La voix que j’aime.

 

Vos, mi lógica cartesiana.

Mi constructo menos reducido.

Mi logaritmo deseado.

La probabilidad más exacta.

Mi estadística más certera.

Llegas con tu piel convertida en formula imposible.

Te digo que penetres mis incógnitas y lo haces a golpe de variables.

Fuertes.

Seguras.

Progresas geométricamente y lo celebro vertiéndome en tu boca.

Te lleno.

Te vas, llenando el espacio de infinitos, aunque sé que volveré a tocarte

y no hablo de la piel.

Regresas aleatoriamente y todos mis ángulos lo celebran.

Vos, mi axioma más excitante.

Coordéname bien dentro. O desordena todo.

Sé mi binomio más exacto,

sin asimetrías que te alejen de mi boca.

 

 

“No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche”

(Khalil Gibran)

 

 

 

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Don’t dream it. Be it.

“My aim is to blur the lines of your fantasies into an incandescent, intense reality. I want to push your imagination and your body to its absolute limits.”

 

Me dijo: “Tu nombre acompañará mis noches”

Pensé: “El tuyo llenará mis muslos en madrugadas como esta”.

…Tus iniciales se introducirán en mis sábanas,

treparán por ellas buscando un tropiezo casual con mis pies,

besarán cada centímetro

y saliva a saliva recorrerán mis piernas.

Llegarán a mis muslos donde sin aviso se instalarán.

Bailarán sobre ellos.

Acamparán a  ritmo lento

a la espera de mis dedos que sabiamente sabrán guiarlas,

justo hasta el punto exacto donde explotará tu nombre

rebotando en cada esquina de la habitación.

Tu nombre,

que pronunciado a susurros sonoros tal vez vagabundee en el intento de demorarse.

Y mientras espero a que se inmole en mi boca o en mis pestañas,

jugaré con el viento

mojaré tus palabras en mi sexo abierto

y amañaré la lógica y el desaire.

 

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Lo que buscas te está buscando.

 

Amaneció lluvioso, con un graffiti en el suelo adornando Madrid:

“7 colores tiene tu voz cuando te quedas”.

Quedé con él a las 11 en punto.

A menos 10 me escribió:

-Estoy a 2 cigarrillos de tu puerta-

Sonó el timbre y le abrí. Fue puntual. Imagino que el castigo por el retraso de la última vez sirvió para algo.

Pasó a la habitación. Le ofrecí un delicioso Moet & Chandon mientras yo me ausentaba un instante.

-Ve desnudándote- le indiqué.

Regresé sigilosa, sin que él pudiera percatarse. De fondo un blues de lo más sensual. Abrí suavemente la puerta, como queriendo robar un instante a su espera.

Le observé. Desnudo. De espaldas a la puerta. Con algo entre sus manos.

Dejé olvidado un tanga rojo sobre el chiffonnier  y por lo visto él no tardó en descubrirlo.

Comenzó a olerlo, lo acariciaba con su rostro, cerraba los ojos  mientras inspiraba, lo dirigía hacia su boca, abría los labios y acariciaba el suave tejido.

-¿Qué haces?- le pregunté.

Titubeó al verse sorprendido.

Me gustó que lo hiciera, pero debió pedirme permiso para ello.

Merecía un castigo.

Sutil.

Breve.

Intenso.

Aleccionador.

Me senté sobre la cama  con mi mono de látex muy ajustado  y negro, del mismo color que las sandalias de tacón, abiertas, dejando al descubierto unas uñas  tan rojas como el carmín de mis labios.

-Ven aquí, túmbate sobre mis rodillas- le ordené con suavidad.

-¿Entiendes que mereces ser castigado por esto, verdad?-le pregunté.

Se situó sobre mis rodillas, desnudo, tímido, excitado.

Comencé a azotarle con la mano. Después con unos guantes, de látex también.

Acariciaba sus nalgas cada vez un poco más rojas, casi como mis labios . Le azotaba, paraba y cuando creía que su lección había acabado, volvía a retomar el castigo, demorándome en cada roce.

-Suficiente- le dije. Ahora sitúate de rodillas frente a mí.

Abrí ligeramente la cremallera del catsuit  dejando entrever mi ropa interior.

Azul.

El observaba mis movimientos con impaciencia.- Acerca tu boca a mi tanga- le indiqué.

Y le dejé unos minutos así, llenándole de azul. Con su rostro entre mis piernas, sintiendo el roce de la piel en su rostro. Llenándose de mi aroma, y sin poder hacer nada más. Sé que deseó tocarme. Besarme. Acariciarme con su lengua.

Y…me hubiera gustado.

Pero un castigo es un castigo.

-Despiertas todos mis sentidos- me dijo en tono bajo.

-Levántate. Vamos a salir- le contesté mientras le besaba.

Y el castigo, tan pequeño como suave continuó…

Fuimos a una cafetería.

Mientras disfrutaba un delicioso cappuccino le indiqué que fuera al baño.

-Vigila tu móvil- le susurre, esta vez muy bajito, mientras mi mano acariciaba su entrepierna.

Le escribí un mensaje :

-Quítate la ropa interior y acaríciate lentamente.-

Pude imaginar sus dedos rozando su sexo. Cubriéndolo de saliva . Untándolo de más humedad, aún. Recreándose en el momento.

Desorientado, sin saber cuanto tiempo debía permanecer así.

Disfrutando de la duda. Excitado. Expectante.

Cuando se lo indiqué regresó a mi lado  y tras unos minutos y varios besos con sabor a café volvió a recibir otra instrucción.

-Coge lo que voy a dejar sobre la mesa, y vuelve al baño .

Con un ligero movimiento de caderas me quité las medias que llevaba bajo el vestido.

Lo hizo.

-De rodillas en el suelo y con las medias en tu boca, vuelve a acariciarte y cuando no puedas más, dímelo.

La crema del cappuccino revoloteaba entre mis labios, me relamí.

-No podré aguantar mucho más- pude leer a modo de whatsapp.

-Deja de tocarte y regresa a la mesa ya- le escribí…

 

Puedo asegurar que fue uno de los cafés más excitantes que he podido disfrutar…

 

 

“Siempre acabamos llegando donde nos esperan” (Saramago)

 

 

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Lamiendo tus deseos.

Viajaba solo en tren. Le puse un mensaje dándole unas instrucciones claras:

-Irás al baño, te quitarás la ropa interior, la guardarás en el bolsillo de tu pantalón y me enviarás una foto del momento-

Me gustó imaginarle así. Elegante, con su traje de chaqueta impecable, camisa en tono claro acariciando su pecho y una casi asfixiante corbata rozando su cuello que horas después sería mío.

Elegante. Sobrio. Sensual, y sin ropa interior…

Sintiendo como el tejido del pantalón acaricia su sexo, imaginando o deseando que son mis dedos los que erizan su piel.

En apenas unos minutos me envió la imagen. Sin demora. Con exactitud.

-Así me gusta- le dije.

-Y llega rápido. Te espero con la más húmeda de mis ganas…-

 

 

 

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“No quiero un cuerpo

quiero un alma.

Viva, loca y salvaje.

No busco el rio,

quiero el océano.

No busco la llama

quiero la hoguera.

No busco un camino

si no la tierra entera” 

Everything not saved will be lost.

Era la última reunión de trabajo de ese viernes por la tarde, de repente un inesperado mensaje en su teléfono cobro todo el protagonismo:

-“Te espero junto a la zapatería que ya sabes a las 20:30. Esta noche vamos a cenar juntos”-

A las 20:25 llegó con su coche al lugar indicado, aparcó y se bajó para fumar tranquilamente mientras la esperaba. Pocos minutos después, puntual como siempre, la vio caminando por la acera. Un vestido negro corto con un ligero vuelo que acariciaba sus muslos desnudos al andar, un cinturón ancho rojo a la cintura y unos botines negros con unos ribetes plateados en los laterales con unos tacones altísimos y muy finos, la melena suelta y unas gafas de sol negras que protegían sus ojos de aquel atardecer casi veraniego.

Pudo admirar su belleza mientras se acercaba hacía él.

Cuando llegó a su altura él cogió la bolsa en la que llevaba su nueva adquisición, bajó lentamente su rodilla izquierda, marcando la genuflexión, y cogió su mano para besarla. Ella sonrió, le indicó que se levantara y cuando lo tuvo enfrente besó pausadamente sus labios.

Le abrió la puerta trasera del coche para que subiera y cuando estuvo sentada la cerró y se dirigió al maletero para guardar la bolsa. Acto seguido subió al coche y lo arrancó.

-“Esta noche vamos a cenar en casa. He preparado algo que seguro te va a gustar”- dijo mientras él maniobraba para comenzar el trayecto.

En menos de un cuarto de hora llegaron a su destino. Aparcó el coche y se bajó para abrir la puerta trasera para que ella saliera, sacó la bolsa del maletero y caminaron juntos los pocos metros que les separaban del portal. Él solo pasó por delante de ella para abrirle la puerta , el resto del camino anduvo dos pasos por detrás de ella con la mirada fija en el sonido de sus tacones.

Llegaron al apartamento y cuando estuvieron dentro él se arrodilló, apoyó las manos en el suelo y delicadamente besó la punta de los botines. Ella le acarició el pelo y le indicó con un suave movimiento de su mano tirando de la barbilla hacia arriba, que debía ponerse en pie; acercó la boca a su oreja y le susurró:

-“Ya sabes lo que tienes que hacer. Espérame aquí de rodillas y desnudo mientras me preparo”- Acto seguido le besó apoderándose de su boca.

El empezó a desnudarse dejando toda su ropa en el mueble que había al lado de la entrada. Se quedó completamente desnudo a excepción de la jaula metálica de castidad que atrapaba su pene, ese regalo que ella le había hecho, que a la vez le excitaba y le atormentaba ala par. Lo llevaba desde hacía tres semanas, con la particularidad de que esta vez ella se había quedado con todas las copias de las llaves del candado que le mantenía encerrado.

Tres semanas en las que no había sido posible tener una erección completa, tres semanas en las que todo momento de excitación terminaba inevitablemente en el dolor del acero presionando contra su miembro, tres semanas en las que ella le animaba a aguantar y le decía en sus mensajes que lo estaba haciendo muy bien, tres semanas en las que, a la vez, ella le mandaba en alguno de sus mensajes imágenes que sabía que a él le excitarían y el recordatorio de que bajo ningún concepto podría acariciarse.

Tres semanas en las que había sentido su sexualidad más disparada que nunca, con ella controlándole desde la distancia.

De rodillas, con las manos a la espalda y la mirada en el suelo, esperó unos minutos que se le hicieron eternos. Escuchó el sonido de sus tacones acercarse por el pasillo y eso centró su atención alejándole de sus pensamientos.

Cuando llegó hasta él, con su dedo índice le levantó la barbilla para que pudiera admirarla. Llevaba unas botas negras de tacón metálico finísimo y altísimo que le llegaban por encima de la rodilla, sin duda esa era la adquisición de la tarde, y un vestido muy escueto de cuero negro con unos delgadísimos tirantes que realzaban la belleza de sus hombros, también pudo entrever una exquisita lencería roja debajo del vestido. .

Enganchó mediante un mosquetón una correa con eslabones de acero al candado del cinturón de castidad y tiró de para que él entendiera que debía seguirla, advirtiéndole de que en todo momento la cadena debería permanecer tensa. Tras unos pocos pasos llegaron al salón. Ella le ordenó que permaneciera tumbado sobre la alfombra negra.

Una vez estuvo tumbado, ella colocó un pie a cada lado de su cabeza, dejándole unos segundos que admirara desde abajo la belleza de sus piernas; lentamente fue poniéndose en cuclillas hasta que se sentó por completo encima de su cara.

-“Solo quiero que te impregnes de mi esencia, no necesitas hacer nada más”- le advirtió.

Empezó a jugar con las pinzas de los pezones, estirando, retorciendo, incluso apretándolas más para que él ahogara sus quejidos entre sus piernas, estuvo unos minutos torturándole de esta manera hasta que empezó a deslizar sus manos por su torso para llegar a sus caderas y pasar de ahí a la cara interna de sus muslos, excitándole, provocándole, pero sin llegar a tocar en ningún momento su sexo.

Sonrió con malicia al comprobar cómo su excitación comenzaba a librar una lucha desigual contra el acero. Entonces sí, rozó sutilmente su sexo, que trataba de escaparse entre los barrotes de la jaula de castidad, provocándole aún más, sabiendo que el dolor habría empezado a hacer mella en él. Por unos instantes abandonó sus caricias para apartar la tela de su tanga y permitirle respirarla más intensamente.

-“Ahora puedes empezar a saborearme lentamente, no tenemos ninguna prisa”-le dijo lentamente.

Él se dedicó con devoción a la misión que le había sido encomendada, demorándose en el recorrido de su lengua, disfrutando del sabor de cada pliegue, trazando con la punta de la lengua el mapa del objeto de su devoción.

Ella retomó las caricias a aquel pene encerrado, excitándolo cada vez más.

Esa lengua y la sensación del poder que tenía sobre él la estaban excitando como nunca, el placer iba creciendo dentro de ella y decidió ser aún más cruel. Con solo un dedo siguió lentamente estimulando el pene enjaulado mientras su propia respiración iba haciéndose más pesada. Él seguía ahogando sus quejas entre las piernas de ella consiguiendo excitarla todavía más.

Ella acercó su boca al cinturón de castidad y empezó a recorrer con la punta de su lengua cada atisbo de piel que trataba de escapar del encierro de acero. Esto a él terminó por enloquecerle de excitación y de dolor, ella se dio cuenta y decidió hacerle sufrir un poco más agarrando con sus manos los testículos. Apretando cada uno con dos dedos e incrementando poco a poco la presión. Los estiraba mientras pasaba la lengua por la base del glande jugando entre las delgadas barras de acero.

A él no le quedó otra opción que abstraerse del intenso círculo vicioso de dolor y excitación dedicándose aún más a fondo a satisfacerla, concentrando su atención en seguir tratando que el máximo placer creciera dentro de ella. Notó que empezaba a arquear ligeramente la espalda y cómo sus manos pasaron de torturar sus testículos a agarrar con fuerza sus muslos, clavando las uñas en ellos, mientras exhalaba sus gemidos contra el pene oprimido por el acero.

Ella explotó de placer dejando caer su cabeza contra sus ingles.

Después de unos segundos de reposo ella se levantó mirando sonriente aquella cara empapada, se sentó a horcajadas sobre sus piernas en un estudiado movimiento en el que su sexo quedó en contacto con el acero del cinturón de castidad. Se agachó sobre su cara y llevando la mano a su cuello hizo bailar la llave que colgaba de su collar delante de sus ojos.

Le miro con dulzura mientras le decía:- “Buen chico, te has ganado la cena”-

Mientras ella salía del salón él se puso de rodillas tal y como le había enseñado que debía esperarla. Tras unos minutos eternos, ella volvió al salón con una bandeja de madera.

-“Apoya las manos en el suelo de forma que tu espalda quede completamente horizontal” –

Él obedeció de inmediato y adoptó esa postura quedando situado en paralelo al sofá. Ella comprobó la horizontalidad de la espalda y dándose por satisfecha colocó la bandeja encima de él.- “La mesa perfecta para mi cena. Me encanta”-

Ella se sentó en el sofá y puso algo de música mientras empezaba a cenar aquella exquisita ensalada que había dejado preparada antes de salir de compras y que ahora iba a aliñar encima de su esclavo.

Una vez la hubo aliñado empezó a cenar dejándose envolver por la música, admirando la docilidad de aquel hombre al que a base de horas de trabajo había conseguido adiestrar para que cumpliera con cualquiera de sus caprichos. Nunca una mesa le había parecido tan sensual.

Lentamente fue comiendo su ensalada, cada tres o cuatro bocados que comía le ofrecía otro a él, que procedía a comerlo después de darle las gracias. Pasados unos minutos terminó de cenar y esperó a que acabara una canción para llevarse la bandeja a la cocina advirtiéndole que debía esperarla en la misma postura. Ella regresó al poco tiempo y le susurró.

-“Me ha encantado esta cena juntos”-
En ese momento él pidió permiso para hablar. Ella sonrió y le dijo que sí.

-“Muchísimas gracias, ha sido una cena maravillosa, siempre es un placer ser útil para ti”-

-“Has sido una mesa fantástica. Te has ganado el privilegio de dormir esta noche a mi lado”-

Le indicó que le quitara las botas lentamente. Con mucho cuidado bajó la cremallera de la bota derecha y la retiró poco a poco dejándola cuidadosamente al lado del sofá para hacer exactamente lo mismo con la izquierda. Delante de sus ojos estaban aquellos pies que adoraba con todo su ser, la imagen que todas las mañanas venía a su mente cuando dedicaba los primeros diez minutos del día a adorar a su dueña de rodillas, con los antebrazos y la frente apoyados en el suelo. Los admiró solo un segundo para, primero uno, y luego el otro, cubrirlos de besos como si su existencia dependiera de ello.

Su boca besó los dos empeines, los tobillos, los talones y cada uno de los dedos demorándose en cada beso, posteriormente su lengua no dejó ningún rincón de aquellos pies por visitar. Ella le dijo que levantara la vista y se incorporara pero manteniéndose de rodillas.

Le quitó las pinzas de los pezones en una maniobra que a él le resultó extremadamente dolorosa cuando sintió que la sangre quería volver a circular en esa zona. Ella mitigó su dolor con unas suaves caricias con dos de sus dedos. Acto seguido cogió la pequeña llave que abría el collar metálico y se lo quitó. Luego le acarició suavemente el pelo en señal de aprobación.

Cogió un collar de cuero del que colgaba una correa y lo abrochó a su cuello. Tirando de la correa le hizo seguirla caminando a cuatro patas detrás de ella hasta que llegaron a la habitación. A cada lado de la cama había una mesilla de noche, pasaron por delante de los pies de la cama y llegaron al otro lado.

En el suelo, cuidadosamente extendida, había una manta que tenía la misma longitud que la cama, y al lado de ella una escudilla con agua. Ella le indicó que se tumbara encima de la manta y enganchó la correa a una de las patas de la cama.

Ella se desnudó y se metió dentro de la cama para leer un rato. Acabó el capítulo del libro que estaba leyendo y lo dejó encima de la mesilla, entonces lo miró y antes de apagar la luz le dijo:

-“Que tengas dulces y húmedos sueños”- Le dijo, desde la altura de su cama, como creando fuego con sus palabras.

-“Velarte mientras duermes estando a los pies de tu cama es ya un sueño. Muchas gracias”- contestó él.

Ella apagó la luz mirándole fijamente con una sonrisa en sus labios y le lanzó un beso. Él se sintió realmente afortunado porque al día siguiente lo primero que vería al despertar sería la imagen de ella desnuda y envuelta en sábanas. Mientras, él arroparía su mañana desde el suelo.

“But I don’t want comfort.

I want poetry.

I want danger.

I want freedom.

I want goodness.

I want sin”

(Aldous Huxley)

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Desde la incertidumbre del placer.

A las 12:30 de aquel viernes recibió un correo de ella con instrucciones:

“Vendrás esta tarde a las 19:00 h. Solo tienes que traer una caja pequeña de bombones y todas las ganas de servirme durante todo el fin de semana. Te esperan muchas sorpresas que serán de mi agrado”.

Según lo leyó un sudor frío recorrió su espalda y se tradujo en una inmediata erección súbitamente impedida por el acero de su cinturón de castidad.

Se le hizo eterna la jornada de trabajo y eso que los viernes terminaba a las 15:30. A esa hora salió y se dirigió a comprar la caja de bombones que sabía que a ella más le gustaría. Comió algo ligero e hizo tiempo curioseando en un centro comercial hasta que llegó la hora de dirigirse a su encuentro.

Un minuto antes de las 19:00 le puso un mensaje pidiendo permiso para subir. Ella le contestó que sí, que podía hacerlo y que llamase a la puerta  esperando de rodillas a un metro de la puerta, hasta que abriera.
Subió.
Llamó al timbre.

Se retiró un poco de la puerta y aguardó de rodillas.

Pasó un buen rato hasta que escuchó el sonido de unos tacones acercándose a la puerta. Acto seguido se abrió. Se puso en pie y entró. Ya dentro de la casa volvió a ponerse de rodillas y cogiendo la mano de ella, la besó con devoción.
Le entregó la caja de bombones y pidió permiso para hablar.

-“Me presento ante ti desprovisto de cualquier prejuicio, dispuesto a servirte como devoto esclavo tuyo que soy y deseando entregarme por completo a todas tus órdenes, deseos y caprichos”-

Ella sonrió y le hizo ponerse en pie, lo atrajo hacia sí, acarició sus labios con la lengua y le besó.

Vestía un vestido corto de látex negro, muy ajustado, dejando entrever una insinuante lencería roja que hacía difícil apartar la vista de otro lugar que no fuera su cuerpo y su piel.
Botas negras con tacón largo y fino. Irremediablemente fino.

-“Desnúdate por completo y deja todas tus cosas dentro de este mueble . No vas a necesitarlas durante todo el fin de semana”-

Una vez dichas las pequeñas instrucciones, le dejó en el vestíbulo y fue a guardar los bombones. Cuando regresó él ya se había desnudado y estaba esperándola completamente desnudo a excepción del dispositivo de castidad y del anillo en su mano derecha que indicaba su condición de esclavo.
De rodillas, con la mirada en el suelo, las manos en la espalda y la excitación más allá de su  alma.

-“Tengo un regalo para ti”-dijo ella en un tono de voz muy suave  mientras le acariciaba la barbilla. Él la miró y vio aquella sonrisa que anticipaba que muy probablemente se le había ocurrido experimentar con algo nuevo.

Le hizo ponerse de pie y cuando lo tuvo cara a cara le enseñó lo que llevaba en la otra mano. Un cinturón de castidad nuevo, brillante y significativamente más pequeño y curvado que el que encerraba su sexo en ese momento apareció delante de sus ojos.
Si ya estaba siendo difícil soportar la excitación en el que ahora lucía, con este nuevo todo iba a ser más difícil- pensó instantáneamente.

Ella se puso en cuclillas delante de él y cogiendo el pequeño collar del que colgaba la llave del candado lo abrió. Jugueteó con el candado, demorando el momento de la liberación, finalmente lo quitó y lo depositó en el suelo. Retiró la funda metálica y observó las marcas que el acero había dejado impresas en la piel.

Lo acarició .

Cogió el anillo de la base del nuevo dispositivo de castidad y se lo puso en su lugar. Este no tenía bisagras, era un anillo completamente cerrado.
Él la observaba con detenimiento. Era ella la que estaba casi de rodillas delante de él y en pocas ocasiones como esta se había sentido tan dominado.

Paradojas de los instantes, inmortalizados ya, en sus sentidos.

Se mojó los dedos con saliva y lo fue introduciendo por completo hasta que el tubo metálico tocó con el cierre adosado al anillo de la base. En ese momento cogió el candado del nuevo cinturón de castidad y lo cerró. Se levantó y le dijo:

-“Este es tu primer regalo. El segundo regalo es que la llave de este candado solo la tengo yo”-

Le dijo que la esperara de nuevo de rodillas mientras guardaba el viejo cinturón de castidad. Al cabo de menos de un minuto ella llegó hasta donde estaba y aprovechando que su cabeza estaba agachada mirando hacia el suelo le ciñó un collar de cuero en el cuello y fijó con un mosquetón la cadena que sujetaba en una de sus manos. En ese momento él supo que tenía que seguirla, caminando como si fuera su mascota y apoyó las manos en el suelo dispuesto a perseguirla y prolongar así su sombra, con la mirada fija en esos  interminables y afilados tacones.

Entraron después de un muy corto trayecto en una especie de sala de estar. Ella le hizo ponerse de pie.
Una pequeña jaula de barrotes metálicos negros estaba colocada entre el sofá negro y la televisión, como si de una mesita de salón se tratara. El suelo de la jaula estaba cubierto por una especie de almohadilla acolchada, en los laterales los barrotes discurrían verticales, paralelos unos a otros hasta que se unían con las aristas que conformaban el plano horizontal superior en el que otros barrotes paralelos cerraban por completo el perverso cubículo.

En uno de los laterales parecía haber una pequeña puerta que en su parte inferior interrumpía los barrotes verticales para dejar una pequeña abertura por la que únicamente podría caber una escudilla como las que se usan para alimentar a los perros.

El desconectó involuntariamente de aquella imagen unos segundos y se centró en su respiración agitada.

Excitación.
Nervios.
¿Miedo?.
No.
La confianza superaba todo temor.
Incertidumbre.
Deseo.
Impaciencia.

Ella se dirigió hacia la jaula y abrió con una pequeña llave el candado que tenía la puerta. Una vez abierta, se dirigió hacia él, levantó su barbilla y le sonrió antes de besar sus labios. Después de besarle todo lo profundamente que sintió, le dijo muy dulcemente al oído.

-“Este es tu tercer regalo, vas a ver cómo te va a encantar. Métete dentro”-

Él obedeció de inmediato. Ella le acarició ligeramente el pelo indicándole con ese gesto que lo había hecho muy bien. Cuando estuvo dentro cerró la puerta con el candado y le susurró:

-“Hay quien a este tipo de jaula le llama jaula de castigo, no va a ser nuestro caso, aunque si cometes alguna falta que te haga merecedor de ello, no dudaré en usarla como tal. Para nosotros va a ser una jaula de entrenamiento”-

Él escuchaba atentamente mientras trataba de acostumbrarse poco a poco a la postura forzada que aquel espacio tan reducido le obligaba a mantener. Difícilmente cabía dentro de ella y su cabeza tenía que estar prácticamente en el suelo de la jaula mientras sus glúteos sentían el frío contacto del acero y en su espalda notaba los barrotes de la cara superior.

Ella continuó.

-“El confinamiento en una jaula de este tipo tiene como virtud reforzar la sumisión y la obediencia, que son dos virtudes que tienes como esclavo y que ya sabes, me gustan y excitan tanto”-

Ella caminaba pausadamente  alrededor de la jaula, consiguiendo que sus tacones marcaran el ritmo de sus palabras, condicionando así la atención de su esclavo a través de aquel repiqueteo sobre el suelo.

-“Con disciplina y adiestramiento voy a conseguir que seas capaz de estar ahí dentro durante horas, tal vez un fin de semana entero”-

A pesar de  no poder ver su rostro, ella le imaginó sediento, temeroso y relajado a la vez.
Tras solo unos pocos minutos dentro de la jaula, la idea de pasar un fin de semana entero seguro que a él le parecía imposible de alcanzar al igual que también le parecieron imposibles de alcanzar otras muchas cosas que ahora eran de lo más natural gracias a su capacidad de seducción y al dominio que ejercía sobre él.

-“Pero todo eso lo vamos a hacer juntos. Poco a poco. Este fin de semana vas a ir familiarizándote con la jaula y progresivamente iremos avanzando”-

Cuando concluyó, él pidió permiso para hablar y ella se lo concedió.

-“Solo pretendo poner lo mejor de mí en esta nueva experiencia y trataré de no defraudarte en ningún momento. Te pido perdón por anticipado por los momentos de debilidad que tendré en este proceso y aceptaré las medidas de corrección que estimes oportunas”-

Ella le regaló una sonrisa de carmín rojo.

Él levantó ligeramente la mirada todo lo que le permitía el espacio en el que estaba confinado y observó con detenimiento sus preciosas botas. Jugó a adivinar la anatomía de los dedos de esos pies con los que soñaba de noche y de día también. Pudo sentir la armoniosa geometría, deteniéndose en el rojo brillante de las uñas, captando la belleza del conjunto y enredándose en el infinito tatuado de su empeine izquierdo. Tan cerca para besarlos y tan inalcanzables-pensó.

Por unos segundos aquellos pies desaparecieron de su campo de visión y se sintió desorientado, trató de fijar la atención en el sonido de los tacones sobre el suelo. Una melodía empezó a sonar suavemente y los pies volvieron a aparecer delante de él. Respiró aliviado.

Ella volvió a sentarse en el sofá.
Cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y se dispuso a observarle.
Orgullosa de su obediencia.
Y de sentir que le pertenecía.

Lentamente fueron transcurriendo los minutos seguidos de  horas, por la ventana ya solo entraba la oscuridad de la noche, ella se quitó las botas e introdujo sus pies entre los barrotes de la jaula dejándolos delante de su cara, instintivamente él dirigió sus labios a aquellos empeines y los cubrió de besos y saliva. Sus labios dibujaron el contorno de cada uno de los dedos, sintiéndolos a través de la leve corriente del simple roce.

Una punzada de dolor le recordó su otro confinamiento, el del acero oprimiendo más que nunca su sexo. Esa sensación de vulnerabilidad que tenía cuando estaba con ella se hizo presente como nunca antes lo había hecho .

Y eso le tranquilizó.

“Contigo me siento muy libre”-recuerda que la confesó un día, y hoy más que nunca, volvió a sentir esa sensación.

Libertad desde su encierro…

Estamos hechos de paradojas.
De instantes.
Y de placeres- pensó.

“Nos pusieron límites,

pero rompimos  los márgenes. ..”

 

 

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Anatomía del placer.

Con la misma elegancia que se ha dejado besar, se ha retirado al suelo.

Casi de rodillas ha comenzado a abrocharse el cordón del zapato negro.

La chaqueta del  exquisito traje gris, estilo slim-fit,  tirada  en el suelo.

El, vestido con camisa azul, corbata y pantalón gris, a juego con la chaqueta.

Me he situado frente a él.

Yo, vestida con un traje corto negro, de tirantes. Medias altas y zapatos negros también, de suela roja. He situado mi pie derecho junto a sus cordones aún desbaratados.

Ha entendido lo que tenia que hacer.

En la misma posición, casi de rodillas y con delicadeza, ha cogido mi pie con sus dos manos. Las he sentido cálidas, tímidas, complacientes y dulces. Ha comenzado a besarlo. Ha acariciado con su lengua la punta del zapato, me he movido sinuosamente para retirarlo de su encuadre visual, me ha atrapado la intención y el zapato.

Lo ha apretado. Con fuerza. Con miedo.

Su lengua se ha movido sigilosa y seductoramente por el empeine. He podido sentir la humedad de su lengua, tras el tejido de la media. Le he mirado con dulzura y satisfacción.

Ha suspirado.

Le he invitado a que dirija su lengua hacia el tacón que esperaba con impaciencia su turno. Con sus manos bien sujetas en el tobillo y el empeine, ha llevado su humedad a la punta del tacón.

Me he deleitado en la visión.

He seguido la cadencia de sus movimientos.

Y aunque me gustaban, le he hecho cambiar el ritmo, traspasando las lógicas del sentido.

Se ha amoldado.

Le he sonreído.

He cogido un cigarrillo. Le he invitado a levantar la cabeza.

Me ha gustado su mirada pero no se lo he dicho.

Rápidamente ha sacado un mechero de su bolsillo derecho con la intención de encenderlo.

Ha intentado provocarme con su mirada impúdica y franca.

He vaciado el humo, según salía de mis labios en su cara.

No ha dicho nada.

Le he ofrecido el cigarrillo, teñido con mi carmín rojo para que lo fumara.

He intentado prolongar mi deseo en el suyo, y viceversa.

He podido oler su excitación.

 

-Por hoy ha sido suficiente- le he dicho, perversamente.

Aún arrodillado ha cogido su chaqueta del suelo, se ha levantado y se ha dirigido hacia la puerta.

Le he besado.

Me ha sonreído.

Me he quedado con su olor guardado en mi tanga rojo.

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“Entender es antes que pretender…”

 

 

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Wet and wild.

Precisamente hoy le habían puesto una reunión a última hora de la tarde.

Hoy, que él había quedado en pasar a recogerla a las 19:00 h.

Contrariado escribió un mensaje en el que la informaba del imprevisto que acababa de surgir y le decía que debían posponer su cita hasta las 20:00 h.

Su respuesta no se hizo esperar.

Escueta y directa. Como estirando el significado de las palabras:

-“Entiendo que de vez en cuando puedan surgir estas circunstancias. Entenderás tú también que este retraso tendrá sus consecuencias. Nos vemos a las 20:00 h.”

Y desde la incertidumbre de lo real sintió un rápido escalofrío en su entrepierna.

Eran las 11:00 de la mañana y aún quedaba  por delante casi la totalidad de la jornada de trabajo, después tendría que salir corriendo para pasar a recogerla. Un poco justo de tiempo, pero llegaría.

Afortunadamente, el resto del día transcurrió rápidamente mientras preparaba el informe que debía presentar a su jefe, eran ya las 18:20, estaba dándole los últimos retoques y peleándose con la obsolescencia programada de la impresora. Salió del despacho, solo quedaban en la planta cinco personas de las treinta que allí trabajaban. Esperó a que saliera el informe completo y comprobó que estuvieran todas las hojas.

Cuando volvía hacia su despacho se quedó petrificado. Ella estaba entrando a su oficina por la puerta que daba acceso a los ascensores.

Bellísima como siempre, más deslumbrante que nunca, con un vestido negro que le llegaba a la mitad del muslo y un escote de pico algo insinuante. Las piernas sin medias y unos botines también negros de tacón de aguja que al caminar machacaban el silencio.

Dos detalles más captaron de inmediato su atención: el escote dejaba a la vista una fina cadena en la que colgaba una pequeña llave.

Esa pequeña llave…

En el dedo anular de su mano izquierda llevaba un anillo plateado. Al ver el anillo en su mano, buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó otro parecido que colocó en el dedo anular de su mano derecha para poder ir a juego con ella.

Se dirigió andando hacia ella y la saludó besando su mejilla mientras le daba las buenas tardes y le decía que en la vida podría haber imaginado que apareciera por allí. Ella dijo  en un tono suave y a la vez firme, casi en un susurro: -“Vamos a tu despacho”-

Llegaron al despacho y él la hizo pasar por delante,  cerró la puerta detrás de él y ella volvió a hablar con ese tono que a él le hacía olvidar toda distracción que pudiera haber a su alrededor.

-“No tenemos mucho tiempo antes de tu inoportuna reunión, así que desnúdate por completo y túmbate boca arriba en el suelo con las piernas abiertas y separadas, las rodillas dobladas y los talones lo más pegados posible a tus nalgas”-

El obedeció de inmediato olvidando por completo que estaban en su lugar de trabajo. Las personas que quedaban en aquella planta de las oficinas sabían que la puerta cerrada de su despacho era señal de que nadie debía molestarle. Pausada y ordenadamente fue quitándose su traje. La chaqueta primero, la corbata después y por último la camisa . Fue colocando la indumentaria cuidadosamente en el respaldo de una de las sillas que había frente a su mesa de trabajo. Se desató los zapatos, se descalzó y posteriormente dejó cada calcetín dentro de su zapato. Desabrochó el cinturón, se quitó los pantalones y los depositó delicadamente en el asiento de la silla de cuero negro.

Ella sonrió complacida al comprobar que no llevaba ropa interior. Examinó su cuerpo desnudo mientras procedía a tumbarse. Cuando estuvo en la posición indicada colocó un pie a cada lado de su cabeza.

Subió ligeramente su vestido y empezó a bajar en dirección a su cara, apartó con sus dedos la tela de su tanga dejando su sexo al aire justo antes de sentir el contacto de su boca.

Él supo perfectamente lo que tenía que hacer. Ella empezó a acariciar el cuerpo desnudo que se le ofrecía mientras sentía los primeros movimientos de aquella lengua. Sus manos juguetearon con el interior de sus muslos hasta llegar a la pequeña jaula metálica en la que aquel pene luchaba infructuosamente por salir de su encierro. Sus dedos lo acariciaron por entre las piezas de metal que dejaban la piel al aire.

Notó cómo el placer iba creciendo dentro de ella y su respiración se hacía más pesada. Con una mano agarró sus testículos y los apretó ligeramente sintiendo esa sensación de poder sobre él que tanto la encendía.

Recordó el momento en el que había encerrado su sexo en el cinturón de castidad. De esa noche hacía ya dos semanas. Todo ocurrió cuando tras una pequeña desobediencia por parte de él, decidió atarlo firmemente a la cama y mantenerle así minutos, suspiros interminables,  al borde del orgasmo denegándole el placer una y otra vez. Las primeras tres veces que paró cuando estaba a punto de estallar él aguantó perfectamente, la cuarta empezó a balbucear palabras sin sentido pero lo soportó, en la quinta solo gemía, en la sexta intentaba centrarse en el placer de la entrega, en la séptima  gritó, así que ella decidió meterle su tanga en la boca y sellarla con cinta de embalar para que no le escucharan los vecinos. En la octava ocasión en la que le denegó el placer su mirada imploraba que parara, en la novena su cuerpo solo era capaz de temblar  y en la décima, justo donde el limite del sueño y la realidad pierde sus contornos, rompió a llorar de frustración. Solo en aquel momento se apiadó de él y cogiendo una bandeja de hielo se dispuso a bajar la erección, cuando lo consiguió metió el pene en la jaula metálica y la cerró con un candado.

Ese dominio la excitaba casi tanto como la lengua que en ese instante estaba invadiendo su sexo. Si seguía así llegaría a derretirse en muy poco tiempo así que decidió no ponérselo tan fácil, se levantó ligeramente y recorrió la cara hasta que cada poro y cada pelo de la incipiente barba quedaron marcados por ella. Volviendo después a la posición inicial, y dejar que su lengua siguiera buscando su placer.

Al cabo de unos minutos notó como ella se tensaba, la respiración se empezó a hacer más pesada y los gemidos se escapaban de su boca. Cuando el estallido fue inevitable ella mordió la cara interior de su muslo. Un mordisco fuerte y continuado con el que ahogó su orgasmo para evitar que la escucharan fuera de aquel despacho. Ese mordisco hizo que él sofocara su grito dentro de ella, como en un círculo vicioso que hizo que el placer se multiplicara, lo que se tradujo en un nuevo mordisco, ahora en el otro muslo mientras él hundía aún más su boca entre sus piernas.

Tras unos segundos de reposo, todavía sentada encima de él, se incorporó y  acomodó su ropa interior, arregló su pelo, maquilló sus labios, miró el reloj y le dijo:

-“Justo a tiempo, quedan siete minutos para tu reunión”-

Él se levantó de golpe y empezó a vestirse rápidamente.

Esa reunión…

Se le había olvidado. Cuando estuvo completamente vestido de nuevo fue a buscar un pañuelito de papel en uno de los cajones de su escritorio y ella le interrumpió.

-“No te limpies, vas a llegar tarde”-

Recorrió los tres pasos que les separaban y mirando al suelo pidió permiso para hablar. Ella se lo concedió y le escuchó:

-“Muchísimas gracias por esta sorpresa tan inesperada. Siempre es un placer servirte” –

Le agarró de la corbata, tiró de ella hasta que su oreja quedó a la altura de su boca y le habló con la voz dulce y suave que utilizaba cuando quería que en él creciera la excitación de la anticipación.

-“No pienses que con esto me he olvidado del retraso en nuestra cita. Esto ha sido, digamos, un pequeño desahogo y el recordatorio de que mis deseos están por delante de cualquiera de tus obligaciones. Te espero en la cafetería de abajo y no olvides que la expectativa es la raíz de todo dolor.”

 

“Ese instante frágil, en el que todo es posible…” (Genet)

 

 

 

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Estar, incluso sin estar.

“Un finde muy especial.” (Parte I)

Hacía unos meses que había adquirido la condición de esclavo de su Dueña. Ella le dictaba aquello que podía hacer y lo que no podía hacer, marcaba las pautas de sus hábitos de vida dentro de los límites que habían acordado y de vez en cuando realizaba aquellos servicios que ella le indicaba.

Por eso no le extrañó recibir un mensaje en su móvil indicando que aquel viernes fuera a recogerla a una determinada dirección, ya había hecho de chófer para ella en alguna otra ocasión. Si acaso le extrañó que le dijera que pasara a por ella a las 23:55 de la noche, sin embargo, ni se le ocurrió cuestionarlo.

Acudió puntual. Ella, vestida de rojo, con un traje corto y muy ajustado subió al coche y le indicó:

-“Conduce hasta el aparcamiento público de la calle Almagro y aparca el coche en la última planta”.-

“Como Tú digas”- contestó.

No había demasiada distancia desde donde la recogió hasta el destino; por el camino fueron conversando sobre las últimas películas que habían visto. Llegaron al aparcamiento, él recogió el ticket y, tal como ella le había indicado, bajó hasta la última planta. Estaba completamente vacía. Llevó el coche hasta el fondo de la planta, al otro extremo de la rampa de salida, y aparcó. Ella acercó su boca a la oreja y le susurró con un tono suave y sugerente :

-“Baja del coche, desnúdate por completo y dame toda tu ropa, no te va a volver a hacer falta durante todo el fin de semana”.-

Un sitio público.

Vacío, sí, pero público, a fin de cuentas.

Ella le pedía que se desnudara completamente y quedara a expensas de que de repente apareciera alguien y lo descubriera. Ella estaba volviendo a jugar con uno de sus mayores temores. Se bajó del coche y empezó a desnudarse de manera nerviosa para cumplir.

Sus indicaciones estaban por encima de cualquier sentido de pudor que pudiera tener. Según se quitaba una prenda se la entregaba cuidadosamente doblada a ella, hasta que quedó completamente desnudo tal y como ella había indicado, con la única excepción del cinturón de castidad que lucía en su sexo. En ese momento ella llevó la mano al collar en el que colgaba la llave que  abría el cinturón y sonrió mirándole a los ojos.

Bajó del coche y los tacones resonaron en el aparcamiento vacío mientras daba la vuelta al coche y se dirigía hacia donde él esperaba de pie. Lo miró y él supo inmediatamente lo que tenía que hacer: se arrodilló, apoyó la frente y los antebrazos en el suelo y esperó sus indicaciones.

Ella se puso en cuclillas, acarició su cabeza muy dulcemente y volvió a susurrar con el mismo tono de antes en su oído:

-“Métete en el maletero,  va a empezar un fin de semana inolvidable para los dos”-

Él obedeció, se metió en el maletero y se acurrucó. Ella le acarició la cabeza  durante unos segundos, transcurridos los cuales le ofreció su mano que él besó con devoción mientras le daba las gracias.

-Te dejo unos folios en blanco y un bolígrafo, podrás escribir tus sensaciones siempre que te apetezca- Plasmó estas  palabras con un húmedo beso  y cerró el maletero del coche.

Acto seguido, ella lo tapó con una suave y aterciopelada manta hasta los hombros, cerró el maletero, se sentó en el asiento del conductor, cerró la puerta y puso en marcha el coche para que diera comienzo ese fin de semana.

Mientras tanto, en la sala de vigilancia del aparcamiento, el guardia de seguridad no daba crédito a lo que sus ojos acababan de presenciar en una de las cámaras del circuito cerrado de televisión.

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En unos minutos él comenzó a escribir:

“Estoy viendo planos de experiencias sensoriales que no sabía que pudieran existir. Estos planos viajan a las profundidades de mi esencia, trascienden el tiempo y el espacio, y sin embargo no tengo miedo. Mi verdadero yo está floreciendo. No es una cuestión de fuerza ni dirección sino de entrega, y ahora mi sexualidad y mi corazón están tan unidos que apenas puedo prestar atención a uno sin excitar al otro. Estoy tan extasiado que la he suplicado  mentalmente que siga…”

Continuará…

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Entender es antes que pretender.

“Esto es un poema

mantén sucia la estrofa.

Escupe dentro.”

(Angel G.)

 

…Como me gusta decirte que tú sí has aprendido a sentirte libre, como aquella canción de Gianni Bella.
Y lo has hecho así, bajo mis cadenas, entre mis caderas. Al soslayo de mi mirada y con tanta entrega, que mi piel y otras cositas que aún no diré permanecen erizadas.
Con cada azote lleno de intención y dulzura te me has regalado, he recogido tu placer exhausto con mis manos para ofrecértelo y sentir como relames cada uno de mis dedos. Comprobando como puedes conseguir que me derrita ahí mismo, sobre mis tacones, pisando esa alfombra negra que hasta hace poco nos miraba escandalizada.
Sé que la próxima vez vas a llegar tal y como me gustas, rendido, valiente, desnudo de alma para adentro, dispuesto a introducirte en el ensueño de mis caprichos.

Amordazado a mi risa.

Trascendiendo.

Total, tengo tiempo y el desdén que provoca saber esperar-te.

 

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