña con deleite duplicado. Eternizó el placer porque sabía que debía hacerlo y casi derrumbada y extasiada dio las gracias frente a los pies de su adorada dueña.

La excitación de las amigas podía olerse en el ambiente. Se miraron, se sonriéron.

Elsa dejó a Georgine en la terraza, atada a una barandilla mientras cogiendo de la mano a su invitada pasaban al interior de la casa.

-Estoy tan excitada- le confesó Luna con la mirada.

-Lo sé- respondió Elsa mientras buscaba su boca.

….

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Haz lo que nunca has hecho y verás lo que nunca has visto.

“Yo en tí
Yo te he buscado
cuando el mundo era una piedra intacta.
Cuando la cosas buscaban sus nombres,
ya te buscaba yo.

Yo te he procurado.
en el comienzo de los mares y de las llanuras.
Cuando Dios procuraba compañía
ya te procuraba yo.

Yo te he llamado
cuando solamente sonaba la voz del viento.
Cuando el silencio llamaba por las palabras,
ya te llamaba yo.

Yo te he enamorado
cuando el amor era una hoja en blanco.
cuando la luna enamoraba las altas cumbres,
ya te enamoraba yo.

Siempre,
desde la nieve de los tiempos,
yo, en tu alma.”

 

           (El sueño sumergido 1954. Celso E. Ferreiro.)

 

 

…Mi chico obediente.

Mi chica servicial.

La más fiel de todas las fieles. La más sumisa de todas ellas.

La que siempre dice sí.

La maquillo, la visto, la dejo bien bonita.

Que se vea única y especial frente a todos los espejos. Como lo que es.

Y la saco a pasear.

Con su correa, con sus esposas en las manos. Porque no las necesita estando conmigo.

Un antifaz negro y rosa lleva su nombre en algún rincón de mi estudio, lo encuentro y ya es de ella, y así nos paseamos por Madrid en pleno invierno. Su lencería roja comprada especialmente para ese día. Encima, ropa de abrigo, eso no es negociable. Y la luzco en un parque bien grande.

Mi mascota. Mi sumisa. Mi obra de arte.

Paseamos entre árboles que nos saludan orgullosos ante tanta obediencia y devoción, los abrazamos. Las ardillas y algún perro curioso salen a nuestro encuentro también. Y así, la niebla se va disipando.

Mi chica de labios rojos y cinturón de castidad en el alma y en la piel no me va a decir que no a mi capricho de domingo. Y es que ella es así.

Así, como yo la construí.

Como él ya era.

El abrigo al suelo y ella atada en el árbol. Ataduras que durarán lo que yo necesite. El antifaz en sus ojos, que se derretirá en el momento justo. Un suspiro en sus labios. Y un:-“confía en mí “-en sus oídos.

Sonríe y la beso.

Le bajo el pantalón para que respire su piel.

Su sexo luchando por salir de la jaula de acero se enfurece cuando acerco mi boca a ella y soplo. Me observa, no la estoy mirando, pero lo sé. Acerco mi lengua. Se queda con las ganas de más. Acaricio el frío metal que oprime su deseo a flor de piel y mordisqueo su cuello.

-No vayas a moverte- le susurro. Y me voy.

Regreso en unos minutos y la encuentro acompañada. Un policía frente a ella la observa con incredulidad y deseo. No habla, solo mira.

-¿Quieres unirte?- le pregunto.

-¿Puedo?- me dice.

-Hoy, sí- añado.

Me sonríe con melodía de interrogación.

-Te cedo porque me perteneces- susurro a mi fiel sumisa.

Ella asiente algo agitada.

Saco la llave que abre la jaula de su impaciente castidad y mientras el policía se va arrodillando, compruebo que el antifaz sigue en su lugar.

-Toda tuya-le digo a modo de invitación.

Y se lanza con su boca de hambre atrasada. Les observo. Me deleito y podría alargar ese momento varias eternidades.

-Más fuerte- le indico. Como no capta bien mis indicaciones, sujeto la cabeza de cabello cobrizo y le guío sobre como han de ser los movimientos para que mi leal sumisa goce pero no termine. No aún.

Ella se remueve desde sus ataduras.

Musita algo parecido a un -“para, por favor”.-

Ella sabe que no puede elegir ni decidir. “Más rápido”- le digo a nuestro invitado.

Cuando ya me he recreado suficiente y sin que ninguno explote sus ganas en mitad del parque, invierto los papeles. Mi sumisa se arrodilla, esta vez sin el antifaz y con el pantalón en el suelo. Está casi desnuda pese al frío, solo cubre su piel un body rojo y una bufanda roja también.

El policia prevé su placer y se relame.

Mi disciplinada chica se lo come con ansia y bulimia de décadas inconclusas.

-No te atragantes- le digo notando el fervor de sus movimientos.

-Y sobre todo hazle gritar de placer.-

Cada orden va directa a su hipotálamo como si del olor más sugerente se tratase y no quisiera dejarlo escapar. Para atraparlo por siempre en su memoria. Retenerlo y hacerse con él cuando lo necesitase.

Saca su lengua y se demora en los bordes rosáceos del eréctil miembro que frente a ella va creciendo hasta casi abarcar todo el parque, o así se le antoja ante sus ojos. Abre la boca salivando y lo engulle sin apenas usar sus manos.

Los observo. No hay publico. Mejor así -pienso.

Cuando el invitado de cabello rizado está al borde del delirio sujeto la cabeza de mi chica y ella para. El policía lleno de desconcierto y placer truncado me mira.

-Paciencia- le digo sin palabras.

Cierra los ojos y suspira.

Otro breve gesto en la cabeza de mi fiel esclava y remata el delirio que moría por cobrar vida entre los arboles de un parque cualquiera en un domingo invernal de Madrid. A chorros, a borbotones. Espeso. Blanco y radiante como la nieve que en algún punto del planeta estará cayendo ahora mismo.

-Traga y saborea todo-

Lo hace. Se relame y me mira.

Acaricio su cabello.

Sabe que estoy orgullosa de ella.

De él.

 

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Pronúnciame despacio.

Reunión importante en el Olimpo para celebrar el solsticio de invierno. Atenea hizo la convocatoria para reunirlas a todas, a sus intimas, a sus pérfidas y bellas cómplices y celebrar esa noche como ellas se merecían.

Llegó Gea con una hora de retraso  debido al caótico trafico de la ciudad, llegó y lo hizo enfundada en un delicioso vestido de látex recién adquirido en alguna urbe europea.

Corto y a la altura de sus muslos. Sin ropa interior, como de costumbre en ella y con unos zapatos de suela roja y tacón alto que llevaba en la mano para sentir mejor la calidez del suelo en sus delicados pies. Entró a la casa, descalza con las uñas de los pies rojas, a juego con sus gruesos labios.

Y en el salón de sofisticada decoración estaba Afrodita, envuelta en un perfume único a base de esencias y misterios varios, vestía de negro y oro, un traje de licra muy ceñido rozaba su cálida piel. Botas altas negras y esa sonrisa irreverente en su bello rostro de melena rojiza.

A su lado, su intima Atenea, tumbada en un sofá de cuero negro devorando la última adquisición literaria y fumando con tanta suavidad como solo ella sabía hacerlo.

Y tras Gea, apareció la rezagada Nyx, lucía un cat suit negro, amarrado a su cuerpo como si el tejido temiera dejar de tocarla y no volver a sentirla nunca más. Llevaba atada su rubia y rebelde cabellera en una coleta alta que hizo las delicias del resto de las diosas de melena al viento.

Gea se había encargado del catering, el más exquisito para sus hedonistas cómplices. De la música y otras ambrosiacas bebibles Afrodíta, y de la sorpresa más esperada, Atenea.

En mitad de la noche sonó el timbre y ahí estaba él. Dispuesto a satisfacerlas a todas el tiempo que ellas necesitaran y como ellas deseasen.

¿Por qué? Porque así lo quería Atenea, y con eso era más que suficiente.

Sin paréntesis.

Sin interrogantes.

Sin trincheras.

Con todo.

El esclavo en sí le pertenecía a ella, pero lo cedía siempre que lo consideraba oportuno. Y esa noche era más que oportuno.

Era necessário.

Deseado.

Planeado. Que las sorpresas estimulan, pero un buen plan permite disfrutar del ritual de la preparación con tanto deleite como del momento de la ejecución.

Algo tímido pasó, sabia que serían varias en la reunión, con lo que no contaba era con tanta belleza y despliegue de armas de seducción masiva. Su voz tembló cuando su dueña le preguntó el motivo de su tardanza.

Él titubeó.

Tosió. Se azoró.

Y  finalmente alcanzó a pronunciar palabra cuando ella le miró retadora.

-El trafico en Diciembre en esta ciudad es terrible, lo siento mucho.-

-Esta bien, vístete con la ropa que te dejé en el baño y prepárate para servirnos la cena. Necesitamos saborear algunas cositas, después ya pensaré cómo nos compensarás por esta falta.-

Todas llevaban una adornada máscara cubriendo parte de su rostro, era parte del juego y de la noche. Cuando el esclavo estuvo preparado con su ropa elegantemente elegida por su dueña se presentó ante ellas, arrodillado y dispuesto a obedecer. Dispuso según lo ordenado todos los manjares en una bandeja dorada sobre una mesa baja.

-Prefiero otro tipo de mesa- murmuró Atenea sonriente.

Él supo como debía colocarse, finalmente llevaba años al servicio de su dueña.

Dispusieron el sushi y otros caprichos invernales sobre su espalda y a él le cubrieron con una capucha de cuero con las aberturas estrictamente necesarias

-Buen semental, Atenea, atractivo, educado y servicial, te felicito querida.-comento Gea sonrientemente impresionada .

Atenea acercó sus labios a los de su amiga y la besó en señal de agradecimiento. 

Pasó un intervalo de tiempo indefinido cuando Afrodita le preguntó muy atentamente si tenía algo de hambre, él modestamente dijo que no, pero al insistirle acabo admitiendo que sí, entonces ella le ofreció su pie de perfectas uñas rosas. Lo introdujo en su boca mientras Atenea comprobaba que su postura permanecía erguida, si en algún momento él flaqueaba, ella misma le enderezaría con la fusta que en todo momento la acompañaba.

Como ella solía decir: “El mejor amigo de una mujer es una buena fusta.”

Su dueña sabía que aguantaría perfectamente la postura pues en su adiestramiento había conseguido que aguantara varias horas en la misma posición sin moverse ni quejarse. Sin embargo esta situación era nueva para él.

El primer golpe para corregirle  dolió, más moralmente que físicamente y a pesar de que ni se quejó ni dejó de adorar el pie que ocupaba su boca, sí se movió ligeramente y estuvo a punto de perder el equilibrio, peligrando la bandeja que descansaba sobre su espalda.

Todas comentaron divertidas que ese control que hizo que en el último momento la bandeja no se cayera al suelo le había librado de un castigo bastante severo. Un castigo que se habría sumado al inicial por su retraso injustificado e imperdonable.

Tensó el cuerpo y concentró todos sus sentidos en la tarea de ser una mesa perfecta mientras su boca adoraba el pie que se le ofrecía mientras notaba como el deseo corría por las arterias de las calles sin nombre.

Lentamente las diosas fueron disfrutando la cena, de vez en cuando le preguntaban si tenía hambre y él agradecía la pregunta para después responder que sí, momento en el cual su boca era poseída por uno de los bellos pies de alguna de ellas para que lo besara y lo adorara.

Su lengua trazó los perfiles de cada uno de aquellos suaves pies, los recorrió sediento, hasta que  Atenea, siempre pendiente de él, decidía hidratarle con su dulce saliva. Entonces ella recogía su cabello, levantaba el rostro de él, le miraba atentamente y le ordenaba que abriera su boca. El lo hacia ansioso. Ella casi rozaba sus labios con los de él, pudiendo atrapar su delicado perfume y como a cámara lenta le iba nutriendo y en cada gota, un pequeño éxtasis para él. Y en cada partícula de vida que ella le regalaba, más crecía su devoción hacia su dueña. Su ADN se multiplicaba por mil veces el nombre de ella. Agonía y muerte. Vida y volver a renacer después.

La cena terminó. La noche se prolongaba. El limbo eternizado en la piel del esclavo.

Ven, sígueme.- Atenea le ató una correa al collar metalizado que adornaba su cuello y le guió hacia una sala de baño perfectamente ambientada. Luces tenues, música de fondo y un gran jacuzzi listo que aguardaba la entrada de las bellas ninfas. Atenea le ató al toallero mientras ellas se desvestían.

Le cubrió los ojos, y ellas fueron deshaciéndose de sus atuendos con ayuda mutua. Gea, desvestía a Nyx. Sus uñas largas a veces se enredaban en la blanca piel de su amiga, ella sonreía y la ayudaba en la tarea. Entonces Afrodita se acercaba y rozaba los senos de Gea, Atenea las observaba y en el instante menos esperado y más deseado mordisqueaba los pezones de Gea. Gea entonces se deleitaba en la escena mientras comenzaba a navegar en la espalda de su amiga, y bajando llegaba a sus nalgas perfectamente dibujadas, las agarraba con delicadeza. A intervalos de fuerza. Ella gemía pidiendo más. Mientras, el fiel esclavo solo podía escuchar y adivinar la escena.

Ellas casi podían sentir como se iba agitando la respiración de él, disfrutando así por tan lenta y dulce agonía.

Se sumergieron en el agua burbujeante. El jacuzzi era redondo y grande. Cabían perfectamente las cuatro y habría entrado igualmente una quinta persona, pero eso aún no era una opción para él.

Se embadurnaron de geles, espumas y ambrosías.

Se tocaron.

Se rozaron.

Se profundizaron.

Se gozaron.

Se besaron.

Extasiadas rieron.

Bromearon. 

Él las escuchaba. Gemidos. Risas. Cuchicheos. Placer acuoso. Chapoteos y más gemidos. 

Adivinaba la risa de su dueña, inconfundible. Como cuando reía cerca de él y al hacerlo se paraba el mundo.

Deseos reprimidos. Esa era su condición. Aguardar. Conformarse. Agradecer. Ser.

Y ser para servir. Y disfrutar en la entrega.

Varios delirios después desearon salir y Atenea se adelantó. Desató al esclavo, le quitó el antifaz y le ordenó que las secara. Una a una.

Eso hizo.

Comenzando por los pies, las piernas, suavemente fue secando la humedad que escondían entre sus muslos, apenas se atrevía a rozar su sexo, pero Atenea le dio permiso y eso fue haciendo con todas. Sus nalgas, sus vientres, sus senos.

Gea entonces, se sentó en el jacuzzi abrió las piernas y le indicó que no la había secado bien. Él se esforzó en el intento.

-Así no- le regañó molesta.

-Con el calor de tu lengua.

Afrodita le quitó la capucha para que fuera más ágil en sus movimientos y él se dispuso a obedecer.

Cuchicheos. Risas. Una trama en el aire. Un castigo pendiente. Unas ganas de más. Siempre más.

Atenea le azotó mientras satisfacía a su amiga.

-Esfuérzate, esclavo, después deberás hacer lo mismo con nosotras 3. Todas hemos de quedar muy complacidas.

Él tembló. De promesas de placer y de responsabilidad.

Las 3 se enfundaron con varios utensilios, fustas, látigos y varas, por si en algún momento debían corregir algún mal ademán de él. 

Desnudas y sentadas en linea sobre el jacuzzi, abrieron sus piernas y aguardaron deseosas de sentir esa lengua tan perfectamente amaestrada.

Mientras esperaban su turno se iban acariciando entre ellas, sin dejar ningún placer en el aire, enlazaban sus lenguas en sus senos, sus dedos infinitos en los muslos algo húmedos aún. Las ganas con el deseo. La lujuria con la gula…

Y como el tiempo en el Olimpo es irreverente, esa noche especial aún sigue siendo esta noche…

 

 

 

 

“Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche…”

(Sonata de Otoño. Valle-Inclán)

 

 

 

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Contradecirse es acertar.

Ella era así, donde ponía su deseo, ponía la intención.

Y su intención no entendía de filtros.

Subió al avión que la llevaría rumbo a Moscú. Llevaba esperando ese viaje mucho tiempo, casi al limite de lo que su frágil paciencia podía resistir.

Al entrar y encaminarse a su asiento pudo observar a parte de la tripulación. Sus ojos se pararon en la chaqueta de aquel comandante. Elegante, barba de varios días, pelo oscuro y esa cara de “ven y navega entre mis infiernos”.

No pudo ni quiso evitarlo, le guiño un ojo en cuanto él le dijo un “bienvenida” muy sonriente.

Ya en su asiento y unas cuantas millas de vuelo  después el comandante mando llamar a una azafata, en concreto a la de cabello rojizo y pecas hasta en el alma. 

-Hay una pasajera que…- Y antes de que pudiera terminar, ella ya sabia el final.

-Ya se quién es, comandante- ¿Desea que la haga venir?

-Si, por favor, pregúntale si desea conocer la cabina.

Y así fue.

Ella aceptó. No se podía saber quien de las dos tenia el pelo mas largo y más cobrizo si la azafata o la chica caprichosa que donde ponía el ojo ponía la intención y lo que hiciera falta.

Vestía un traje de chaqueta azul con falda corta y zapatos altos, parecía un uniforme, aunque en realidad solo era su estilo particular.

Caminaron ambas por el pasillo con ligereza sin que nadie pudiera apartar la vista de tanta belleza en tonos naranjas y azulados.

Entró en la cabina. Allí estaba él con el copiloto de gafas de pasta y perilla. 

La pelirroja sonrió coqueta y comenzaron a hablar de mandos automáticos, de millas, de modos de navegación y antes de que él se diera cuenta ella ya estaba sentada encima suyo.

Era la noche de no se sabe quién utilizaría a quién.

-Me excita volar, cuanto más alto mejor-dijo ella como declaración de intenciones.

El compañero de cabina se levantó y situándose tras su larga cabellera comenzó a desvestirla. Ella colaboraba lo que podía mientras se iba moviendo sobre el comandante con poca insinuación ya y mucho empeño. A estas alturas el comandante estaba ya más que empalmado, rebosante de ganas y de que le retirara el pantalón que comenzaba a quedársele pequeño por momentos.

Ella bajó su cremallera en un rápido movimiento mientras el subcomandante de gafas y perilla acariciaba su pecho retirándole el sujetador de encaje negro.

-Muévete lento, haz que te sienta muy profundo.-le susurraba la chica mientras se apartaba el tanga y se hacia con su polla efervescente introduciéndola con avidez.

-Mírame bien- le respondió él. Te estoy clavando el deseo en el fondo del alma-.

El first officer seguía detrás de ella, la tiraba del pelo para acercar su boca y devorar esos  preciosos labios rojos. Ella estiraba el cuello para complacerle mientras seguía cabalgando al comandante. 

Las palpitaciones se aceleraban cuando los embistes aumentaron el calor y el color. Sudor. Susurros. 

Saliva resbalando por el cuello de no se sabe quién, su pecho apretado al cobijo del dueño de la perilla, los jadeos del comandante  y esa cabina llena de luces , o las luces estaban en su mente.

-No aguanto más- y según lo decía el de gafas se situaba de lado para poder abarcar la boca de la pelirroja con su polla hirviente.

Y la música que salía de algún rincón, voces que se escuchaban provenientes de algún lugar del avión, la oscuridad de fuera, el calor, la mezcla de sabores.

Extasiada.

Invadida.

Colmada, así se sentía.

El comandante se vació en ella, la inundó de palabras y de realidades.

-No dejes que se apague el fuego- le dijo en tono convincente ella mientras seguía con sus movimientos circulares sobre su sexo.

El deseo de posesión que se cumple al ser poseído.

Ella venia de una felicidad patrocinada por el sosiego y la falta de ambición y ahora quería darse a todos los excesos carnales. Respirarlos hasta que ardieran dentro de ella. Lamerlos y exudarlos de su piel. Abarcarlos en un abrazo o en cien.

El subcomandante estaba a punto de estallar en su boca. 

-En verdad me estoy follando al uniforme, lo sé- pensó la pelirroja por un momento. Pero un fetiche es un fetiche.

Y entonces el placer. 

El alarido chorreante resbalando entre sus muslos de nuevo y el grito del que follaba su boca con muy poca suavidad.

Después el sosiego tiznando sus sentidos.

La necesidad vampira de absoluto, de sangre, amores y amantes cubierta por el momento.

Sonrió. Se vistió y se fue.

“Nuestro espíritu vuela siempre hacia el ser que nos comprende”.(J.Bonilla)

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Follar también es viajar.

Tenia hambre. Ganas. De todo y sobre todo de él.

Urgentemente.

Arrebatadamente.

Sería tal vez por el aroma de la ciudad, olía a lluvia y a nuevo o porque me gusta el otoño o por mucho más.

Me puse un vestido corto negro y unas sandalias negras. Me maquillé, me perfumé con uno de mis olores preferidos, té verde y sin avisarle fui hacia su oficina.

Bajé del coche, entré, saludé a la secretaria y le hice un guiño asegurándome de que entendía mis intenciones.

Y pasé. Sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y excitación inminentes.

Ni tiempo ni ganas para analizar demasiado su mirada. Ahora lo que importaba era mi urgencia.

Mi necesidad.

Este deseo que me ardía entre las piernas desde que me había levantado de la cama.

Quiso decirme algo pero no tuvo demasiado tiempo.

Poseerle. Complacerme con su cuerpo. El resto no importaba.

Alejé la silla giratoria de la mesa y le atraje hacia mi. Me levanté el pequeño vestido negro dejando a la vista la ausencia de lencería. Y en un movimiento rápido desabroché su pantalón y me senté sobre él , no sin antes abarcar toda su boca con mi calor. Mi lengua buscaba profundidad. Mi aliento, esencia. Le agarré del cabello rizado y comencé a moverme sobre él. Movimientos lentos que se transformaron en rápidas sacudidas. Mis ganas reventaban su miembro que apenas pudo respirar en este ataque matutino. Cuando casi no podía más coloqué mis pies en los bordes de la silla para profundizar en él, más aún. Su saliva resbalando por mi boca, mis muslos empapados tal vez de saliva, sudor o de puro deseo. Aceleré. Apreté con fuerza su nuca entre mis manos . Una cabalgada más y se derramó, y yo con él.

Apacigüé su grito con mis dedos dentro de su boca, mordí sus labios y me levanté.

Arreglé mi pelo, el vestido y mi carmín durante unos breves segundos y sin más y con todo, me fui.

Sin apenas pronunciar palabra y aún jadeante solo alcanzó a verme cruzar la puerta.

“Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre, ya lo lleva dentro”.

(Octavio Paz.)

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Sin pruebas y sin dudas.

                  Como me gustan los caballos, y de todas las razas, a veces ocurre esto:

               Se va aproximando la hora y con la asistencia de mi Sissy personal, procedo a elegir de mi extenso vestuario la ropa que me pondré hoy. Me apetece un look muy vintage, por lo que cojo una camisa blanca con cuello alto, un chaleco negro,  una falda ceñida hasta las rodillas, medias negras con linea trasera y unos deliciosos zapatos de charol brillantes con tacón alto, calculo unos 12 centímetros.

Mi sirvienta me ayuda con cada prenda, no entiendo porque después de tanto tiempo sirviéndome sigue siendo tan torpe, no es excusa a estas alturas, aunque lleve en sus muñecas y tobillos unos grilletes que dificultan el movimiento.

                  No obstante como soy muy generosa, una vez que estoy totalmente vestida premio a mi Sissy atando en su cara una de las deportivas que uso habitualmente, para que pueda impregnarse  del exquisito olor que dejan mis bellos y suaves pies en ellas. Ato sus manos detrás de su espalda y la encierro en la jaula  con un candado, donde me esperará hasta mi regreso.

                  Bajo entonces y como siempre puntual, uno de mis animales preferidos, está en la puerta esperándome con el coche. Noto como nada más verme salir por el portal sus ojos se abren. Sonrío. Abre la puerta de atrás y procedo a sentarme. Extiendo uno de mis pies para que, arrodillado en la acera, lo bese con deleite un par de veces.

                  Una vez dentro le ordeno dirigirse a mi “Animal training center” particular, ya de sobra conocido por él. Mientras conduce cruzo mis piernas de forma sensual, el roce de las medidas produce un sonido que de sobra sé excita a mi animal. Seguidamente me quito los zapatos para ir más cómoda y los dejo en el asiento del copiloto para su deleite.

                  Hoy quiero sorprender a mi mascota, por lo que en un momento dado me subo la falda y abro mis piernas de tal modo que a través del espejo retrovisor pueda ver mi sugerente lencería. Con la ayuda de mi dedo índice introduzco un poco de la braguita en el interior de mi sexo, mientras emito un gemido de placer, todo ello mientras mi esclavo me observa.

                  Procedo a bajarme el tanga  lentamente, lo cojo por una punta y lo acerco a la cara del esclavo para que pueda besarlo. Se lo acerco y alejo continuamente para que le cueste más darle los besos prometidos, lo cual me hace reír ya que en ningún momento puede dejar de mirar la carretera que es su principal cometido.

                  Le ordeno quitarse la mascarilla que lleva y le pongo la braguita en su cabeza, de modo que la parte que contacta con mi sexo quede justo a la altura de su nariz y con la ayuda de un par de pequeñas pinzas que siempre llevo en mi bolso, sujeto la parte de atrás de la braguita a sus orejas, para que quede bien fijada y le sirva de mascarilla. Me encanta ver el placer que le da el respirar el aroma de mi sexo impregnado en la braguita y como aguanta el dolor que le producen las pinzas en las orejas.

                  Llegamos al Animal Training Cénter. Es una pequeña villa que posee uno de mis esclavos a las afueras de Madrid, la cual puedo usar siempre que me apetezca. En la puerta de la valla que limita el recinto, nos está esperando ya hace rato el esclavo. Está vestido con su atuendo habitual: un traje de mayordomo con la parte de atrás del pantalón cortado en un círculo de modo que deja su trasero al aire. 

                  Abre la puerta de la valla manualmente, aunque se puede abrir desde el interior, pero a mí me gusta que sea él quien salga a recibirme y la abra. Dirigimos el coche hacia el aparcamiento que está unos doscientos metros más adelante mientras el esclavo nos sigue detrás corriendo.

                  Una vez que aparca mi animal el coche, espero diez segundos a que llegue el esclavo mayordomo, si tarda más de ese tiempo le castigaré severamente, por lo que justo antes de que se cumplan esos segundos y jadeante, llega y se arrodilla delante de la puerta del coche para abrirla. Se derrama en el suelo y procedo a salir, pisando sin demasiados miramientos su espalda. Me gusta que él sea lo primero que piso al llegar.

Caprichosa que es una.

                  Segundos después, me dirijo a la casa que está a unos 25 metros, mientras los dos esclavos me van siguiendo de rodillas y besando mis pies, cada uno el que está más cerca de sus sedientos labios. Por supuesto cada vez que fallen, recibirán un buen fustazo, por lo que ponen el máximo esfuerzo e interés en el cometido. Me divierte enormemente acelerar el paso para que cada vez les cueste más.

                  Una vez dentro, ordeno a mi animal que se desnude y nos espere en el centro del salón, de rodillas con la cabeza en el suelo y las manos en la espalda, mientras mi esclavo mayordomo y yo nos dirigimos a la habitación que tiene reservada únicamente para mí. Le ordeno que me ayude a desvestirme, teniendo sumo cuidado de no rozar mi piel en el proceso, ya que como él bien sabe, no consiento que mis esclavos rocen mi suave piel si no es con mi consentimiento. 

                  Me ayuda a ponerme un camisón negro de suave seda y me calza unas elegantes sandalias de otros 12 centímetros de tacón. Cojo una de las múltiples correas de perro que hay colgadas de la pared y un pequeño látigo, le ordeno que se ponga a cuatro patas y procedo a darle dos o tres latigazos en su desnudo trasero para comprobar que el látigo es de mi agrado. Soy muy meticulosa con mis pertenencias.

                  A continuación tiro de la cadena y le ordeno que vaya besando el suelo que acarician mis pies, mientras nos encaminamos hacia al salón donde espera inmóvil mi animal.

                  Me dirijo a la mesa central para comprobar que mis deseos han sido cumplidos. Efectivamente hay una bandeja con una botella de Blue Sky muy frío, bombones y una caja con frutos secos variados, más dos dados. Me acerco al trono que mi esclavo encargó para mi uso exclusivo y me siento cómodamente.

Chasqueo mis dedos y mi mayordomo trae la bandeja de rodillas. Le ordeno que me sirva una copa. Lo saboreo y como recompensa por su buen hacer le propino un beso y una sonora bofetada. Mi esclavo mayordomo sabe que el recibir una bofetada de su dueña es un privilegio y un regalo.

                  Mientras, el mayordomo sujeta la bandeja de rodillas a mi lado, de modo que yo pueda acceder a ella sin esfuerzo, doy una palmada con mis manos y mi animal acude veloz  a mis pies. Le propino varios latigazos en su culito sólo para comprobar que el látigo tiene la medida adecuada y ordeno al mayordomo que le ate las manos a la espalda.

                  Seguidamente cojo los dados para proceder a jugar a uno de mis juegos favoritos. Consiste en coger un fruto seco y lanzarlo al animal para que lo coja con la boca. Un dado  indicará el número de metros en los que tiene que situarse el esclavo y el otro dado, hará referencia al número de besos o latigazos que tendrá como premio o castigo según consiga coger o no, el fruto seco. Obviamente cuando sale un número alto, el animal está lejos de mí, por lo que el fallo es casi seguro.

                  Disfruto enormemente viendo la dificultad que tiene atrapar la nuez con sus manos en la espalda. Sé que mi mascota no es especialmente masoquista, por lo que pone todo su empeño y esfuerzo en coger la deliciosa nuez pecana con la boca para evitar el castigo .

                 En uno de los intentos se tropieza, no puedo evitar sonreír. Veo como también se ríe el esclavo mayordomo. Ese es un grave error, ya que sólo yo puedo reírme de mis esclavos. Le ordeno que se arrodille ante mí, y aunque me suplica piedad, procedo a azotarle con el látigo hasta que sus desnudas nalgas están completamente rojas. 

                  Cuando ya me he cansado del juego, cojo al esclavo mayordomo de la correa y le digo que bese el fino tacón de mis sandalias mientras nos vamos dirigiendo de nuevo a mi habitación. Le sugiero que me ayude a desnudarme, la visión de mi cuerpo desnudo hace que su miembro se ponga eréctil, obviamente yo sé que eso es inevitable, pero como no le he dado permiso para ello, procedo a darle unos pequeños golpes con la punta de la sandalia en su altivo sexo. 

                  Abro el enorme vestidor y elijo un traje de amazona. Ordeno a mi sirviente que me ayude a ponerme unas botas de charol negro con tacón de apenas 13 centímetros, junto a unas espuelas de aspecto nada sugerente.

                  Veo que las botas tienen algún pequeño rastro de barro, por lo que le indico que proceda a limpiarlas, con la lengua, claro; mientras le azoto por haber tenido tan grave descuido. La educación es la educación.

                  Estamos nuevamente al salón. Mi animal de rodillas para poder montarme en sus hombros, aprieto mis muslos contra sus mejillas, no vaya a olvidar quien tiene el control y le guío para que nos dirijamos hacia la casita que hay en el exterior dedicada únicamente a todo lo relacionado con la doma ecuestre. Mientras, el sirviente nos va siguiendo con la bandeja, por si en cualquier momento me apetece tomar un sorbo de champagne o morir de placer con un pedacito de chocolate negro en mi boca.

                  Una vez en la recién estrenada casita, elijo una de las diferentes monturas que hay y unas bridas, ordeno al sirviente que se las coloque a mi animal.  Yo mientras tanto escojo una de las fustas. Cuando está listo el caballo humano, tiro de las bridas y le invito a seguirme de rodillas hacia el exterior donde tengo preparada  una pequeña pista de equitación para la doma de caballos humanos.

                  La pista tiene diferentes obstáculos como barras para saltar por encima, setos y fosos de agua con la longitud adecuada para poder ser salvados por un caballo humano. 

                  Monto en mi caballo adoptando una posición en la cual estoy cómoda, esto hace emitir un pequeño gemido de placer a mi animal. Con un ligero toque de mis espuelas en su trasero, le hago avanzar lentamente para que haga un reconocimiento visual del trazado, cuando considero que es suficiente ordeno al sirviente que le ponga un antifaz en los ojos para que no pueda ver demasiado.

                  Meses de adiestramiento con mis espuelas y fusta han hecho que mi animal trote, corra o salte a la velocidad o longitud que yo desee.

                  Comenzamos el circuito mientras el sirviente cronometra el tiempo que tardamos en completar el recorrido. Como en cualquier competición ecuestre el derribo de los obstáculos o el pasarse del tiempo establecido, penaliza. La diferencia es que en nuestro caso, la penalización conlleva un merecido castigo.

                  La velocidad a la que quiero que vaya mi animal la marcan mis espuelas, un toque es ir despacio, dos toque es ir rápido y tres toques es ir a toda velocidad. Si quiero que haga un salto vertical es un delicado golpe de fusta en su lado derecho, de mayor o menor intensidad según la altura del salto y si deseo que haga un salto hacia delante es un golpe en su trasero, con el mismo sistema de intensidad.

                  Disfruto del control total que tengo sobre mi animal, adoro ver como pone todo su esfuerzo en pasar los obstáculos mientras su respiración se hace cada vez más jadeante por el esfuerzo efectuado y por el bocado que lleva en la boca impidiéndole respirar con facilidad.

                  Hacemos varias veces el recorrido hasta que noto que a mi animal le empiezan a temblar las piernas. Algunas veces le invito a parar, pero otras me gusta llevarle hasta el límite total; en estos casos cuando mi animal ya no puede más, se cae de rodillas aunque por supuesto con gran cuidado para que mi posición no se vea alterada lo más mínimo.

                  Una vez que hemos acabado, el esclavo mayordomo, hace recuento de los obstáculos derribados y del tiempo realizado. Obviamente yo siempre dispongo como han de situarse los obstáculos, de forma que el animal siempre derribe algunos para así poderle infligirle el correspondiente castigo.

Irremediablemente el juego finaliza con mis labios rojos impresos en su hambrienta boca.

 

Pd: Gracias por la inspiración.

 

 

 

 

 

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Debajo de las estrellas y encima de ti.

Dias antes le había llevado a una tienda muy especial, una de esas tiendas donde puedes encontrar toda suerte de juguetes y artilugios para los caninos o mascotas animales. No sé si los que llevan estos comercios se imaginan que también los dueños de mascotas humanas nos servimos a veces de sus productos.

Cuando estábamos dentro fui a la sección de collares y di con uno perfecto para él, mejor dicho para ella, porque hay veces, normalmente siempre que me apetece, que él se convierte en ella. Y ella es tal y como yo deseo. Sumisa, servicial, obediente y elegante. Muy elegante, ella ya sabe que para mí el “dress code” es muy importante.

El collar con su correa correspondiente era rojo, justo como la lencería que suele ponerse cuando está a mi servicio. Lo cogí entre mis manos, lo olí y se lo coloqué en su cuello, allí en la misma tienda sin importarme-nos quien pudiera estar pendiente de nuestros movimientos.

De postre, nos llevaríamos ademas un hueso y es que hay veces que su boca necesita algo que le recuerde a quien pertenece.

Le así de la correa, pasamos por caja y como si nada y como si todo, nos fuimos.

Y hoy, justo hoy tenia un capricho, y él sabe que mis caprichos y necesidades han de ser cubiertos con urgencia máxima. Que ni la paciencia ni el conformismo van conmigo y eso, se lo enseñé bien pronto.

Me apetecía ir a la piscina con mi bikini a estrenar. Negro, pequeñito, con algunos flecos que colgaban suavemente de la parte de abajo. Sandalias negras, gafas negras también y mis uñas más rojas que nunca, a juego con los labios y con mis ganas de todos los matices rojos.

-Hoy vienes conmigo a la piscina, pero no pienses que podrás nadar- le advertí.

-Hoy serás mi sirvienta, mi fiel perrita, te pondré tu collar rojo y te dejaré atada al árbol que más me guste.-

Asintió. Tampoco tuvo otra opción.

Unas gotas de perfume y allí me dirigí con ella detrás de mí, siguiendo la correa que la guiaba.

Me tumbé sobre el césped sobre una toalla negra de un tacto casi tan suave como las ultimas caricias del último amante que pasó por mis sábanas.

Me tumbé. Me dejé calentar por el sol de agosto y sonreí.

Mi perrita, tan elegante como obediente permanecía atada y cerca de mí por si acaso necesitaba de sus servicios en algún momento.

Y los necesité.

-Dame crema en los pies muy dulcemente. Le susurré.

Y de rodillas frente a mí, se dispuso a acariciar mis pies con una crema de olor a coco o similar.

Trás unos minutos le ordené que fuera subiendo por mis piernas, más suavemente aún.

Cuando me pareció suficiente me puse en pié y me dirigí al agua.

-Quédate quieta observándome- Le advertí.

Cuando salí, con el agua resbalando por mi piel me quedé un instante de pié, dejando que el sol soplará tras de mí secando esas gotas que luchaban por meterse bajo el bikini. Le miré. Sonreí.

Observé que alrededor no había casi nadie y yo que adoro sentir el fuego del verano en mi piel sin telas de por medio, me quité el bikini y continué en pié, apoyada sobre la escalera.

-Quiero que me mires y que te masturbes, como lo que eres una perrita hambrienta y fisgona. Que me mires así, sin ropa de por medio y que pienses que a pesar de la visión, no vas a poder tocarme. No vas a besarme y desatar así un carnaval con mi saliva fundiendo tu boca. Tan solo observa.

Aprovechando que la ducha de la piscina estaba al lado de la escalera, volví a refrescarme, esta vez de un modo más vertical. El chorro caía tan descarado como frío sobre mi cuello, mi pecho, bajando por mi ombligo mientras yo contribuía a que cada rincón de mi cuerpo quedara bajo los influjos del agua. Abrí ligeramente las piernas, eché la cabeza hacia atrás y me deleité en las gotas que ahora rozaban e invadían mi garganta.

Sigue acariciándote- le dije. Hazlo ahora con más fuerza. Con urgencia. Y cuando acabes ahoga tu grito mientras yo sigo disfrutando de este vis a vis tan intimo con este agua que penetra mi carne y calma por hoy mi sangre.

 

 

Pd:

Queridos todos:

Ya estoy por aquí…

roj

En Aravaca, cerca del metro y renfe; además en zona blanca con mucho espacio para poder aparcar.

BesoS.

 

 

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J’caresse le monde. J’meurs dans un cauchemar exotique.

Él recibió un mail donde le invitaban a dirigirse a la habitación de cierto hotel. Allí debería buscar un sobre rojo y leer su interior.

-Conociéndola, ese sobre estaría en el rincón más insospechado- pensó él, impaciente ya.

Sobre la cama de sabanas blancas, ella depositó un paquete que él abriría tras leer las instrucciones para seguir después cada paso con esmero.

Ella sabía que él se esforzaría en el intento de satisfacerla, sabía que él era de esos que se atreven a vivir volando, valientes y entregados.

Pero esta vez…este juego….

A la hora indicada, él se presentó en la habitación , cerró la puerta y con toda la calma del mundo se dispuso a descifrar su mensaje.

-Me gustaría que te vistieras con el uniforme que te dejo en esta caja, dentro también verás tú ropa interior, un tenga negro de encaje y unos zapatos de tacón mediano.

Minutos después apareció ella. Elegante, con un pequeño short negro y una camisa blanca. Unas preciosas sandalias negras con suela roja y unas gafas negras con borde rosado.

Pudo observarle perfectamente ataviado con el uniforme de Sisi que ella le habría escogido con tanto cariño.

Apenas podía mantenerse erguido con los tacones, pero ella le sujetó de la mano y le dijo que si quería, podría hacerlo.

Ella le tapó los ojos con un pañuelo negro de seda. Pudo notar su excitación tan sólo con escucharle respirar.

Confías en mi?-le susurró al oído.

Siempre- contestó él.

Lo besó suave y lento.

Que rico besas- musitó él.

Ella sacó una correa bien larga de su bolso negro y rodeó su cuello con ella.

-No tengas miedo en ningún momento. De un modo u otro voy a estar a tu lado cada instante.- volvió a susurrarle muy lentamente.

Él tragó saliva. Respiró.

Ella dirigió su mano por debajo del mini uniforme de él para comprobar que llevaba el pequeño tanga de encaje y pudo palpar su excitación.

Apretó.

Fuerte.

Más aún.

Su excitación rezaba por salir de la ropa interior.

-Ya no te hará falta-y en un ligero gesto, le quitó la lencería.

Ella cogió la correa y le dirigió hacia la puerta de la habitación.

Él titubeó.

Ella le besó.

Rápido.

Profundo.

Y luego el vacío que deja una boca al abandonar.

Cerró la puerta.

-Hoy voy a saber si estás a la altura de mis exigencias. Te ataré frente a la puerta y me esperarás, tarde lo que tarde.

Llevarás estos cascos inalámbricos y este móvil que dejo en tu bolsillo.

En algún momento te llamaré, cogerás la llamada y seguirás fielmente mis indicaciones-le indicó con firmeza y dulzura.

Ella pasó su lengua por sus labios semi abiertos y se despidió.

El pasillo del hotel era largo, las habitaciones pareciera que se multiplicaban. Era un mes de verano y el trasiego de pasos estaría asegurado.

Pasó tiempo. Minutos, vidas, a saber quién lo calcula en momentos así.

Llamó y él contestó expectante.

Ella le indicó que se pusiera de rodillas.

-Quiero verte a cuatro. A cuatro metros de mi. Me gustaría verte expuesto. Vulnerable , seductor, frágil y sobre todo saberte mío.

Aunque escuches pasos, voces, murmullos no les des importancia. Estamos solos tu y yo.

Tal vez quieran tocarte, usarte , hasta poseerte, te dará igual. Eres de mi propiedad y eso es lo importante.-

Colgó.

Él temblaba. Miedo y deseo a pares.

Qué podía más?

Y la relatividad del tiempo.

Y el tiempo circular y todo lo demás.

Otra llamada.

-Te excita esta situación?-le preguntó ella al otro lado de la línea.

-Mucho-casi respondió él.

-Sabes, hay que ganarse el placer. Quiero que te levantes el uniforme y dejes tus nalgas al aire.-

-Alguien se atrevió a tocarte? -ella le hablaba, le interrogaba pero no le interesaba su respuesta.

-Imagina que en este instante un grupo de amigas pasa por tu lado. Puedes sentir sus tacones y sus risas. Se acercan a ti. Te observan con curiosidad, como si de un objeto se tratara, te miran, te tocan. Deciden usarte para su placer.

Tal vez la chica de pelo rizado decida llevar la punta de su zapato a tus nalgas desnudas, o luego prefiera clavarlo ligeramente en tus testículos.

Y tú tal vez gimas, y ella entonces te dé una bofetada porque no desee escucharte.

Imagina que la amiga de pelo largo y rubio se sitúa frente a ti, levanta su corto vestido de flores y dirige tu cabeza y boca hacia su sexo. Seguro que tú, sabrías lo que ella esperaría de ti.

Por un momento, solo por este único momento imagina que la tercera amiga, la de gafas de pasta quisiera comprobar el material y tras acariciar tu polla con fuerza querría después saber de tu resistencia.

Entonces untaría sus manos de saliva con sabor a carmín y las dirigiría hacia tu miembro que a esas alturas se moriría ya por reventar presentes. Ella te exigiría que te corrieras entre sus dedos una vez y otra y otra más..

Sabes que lo harías.Su sed merecería ser calmada de la mejor manera.

Puedes sentir el calor de sus dedos?-le preguntó ella desde la enorme distancia que supone un móvil en ciertas ocasiones.

Él balbuceó aturdido, extasiado.

-Me posees desde la distancia- pensó, pero no se atrevió a decírselo.

Sigue así. Volveré a por ti en breve.

Ahora tengo que colgar…

 

 

 

Educar a alguien no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.

 

 

 

 

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Septiembre.

Comunicado de verano:

A partir de septiembre estaré de nuevo en mi Madrid. Con sorpresas y novedades varias…

BesoS.

 

Le dije: -Espérame aquí. Confía y regresaré-
Atado contra la columna de un parking cualquiera de Madrid, con los ojos vendados tras un pañuelo de seda negro y con una gota de mi perfume en su cuello, le besé, pasé mi lengua por la comisura de sus labios, baje hasta su barbilla, seguí a través de su garganta, de su cuello tembloroso y paré.
Marzo y poca gente ese finde, aún así se escuchaban voces y algún coche entró sin vernos o eso me pareció.
Me alejé. Porque a veces hay que hacerlo, porque distancia y evolución suelen ir de la mano.
Pasaron minutos o tal vez horas. La cuestión es que el tiempo se transformó sobre él y él ni se inmutó. No se movió, permaneció inerte en la misma posición en la que lo había dejado.
Me acerqué con delicadeza. Sin mediar palabra desabroché su bragueta, palpé su instantánea excitación y se me antojó licuarlo.
Tal cual.
Apenas unos segundos y se derramó entre mis dedos de uñas teñidas de rojo.
-Ahora límpiame- le susurré suavemente.
Llevé mis dedos a su boca entre abierta y con la misma delicadeza que ansía, los relamió.
-Así me gusta-
-Ahora he de irme de nuevo- y me diluí en el espacio-tiempo.
Regresé en el momento preciso.
Me escuchó llegar desde lejos porque esta vez no lo hice descalza, quise que mis tacones anunciaran mi llegada.
Me acerqué a su boca, le olí.
-Me encanta tu paciencia- le dije sonriendo.
Y esta vez quise exprimirle. Hasta el final, hasta que me suplicara “basta”, hasta que su dolor se fundiera con el placer menos efímero, hasta que me doliera la mano de tanto apretar.

Quiso hablar.

-Te escucho- le dije.

-Me vas a sacar la leche y las lágrimas-

-Eso deseo- Esta vez tapé su boca con otro pañuelo negro.

Suplicó.
Gimió.
Y me dio igual.
Seguí.

Me traspasó los dedos con su viscosidad.

Continué y cuando él creyó no poder más, dolorido y agotado, de nuevo se me derramó con un suave sollozo.
Sonreí.

Respiró.

Pero debía irme.

-Todo se cura en el atardecer- le dije bajito en su oido derecho.

Esta vez regresé meses después.

Por suerte le había desatado las manos.

 

 

“No sé mirar a otro lado, 

así que tendré que irme a otro

lado”

 

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